CARMEN JURADO GÓMEZ
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uerida amiga María Engracia: Espero que, cuando leas estas líneas, en el rincón ga- ditano de tu descanso estival, hayas superado el disgusto que, con total seguridad, te brindé el otro día. Hacía tiempo que no nos veíamos y vinimos a coincidir cuando más nubarrones poblaban mi extenuado ánimo.Estás acostumbrada a verme alegre, divertida, dicharachera y con múltiples recursos ante la adversidad. Sin embargo, esta vez apenas podía articular palabra sin que las lágrimas arrasaran mis ojos y un nudo interno atenazara mis cuerdas vocales. Me esforzaba para no preocuparte, mas en vano. La tristeza y la desazón me impedían recuperar la calma.
Atravesaba unos cuantos días de oscuridad y vacío. Días en que la “dama cenicienta” me había se- cuestrado y reducido a la mínima expresión vital. Me costaba mucho dormir; al poco de lograrlo, desperta- ba sobresaltada y llena de angustia. Tanto he llorado estas últimas noches, que añoraba, como nunca, conciliar un sueño apacible y reparador.
Me levantaba al día siguiente exhausta, con un atolondramiento tal que tardaba mucho en tomar plena conciencia del presente. Sentía un pesado lastre adosado a mi cuerpo, que ralentizaba mi pensamiento y mis acciones. La desgana, la tristeza y el malhumor eran mi única compañía durante la vigilia.
Nunca antes me había percibido así. Justo en el peor momento, apa- reciste tú para despedirte antes de las vacaciones, como todos los veranos. Es éste un momento muy esperado, pues nuestros hijos disfrutan mucho juntos, jugando y ocultando secretillos. Nuestros maridos comparten afición por la informática. Nosotras somos amigas desde hace más de dos lus- tros. A lo largo de ese tiempo, hemos intercambiado multitud de emociones,
tanto profesionales como humanas. Es una ocasión alegre que nos gusta celebrar en vuestra compañía.
Pero esta vez notaba cómo tu rostro se contraía al contemplar el triste espectáculo que yo debía ofre- cer. Me ocultaba para que los demás no advirtieran mi malestar, pero no debí conseguirlo totalmente, pues tu pequeña insistía en saber qué me pasaba y ambas tratábamos de disimular, achacándolo a una afonía por el exceso de aire acondicionado, o a que se me había metido un pizco
en un ojo, o a miles de excusas que no lograban tranquilizarla.
Esto aún me angustiaba más, porque lo último que pretendía era fastidiar una tarde de baño y relax. Cambiábamos de tema, pero irreme- diablemente volvíamos a recalar en la tristeza que me invadía.
Me preguntabas los motivos que habían desencadenado esta situa- ción. Yo trataba de explicártelos, entre vaivenes de llanto, pero no eran suficientes ni conseguían aclarar por qué tanta ansiedad.
Ambas somos profesionales de la docencia y sabemos que el final de curso es cada vez más aterrador: exá- menes finales, informes individuales, pruebas extraordinarias, reclamacio-
nes, atención a padres recién conoci- dos tras nueve meses de desgaste con sus vástagos, memorias de tutorías, de proyectos, de planes, de grupos de trabajo… innumerables tareas burocrá- ticas absolutamente ineficaces.
Pero el estrés anual no explicaba la derrota que soportaba estoicamen- te. Es cierto que se trata del final de un laborioso trayecto, cada vez mayor y más inútil, pues los resultados son más y más negativos. En un momento de la conversación nombraste el sín- drome de la “depresión postcurso” y
me pareció un concepto atinadísimo. En el aula, como en el embarazo, procuras que todo salga lo mejor posible, pones tu mejor voluntad, tus cinco sentidos y tu meta en el alumbramiento de una nueva cria- tura, equivalente al alumbramiento cerebral en el alumnado. Y al final del tremendo esfuerzo, te quedas vacía y débil, incapaz de mantener un ritmo normal durante la convalecencia. Los días transcurren y no te deslías de las mínimas ocupaciones vitales. Sólo das vueltas en torno al bebé, pero él continúa llorando como si se burlara de tus desvelos. Esa sensación la conozco bien, la he experimentado en tres ocasiones, pero la de ahora es aún más terrible, porque tanto
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esfuerzo sirve para bien poco. Estas criaturas adolescentes pasan por tus manos, sin que los conocimientos o pautas que intentas imbuirles impregnen sus vidas. Este parto do- cente paraliza mis energías e impide apreciar los intentos de quienes estáis a mi alrededor intentando ayudar. El inicio vacacional no parece ir conmi- go, pues la pesada carga anterior no ha tenido sentido para nada ni para nadie. Es como si la criatura hubiera nacido muerta.
María Engracia, ambas hemos pasado la docena de los treinta. En esta edad se desencadenan cambios, corporales y psíquicos, imprevisibles y poco gratificantes. Cambios que relativizan “einsteinianamente” tus relaciones personales y tu comporta- miento, poniendo en peligro la esta- bilidad emocional y familiar. Cambios incontrolables, que amenazan con arrastrarte en su turbulencia. Dichos cambios requieren un tiempo y una tranquilidad anímica para encajarlos y evitar que arrasen lo construido en el pasado. Sí, María Engracia, nos encontramos en pleno torbellino de la madurez, y aún no lo hemos asu- mido. Sin embargo, esta razón, con ser poderosa, tampoco explicaba mi desánimo.
Por si fuera poco, ambas somos conscientes de lo que el trabajo y la edad degradan el entorno familiar. Vamos solventando las dificultades matinales a empujones, como buena- mente podemos, pero al llegar a casa hay que continuar luchando, pues no existen varitas mágicas que resuelvan los quehaceres domésticos, a pesar de las inestimables ayudas externas. Sólo al final del día (pongamos la una de la madrugada), podemos permitir- nos bajar algo la guardia, tras haber desliado casa y exámenes. En esos momentos no estamos para nada ni para nadie, y ahí es donde fallamos: el tronco familiar se tambalea, lo sabes, pero ya no puedes dar más de ti. Y así un día y otro, y otro y otro… El tiempo pasa y la comunicación conyugal se resiente. Deseas con fuerza que acabe el curso, como si el estrés se curara, de repente, el treinta de junio.
Pues bien. Todo acaba, hasta el curso escolar. Y es entonces cuando tomas conciencia del cansancio y deterioro personal. Y no es inmediata la regeneración. Necesitas tiempo, silencio, calma y soledad para rein- tegrarte al ritmo mundano. Cada año necesitas más y más tiempo; mien- tras, la familia continúa aguardando, pacientemente, tu restablecimiento.
Para colmo de males, María En- gracia, sabes tan bien como yo que, cuando has conseguido desconectar, y procuras disfrutar de tu entorno familiar y amistoso cercano, poco después debes empezar a prepararte psicológicamente para el próximo curso, pues el siguiente “embarazo escolar” es tan duro o más que el previo y debe hallarte restablecida por completo, para afrontarlo con la máxima energía.
Muchas veces soportamos burlas sobre las vacaciones docentes. No son tan atractivas como las pintan: prácticamente disfrutamos del mismo descanso que cualquier profesional. Mientras nos restablecemos del último parto ha transcurrido casi la cuarente- na. En el mes escaso que nos queda, nos empeñamos en generar “nuevas telas de cebolla”, como dirá Gunter Grass en su nuevo libro, para impedir que nos hieran en nuestro más tierno yo. La desconexión no es automática, puesto que media algo casi innombra- ble: el deterioro de la vocación. ¡Vál- game Dios, qué vocablo más arcaico!
Vocación para afrontar hoy día el reto social de la educación. Y da igual que te empeñes en que estudiaste para enseñar; la sociedad te ha condenado a educar, por error y omisión de ins- tancias educadoras previas.
En fin, para qué insistir en la reflexión anual y recurrente. No por denunciarlo y lamentarlo se solucio- na. Sí es cierto que cada año más de un docente se queda en el intento, soportando depresiones graves, que llegan a causar baja incluso en el número de registro personal.
María Engracia: En todas estas cuestiones estaba yo la otra tarde, cuando fue imposible comunicarme verbalmente, a pesar de ser nuestro instrumento de trabajo. No podía ha- blar, pues el dolor me era tan insopor- table que sólo el llanto, desbordado horas más tarde, pudo restablecer algo el control de mi conciencia. Sí. He llorado mucho este último mes. Y han sido necesarias esas lágrimas para que, cual bálsamo purificador, hoy pueda cumplir con el compromiso castreño, aun cuando creí faltar a la cita por vez primera. Eso me aterro- rizó, pues es mi “termómetro vital”, como me gusta denominarlo.
María Engracia: Quiero despedir- me haciéndote saber que estoy re- surgiendo lentamente de la profunda sima de junio. Que pretendo seguir asomada al balcón de la esperanza, aun cuando fuera incapaz de abrir un ventanuco hace unos días. Quiero que estés tranquila porque continúo estando aquí, entre los sufridores y acalorados españoles.
María Engracia: Voy a procurar descansar al máximo en esta otra cos- ta levantina, desde donde vislumbro, como tú, un nuevo embarazo escolar de riesgo. A ver si logramos mantener estables la tensión y el resto de pará- metros, a fin de librarnos de la temible cesárea y de la depresión postcurso, pues aún nos restan muchos años de fertilidad, laboralmente hablando.
Recibe un fortísimo abrazo de quien, a pesar de las contrariedades, comparte contigo la ilusión por la vida y la confianza en el porvenir, en medio de las luces y sombras del intrincado camino.