Venceréis pero no convenceréis.
Miguel de Unamuno, discurso en la Universidad de Salamanca, increpando a los franquistas que se aprontaban a derrotar a la República en la guerra civil española
“El kirchnerismo es un reformismo burgués como el peronismo. ¡Chávez y Evo Morales son
socialistas, nada que ver con tu Kirchner!” El “tu Kirchner” es provocador, divisorio de aguas. El politólogo sueco detecta el encono, se muerde la lengua para no escalar la polémica con la pelirroja progre. Ella jamás fue oficialista asumida, aunque sí compañera de ruta con perfil crítico. El
conflicto con “el campo” la lanza a las antípodas. “¡Los chacareros son el campo popular, una burguesía nacional que trabaja el suelo, heredera de puebladas como el Grito de Alcorta!”, se embandera.
El sueco ve todo distinto, pero su mayor preocupación es, a decir verdad, extrapolítica. Los intercambios democráticos encolerizan y entorpecen otros más subjetivos, igualmente pasionales.
Es 25 de mayo de 2008, y los dos se encuentran en un ámbito propicio para esos intercambios más personales: están juntos en el departamento de él, en el dormitorio para más datos. Pero la tele está encendida, igual que la progre, que sigue el acto del campo como si estuviera en misa (un modo de decir, porque la mujer es atea fervorosa). El profesor se fastidia, se frustra, la sensibilidad ronda los celos. Los agrava la presencia de Eduardo Buzzi, presidente de la Federación Agraria,
históricamente representativa de los pequeños productores de la pampa gringa. Astutos, los otros organizadores, con asociados más opulentos, le dejaron el final. Buzzi es buen mozo, orador vibrante, formado en la combativa Central de Trabajadores Argentinos. Campechano, habituado a hablar ante auditorios populares y a valerse de giros plebeyos: brilla.
La colorada levita. Como toda la concurrencia, reacciona a piacere del orador. Ríe, bate palmas. En un momento, Buzzi revela que una Madre de Plaza de Mayo ha adherido a la movida, y está ahí mismo sentadita. Es extraño, porque el kirchnerismo cuenta con el favor mayoritario de Madres y Abuelas. Buzzi encara a decenas de miles de personas y arenga una consigna clásica: “Madres de la Plaza, el pueblo las abraza”. El silencio es atronador, y revela que el impulso ha resultado un fiasco: nadie se cree interpelado. Buzzi se hace el distraído, cesa en la intentona, sigue como si tal cosa.
La pelirroja no: se queda tiesa. Con el tiempo ella contará que la multitud callada le hizo ver la luz. Empezó a comprender algo nuevo, evidente, que era invisible a sus ojos hasta ese momento. Un componente de clase e ideológico que había pasado por alto.
Irá a las carpas K instaladas en la plaza del Congreso para meter presión a los legisladores, para participar, poner el cuerpo… pernoctar. La duda mortifica al sueco: aprendió cuán erotizantes son esos encuentros de la militancia, cuántos fluidos se segregan, más allá de la adrenalina. Mueve ficha, en un terreno más favorable: decide sumarse a las vigilias.
Recupera la sonrisa y el favor de la compañera. Es feliz antes de saber cuánto más le redituará lo sucedido.
El conflicto por las retenciones móviles le vino como anillo al dedo al decano de Sociales de Estocolmo. Acumulaba broncas añosas contra su discípulo. Lo sublevaba un sinfín de motivos y desprolijidades: informes breves y muy oficialistas, sucesivas contrataciones de la licenciada progre que el politólogo justificaba diciendo que ella le aportaba experticia y buenas fuentes. Las facturas provenientes de Cataratas de Iguazú o de El Bolsón alegaban “estudios en el terreno” pero equivalían a confesiones o a burlas.
Fusionaba furias contra el politólogo y contra el kirchnerismo. Los populismos enardecían al
decano, aunque no tanto como las analogías que le llegaban desde Buenos Aires: “El peronismo es lo más parecido que hay acá a nuestra entrañable socialdemocracia. Con fuertes incrustaciones de color local, que escudriño a fondo”.
Kirchner jamás le cupo al decano: desaliñado, estrábico, mal hablado en su lengua madre, la única que dominaba. Pero “esa mujer”, la presidenta Cristina… malversaba su nombre de reina, se
emperifollaba en exceso para ser estadista, hablaba sin parar… La odiaba.
Cuando Cobos entró al Salón de la Fama, el decano salió disparado hacia la computadora. Escribió como poseso, sin reprimir las carcajadas.
El régimen está game over, profesor. Su estadía, demasiado prolongada, perdió razón de ser. Lo conmino a que prepare el regreso. El cierre del informe y las conclusiones
deberán redactarse acá. Lo que resta es sólo decadencia y caída. Van perdiendo 2 a 0, la vuelta le ahorrará ver la goleada.
Apretó “enter” y disfrutó un trago del mejor aquavit.
El politólogo rumió la respuesta un día entero. Se sentía seguro porque, para variar, no macaneaba. No mucho, póngale.
el score. La traición de su Cobos abrió muchas perspectivas, que le iré puntualizando mes a mes. Crecieron las adhesiones fervorosas al kirchnerismo, usted se sorprenderá… Razón de más para que yo prosiga mi tesis en este entrañable país.
Le transmito un estudio de caso, que no es individual sino parte de un fenómeno que a la distancia nadie podría imaginar. Al despuntar la guerra gaucha, la licenciada progre se inclinó a favor de los insurrectos, muchos rubiones como usted. No había manera de convencerla de que unos cuantos son locadores que viven de rentas. O millonarios en dólares. Los caracterizaba como farmers emprendedores, ciudadanos de manos callosas que velan por sus derechos contra una cuasi dictadura fiscalista. Cambió, y mucho. No es un caso individual ajeno a nuestra disciplina. Es un fenómeno de masas.
Ya lo esclareceré sobre las causas profundas de la mutación.
Vaticino que el empate es viable, e incluso la victoria si el gobierno acierta la táctica. Debo permanecer en mi puesto de lucha. La licenciada sabrá disimular su ecuación personal y descuento que pondrá toda su capacidad al servicio de profundizar los
estudios. Déjenos compenetrarnos del acontecimiento unos años más. Síganos, que no lo vamos a defraudar.
El sueco curra de lo lindo pero tiene una formación sólida. Capitalizó los años que vivió en estos pagos. Como intuyó pioneramente, la derrota política contenía el germen de la recuperación del kirchnerismo. La dialéctica, como siempre… Pasamos a contarlo, con nuestras propias palabras.
La coalición vencedora aglutinó a los dueños del poder fáctico. Las adhesiones trascendieron un único estamento social, pero su conducción era una derecha real, clasista.
Eufóricos, los capitalistas se mostraron como son, sin velos ni recato. La clase dominante –los grandes medios de comunicación, las empresas más poderosas, los sectores medios y altos de los pueblos del interior y de las grandes ciudades– ostentó idiosincrasia. Se granjeó simpatías con alardes machistas, aunque también incubó reacciones por su ethos discriminatorio.
El gobierno eligió el peor sendero ante decenas de encrucijadas, y quedó instalado en la vereda de enfrente.
La disyuntiva polarizó, movilizó, decantó o espabiló a una base social y política que el
kirchnerismo fue capaz de convocar y hasta enamorar, y que había permanecido latente, disponible, diversa, con anclaje firme en la clase media y en los trabajadores más desfavorecidos, y en muchos jóvenes. Para las generaciones añosas, la democracia es un trance relativamente nuevo; la mochila del ayer carga sobre nuestras espaldas. “Volver al pasado” puede funcionar como advertencia, amenaza o temor siempre potencial.
Para las personas nacidas o educadas desde 1983 en adelante, el sistema democrático es, por lo general, un hábitat naturalizado. Las libertades públicas, un piso a levantar. Les resulta ajena la vivencia del golpismo.
El primer semestre de ese annus terribilis que fue 2008 se reveló iniciático. El gobierno perdió la batalla pero convenció sobre su concepción de la democracia: adversarial, conflictiva, decisoria.
La protesta fue destituyente no sólo porque habría podido tumbar a un gobierno legal y legítimo. También, o especialmente, porque miles o millones de argentinos la percibieron así.
Ocho años después, puede concluirse que el tándem Néstor-Cristina (ella en particular) escogió acertadamente el modo de perder la contienda. Llevarla al Congreso, darle un corte. Dejar expuestas a las dos facciones.
Lo consiguió “sin querer”: es dable pensar que, si proyectaba la aprobación de las retenciones móviles en el Congreso, trabajó mal el objetivo. Como la historia fluye y no cesa, su propuesta caló hondo: prevaleció en el corto y mediano plazo.
Los textos históricos acuñaron la expresión “victoria a lo Pirro”, agridulce homenaje al pelirrojo rey de Epiro que ganó una batalla contra los romanos destruyendo a su propio ejército.
El gobierno articuló una derrota “antipírrica”, convocando a militantes y partidarios fervorosos e intensos. Muchos recién se asomaban a “la política” o intuían que volvían a confiar en ella. Era preciso reconquistarlos para conformar una mayoría. Se insinuaba un sendero estrecho, de cornisa.
En 2003 Kirchner supo cómo hacerlo. Y a partir de 2008 ambos supieron.
Cabe conjeturar que, si el 17 de octubre de 1945 Perón escudriñó hacia abajo del balcón (¿cómo no iba a mirar ese paisaje, tan distinto a la isla Martín García?), vio la homogeneidad de la
muchedumbre. Estaba compuesta, abrumadoramente, por hombres, migrantes de provincias hacia los suburbios de Buenos Aires, trabajadores de la industria naciente. Vestían parecido, y la diferencia entre sus sueldos habría de ser muy escasa. Sus placeres serían también similares: la familia, jugar al fútbol o ir a la cancha, el asado, la raviolada de los domingos, el truco.
Una clase social en carne y hueso, ávida por ser representada. Hasta los patrones, que aborrecían el momento, tendrían tiempo para prosperar al calor de la política mercado-internista, de sesgo industrial, proteccionista.
Por el contrario, en el siglo XXI la estructura de clases es fragmentaria, y la desigualdad y las asimetrías son mayores. La diversidad cultural y de género, dos beneficios del progreso, complejizan reclamos y pertenencias.
En la gestión de Kirchner, poscrisis cuasi terminal, las necesidades colectivas confluían en mayorías amplias, cuyas condiciones concretas de vida cambiaron con la perspectiva cierta del trabajo, la estabilidad política, la reactivación de la capacidad instalada ociosa, el crecimiento, la distribución, el consumo. Una inclinación pro operaria signaba al gobierno, pero había para repartir más allá del proletariado, por aquello de que cuando la marea sube, todo flota.
En 2008, con el conjunto social varios peldaños más arriba, había que adecuarse para revivir o renovar o recrear la adhesión. Una mayoría (o varias) esperaba(n).
El gobernador Kirchner trazó un rumbo, se capacitó para ser presidente haciendo camino al andar. La sucesora Cristina Fernández de Kirchner podía aggiornar la sabiduría resignificando demandas más precisas.
Había que pasar de la épica del hecho cotidiano de gobierno a las reglas legales propias de las instituciones perdurables, a un estatismo pronunciado.
El partido proseguía, en el rectángulo de juego. Quedaba arriesgarse, innovar, refundarse. Casi nada.