Una de las grandes actividades de nuestro tiempo es la generación de ideas que eviten que los ricos ayuden a los desfavorecidos. El ataque que se hace actualmente al Estado es un excelente ejemplo de este esfuerzo. No se arremete al Estado en sí mismo, sino a su capacidad de defender a los pobres.
John Kenneth Galbraith
El conflicto por las retenciones móviles a las exportaciones de granos comenzó con el dictado de la Resolución 125, el 11 de marzo de 2008, a muy poco tiempo, casi nada, de que Cristina Kirchner jurara como presidenta por primera vez, y a cuatro años casi redondos de la aparición de Blumberg en circunstancias simétricas.
El desenlace sucedió en la madrugada del 17 de julio, cuando el Senado rechazó el proyecto del gobierno para convertir en ley el nuevo esquema de retenciones. Entre un momento y otro
transcurrieron cuatro meses barrocos, tensos, recargados de vicisitudes. Habría que hurgar en
manuales de historia universal para dar con una resolución ministerial (no una ley) que causara tantas convulsiones y tuviera tal trascendencia. Quién sabe… no creo que haya ninguna.
La sesión del Senado se hizo kilométrica y alcanzó un ráting televisivo insólito. Entonces era novedad, aunque esa rareza criolla se haría costumbre en años sucesivos del kirchnerismo, coronando debates históricos que fue ganando de a uno en fondo.
La noche fue terrible, estresante hasta para quienes seguían el minuto a minuto y sabían de
antemano el final. No es lo mismo, nunca, saber que algo va a producirse que verlo concretado, sea en la esfera pública o en la privada.
Una versión difundida, que creo veraz con base en el canon periodístico, refiere que el final sacudió en especial a Kirchner, que se enardeció y cabildeó con la renuncia de Cristina. Habían deglutido la indigesta sesión mientras hablaban febrilmente con los senadores propios y con un par de funcionarios.
Se acostaron no antes de las cinco o seis de la mañana. Tras fastos como ese “hay que despertarse” temprano, leer los diarios, informarse de lo que se comenta en la radio. A eso de las nueve, Alberto
Fernández comenzó el palique con un interrogante más político que social. –¿Cómo dormiste, Cristina? –dice que le dijo.
–Perfecto –cerró el trámite ella. A buen entendedor…
La reseña de Palacio recoge que Kirchner atravesaba un estado de ánimo único, inédito en él. Estaba desolado, embravecido, furioso. Caracterizaba lo sucedido como “un golpe de Estado exitoso”. Ya no le parecía posible sostener las convicciones en la Casa de Gobierno; en ese marco adverso Cristina debía renunciar.
Caían en Olivos amigos personales de Santa Cruz y algún referente de organizaciones sociales. Se trataba de segundones en poder político, pero cercanos en los afectos, que en general compartían su juicio, lo azuzaban. Alberto Fernández, sin duda, y tal vez también Carlos Zannini empezaron a divulgar lo que sucedía en Palacio, a pedir ayuda. Nuevamente los celulares crepitaban.
Los interlocutores buscados fueron aliados de primer nivel, que en fila india llamaron a Kirchner para disuadirlo, si cabía. El presidente brasileño Lula da Silva, uno o dos periodistas consagrados y escuchados, un par de empresarios, dos intendentes del Conurbano (uno de origen gremial, otro de una municipalidad gigantesca), un alto dirigente de la CGT.
En ese momento crucial, todos coincidieron en cuestionar la potencial decisión. Le advirtieron que retirarse era poner en riesgo los logros del gobierno, dejar a la intemperie a aliados fundamentales, incluidas las organizaciones de derechos humanos. Según el relato en boga, la presidenta tampoco estuvo de acuerdo con una salida que trasuntaría debilidad y la dejaría en un lugar histórico patético.
Hay que decir que Kirchner atravesaba otro dolor, personal e intenso: por esos días había fallecido uno de sus más queridos amigos.[60]
Conozco los hechos por boca de algunos de los interlocutores, no de todos. Las reglas de reserva, el off the record, indican que me detenga acá.
Me fui desayunando a media mañana merced a llamadas desoladas de colegas cercanos; no gozaba de ninguna exclusividad porque el rumor se había propagado como reguero de pólvora. Había
llegado a los medios, y las radios opositoras se hacían un festín.
Si se pensó de veras o fue un arrebato pasional… jamás lo sabremos. En horas, Cristina retomó la actividad oficial. Invitó a Olivos, para el día siguiente, 18 de julio, a los senadores y diputados que habían acompañado el proyecto del gobierno, para agradecerles y señalar a quienes habían
defeccionado. Un gesto de reconocimiento y de contención que no acostumbraba conceder. A la tarde, tenía pautada la inauguración de reformas en el Aeropuerto de Resistencia, Chaco. Hacia allí fue, como si tal cosa, mientras los temores y las euforias se disolvían como el agua en el agua. Cristina, según su gráfica palabra, “se pintaba como una puerta” desde los 18 años. Llegó a su manera, “producida” y resplandeciente, sonriendo, a sabiendas de cómo y cuánto la escrutaban. De algún modo, transmitía corporalmente a otro auditorio que la examinaba con lupa: “Dormí perfecto”.
La historia prosiguió su zigzagueante curso, en ese día espantoso. Volvamos atrás.
Las retenciones a las exportaciones agropecuarias son una herramienta clásica en varios países y fueron recurso de gobiernos de muy distinto signo en la Argentina. Incluso la “Revolución
Libertadora” se valió de ellas con altas escalas, y otro tanto sucedió en 1958 con el gobierno de Frondizi o, más tarde, con la autodenominada Revolución Argentina.
En 2002, cuando se empezaba a salir del pozo de la crisis y aumentaban los precios
internacionales de las materias primas (commodities), el presidente Duhalde y el ministro Lavagna echaron mano al recurso.
Gravar la “renta diferencial” de la producción agrícola ganadera de la pampa húmeda es una medida razonable, que cumple al menos dos funciones: recaudar divisas y contener subas locales de los precios de esos bienes. Con la soja como excepción gigantesca, la regla es que los argentinos comen lo que exportan: carne y trigo. Los precios domésticos son arrastrados por los foráneos, por motivos atávicos, difíciles de contrarrestar.
Los contribuyentes son reacios a pagar más, como acontece en cualquier comarca. Hasta marzo de 2008 lo soportaban, rezongo más o menos. En los noventa lo habían pasado mal, y en el siglo XXI se “fueron para arriba”. Coadyuvaron, en orden de aparición, la devaluación de 2002, la revalorización de la tierra, el alza del consumo interno y el sucesivo aumento del precio internacional de las
materias primas.
Kirchner fue aumentando las alícuotas, mientras el precio de la soja, el trigo y el maíz se elevaba a valores jamás alcanzados.
“La 125” fue concebida sin soñar que armaría tamaño follón. Se fijaron “retenciones móviles” a las exportaciones de soja, trigo, maíz y girasol. Los porcentajes quedaban atados a la evolución del precio internacional del producto, de modo que acompañarían el alza y disminuirían si las
cotizaciones bajaban. Se reguló una “tablita” de valores que podía trepar al 50%.
Algo quebró la inercia, saltó la térmica, la reacción fue desmedida y formidable. Pudo influir la fecha, muy cercana a la cosecha récord a precios notables, que hacía restregar las manos a los exportadores. Ningún diario hizo tapa con la 125 cuando se difundió. Después, sería costumbre la primera plana. Cubrí como columnista el conflicto, día a día, golpe a golpe, verso a verso. Decenas de notas, un conjunto sólo superado por la saga que siguió al asesinato del fotógrafo José Luis
Cabezas.
El cuatrimestre eterno jalonó una cadena de errores y fracasos del gobierno. Tiento una sinopsis básica.
Las escalas de las retenciones fueron mal calculadas, algo que reconoció después el ministro de Economía Martín Lousteau, quien las diseñó y defendió con energía durante el breve lapso en que conservó su cartera.
No se contemplaron de movida medidas adicionales compensatorias, paliativos que podrían haber fraccionado el “frente del rechazo” que le opusieron las cuatro
organizaciones de patronales agropecuarias: la Sociedad Rural Argentina (SRA), las Confederaciones Rurales Argentinas (CRA), la CONINAGRO y la Federación Agraria Argentina (FAA). El “cuadrunvirato” que ejercieron los presidentes de las cuatro
entidades, históricamente distanciadas entre sí por representar intereses diferentes, se autobautizó “Mesa de Enlace Agropecuaria”.
Cuando la confluencia de las entidades del sector se puso de manifiesto, al día siguiente, se subestimó esa coalición que no se formaba desde hacía décadas. Las tácticas cotidianas y la comunicación oficial fueron ineficaces para contener el creciente apoyo que recibía la Mesa de Enlace.
El gobierno fue realizando concesiones parciales, reconocimientos de derechos, pero jamás consiguió fragmentar el frente rival.
La Mesa de Enlace le “ganó la calle” y sus iniciativas coparon la agenda. Como ya contaremos, hubo dos trances con actos masivos, casi paralelos. En ambos, la concurrencia del “campo” y sus aliados superó a la del partido nacional-popular. El gobierno perdió apoyos de gobernadores, intendentes, diputados y senadores propios. Muchos legisladores abandonaron los bloques en el Parlamento.
El proyecto de ley fue rechazado en el Congreso.
Gestó un pichón de presidenciable de la oposición, diezmada por el resultado electoral de 2007: Julio Cobos.
La onda expansiva llegó a las elecciones parlamentarias de medio término en 2009. Kirchner en persona encabezó la lista de diputados nacionales de la provincia de Buenos Aires. Fue batido por Francisco de Narváez, un peronista camaleónico en sus alineamientos, aunque siempre de derecha, personaje menor e impresentable.
La nueva suba y los afanes políticos de la oposición debilitada tras las elecciones motivaron la respuesta, brutal desde el comienzo.
El primer “paro” se produjo casi sin respirar, el 13 de marzo de 2008. Se hilvanaron lockouts (cierres patronales de la propia actividad), retaceo de envíos de productos básicos a los centros de comercialización local, piquetes, cortes de rutas totales. Quienes despotricaban desde 2002, y hasta nuestros días, contra los piquetes y los cortes se permitieron una licencia, nada poética. Los suyos fueron los más lesivos, extendidos geográficamente y prolongados del siglo XXI.
Una base social nutrida pudo hacer suyo casi todo el territorio nacional. La prosperidad
agropecuaria, creciente desde 2002, había transformado la estructura de pueblos y ciudades de la pampa húmeda, y no sólo de ella. El kirchnerismo se encontró con un rival nuevo en su morfología, ligado al bienestar y a la economía local de los territorios: “contratistas de maquinarias, pequeños y medianos productores, pools de siembra de distinto tamaño, rentistas”, puntualizaron los
especialistas Osvaldo Barsky y Mabel Dávila. Millonarios en dólares que viven en grandes centros urbanos, otros ricos o no tanto que trabajan el suelo, empresas multinacionales o nativas de gran porte, dueños ausentistas, arrendatarios: todos conformaban un conjunto variopinto, no reducible a simplismos, que (con)tenía ganas de pelear con un gobierno que los había favorecido pero que no sentían suyo.[61] El oficialismo tenía la razón: defendía el derecho a cobrar tributos a los
contribuyentes más ricos, a sofrenar el precio de los alimentos básicos y a mantener nutrida “la mesa de los argentinos”. Pero no se daba maña para convencer a amplios sectores de la opinión pública.
En el curso de su mandato, Kirchner tomó el timón para producir hechos de alto impacto real y simbólico (el cuadro de Videla, la ESMA, la Corte, la disputa con la gran banca y con la iniciativa de Estados Unidos para conformar el ALCA, la ruptura con la tutela del FMI). Lo que estaba en juego en cada movida era claro, relativamente fácil de entender. Su sentido, por así decirlo, se constituía y se revelaba en el contraste con el pasado. El nuevo retador era muy otro.
Los opositores, superados en las urnas y molestos con el rumbo que había tomado el gobierno, encontraron un paladín en ese colectivo heterogéneo, atado a tradicionalismos, que sin embargo supo revestirse de un ropaje federal y convertirlo en su ancla. ¿Equivalía, ni más ni menos, al 55% que no había votado a Cristina en las elecciones? No hay cómo chequearlo, aunque es una hipótesis
seductora, tal vez un cachito esquemática.
La centralidad y la crispación de las protestas escalaban cotidianamente. Las medidas de fuerza superaron todas las marcas. De entrada, se restringieron envíos de mercaderías propias, tras cartón se cerró el paso a todas las demás. Hubo desabastecimiento y provocaciones brutales, como arrojar miles de litros de leche fresca al pavimento. La aprobación general avivó la soberbia y la barbarie ocasional. El 26 de marzo los piqueteros retuvieron una ambulancia en Laboulaye. El paciente que iba en ella, Natalio Porta, murió sin llegar a destino.
Los ruralistas trataron de moderar los excesos ostensibles a medida que se difundían y podían granjearles alguna reprimenda o generar malestar. Decidieron dar paso a las ambulancias, a los camiones con productos perecederos. Así y todo, la “ley de la ruta” interpretada por sujetos
arrogantes en pie de lucha dejaba resquicios a licencias injustas: en Entre Ríos se dejaron clavados en la ruta camiones que trasladaban tubos de oxígeno (aunque no pacientes) a hospitales de la
provincia.
Piqueteros ofuscados requisaron mercadería. La perpetuación de la medida de fuerza derivó en cierres temporarios de industrias y negocios y en la suba de los alimentos básicos.
Los medios desempeñaron un papel sustancial en la contienda. Los del Grupo Clarín demoraron un par de días en tomar partido: cuando lo hicieron, se embanderaron con la revuelta, endiosaron a sus referentes, capitalizaron a uno de sus personajes, el chacarero entrerriano Alfredo de Angeli, quien se había entrenado en los cortes del puente de Gualeguaychú contra la instalación de la pastera Botnia.[62] Burlón, suelto de lengua, corpulento, con un diente menos, daba ideal para representar a un hombre de pueblo, laburador e ingenioso, opositor acérrimo.
La cobertura cotidiana fue apabullante. Los discursos presidenciales, que abundaron, se exhibían “a pantalla partida”, concediendo la otra mitad a la tribuna campestre que los lapidaba en vivo y en directo: el pulgar del “pueblo en el circo” se inclinaba hacia abajo, en sentido figurado y a veces textual. El manejo enardecía al gobierno y fue el inicio de la disputa con Clarín. Un motivo político subyacía o emergía: el gran empresariado argentino había insistido para que Kirchner fuera por la reelección y se domesticara, considerando que un período desafiante había sido suficiente. Héctor Magnetto, CEO de Clarín, había sincerado ese deseo a “Néstor” si se sigue el verosímil relato de este y de otros testigos.[63] Imaginaban, con agudeza, que Cristina acentuaría tendencias que les disgustaban o preocupaban. Con su comportamiento, como ocurre a menudo en las rencillas familiares, catalizaron el porvenir que predecían y ansiaban condicionar.
Lo útil puede venir en yunta con lo agradable. Tener activos en el campo siempre sedujo al
empresariado nacional de servicios o de industria, como signo de ascenso social. En la euforia del crecimiento kirchnerista, amén de ese extraño lustre, constituía una inversión fantástica. Dueños, gerentes y directivos de grandes empresas de cualquier ramo tenían un grueso puñado de dólares en el campo. La burguesía industrial se había diversificado y transformado en polirrubro.
Cristina habló varias veces, combinando distintos tonos. Evocamos, muy sintéticamente, algunas de sus frases, las que más se reprodujeron y pervivieron.
No me voy a someter a ninguna extorsión […]. Este último fin de semana largo nos tocó ver […] lo que denomino los piquetes de la abundancia, los piquetes de los sectores de mayor rentabilidad (25 de marzo; respuesta de la payada: piquetes y cacerolazos). Les pido humildemente, como presidenta de todos los argentinos, que levanten el paro para entonces sí dialogar. Las puertas de la Casa Rosada están abiertas pero, por favor, levanten las medidas contra el pueblo […]. Es momento para discutir, debatir, dialogar, pero eso no puede hacerse con una pistola en la cabeza, menos en democracia (27 de marzo).
La soja es, en términos científicos, prácticamente un yuyo que crece sin ningún tipo de cuidados especiales (31 de marzo; la expresión se hizo célebre por esos días).
Muchos dicen representar al pueblo, pero ¿se puede representar al pueblo y
enorgullecerse de desabastecerlo? […] Si los hace felices agraviarme, sigan haciéndolo, pero por favor no agravien más al pueblo: dejen que las rutas se despejen y que los
argentinos puedan acceder a los alimentos, las fábricas a los insumos, los comercios a las mercaderías (ante una Plaza de Mayo colmada, 1º de abril, cuarto discurso en una semana).
Los vaivenes oratorios (desde pedidos sensatos y bien formulados hasta reproches ácidos) se
acompasaban con cambios en las reglas, otorgamiento de subsidios y otras acciones. El lockout y los piquetes se levantaban y reanudaban, un minué recurrente.
Kirchner habla en la Plaza del Congreso antes de la votación sobre las retenciones móviles, 15 de julio de 2008. Uno de sus discursos menos felices. Fotografía: Gonzalo Martínez.
La polémica colonizó la agenda pública. Las partes compitieron en actos masivos, en los que los ruralistas consiguieron convocatorias impensables. El 25 de mayo ambos sectores se midieron: “el campo” en Rosario, alrededor del Monumento a la Bandera; Cristina Kirchner eligió Salta, junto al gobernador Juan Manuel Urtubey. Es raro que el peronismo pierda en esas competencias, pero eso fue lo que sucedió, todo un shock para los contendientes.
El 15 de julio se libró la revancha. La coalición ruralista optó por el Monumento de los Españoles, en Palermo. Kirchner fue el orador central en la plaza del Congreso. El acto de la oposición
congregó más asistencia.
Kirchner pronunció uno de los discursos más flamígeros y virulentos desde 2003. A mi ver, el menos acertado. Comparó a sus adversarios del campo con los “grupos de tareas” de la dictadura: “Como en las peores etapas del 55 y del 76, salen como comandos civiles y grupos de tareas para agredir a los que no piensan como ellos, en forma vergonzosa”, espetó. Su furia conmovió a los propios, aunque resonó exaltada para terceros, que siempre los hay. Las alusiones al 55, caras al folclore peronista, podían ser incomprensibles para argentinos sub-40. Una regla de la comunicación política contemporánea es que el orador jamás le habla sólo o especialmente al auditorio que tiene delante en un acto, ni a la radio, diario o canal de televisión que lo reproduce. “Todo” se expande, se viraliza, se repite o edita de cien formas. El medio no es más el mensaje o, por lo menos, el medio original no lo es. Kirchner erró en el tono, que podía galvanizar a los propios, a los ya convencidos, pero que chocaba a otras sensibilidades.
El acto de la oposición congregó más asistencia. La multitud que, de todos modos, vivó a Kirchner, estaba compuesta en parte por columnas que aportaron los sindicatos y algunos intendentes. También principiaba la movilización de “gente suelta”, no encuadrada, jóvenes en alta proporción. Sosegados durante el mandato de Kirchner, reaccionaban, se politizaban y cobraban protagonismo. Empezaban a involucrarse, a identificarse activamente con el gobierno.
Medió una diferencia esencial entre la tercera sombra destituyente y las dos anteriores; me refiero a las movilizaciones encabezadas por Blumberg y las acciones de las víctimas de la tragedia de
Cromañón. El pliego de reclamos del padre dolorido era excesivo, de derecha y ambicioso, pero su afán se ceñía a leyes penales o procesales, a normas que regulan el accionar de las policías. Así, la presión y las concesiones del gobierno alumbraron un conjunto de leyes penales nefastas (cuando no inconstitucionales). Pero Blumberg no fue más lejos en su cénit y su aura se fue apagando.
Los familiares y víctimas de Cromañón, por su parte, perseguían la condena penal para todos los presuntos culpables y el derrocamiento, vía el juicio político, de Aníbal Ibarra. Se trataba, a no