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Cuando la voluntad y la destreza pueden reconstruir mayorías

In document Mario Wainfeld - Kirchner, El Tipo Que Supo (página 159-163)

Me cuenta su historia increíble. La creo en el acto. Rodolfo Walsh, Operación Masacre

El primer discurso de Néstor Kirchner ante la Asamblea Legislativa, el 25 de mayo de 2003, encabeza el glosario de citas de sus admiradores. Entonces pronunció la que se convertiría en una frase ícono: “Me sumé a las luchas políticas creyendo en valores y convicciones a los que no pienso dejar en la puerta de entrada de la Casa Rosada”.

Lo vi desde una de las galerías de la Cámara de Diputados. Hay contadas entradas para que los periodistas cubran esos ágapes, y en esa ocasión dejé que las repartieran entre mis compañeros de la sección Política del diario. Pude colarme, finalmente, porque un diputado menemista del que me separaban mil diferencias me ayudó a franquear vallas y controles. La democracia habilita canjes de ese tipo.

El verbo del orador armonizaba con mis ideas y sensibilidades: una actualización democrática de la (enrevesada) tradición de la izquierda peronista. El espíritu de la época era, ay, poco propicio para la esperanza. Le creí, sin embargo. Luego, al razonar o al escribir (debería ser lo mismo), maticé el análisis que, igualmente, a la distancia rezuma un optimismo desproporcionado al contexto desolador de la coyuntura.

Desde el 27 de abril Kirchner parece haber crecido. Ganó el centro del ring. Instaló temas de agenda, se acercó en imagen a eso de “un hombre común con responsabilidades importantes”, que suele repetir. El clima de ayer, en un exótico día feriado de asunción, tenía algo de frescura en el Congreso, en la Rosada, en las plazas que le dan contexto y sentido. Todas las postales de ayer enriquecerán su álbum de familia, pero lo que

quedará en la memoria y la conciencia de los argentinos será lo que haga a partir de hoy, cuando gobierne. Si lo que hace se parece a lo que dijo y transmitió ayer, no le irá nada mal.

Acaso influía en mi juicio lo que había charlado con un dirigente de nuestra generación, a mi ver el más lúcido analista de la política argentina. Él conocía a Kirchner de mucho antes, y analizamos juntos sus declaraciones pioneras: estimulantes, contracorriente, raras.

–¿Es en serio lo que dice? –exploré–. ¿No se va a dar vuelta, no va a resignarse? Mis prevenciones respondían meramente a lo que habían hecho tantos otros, antes.

–Va a tomar un rumbo y va a mantenerlo. Es posible que no controle la velocidad, el freno o los cambios, que se pase de largo en una curva o se estampe contra una pared. Pero nunca va a dar marcha atrás y menos virar en redondo.

Ignoro si esa premonición influyó sobre mí. Como sea, en el kilómetro cero del camino del

presidente, en la enunciación inaugural de sus intenciones, le creí. La metáfora vial sobre Kirchner, sobre sus convicciones y su manera de manejar (mucho acelerador, poco embrague), mantiene pertinencia y hasta precisión.

A fines de 2004 se acumulaban motivos para tenerle confianza. Conversaba conmigo, un día cualquiera.

–Para asentar los cambios hacen falta diez años. No pienso ir por la reelección. La gente se cansa, cuatro años desgastan a cualquiera. Hay que relanzarse, cuando estemos en el Purgatorio habrá que consolidar las instituciones.

La narrativa no me tomó desprevenido. Circulaba, y yo no era el primero en escucharla. El breve monólogo, que aportaba buenas razones y una moderación novedosa, se hizo diálogo con una

afirmación más que una pregunta: –No me creés.

P(osp)use entre paréntesis una referencia racional, que estaba implícita (“Es un abuso del optimismo andar elucubrando a largo plazo”). Fui al punto.

–Claro que te creo, presidente. ¿Para qué vas a macanear? Pero me parece que, llegado el momento, no podrías. Suponé que ahora faltara un mes para las elecciones y me autorizaras a

publicar esta charla. Sería tapa de Página/12 mañana. Harían cola para disuadirte: los compañeros más convencidos, los gobernadores, los intendentes. Lula te pediría que siguieras vos, lo mismo haría Chávez… Incluso yo, que ahora converso tan calmo, me pondría loco, trataría de convencerte. Sos el garante del proyecto y de la gobernabilidad, eso no se delega. Hasta Bergoglio te llamaría – deliré y transmití.

La relación entre Kirchner y el futuro papa Francisco no había tocado su extremo más antagónico pero no se querían nada, acaso porque se jugaba para ambos una disputa entre liderazgos.

Porfió, cerró el tema. Retornamos, supongo, a la agenda de la semana. Al año siguiente era cantado que debí haberle creído.

No le “cabía” un programa de ingresos a la niñez, que en sus albores se llamaba “Ingreso universal” o “Ingreso ciudadano”. La demanda se había extendido, y siempre pensé que responder a ella

resultaba imperioso en la nueva Argentina, menos acogedora e igualitaria que la anterior.

La percepción de Kirchner derivaba del paradigma laborista-peronista-desarrollista surgido a partir de 1945, cuyas premisas centrales se apoyaban en un Estado benefactor, la existencia de pleno empleo y sueldos suficientes para que los laburantes “pararan la olla”. Un subsidio a los menos aventajados no cuadraba en ese esquema. Gobernadores y ministros, por su parte, rechazaban la innovación alegando que habría quien prefiriera cobrar unos pocos pesos a trabajar en la vendimia o en la zafra también por monedas. El gobernador radical de Mendoza, Julio Cobos, y su colega

peronista de Tucumán, José Alperovich, eran campeones de esta mirada de marcado sesgo patronal- explotador. Pensaban, precisamente, en los peones golondrina o temporarios de la vendimia y la zafra.

Kirchner no compartía esos términos mezquinos y despectivos pero consideraba que una medida semejante equivalía a una abdicación, una interferencia en el rumbo necesario, virtuoso. Además, se trataba de una inversión social machaza, aspecto que siempre ponía de relieve.

Cuando me concedía (o inducía a) discusiones sobre esta cuestión, on u off the record, lo veía tozudo, negador, empecinado. Casi al final del mandato, nos enzarzamos más de lo habitual. Porfié, habré chicaneado o sostenido demasiado la idea. Se enojó:

–Para un intelectual siempre es fácil proponer. No miden los costos. ¿Sabés cuántos pibes cobrarían? ¿De dónde saco la plata, eehhh?

Emprendí una minirretirada digna:

–La discusión acaba de terminar. Soy un periodista con ideología, no un experto ni un ministro ni un presidente. Ni sé ni debo saber. Si el problema es la plata y se hace imposible, hemos cambiado de pantalla. La medida no está mal: es difícil financiarla.

Me percaté del avance, capté franqueza en su argumento. Si el problema era el financiamiento, un día se concretaría. Le creí. Lo concretó Cristina; para mi visión, un poco después de lo ideal.[66]

El paralelismo entre Kirchner 2005 y CFK 2009 daba fatal: las elecciones de medio término mostraban que el mandato de CFK no estaba en su apogeo. La estrella electoral de Cristina contra “Chiche” Duhalde refulgía comparada con el fracaso de Kirchner contra Francisco de Narváez.

En un entorno abatido y pesimista, Kirchner anticipaba: “Empezó el gobierno de Cristina; será mejor que el mío”. Ambos convocaban: “Vamos por todo”.

El saber político impulsaba a dudar. La correlación de fuerzas se había revertido. Desde 1983, las elecciones de medio término habían prefigurado el resultado de las presidenciales. Alfonsín cayó en

1987 y tuvo que partir en 1989. Menem venció en 1993 y fue reelecto en 1995; en cambio, fue batido en 1997 y se fue dos años después. Las reglas históricas no se equiparan a las matemáticas pero…

Elaborar el fracaso de “la 125” o Ley de Retenciones Móviles equivalía, en el manual de la política, a retroceder. O, por la parte baja, a frenar.

Después de comerse goles en contra, el gobierno de Cristina estaba malherido. La única verdad es el score. ¿O no?

Pues no. Un viejo proverbio futbolero enuncia que “el dos a cero es el peor resultado… para quien va ganando”. La hipótesis es que, si el otro equipo mete un gol, los estados de ánimo se revierten en sube y baja: el empate pasa a ser una proeza accesible para quien va perdiendo y una debacle para el otro. Con un espíritu distinto, templado en la adversidad, el micromilagro se revela un desenlace posible.

Colegas especializados refutan el mito con estadísticas. En la abrumadora mayoría de los partidos, el que marcó la diferencia termina consolidándola. El empate o la reversión del score son

excepciones. Se las recuerda porque son gloriosas, no por su frecuencia. Pero mientras hay juego, pueden suceder.

La voluntad y la destreza del perdidoso transitorio “hacen la diferencia”.

Cristina y Néstor dieron el ejemplo, tras ser vencidos en la 125. Aprendieron mucho, recalcularon con el GPS. Apostaron a todo o nada más de una vez, y se consagraron a reconstruir mayorías

amplias con proyectos más ambiciosos, congregando un núcleo de aliados o precedentes con historia y rodaje previo.

Desde 2008 hasta principios del segundo mandato de Cristina, concretaron la segunda gran etapa del kirchnerismo, con hitos que recorreremos en los próximos capítulos: la renacionalización del sistema jubilatorio, la Asignación Universal por Hijo, la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual, la de Matrimonio Igualitario.

La dialéctica es una de las claves de la historia; así, la negrura del fracaso demostró que contenía las bases para recobrar la mayoría, repensar el gobierno y el Estado, promover reformas

institucionales que no estaban en el menú de la presidencia de Néstor Kirchner. Vamos por ellas.

16. La pelirroja como objeto de estudio

In document Mario Wainfeld - Kirchner, El Tipo Que Supo (página 159-163)