• No se han encontrado resultados

DERROTAR AL ORGULLOSO EN LA GUERRA

In document augusto - adrian goldsworthy.pdf (página 148-159)

... recuerda, romano —pues estas son tus artes—, que has de gobernar naciones con tu poder, añadir buenas costumbres a la paz, perdonar a los conquistados y derrotar al

orgulloso en la guerra.

VIRGILIO, 205 d.C.374

Antes de que César Augusto abandonara Roma se abrieron las puertas del templo de Jano, simbolizando el final de la paz oficialmente declarada. El hombre que había aceptado Hispania, Galia, Siria y Egipto como su provincia iba a la guerra, comenzando la tarea de restaurar el orden y la estabilidad (romanos) de esas regiones. La lucha tendría lugar lejos, en una tierra distante y contra enemigos extranjeros, por lo tanto no amenazaba con devolver los trastornos y el caos de hacía pocos años. En vez de ello formaba parte de la recuperación de la salud de la res publica y el estado de ánimo era entusiasta, con emocionados comentarios sobre la conquista de Britania.

Julio César había desembarcado dos veces en la isla, afirmando que era necesario para la seguridad de las Galias, porque en ocasiones los britanos habían enviado guerreros para ayudar a los jefes del continente. En el 54 a.C. las tribus principales del sureste capitularon y accedieron a pagar tributo a Roma; pero no sabemos cuántas veces fueron enviados en esos años repletos primero con importantes rebeliones en las Galias y después con la larga desunión de las guerras civiles. Como resultado de las actividades de Julio César, mercados que en el pasado eran controlados por intermediarios galos quedaron abiertos a los mercaderes romanos y, a finales del siglo, esos comerciantes establecerían un asentamiento permanente en Londinum, en el Támesis. Estaba claro que muchos romanos esperaban más y anticipaban impacientes la conversión formal de la todavía exótica isla en una provincia permanente. Los poetas de inmediato colocaron a los britanos al nivel de los partos como enemigos existentes cuya derrota total era tanto inevitable como ampliamente merecida. Pocos años después, Horacio declaraba:

Augusto será considerado un dios sobre la tierra cuando los britanos y los mortales partos

hayan sido añadidos a nuestro imperio.

En ocasiones, también los indios eran considerados como otro pueblo destinado a someterse a Roma, también su gran líder, del mismo modo en que antaño sucumbió a Alejandro Magno. Las victorias sobre peligrosos enemigos extranjeros eran cosas inequívocamente buenas y un adecuado servicio al Estado por parte de su mayor servidor.375

Por esas fechas, una lucha de poder entre las tribus del sureste de Britania pareció ofrecer una tentadora oportunidad para intervenir. A su debido momento, eso conduciría al dominio de la región en general por parte de una confederación de dos tribus al norte del Támesis, los catuvelanios y los trinovantes, que permitía a sus reyes monopolizar el acceso a los bienes de lujo ofrecidos por los mercaderes romanos. En al menos dos ocasiones durante el reinado de Augusto soberanos britanos derrotados huyeron al Imperio romano y recurrieron a él para que utilizara su influencia y ejército para devolverles sus tronos. Semejantes llamamientos al Senado o los emperadores fueron habituales durante toda la historia de Roma, y tendían a ser concedidos solo cuando les convenía a los líderes

romanos.

Es posible que César Augusto considerara la idea de una expedición a Britania. Una flota de barcos de transporte fue reunida en la costa aquitana de la Galia, lo que sugiere un cierto grado de preparativos. Quizá se trató solo de un plan de contingencia, o con ello pretendió reforzar una diplomacia activa. En cualquier caso, ello resolvió la situación a completa satisfacción de Augusto. Los detalles son oscuros y no tenemos ninguna idea real ni del problema ni de los mecanismos utilizados para resolverlo. Haciendo balance, parece improbable que Augusto estuviera verdaderamente decidido a atacar Britania. El ejemplo de Julio César sugería que se necesitarían como mínimo varios años de campañas, con modestos beneficios, y que era una empresa arriesgada. Tanto en el 55 como en el 54 a.C. había perdido gran parte de su flota debido a las tormentas y casi quedó atrapado en la isla para el invierno sin suministros y sin ayuda en medio de tribus hostiles. La escala del desafío tampoco estaba clara. Transcurriría otro siglo antes de que un escuadrón de barcos de guerra romanos circunvalara Britania, confirmando que era una isla y consiguiendo una idea más clara de su verdadero tamaño. Sin una provocación más seria, Augusto se decidió en contra de la conquista, demostrando la misma precaución que lo disuadió de arriesgarse a una guerra con Partia a menos que fuera inevitable. Los poetas continuarían cantando la victoria final sobre ambos pueblos, pero por el momento César Augusto tenía otras cosas en la cabeza.376

Desde Roma se dirigió a la Galia, donde pasó varios meses ofreciendo audiencias, recibiendo peticiones y comenzado el proceso de organizar un censo. Apenas una generación había pasado desde que Julio César conquistara todos los territorios al oeste del Rin hasta tan lejos como el canal de la Mancha y las costas atlánticas, pero la forma final de las nuevas provincias todavía no estaba clara. A pesar de ello, la visita fue breve y a finales de año Augusto estaba en Tarraco (la moderna Tarragona), la capital de la provincia de la Hispania Citerior, que no tardaría en ser rebautizada Tarraconensis. Fue allí donde recibió su octavo consulado el 1 de enero del 26 a.C. esta vez con Estatilio Tauro como colega, quien se encontraba en Roma. Recientes disturbios entre las pocas comunidades que seguían siendo independientes en el noroeste fueron el pretexto para su visita a Hispania; pero es muy posible que hubiera sido desde el principio el destino que tenía pensado y que fuera allí donde tenía planeado tener su guerra.377

Las primeras legiones romanas llegaron a la península ibérica durante su larga lucha con Aníbal y Cartago a finales del siglo III a.C. Fue en Hispania donde la República instaló sus primeras guarniciones permanentes fuera de Italia y tuvo su experiencia más larga como zona de frontera. Demostró ser dolorosa y, si bien hubo unos pocos gobernadores que consiguieron triunfos, hubo otros cuyas hazañas solo les trajeron ignominia. En ambos casos, los métodos empleados no puede decirse que fueran edificantes y agresiones injustificadas, traición y masacres fueron algo común de la experiencia de frontera. Muchos de los habitantes de la península fueron guerreros decididos y hábiles. Los romanos los reclutaron entusiasmados como aliados y desde muy pronto adoptaron la famosa gladius hispaniensis, o espada hispana, como su arma corta.

Sin embargo, los romanos estaba unidos y los pueblos indígenas no y con el tiempo las provincias romanas de la Hispania Citerior (Cercana) y Ulterior (Lejana) se ampliaron hasta que incluyeron toda la península ibérica a excepción del noroeste, protegido por la cordillera Cantábrica. El siglo I a.C. no fue pacífico. Todavía hubo algunas guerras entre los romanos y las comunidades nativas, pero mucho más perturbadoras fueron las guerras civiles romanas que tuvieron lugar en los años 70 y 40 a.C., cuando los locales se vieron metidos de lleno en las rivalidades republicanas. En

ocasiones fue tan salvaje como en Italia. Excavaciones arqueológicas en Valencia han encontrado esqueletos de hombres torturados y ejecutados durante la lucha entre Pompeyo y Sertorio, mientras que uno de los oficiales de Julio César describió cómo sus propios hombres decoraron un parapeto con las cabezas cortadas de sus enemigos.378

A pesar de episodios tan lúgubres, ciudades como Tarragona florecieron. A lo largo de la costa mediterránea existía una larga tradición de asentamientos urbanos, pues colonias y emporios griegos y cartagineses se habían mezclado con las comunidades indígenas. Los asentamientos hispanos se desarrollaron con magistrados y consejos al mando de una administración que hizo cierto uso de la palabra escrita en su propio lenguaje, pero utilizando el alfabeto púnico o latino. Al terminar la segunda guerra púnica, algunos soldados romanos se asentaron en Hispania y con el tiempo vinieron más, sobre todo en el siglo I a.C. Otros italianos y romanos viajaron a Hispania en busca de oportunidades comerciales, sobre todo la explotación de sus abundantes recursos minerales, entre los cuales había oro y plata. Amplios contingentes de hispanos sirvieron como aliados en el ejército romano, algunos de los cuales consiguieron la ciudadanía; una inscripción del 89 a.C. recoge esa concesión para una turma —un grupo de caballería compuesto por unos treinta hombres aproximadamente— de jinetes que había luchado para el padre de Pompeyo el Grande. El hijo fue todavía más generoso en conseguir la ciudadanía para los miembros principales de las comunidades que lo habían apoyado en su guerra contra Sertorio. Uno de los beneficiarios en esta ocasión fue Lucio Cornelio Balbo, originario de Gades (la moderna Cádiz), quien en seguida se convirtió en uno de los agentes más leales de Julio César y ayudaría a su heredero con dinero, influencia y consejos tras los idus de marzo. En el 40 a.C. se convirtió en el primer cónsul nacido en el extranjero y ser recompensado con el consulado sufecto.

Gades era un centro comercial excepcionalmente próspero y los dueños de terrenos con buenos accesos al mar ya se estaban pasando a la producción de bienes para los mercados de Italia y otros lugares. El aceite de oliva se iba a convertir en uno de los principales productos de exportación de la región, así como las salsas de pescado fermentadas, como el famoso garum. Una generación después, el geógrafo Estrabón escribía que Gades podía presumir de contar con 500 hombres que no solo eran ciudadanos romanos, sino que estaban registrados como ecuestres. Pocas eran las ciudades de Italia —aparte, evidentemente, de la propia Roma— que pudieran presumir de tantos. Un puñado de ellos, como Balbo y su sobrino y tocayo, que recibió la categoría de cónsul y fue nombrado procónsul de África, fueron a Roma en busca de carreras en la vida pública.

Esto no significaba cortar los lazos con su comunidad original. Balbo el Joven, en concreto, gastó sumas considerables organizando espectáculos y construyendo monumentos en Gades. Otras ciudades conseguirían también teatros y anfiteatros gracias a la generosidad de los aristócratas locales, gobernadores provinciales o el propio César Augusto, lo cual les permitió disfrutar de la cultura musical y teatral de la res publica, así como del violento gusto por los juegos de gladiadores. Este tipo de cosas eran claramente populares y un signo de la extendida aspiración a ser romano o, al menos, a tomar parte en el estilo de vida del Imperio. Muchos adoptaron nombres «romanos» antes de que se les fuera concedida la ciudadanía; además, sobre todo en el sur, llevar togas estaba de moda. Durante esos años, las monedas de bronce acuñadas localmente dejaron de llevar leyendas en lengua ibérica para pasarse exclusivamente al latín.379

Lejos de la costa mediterránea, muchas comunidades resistieron el avance romano mucho más y esto, combinado con su localización, ralentizó el ritmo al que abrazaron —cuando menos la nobleza

local— el sistema imperial. La Hispania central estaba dominada por los celtíberos, un grupo diferente de naciones que hablaban un idioma céltico similar al de galos y britanos, si bien la antigua creencia de que eran el resultado de la fusión entre iberos e invasores gálicos se considera hoy improbable. Aparte del lenguaje, sus costumbres y artefactos parecen haber tenido poco en común con las sociedades «célticas» contemporáneas del otro lado de los Pirineos. Al norte de los celtíberos se encontraban los astures y los cántabros, divididos en muchos grupos diferentes, a menudo basados en comunidades sobre colinas fortificadas concretas. Pocos ejércitos romanos habían penetrado en sus tierras y ninguno permaneció allí durante mucho tiempo. Varios de los numerosos triunfos hispanos celebrados bajo el triunvirato se consiguieron en esta zona.380

No hay razones especialmente buenas para dudar de que algunos de esos pueblos, todavía independientes, estuvieran saqueando a sus más asentados vecinos celtíberos dentro de la provincia romana. Los ataques para saqueo fueron habituales en gran parte del mundo antiguo en épocas muy diferentes. Las armas ya abundaban en la península ibérica mucho antes de que llegaran cartagineses y romanos, lo que sugiere que ninguno de los invasores introdujo la guerra entre unos pacíficos pueblos indígenas. No quiere esto decir que su intervención no alterara profundamente el tipo e intensidad de las guerras locales, ya fuera mediante guerra directa o por su insaciable demanda de mercenarios y soldados aliados. Como resultaba inevitable, el impacto de más de siglo y medio de conquista, junto al de las recientes guerras civiles, afectó a todas las sociedades dentro de una zona más amplia, haciendo todavía más difícil la lucha por lo que como mucho era un magro sustento en las escabrosas montañas cantábricas. Todo lo cual debió sumarse a la tentación de saquear a los vecinos que parecían vulnerables.381

Es muy probable que Augusto hubiera planeado desde el principio completar la conquista de Hispania invadiendo el noroeste. La tarea tenía unos límites claros, parecía alcanzable en el espacio de unos pocos años de campaña y, si bien era improbable que resultara sencilla en un terreno tan difícil, carecía del potencial para convertirse en un desastre a la misma escala que un ataque contra los britanos y, sobre todo, los partos. El que no fuera una guerra contra enemigos tan exóticos o famosos quizá se trató de otro de sus atractivos, pues así demostraría que César estaba dispuesto a realizar tareas menos glamurosas en bien del interés del Estado y a cumplir su promesa de restaurar el orden y la seguridad en las provincias colocadas bajo su mando. En primavera había dejado Tarragona y marchado al norte para reunirse con el ejército que se estaba congregando para el ataque destinado a «pacificar» a los cántabros.

«MEJOR UN COMANDANTE SEGURO QUE UNO OSADO»

Emperador César Augusto siguió siendo un caudillo cuyo dominio del Estado se basaba básicamente en su control de una fuerza militar mucho mayor que la de cualquier otro. Según nuestros estándares modernos era, y seguiría siéndolo, un dictador militar, por más que tuviera mucho cuidado en evitar el título en su sentido romano. A pesar de todo el espectáculo de la renuncia a sus poderes y su renuencia a aceptar las obligaciones que le entregó el Senado a comienzos del 27 a.C., nadie podría obligarle a hacer nada mientras continuara monopolizando el poder militar. Las legiones eran suyas y el Senado en realidad no tenía nada que decir sobre cómo eran dirigidas, igual que había perdido el control sobre la creación y disolución de estas y otras unidades militares. Si bien Augusto presentaría al Senado para que las aprobara medidas donde se detallaban las condiciones de servicio de los soldados, no hubo un verdadero debate o esperanzas de que los senadores no dieran su consentimiento. En el pasado, buena parte de la regulación de las legiones, incluidos la mayoría de

los ascensos al grado de tribuno, así como los nombramientos y ascensos de centuriones, se delegaba en cada uno de los gobernadores. Así continuó siendo, pero con la diferencia de que para el grueso del ejército ese gobernador era y seguiría siendo el propio Augusto. Los oficiales ambiciosos necesitaban gozar de su favor si querían tener una carrera distinguida.382

La fuerza militar había aupado a Augusto a su posición dominante y, en el fondo, solo la fuerza militar tendría alguna posibilidad real de acabar con su poder, lo cual hacía que las legiones fueran para él tanto esenciales como una amenaza potencial. Era vital impedir que nadie siguiera sus pasos o, de hecho, los de Mario, Sila, Pompeyo y sus hijos, Julio César, Marco Antonio y el resto de caudillos, grandes y pequeños, que convirtieron al siglo I a.C. en una época tan turbulenta. La lealtad de los soldados no podía darse por segura; César Augusto tenía la suficiente experiencia en motines como para saberlo. No se trataba solo de restringir el mando entregado a los senadores a unos pocos años al frente de una pequeña fracción del ejército. Era necesario mantener a las legiones y sus oficiales contentos y leales.

Después de Accio y la derrota definitiva de Antonio, las aproximadamente sesenta legiones que existían pasaron a estar bajo el mando de Augusto. Una buena parte de los oficiales y soldados habían servido bajo más de un comandante. La mayoría de quienes eran lo bastante mayores habían prestado juramento a Julio César, lo cual era un poderoso lazo emocional que los unía a su heredero; pero por sí mismo no bastaba, como no tardaron en demostrar los motines de hombres impacientes por ser licenciados. Es indudable que algunas de las legiones no lo eran más que de nombre y, además, muy bajas de efectivos; a pesar de lo cual las cifras generales de soldados eran superiores a lo que lo habían sido en el pasado, incluso durante la enconada lucha contra Cartago. A largo plazo resultaba insosteniblemente caro, además de peligroso, pues era probable que fuera complicado mantener contenta a semejante masa de hombres.383

De modo que fue cosa de Augusto y sus consejeros decidir el tamaño y forma del ejército que mantendrían. Tendrían que considerar cuántos soldados eran necesarios para asegurar su posición contra potenciales rivales romanos, así como los necesarios para mantener el Imperio, defendiendo y, cuando así se quisiera, ampliando las provincias. Algo que estaba estrechamente relacionado. «Emperador» significaba «comandante victorioso» y sería un gran golpe contra la reputación y

auctoritas de Augusto aparecer débil ante sus vecinos extranjeros y comenzar a sufrir reveses en la

frontera o dentro de las provincias. Puede que, en sí mismo, esto no bastara para romper su poder; pero es probable que sí creara disensiones y con ellas la posibilidad de que aparecieran rivales.

Sopesando esos factores, Augusto decidió mantener una fuerza de aproximadamente veintiséis o veintisiete legiones —la cifra no está clara, igual que no lo está cuándo se crearon dos de las unidades con número más elevado; además, en un momento dado el total ascendió a veintiocho—. Esta reducción de más de la mitad vino facilitada por la renovación tras Accio de los asentamientos de veteranos. En el 29 a.C. había 120.000 soldados licenciados asentados en colonias —el equivalente de unas veinticuatro legiones a plena potencia—. Es probable que, una vez que se liberara a los hombres a quienes tocaba licenciarse y a quienes no querían permanecer en filas, los restantes soldados supusieran efectivos de sobra para crear veintiséis (o veintisiete) legiones más o menos completas.384

Los detalles del servicio militar en las últimas décadas de la República son imprecisos; pero al menos algunos hombres se alistaron para un servicio de seis años o hasta el final de la guerra, de modo que muchos de quienes tenían derecho a licenciarse no necesariamente eran demasiado viejos.

Algunos eligieron el ejército como carrera y ampliaron su alistamiento, algo especialmente habitual entre los oficiales. Durante las turbulentas décadas del siglo I a.C., el pequeño grupo existente de oficiales profesionales creció rápidamente. Tenían cargos sobre todo de tribunos, prefectos y centuriones, y fueron desarrollando una experiencia y pericia considerables. Algunos de ellos eran ecuestres, o se convirtieron en miembros de esa clase gracias a su parte del botín. Para algunos, el ejército se convirtió en el trampolín para subir de categoría social, mientras que para otros lo fue para una buena vida y una carrera honorable.

In document augusto - adrian goldsworthy.pdf (página 148-159)