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VENGANZA Y DISCORDIA

In document augusto - adrian goldsworthy.pdf (página 82-94)

Marco Lépido, Marco Antonio y Octavio César, elegidos por el pueblo para poner orden y regular la República, declaran que de no haber suplicado perdón los pérfidos traidores y tras haberlo obtenido convertirse en enemigos de sus benefactores y conspirar contra ellos, ni Cayo César hubiera sido asesinado por aquellos a quienes salvó con su clemencia [...]; ni

nosotros hubiéramos sido [...] insultados y declarados enemigos públicos [...] preferimos adelantarnos a nuestros enemigos en vez de sufrir en sus manos [...].

LA VERSIÓN DE APIANO DEL DECRETO DE PROSCRIPCIÓN, comienzos del siglo II d.C.198

Una cosa, sin embargo, exige comentario, que hacia los proscritos sus esposas mostraron la mayor de las lealtades, sus libertos no poca, sus esclavos alguna y sus hijos

ninguna.

VELEYO PATÉRCULO, comienzos del siglo I d.C.199

El dominio del triunvirato comenzó con asesinatos en masa. Según marchaban al sur desde Bononia, César, Antonio y Lépido enviaron soldados de avanzadilla para eliminar a una docena o así de hombres prominentes. No se dio aviso previo, si bien Cicerón y algunas de las otras víctimas sospecharon el peligro y huyeron de la ciudad. Cuatro hombres fueron muertos y comenzó la búsqueda del resto, lo que originó un pánico nocturno entre la elite romana, que temió estar también en peligro. El cónsul Pedio, el colega de César en el cargo y su tío, envió heraldos pidiendo calma y que la gente esperara hasta la mañana, cuando sería anunciada la lista de los hombres que todavía se buscaban. Dejada atrás la juventud y de salud pobre, se cree que la tensión del asuntó destrozó a Pedio, pues murió a los pocos días. Los triunviros recompensaron a otro de sus seguidores con el consulado vacante para las últimas semanas del año.200

Una vez alcanzaron Roma, los asesinatos se volvieron más abiertos y formales al revivirse la práctica de las proscriciones de Sila. Dos tableros con listas de nombres se colgaron en el Foro — supuestamente, una de ellas reservada solo para senadores— y los presentes en ellas perdieron toda protección legal, con lo cual podían ser asesinados por los hombres de los triunviros o cualquiera otro deseoso de reclamar la recompensar de una parte de sus propiedades. La cual se pagaba previa presentación de la cabeza de la víctima, que seguidamente era sujeta a la Rostra. El resto del cadáver se dejaba allí donde había caído o se arrojaba el Tíber junto con las basuras de la ciudad. Cualquiera, incluso la familia cercana, que osara ayudar a uno de ellos corría el riesgo de convertirse en un proscrito también. La lista inicial de víctimas alcanzó varios centenares y el total ascendió a más de dos mil en los meses siguientes. La formalidad del proceso no puede ocultar que se trataba de asesinatos ilegales a una escala que dejaba en nada las ejecuciones sin juicio de Cicerón de los seguidores de Catilina. En esta ocasión, ningún tribuno —de hecho nadie— alzó la voz para protestar. Como uno de los comandantes de Antonio comentó después con ironía: «No resulta sencillo escribir [scribere] críticas de alguien que puede proscribirte [proscríbere]». Los triunviros mandaban las únicas legiones que quedaban Italia e, incluso en el caso de que solo hubieran tenido una cada uno una legión y una cohorte pretoriana en Roma, no existía fuerza capaz de oponerse a sus deseos.201

La apariencia de legitimidad del nuevo gobierno era limitada: la lex Titia que creaba el triunvirato fue aprobada apresuradamente el mismo día que se presentó, haciendo caso omiso del requisito legal de un período de tres días antes de que la ley pudiera serlo. Los triunviros presentaron las proscripciones como la necesaria eliminación de los enemigos del Estado y sus líderes. Declararon que Julio César había demostrado clemencia solo para terminar siendo asesinado por los mismos hombres a quienes había salvado. No tenían la intención de repetir ese error, de modo que mataron a todo aquel que consideraron que era un enemigo, ignorando incluso lazos de amistad o familia. Mientras redactaban sus listas de la muerte, César, Antonio y Lépido trapicheaban con las víctimas en una escena a la que Shakespeare dio vida de forma escalofriante: «Todos estos, entonces, deben morir. Sus nombres quedan anotados». Antonio permitió que el hermano de su madre, Lucio Julio César, fuera incluido; mientras que Lépido entregó a su propio hermano, Emilio Paulo, ambos excónsules. El joven César carecía de parientes destacados que sacrificar y hubo de conformarse con Toranio, el antiguo tutor acusado de estafarle gran parte de la hacienda de su padre.202

Emilio Paulo escapó a Mileto para vivir en el exilio, muy posiblemente avisado del peligro por el propio Lépido, que no realizó ningún intento serio por hacer que lo persiguieran. La madre de Antonio, Julia, dio cobijo a su hermano en su casa, bloqueando la puerta cuando los verdugos llegaron y, según Plutarco, diciéndoles: «¡No mataréis a Lucio César si no me matáis a mí primero, la madre de vuestro comandante!». Posteriormente, se acercó en público a su hijo en el Foro y «reluctantemente», él concedió el perdón de su tío. Toranio no encontró protector y murió. Igual que hicieron cientos de otros en el transcurso de un año, aproximadamente.203

Cicerón pudo haber escapado. Se embarcó en un barco camino de Oriente, pero el mal tiempo lo devolvió a la costa, tras lo cual parece que perdió la energía para persistir en su empeño. Mientras tanto, su hermano Quinto y su sobrino fueron capturados y asesinados. El hijo de Cicerón estaba estudiando a salvo en Atenas y no tardó en estar luchando como uno de los oficiales de Bruto en la guerra contra los triunviros. El propio orador encontró la muerte con dignidad y resignado coraje el 7 de diciembre del 43 a.C. Fue, con mucho, la víctima más prominente de las proscripciones y el único excónsul, por lo que su muerte fue un aviso de que ni siquiera los más distinguidos estaban a salvo si ofendían al triunvirato. Todavía un novus homo a pesar de sus éxitos, Cicerón era tanto un blanco destacado como vulnerable, porque carecía de las generaciones de conexiones heredadas de las que disfrutaba la aristocracia establecida. Esos mismos factores son los que lo volvieron vulnerable ante Clodio y otros atacantes ambiciosos tras su consulado.204

Posteriormente se afirmó que el joven César recordó el apoyo que le había proporcionado el anciano estadista y que abogó por la clemencia. Quizá lo hizo, y quizá incluso fuera sincero y no solo chalán, pero sea cual fuere la verdad del asunto se dejó vencer. Antonio dio órdenes de que la mano derecha de Cicerón y su cabeza fueran llevadas a Roma y en su debido momento ambas fueron clavadas a la Rostra, vengándose así de la mano que había escrito y de la boca que había pronunciado las Filípicas. Antes, los macabros trofeos fueron llevados para que los inspeccionara mientras estaba cenando con su esposa, Fulvia. La gente dijo que Antonio agarró la cercenada cabeza y rio con salvaje deleite. Después, Fulvia cogió el trofeo y le gritó insultos al fallecido, incluso quitándose alfileres del peinado para clavárselos en la lengua. Ambos tenían bastantes motivos para odiarlo, Fulvia quizá más, pues Clodio había sido el más encarnizado enemigo de Cicerón —el orador había incluso defendido a su asesino ante los tribunales, pero sin éxito—. Más recientemente, había visto cómo el orador convencía al Senado para que se volviera contra Antonio, el cónsul legal,

y lo declarara enemigo público. Al vivir en Roma, tanto ella como su propiedad sufrieron ataques en los tribunales de hombres ambiciosos que presentían la vulnerabilidad de una familia rica.205

Las fuentes contienen historias que muestran a los triunviros exultantes con la masacre, pero resulta muy difícil separar la verdad de la propaganda posterior, dados los violentos e imaginativos insultos que tan normales eran en las invectivas políticas romanas. La mayoría de esas historias, escritas bajo el gobierno del joven César y sus herederos, lo presentan como un colaborador reluctante y moderado, y a sus dos colegas como meros brutos. No obstante, no se trata de la única versión que sobrevive. Suetonio afirma que la inicial reluctancia de César se transformó con rapidez en una entusiasta búsqueda de víctimas. Lépido y Antonio eran hombres maduros, con edad para tomar parte en los asuntos públicos, e incluso los senadores que envidiaban y odiaban su dominio lo resentían menos que el homicida poder de un joven imberbe. La mayoría de los romanos creían que César, quien solo tenía veinte años, no debería tener tantos enemigos ya.206

La verdad es que no solo enemigos declarados de los triunviros acabaron proscritos. A la cabeza de unas cuarenta legiones de soldados acostumbrados a generosas primas, Antonio, Lépido y César necesitaban desesperadamente dinero efectivo para pagarlos, junto a los demás costes de gobernar el Estado. Muchos de los proscritos se encontraron en la lista sencillamente porque eran ricos y los triunviros decidieron que no tenían ningún motivo sólido para conservarlos con vida. Sus propiedades fueron confiscadas, sus casas y heredades campestres subastadas para reunir fondos para el nuevo régimen. En tales casos realmente no importaba si los hombres eran asesinados o simplemente huían al extranjero, pues en ambos casos sus bienes siempre terminaban siendo confiscados. Tanto César como Antonio fueron acusados de asesinar a gente solo para ponerle las manos encima a excelentes colecciones de vasos de bronce corintios. Antonio también ordenó la muerte de Verres, un gobernador provincial espectacularmente rapaz incluso para los estándares romanos y que se encontraba en el exilio desde su exitosa persecución criminal por parte de Cicerón en el 70 a.C. Su riqueza seguía siendo importante y su colección de arte especialmente buena, de modo que el anciano criminal fue asesinado por ellos. Tanto de uno en uno como en grupo, los triunviros necesitaban dinero desesperadamente. Existen historias de que durante las proscripciones Fulvia y Antonio aceptaron sobornos para matar o perdonar a gente, y de que ella incluyó a personas en las listas simplemente porque deseaba sus propiedades. También se dice que Antonio perdonó a un hombre después de que su esposa accediera a acostarse con él.207

Las proscripciones causaron muchas víctimas, incluso aunque la mayoría de ellas escaparan y sobrevivieran, regresando en su momento a Italia e incluso a Roma. Las proscripciones proporcionaron muchas historias de dramáticas supervivencias, heroicas protecciones y desleales traiciones por parte de familia, amigos y esclavos, historias que en los años siguientes llenaron muchos libros. Hay una que afirma que un niño fue asesinado camino del colegio y que otro fue apresuradamente añadido a la lista mientras celebraba la ceremonia que lo iba a transformar en un hombre; pero en general los niños estuvieron a salvo a menos que poseyeran importantes propiedades por derecho propio. Las amenazas de ejecución para quienes habían cobijado a proscritos no se pusieron en práctica de forma sistemática. Una mujer suplicó que la mataran junto a su marido cuando su escondite fue descubierto. Los soldados se negaron, del mismo modo que el magistrado —quizá uno de los triunviros o un subordinado superior— cuando declaró públicamente que era culpable de haberlo protegido. Se dijo que al final la viuda se mató de hambre.208

contrario que de padres o hijos. Una conocida historia afirma que una mujer consiguió que su marido fuera proscrito, lo traicionó encerrándolo en su casa hasta que llegaron los soldados y de inmediato se casó con su amante, a las pocas horas de la ejecución de su esposo. Tenemos también una inscripción erigida como monumento a su amada mujer por un hombre que en su momento estuvo proscrito. Su autor cuenta cómo ella lo escondió, lo ayudó a escapar y al final logró convencer a César para que le concediera el perdón. Un perdón que demostró ser difícil de poner en práctica, tanto, que Lépido ordenó a los miembros de su séquito que golpearan a la mujer cuando esta intentó hacer que actuara y mandara llamar a su esposo.209

Hay otra historia de César concediendo un indulto. En este caso una mujer consiguió esconder a su esposo en un gran arcón, que llevó ante la presencia del triunviro mientras este se encontraba presidiendo unos juegos públicos. Revelado el engaño, la muchedumbre quedó tan impresionada por la osadía de la mujer y su lealtad a su esposo que César se dio cuenta de su estado de ánimo y le concedió el perdón. Ni siquiera los caudillos podían ignorar del todo a la opinión pública. Las proscripciones permitieron a esclavos ganarse la libertad traicionando a sus amos; pero en unos pocos casos a los cuales se dio publicidad, quedaron demasiado exultantes o continuaron atacando a la familia de su antiguo amo, los triunviros los hicieron ejecutar o esclavizar de nuevo para demostrarle a la gente que el orden social no estaba seriamente amenazado.210

César, Antonio y Lépido son culpables por su crueldad al ordenar las proscripciones. Desde un punto de vista puramente utilitario, los asesinatos tuvieron mucho éxito a la hora de difundir el miedo. No obstante, la vertiente económica demostró ser muy decepcionante, pues en las subastas de las propiedades confiscadas se demostró muy poco entusiasmo. Demasiados compradores potenciales tenían miedo de demostrar que eran lo bastante ricos como para adquirir nuevas propiedades y otros recordaron los frecuentes ataques contra quienes se habían aprovechado de las proscripciones de Sila. Desesperados por conseguir más efectivo, los triunviros introdujeron nuevos impuestos, que gravaban a los ricos basándose en sus propiedades... una medida muy poco romana. El anuncio de que las propiedades de las 1.400 ciudadanas más ricas iban a ser valoradas para que también ellas pagaran impuestos no tenía precedentes. Durante la desesperada guerra contra Aníbal en el siglo III a.C., las mujeres de la aristocracia dieron voluntariamente joyas y otros bienes para la República, pero nunca habían pagado impuestos. Encabezadas por Hortensia, la hija del hombre que había reemplazado a Cicerón como principal orador de Roma, un amplio grupo de mujeres fueron primero a ver a los familiares femeninos de los triunviros y luego al Foro para encontrarse con César, Antonio y Lépido en persona. De nuevo la mayoría de la muchedumbre simpatizó con este despliegue de valor femenino y los triunviros consideraron que era adecuado realizar una concesión era. Solo 400 mujeres pagaron impuestos, mientras se anunciaban otros nuevos para los hombres. Se cogería la mitad de la producción agrícola de las granjas, mientra que comunidades italianas fueron obligadas a proporcionar alojamiento invernal gratuito para los soldados, una imposición que solo era habitual en las provincias.211

FILIPO

El 1 de enero del 42 a.C., Lépido comenzó su segundo consulado, solo cuatro años después de haber ostentado el cargo junto a Julio César. Esta vez su colega fue Lucio Munacio Planco, uno de los comandantes del ejército que se unió a Antonio tras Mutina. Comenzaron realizando un juramento — al cual se unieron gustosos Antonio y César, y con más reservas el resto del Senado— de que todos los hechos del fallecido dictador serían vinculantes para siempre. Julio César había sido consagrado

formalmente como dios y comenzaron los trabajos de un templo dedicado a él cerca del lugar de su incineración —sus restos todavía se pueden ver hoy en el Foro—. Su heredero no era solo César de nombre, sino el hijo de un dios, si bien no adoptó ese título de inmediato.212

Las conexiones familiares nunca quedaban muy lejos del pensamiento de un aristócrata romano. Atia murió a finales del 43 a.C., tras vivir lo bastante como para ver a su hijo alcanzar el consulado. Fue honrada con un funeral público. Para entonces su hijo ya estaba comprometido con la hija de un aristócrata entrado en años, pero el compromiso se rompió cuado se creó el triunvirato. Ni Antonio ni Lépido tenían hijas de edad adecuada, pero el ejército se mostraba ruidosamente ansioso de que la nueva alianza se cimentara de algún modo, por lo que el joven César se casó con la hija que Fulvia tuvo durante su primer matrimonio. La chica —su nombre era Claudia y no fue transformado en el vulgar Clodia cuando su padre fue adoptado dentro del orden plebeyo— procedía de importantes familias aristocráticas por ambos lados, lo cual la convertía en una pareja adecuada. No obstante, era muy joven, todavía le faltaban varios años para alcanzar la edad normal del matrimonio y, si bien la pareja se casó, no vivieron como marido y mujer; cuando dos años después la pareja se divorció, César realizó un juramento afirmando que la chica seguía siendo virgen.213

Por el momento, el matrimonio proporcionó un lazo muy tradicional entre Antonio y César, que solo unos meses antes habían intercambiado invectivas y luego luchado el uno contra el otro en una batalla. Ahora se dirigirían juntos a Oriente en un mando conjunto para enfrentarse a las poderosas fuerzas reunidas por Bruto y Casio. Lépido permaneció en Italia con unas pocas legiones. A pesar de su escasa edad y experiencia, estaba claro que César tenía que ir con el ejército enviado para castigar a los hombres que habían asesinado a su padre. Eso era mucho más importante que el reparto de provincias entre los triunviros. Antonio y César conseguirían la gloria o perecerían en el intento. Si ganaban, Lépido solo recibiría una parte indirecta de su prestigio y poder. Si perdían y no regresaban, un hombre que había tomado parte en las proscripciones es probable que se encontrara con que tenía muchos enemigos.214

Ganar no sería fácil. Los Libertadores habían conseguido y reclutado más de veinte legiones. Algunas habían sido creadas originalmente por Julio César, pero ninguna de ellas había visto mucha acción bajo su mando o tenía motivos para sentir estrechos lazos con su heredero o con Marco Antonio. Tampoco estaban profundamente comprometidas en la defensa de los privilegios de la elite senatorial, de modo que Bruto y Casio se preocuparon por ofrecer a los legionarios incentivos financieros tan generosos como los entregados y prometidos por el triunvirato. Las provincias del Mediterráneo oriental no tuvieron muchas más opciones que hacerse cargo de la factura, siendo estrujadas con importantes impuestos, además de solicitárseles que proporcionaran provisiones. Algunas lo hicieron gustosas, pero ninguna podía esperar resistir el poder de las legiones de los Libertadores. Casio invadió Rodas cuando la isla se mostró reluctante a satisfacer sus demandas, además de vender como esclava a la población de varias comunidades de Judea igual de recalcitrantes. Por esas mismas fechas, Bruto asedió y saqueó Janto, en Licia, provocando el suicidio en masa de sus habitantes. Con unas advertencias tan lúgubres, la mayoría de las comunidades se apresuraron a entregarles lo que querían. Bruto utilizó parte de la plata conseguida para acuñar monedas con su efigie en el anverso —algo realizado primero por Julio César y copiado ahora por los triunviros— y un más adecuado gorro frigio republicano en el reverso.215

A finales del verano del 42 a.C. los Libertadores se sintieron lo bastante fuertes como para concentrar sus ejércitos y cruzar el Helesponto desde Asia Menor hasta Macedonia. Antonio y César

habían mandado una fuerza de ocho legiones a través del Adriático mientras preparaban el cuerpo

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