César, dice, no se queja contra ti, tenlo por seguro, excepto por un comentario que te ha atribuido: «Debemos alabar al joven, recompensarlo y deshacernos de él». Añadió que no
tenía intenciones
de dejar que se deshicieran de él.
DÉCIMO BRUTO A CICERÓN, 24 de mayo del 43 a.C.178
Los meses de invierno transcurrieron en malogradas negociaciones. Resultaba complicado alimentar ejércitos en esta época del año y los cónsules seguían ocupados entrenando a las nuevas legiones y reuniendo suministros. Décimo Bruto se refugió en la ciudad de Mutina, con sus legionarios alimentándose de carne salada y sus sacrificados animales de carga. Antonio les puso sitio, pero no presionó demasiado ni intentó un asalto. El tiempo estaba de su parte, porque si esperaba lo suficiente los defensores comenzarían a morirse de hambre y se verían obligados a rendirse. Tampoco era mala cosa hacer que fuera su contrincante quien diera los primeros pasos hacia una guerra más agresiva. Las facciones todavía no estaban claramente formadas y no estaba claro cómo actuarían los gobernadores provinciales con ejércitos a su disposición. Cicerón urgió a Cayo Asinio Polión en Hispania, así como a Lépido y Lucio Munacio Planco en las provincias galas, a que apoyaran a Décimo Bruto con sus legiones. A pesar de asegurarle su amistad y lealtad a la res
publica, ninguno de ellos hizo nada al respecto.179
Lejos, el otro Bruto estaba al mando ahora de la provincia de Macedonia y su guarnición. Cayo Antonio, enviado por su hermano a controlar la región, no consiguió ganarse a las legiones y sus propias tropas no tardaron en desertar antes de acabar él mismo convertido en prisionero. Trebonio estaba muerto, tras ser arrestado y asesinado —algunos dicen que torturado— por Dolabela. Fue el primero de los asesinos en perecer. Poco después las legiones se volvieron contra Dolabela. En los meses siguientes se vio rápidamente arrollado y acabó con su propia vida. Casio asumió el control de todas las legiones de Siria. Los conspiradores habían conseguido ejércitos y empezaron a extorsionar a las provincias para conseguir dinero y otros recursos. No obstante, ninguna de esas legiones estaba en posición de ayudar a Décimo Bruto. César y sus soldados seguían siendo críticos para el resultado en la propia Italia.180
El recién nombrado propretor se colocó gustoso a las órdenes de los dos cónsules y sus relaciones con ellos fueron cordiales. Ambos poseían buenas credenciales cesarianas. Fue probablemente a finales del 44 a.C. cuando Hircio añadió un octavo libro a los Comentarios sobre
las guerras de las Galias de Julio César, y puede que también sea el autor de Guerra alejandrina y
de Guerra africana, que continuaba los Comentarios sobre la guerra civil del propio dictador. Esta celebración de pasadas victorias sin duda agradó mucho a los exoficiales del ejército de Julio César.181
En marzo las fuerzas controladas por el Senado comenzaron a moverse. Las legiones del propretor eran la única sección del ejército en estado de batalla y César puso a la IV y la Martia bajo el mando de Hircio, permitiendo al cónsul que partiera hacia la Galia Cisalpina. El joven general lo siguió poco después con la VII —es posible que la VIII no se uniera a él hasta después—. Iban apoyadas por alguna caballería e infantería ligera y, probablemente, el cuerpo de elefantes de
guerra llegado con las legiones cuando desertaron de Antonio. Hircio y César crearon también cada uno una cohorte pretoriana de veteranos escogidos para servir tanto como guardia del cuartel general como formidable fuerza durante la batalla. Por el momento, Pansa se quedó cerca de Roma, apresurando el entrenamiento y los preparativos de las cuatro legiones nuevas y presidiendo las sesiones del Senado. Asistió a una sesión el 19 de marzo, pero al día siguiente había abandonado la ciudad camino del norte con sus cuatro legiones de reclutas.182
Hircio y César construyeron dos campos fortificados cerca de las líneas de Antonio; pero no se sintieron lo bastante fuertes como para intentar abrirse paso hasta Mutina hasta la llegada del resto del ejército. Encendieron señales luminosas para Décimo Bruto; pero no podían saber si él sabía que estaban allí hasta que un mensajero consiguiera atravesar los puestos avanzados enemigos, cruzara nadando un río y alcanzara la ciudad. Las comunicaciones entre la guarnición asediada y la columna de socorro se basaba en una mezcla de hombres valientes como esos y mensajes mediante palomas mensajeras. Durante semanas ambos lados mantuvieron escaramuzas. Parte de la caballería auxiliar que se habían unido a César cuando las legiones macedonias se pusieron de su lado decidieron pasarse de nuevo a Antonio, quien pudo haber recibido otros refuerzos, pues sus fuerzas parecen haber crecido hasta más de tres legiones. Dentro de Mutina, los hombres de Décimo Bruto estaban terminando sus provisiones, pero hasta que no recibieran refuerzos, Hircio y César no podían ayudarlo.183
En la segunda semana de abril, Pansa y sus hombres estaban cerca de Mutina tras haber seguido la vía Emilia. Antonio no podía permitir que los ejércitos enemigos se reunieran, de modo que decidió golpear con rapidez mientras todavía estaban separados y eran vulnerables. Fuerzas pequeñas fueron enviadas contra los campamentos de Hircio y César con la esperanza de mantener ocupadas a sus guarniciones. El propio Antonio cogió dos de las legiones macedonias, la II y la XXXV, junto con gran parte de su caballería y su infantería ligera y se apresuró hacia el sur para organizar una emboscada para los soldados novatos de Pansa. Hircio detectó o recibió informes sobre este movimiento y, durante la noche del 13-14 de abril, envió a la Martia, junto a su cohorte pretoriana y la de César para que se reunieran con Pansa y escoltaran la columna. Era una apuesta que podía significar la destrucción del destacamento si se perdía y tropezaba con fuerzas superiores de Antonio, pero el riesgo mereció la pena y se encontraron sin problemas.
La mañana del 14 de abril, el reforzado ejército de Pansa se acercaba a la pequeña ciudad de Foro de los Galos, a unos 11 kilómetros de Mutina. La mayoría de los antonianos estaban escondidos en las casas o los marjales y maleza a ambos lados del camino, pero eran visibles suficientes puestos avanzados como para precipitar un ataque de la Martia, encolerizada por el recuerdo de las ejecuciones de Brundisio. El resultado fue una lucha confusa y salvaje, donde acabaron por organizarse varias batallas menores. La cohorte pretoriana de César sufrió horribles pérdidas al enfrentarse a la propia guardia de Antonio en la misma carretera. En la retaguardia, las legiones novatas comenzaron a retirarse al campamento provisional que habían construido durante la noche e hicieron lo posible por fortalecer sus defensas.
Durante algunos momentos, la Martia mantuvo su posición e incluso hizo retroceder a la XXXV más de medio kilómetro, pero con el tiempo la superioridad de la caballería de Antonio comenzó a notarse, obligándolos a retroceder. La firmeza de esos bien entrenados soldados y la dirección de Pansa y sus oficiales a duras penas evitaron que la retirada no se convirtiera en una derrota. La mayoría del ejército consiguió alcanzar la protección de las murallas del campamento, si bien el
cónsul recibió un proyectil en el costado y quedó malherido. Los antonianos atacaron las bajas murallas con césped del campamento, pero no consiguieron atravesarlas. Ya era avanzada la tarde y Antonio se dio cuenta de que sus hombres estaban cansados y hambrientos. Es indudable que Julio César habría construido su propio campamento fortificado allí mismo y hecho traer comida para ellos, manteniendo la presión sobre el enemigo. En vez de ello, Antonio hizo que sus hombres marcharan de regreso a su campamento original.
Para entonces, Hircio y César se habían dado cuenta de que estaban siendo tanteados con meras fintas. El cónsul cogió el grueso de la IV y la VII, dejando a su joven colega que defendiera los campamentos. Ya fuera por casualidad o a propio intento, Hircio pudo atacar a los hombres de Antonio mientras se retiraban. Los antonianos formaron una precipitada línea de batalla en la menguante luz del crepúsculo, pero con la euforia de la victoria transformándose en agotamiento, no estaban ni física ni mentalmente preparados para otra batalla. La II y la XXXV se quebraron, sufriendo muchas bajas y perdiendo ambas sus preciosas águilas, así como la mitad de sus otros estandartes. La mayor parte de los hombres quedaron diseminados, algunos consiguiendo refugio en Foro de los Galos y otros escondiéndose en las marismas. La caballería de Antonio escapó con pocas pérdidas y durante la noche patrullas nocturnas salieron a reunir y traer a tantos de esos rezagados como fuera posible.184
A demás de estos restos, Antonio seguía teniendo la V Alaudae y otras fuerzas en suficiente buen orden como para mantener el sitio de Mutina. También conservaba una clara ventaja en número y calidad en la caballería, de modo que no le fue mal en las escaramuzas que ocuparon los días siguientes. No obstante, estaba a la defensiva, de modo que Hircio y César incrementaron la presión sobre él, avanzado para acampar más cerca de las líneas enemigas y presentando batalla, lo que Antonio declinó. Gestos como este eran un buen sistema de acrecentar la confianza de un ejército en su superioridad. Al terminar la semana, consiguieron provocar a Antonio para que formara y luchara. Fue vencido, Hircio y César consiguieron convertirlo en un ataque a gran escala contra sus líneas fortificadas. El joven de diecinueve años tuvo un papel menor en las luchas anteriores —Antonio afirmó después que huyó de la batalla, dejando tras él la capa roja que lo señalaba como general— y puede que en este segundo encuentro se desviviera por actuar heroicamente. Suetonio nos dice que en un momento dado llevó el águila de una de sus legiones cuando el aquilifer, o portaestandarte, resultó herido, un conocido gesto destinado a incitar a los hombres al ataque o para que los hombres sacaran fuerzas de flaqueza si estaban titubeando. Asaltar posiciones fortificadas era siempre una operación difícil, pero los efectivos y la confianza triunfaron. Hircio penetró en el campamento principal de Antonio, pero resultó muerto en la confusa batalla entre las líneas de tiendas. Al final del día, los antonianos habían sido expulsados de varios puntos clave. Antonio abandonó su asedio y se retiró, con la esperanza de reunirse con los subordinados que le traían tropas frescas.185
La persecución fue deslucida. Hircio estaba muerto, mientras que Pansa permanecía confinado en su tienda y sucumbió a sus heridas antes de que terminara el mes. Décimo Bruto era cónsul electo para el año siguiente —otro de los nombramientos de Julio César— de modo que era superior a César; pero sus hombres estaban en mal estado tras meses confinados en Mutina comiendo malas raciones. Su comandante también andaba desesperadamente escaso de dinero, lo cual hacía difícil pagar a las tropas y proporcionarles provisiones. Antes del asedio los defensores habían sacrificado todos sus animales de carga y resultaba difícil reemplazarlos. Décimo Bruto no contaba con caballería efectiva o con tren de intendencia para salir en campaña. La parte principal del ejército de
socorro seguían siendo las legiones leales al joven propretor, y los veteranos de Julio César no sentían simpatía por uno de sus asesinos.186
Ahora César tenía el control efectivo tanto de sus legiones como las de los cónsules. Posteriormente, César fue acusado de ordenar el asesinato de Hircio —o incluso de llevarlo a cabo él mismo— y luego de disponer la muerte de Pansa para hacerse con el ejército. Se afirmó que el médico personal de este último fue detenido e interrogado porque el estado del cónsul dio un repentino giro hacia peor. Es indudable que estas historias, en las que resulta poco probable que haya nada de verdad, surgieron a posteriori debido a las necesidades propagandísticas de la guerra civil que estaba teniendo lugar. Los comandantes romanos dirigían desde cerca, detrás de la primera línea, y eran blancos conspicuos con sus capas escarlata y exquisitas armaduras, al alcance de los proyectiles o de un enemigo osado que quisiera hacerse un nombre. La inevitable confusión producida en una guerra civil, donde luchaban ejércitos idénticamente vestidos, aumentaba el peligro. En la primera batalla del Foro de los Galos, uno de los comandantes de la Martia casi fue muerto por algunos de los reclutas novatos de Pansa, que solo lo reconocieron en el último momento.187
Seguramente fue casualidad más que propio intento lo que hizo desaparecer a los dos cónsules, pero eso no cambia nada el hecho de que ahora César se había quedado al mando de siete u ocho legiones.
ROMA DE NUEVO
El Senado escuchó rumores de una victoria de Antonio —quizá la derrota de los hombres de Pansa— antes de que llegara la historia completa del Foro de los Galos. Los dos cónsules y César fueron alabados por su parte en el éxito, si bien el papel de este último fue marginal. Los informes de la ruptura del sitio de Mutina fueron recibidos con mayor alegría si cabe por Cicerón y quienes compartían su miedo a Antonio. Se proclamó una acción pública de gracias de cincuenta días, los cuales sobrepasaban con mucho los honores de Julio César y claramente celebraban la victoria en una guerra civil. Antonio fue finalmente declarado enemigo público, mientras que a Bruto y Casio se les reconoció como legítimamente al mando de sus ejércitos y provincias. No todos se sentían tan inclinados a sentirse exultantes. Asinio Polión era gobernador de una de las provincias hispanas y cesariano de antiguo. Cuando escribió a Cicerón fue para lamentarse del desperdicio de tantos de los mejores hijos de Italia.188
Décimo Bruto hizo todo lo que pudo, pero no logró impedir que Antonio escapara. A comienzos de mayo se quejó de que «resultaba imposible darle órdenes a César y, para él, dar órdenes a su ejército, ambas cosas eran malas». El Senado envió órdenes para que le fueran entregadas la IV y la
Martia. Los soldados se negaron a aceptarlo y pocas semanas después Cicerón tuvo que reconocerle
a Bruto que nada podía hacer para obligarlos. Probablemente recibiera el mando más o menos permanente de algunas de las legiones de reclutas, y con ellas y su propio harapiento ejército marchó en pos de Antonio. Este no tardó en reunirse con tres legiones frescas reclutadas por uno de los antiguos oficiales de estado mayor de Julio César, Publio Ventidio Baso. Este ejército cruzó entonces a la Galia Transalpina. Se instó a Lépido y Planco a que actuaran contra él; pero sus mejores oficiales y soldados eran veteranos de Julio César. En mayo, el ejército de Antonio acampó junto a la fuerza principal de Lépido. Los antiguos compañeros de ambos ejércitos confraternizaron y no tardó en quedar claro que no les entusiasmaba la idea de luchar entre sí. Las legiones de Lépido se declararon en favor de Antonio y su comandante las siguió poco después. Uno de sus subordinados
senatoriales se suicidó, pero fue la única muerte. Lépido y Antonio se convirtieron en aliados, y al poco se les unieron Planco y después también Asinio Polión. El enemigo público era ahora mucho más fuerte de lo que lo había sido.189
El Senado le concedió un triunfo a Décimo Bruto y a César el honor menor de una ovación, en la cual el receptor caminaba a caballo en vez de en carro y no recibía tanto prestigio. Ambos fueron excluidos del consejo de comisionados encargado de desmovilizar las legiones y proporcionar a los soldados licenciados parcelas de tierra, lo cual no solo significaba quitarle su ejército, sino privar al joven comandante de conseguir su favor recompensándolos. Muchos senadores se sentían inclinados a relajarse al sentir que la crisis había pasado, tardando mucho en apreciar hasta qué punto se había recuperado Antonio. De forma poco inteligente, una reunión decidió reducir a la mitad la recompensa prometida cuando desertaron.190
El 24 de mayo, Décimo Bruto escribió a Cicerón informándole de que el joven de diecinueve años estaba repitiendo una frase que uno de los miembros de su estado mayor le aseguraba había sido pronunciada por Cicerón: «Debemos alabar al joven, recompensarlo y deshacernos de él». El orador no negó haberlo dicho y el ritmo de la frase latina: Laudanum aduluscentum, ornandum, tollendum —la última palabra de la cual tiene el doble significado de «exaltar» y «descartar»— sugiere que es genuina.191
Desde el principio, César había sido un medio conveniente de luchar contra Antonio. Al aceptar las órdenes del Senado, el joven había dado validez legal a la creación de su ejército y ayudado a convertirlo en un destacado protagonista de la pelea que se estaba desarrollando. Ahora el Senado estaba dando aprobación oficial al creciente poderío militar de Bruto y Casio, e incluso reconociendo a Sexto Pompeyo, el hijo menor de Pompeyo el Grande, que había desatado una rebelión en Hispania y las islas mediterráneas. No es probable que ninguno de ellos estuviera bien dispuesto hacia el heredero de Julio César. A principios de ese año, Antonio había escrito a Hircio y César que los únicos que se beneficiarín de un enfrentamiento entre ellos eran los antiguos pompeyanos.192
César no tenía intenciones de ser dejado de lado, y así lo dijo abiertamente. Como a todo el mundo, le preocupaba preservar su posición a largo plazo. A principios del mes, Décimo Bruto dio a entender que el joven tenía la vista puesta en el consulado, que había quedado vacante con las muertes de Hircio y Pansa. Puede que se hubiera acercado a Cicerón para sugerirle que se presentaran juntos. Había circulado el rumor de que el viejo orador ya había conseguido uno de los puestos vacantes. Bruto oyó la historia en Macedonia y desde el principio expresó su preocupación con respecto a utilizar a César para cualquier cosa. En junio, Cicerón le escribió para asegurarle que había hablado en el Senado en contra de parientes del joven que estaban trabajando para su elección al cargo supremo. Lo más probable es que se refiriera a Filipo y Marcelo; pero, si bien le dijo al propio César que abandonara una ambición tan loca, no por ello dejó de hablar muy bien del joven. Bruto, quien Julio César había notado que solía mostrarse obsesivo en sus creencias, no quedó convencido, temiendo que Cicerón fuera demasiado propenso a asustarse y el joven lo halagara con demasiada facilidad. Solo veía en él a un caudillo no electo cuyo estatus había heredado junto con la riqueza y el nombre del mismo Julio César a quien Bruto y sus camaradas habían asesinado por tirano. La respuesta de Cicerón fue seguir urgiendo al líder de los Libertadores para que retornara a Italia junto con su ejército. Al final, los ejércitos triunfaban sobre los ideales.193
una cohorte, de modo que no era un ejército en sí mismo; pero incluía un significativo número de centuriones, además de representantes de la tropa. Exigieron el consulado para su comandante y toda la recompensa que se les había prometido. Suetonio sostiene que el portavoz era un centurión llamado Cornelio. Se citaron precedentes, sobre todo del pasado lejano, de hombres por debajo de la edad legal que habían sido ascendidos al cargo supremo cuando el Estado necesitó de sus talentos.