«¿Y qué sucede —dijo alguien— si quiere ser cónsul y seguir conservando su ejército». A lo cual Pompeyo respondió suavemente: «¿Y qué si mi hijo quiere atacarme con un palo?».
Esas palabras han hecho pensar a la gente que Pompeyo tiene un pleito con César.
CARTA DE CELIO RUFO A CICERÓN, octubre del 51 a.C.57
El joven Octavio tenía solo cuatro años cuando su padre murió, legando la mayor parte de su fortuna a su único hijo. La riqueza de la familia estaba destinada a respaldar las carreras de las generaciones futuras. Los matrimonios de la aristocracia eran por lo general cuestión de ventajas políticas o financieras inmediatas, y los divorcios seguidos de nuevos matrimonios eran habituales. Julio César estuvo prometido durante su juventud y después se casó tres veces. Pompeyo se casó cuatro veces. Del mismo modo que Atia no adoptó el nombre de su marido al casarse con Cayo Octavio, sus propiedades permanecieron separadas y, excepto la dote, eran controladas en su beneficio por su padre. No era habitual que una esposa heredara las propiedades de su esposo y, de hecho, la expectativa era siempre que los herederos principales fueran los hijos, sobre todo los varones.
En el testamento se nombraban tutores para supervisar las propiedades del chico hasta que alcanzara la mayoría de edad. Uno de ellos fue Cayo Toranio, el hombre que había sido edil —y quizá cuestor— con el padre del crío. Las propiedades habían de ser gestionadas y el dinero invertido para proteger e idealmente incrementar la herencia. Toranio fue acusado después de haber gastado demasiado de la fortuna de Octavio en sus propios asuntos. Existe la posibilidad de que se tratara de juicios erróneos por su parte más que de un abuso deliberado de su posición; pero cuando fue adulto Octavio no lo vio así y a su debido momento se cobró una macabra venganza.58
Atia era un valioso activo para su padre. Todavía joven —seguramente se encontraba en la veintena— y capaz de tener más hijos, habría resultado raro que no se casara. La ley romana imponía un período de espera de diez meses antes de que fuera aceptable para una viuda o divorciada conseguir otro marido, pues así quedaría clara la paternidad de cualquier hijo. Marco Atio Balbo obtuvo beneficios de su matrimonio con la hermana de Julio César y de su alianza con Cayo Octavio. Lo cual no significa que no tuviera libertad para buscar una nueva alianza con otro linaje aristocrático y conseguir así nuevos contactos. Atia se casó de nuevo, esta vez con Lucio Marcio Filipo, que consiguió el consulado en el 56 a.C. Filipo no era un gran amigo de Julio César; pero su familia tenía una muy buena reputación y era políticamente exitosa, lo cual lo convirtió en un buen arreglo para ambas partes. En su caso, el matrimonio pudo haber supuesto además una bienvenida inyección de dinero. Filipo ya tenía un hijo adulto que estaba comenzando su carrera política, así como una hija; pero si había esperado más hijos de su nuevo matrimonio iba a quedar decepcionado.59
Octavio no acompañó a su madre a su nuevo hogar. Por el momento, él —y presumiblemente su hermana— se fueron a vivir con los padres de Atia, que se hicieron cargo de la tarea de supervisar que estuvieran atendidos y realizaran sus primeros estudios. Con el tiempo, a la nodriza se le sumaría un paedagogus; en el caso de Octavio, su cuidador se llamaba Esfero. Por lo genral, un paedagogus era un esclavo de origen griego y parte de su tarea consistía en enseñar al niño ese idioma así como latín. Los aristócratas romanos del siglo I a.C. eran fluidos bilingües. Además de en leer, escribir y
aritmética básica, también se hacía especial hincapié en las costumbres e historia de la república romana. Como dijo Cicerón: «Porque ¿qué es la vida de un hombre si no está entretejida con la vida de las generaciones anteriores por un sentido de la historia?». Dentro de la más amplia historia del Estado, el mayor énfasis se ponía en el papel representado en ella por la familia. Sin duda, Atia se aseguró de que Octavio aprendiera sobre las grandes hazañas e inmensa antigüedad de los Julios en general y de los Césares en particular. Sin duda la menos espectacular historia de la familia de Cayo Octavio también fue motivo de un más discreto orgullo. En años posteriores, Octavio escribió simplemente que eran «una antigua y próspera familia ecuestre», sin profundizar en más detalles.60
«EL MONSTRUO DE TRES CABEZAS»61
Pompeyo el Grande regresó a Italia con su ejército a finales del 62 a.C. Tras haberle sido otorgados por la Asamblea Popular mando y recursos en una proporción sin precedentes, sus victorias empequeñecieron las de los generales romanos del pasado. Pompeyo había servido bien a la República, su experiencia y talento natural para la organización y la planificación primero limpiaron el Mediterráneo de piratas, antes de terminar aplastando a Mitrídates del Ponto y reorganizar a fondo el Oriente Próximo. Muchos senadores se preguntaban si un hombre acostumbrado a semejante poder se contentaría con volver a ser de nuevo un simple senador. Muchos temían que utilizaría sus legiones para dominar la República por la fuerza, como hiciera Sila.62
Pompeyo no era Sila, además, la situación era por completo diferente, pues Sila se había enfrentado a enemigos que ya estaban en armas contra él cuando regresó de su guerra contra Mitrídates. Sencillamente, la inacabada guerra civil continuó cuando retornó de Oriente. Como gran gesto para calmar los miedos de la gente, Pompeyo comenzó a desmovilizar su ejército en el 62 a.C., nada más llegar a Italia. El ambiente político en Roma cambió mientras el alivio se iba desvaneciendo para ser reemplazado por el sentimiento de que ahora el gran conquistador era vulnerable. Pompeyo ya no ostentaba un poder formal ni controlaba un ejército, si bien permanecería fuera de los límites formales de la ciudad y mantendría su imperium hasta que celebrara su triunfo. En adelante tendría que confiar en su riqueza, su habilidad y en ese algo intangible que los romanos llamaban auctoritas —para lo cual la palabra «autoridad» es una pobre traducción—. La auctoritas combinaba el estatus y el respeto debido a una persona tanto por sus logros y conexiones, como por los de su familia. En esencia era, sencillamente, cuán importante consideraban todos que un hombre era.63
Nadie dudaba de la importancia de Pompeyo, y nadie lo sobrepasaba en dinero o conexiones políticas; pero no tenía el monopolio de esas cosas y otros muchos las poseían en menor grado. Pompeyo había pasado toda su juventud y la mayoría de su vida adulta en campaña. Poseía poca experiencia en las maniobras diarias de la vida pública, en mercadear y explotar los favores políticos. Además, ansiaba la adulación de las masas y la servicial aprobación de sus colegas senatoriales, por lo que hubo de luchar por sobrellevarlo cuando esta no se producía. En la práctica tenía tres objetivos. El primero y más sencillo era su derecho a celebrar un triunfo y hacer desfilar sus éxitos por el centro de la ciudad. El segundo era la ratificación formal de su reorganización de las provincias y reinos orientales, lo cual confirmaría todas sus decisiones. El último era una ley que garantizara lotes de tierra a sus licenciados soldados, estableciéndolos en granjas, de modo que en el futuro pudieran mantenerse, tanto ellos como sus familias.
En sí mismas, eran todas cosas buenas para el Estado. Sus arreglos orientales eran sensatos y, cuando finalmente fueron aprobadas, muchas de sus disposiciones se mantuvieron en vigor durante
siglos. Los legionarios habían luchado bien y con éxito, sin embargo, la República les pagaba un sueldo pobre y la mayoría no tenían de qué vivir ahora que el ejército ya no los necesitaba. Es cierto que con ello Pompeyo se ganaría la gratitud y los futuros votos de estos hombres, incrementando la gran variedad de clientes ya obligados a apoyarlo. Los aristócratas romanos de su generación sentían que si alguien tenía un vasto prestigio, este disminuía su propio estatus. También había muchos con rencillas contra él, nacidas de esos familiares que les había ejecutado el joven carnicero.64
Pompeyo hubo de luchar para conseguir su triunfo. Se trataba del tercero para él, y fue celebrado con gran esplendor y énfasis en la inigualable escala de sus logros. La muchedumbre vitoreó a los soldados, a las filas de cautivos y a las carrozas que llevaban los despojos de la guerra, listas de conquistas y pinturas con escenas de las campañas. El propio Pompeyo iba montado en un carro, con los ropajes púrpura de un general triunfante, tocado con una corona de laurel y con la cara pintada de color terracota para parecerse a las antiguas estatuas de Júpiter Optimus Maximus, el jefe de los dioses romanos. Por ese día, el general asumía el papel del dios. Los meses y años siguientes demostraron con claridad los límites de la influencia y la riqueza cuando se enfrentaban a una oposición concertada. Como ciudadano privado, Pompeyo no tenía poder y no podía convocar al Senado o presentar una ley al pueblo. En el 61 y el 60 a.C. su apoyo ayudó a que antiguos subordinados consiguieran el consulado. Ninguno de ellos demostró ser políticamente astuto y rápidamente fueron bloqueados o postergados por sus respectivos colegas.
Catón destacó en la campaña para boicotear a Pompeyo, pero otros muchos miembros de familias distinguidas dejaron de lado brevemente sus habituales rivalidades con la esperanza de conseguir que el gran héroe recibiera una dosis de realidad. Tales personas gustaban de referirse a ellos mismos como «los hombres buenos» (boni) o «los mejores hombres» (optimates), y cuando hablaban de libertad y de la República entendían ambos como los intereses de su propia clase. Para ellos era preferible dejar un problema sin tratar antes que permitir que un rival consiguiera el crédito de haberlo resuelto. Era la receta para que la vida pública cayera en la inercia. Ninguna ley que otorgara tierra a los veteranos —o de hecho a cualquier otro ciudadano pobre— llegó a aprobarse, mientras que el acuerdo oriental seguía a la espera de ser aprobado. Los gobernantes y las comunidades de las provincias y reinos aliados permanecieron en el limbo, sin tener la seguridad de que los poderes que les habían sido otorgados fueran a durar.
Craso tomó parte en muchos de los ataques contra Pompeyo, pero no tardó en quedar igual de frustrado que este. Varias prominentes compañías de publicanii habían pujado muy por encima de la probable recaudación para asegurarse el derecho a recaudar los impuestos en Asia y otras provincias orientales y ahora se encontraban con que les resultaba imposible cubrir su inversión. Presionaron para que se les devolviera su pago original al Estado. Es probable que Craso hubiera invertido en esas compañías y, ciertamente, mantenía estrechas relaciones de negocios con ellas. A pesar de toda su red de amigos políticos en deuda con él, fue incapaz de impedir que la cuestión fuera bloqueada cuando se presentó en el Senado.65
Es un error ver estos años solo desde la perspectiva de Pompeyo, Craso y sus adversarios. El ciclo anual de elecciones continuó siendo acaloradamente disputado, a menudo mediante sobornos e intimidación, mientras en los tribunales tenían lugar batallas con motivaciones políticas. Julio César se pasó el 61-60 a.C. como gobernador de la Hispania Ulterior, si bien estuvo a punto de no poder ir a su provincia cuando algunos de sus acreedores le exigieron el pago inmediato de sus asombrosas deudas. Craso intervino, pagando algunas y avalando el resto. Una rebelión proporcionó al nuevo
gobernador la oportunidad de lanzarse a la guerra, ganando gloria y consiguiendo mucho botín. Para cuando regresó a Roma, Julio César había aliviado su situación económica y conseguido la posibilidad de un triunfo.
Estaba decidido a redondear este éxito consiguiendo el consulado para el año 59 a.C., suo
anno. Para hacerlo, pidió una exención de la ley que requería que un candidato estuviera presente
físicamente cuando se declarara como tal. Catón bloqueó esta posibilidad utilizando tácticas dilatorias, hablando y hablando cuando se solicitaba su opinión en el debate senatorial, impidiendo así que se realizara una votación. El Senado no tenía permitido continuar un debate tras la puesta de sol, de modo que cualquier cosa que quedara sin resolver había de ser abandonada. Era una técnica que utilizaría repetidas veces, y uno de los motivos por los cuales ya se había convertido en una figura tan formidable en el Senado a pesar de su edad, comparativamente joven. En este caso su triunfo fue fugaz. Julio César fue a la ciudad y apareció como candidato, a pesar de que ello le supuso licenciar a sus tropas y renunciar a su triunfo.66
Parte de la hostilidad de Catón se debía a pura aversión personal, a la que no ayudaba el largo
affaire entre Julio César y la medio hermana de Catón, Servilia. Su propio yerno, Marco Calpurnio
Bíbulo —un hombre de más edad que él—, también se presentaba al consulado y puede que esperara conseguir su elección y la de un colega menos extravagante.Quizá esperaba también que un fracaso en la consecución del consulado arruinaría a Julio César del mismo modo que hizo con Catilina; pero de ser así se trató de un gran error de cálculo. Todos los candidatos gastaron con profusión y Julio César fue elegido primero con comodidad; Bíbulo además, consiguió por poco convertirse en su colega.67
Todo esto era en público. Entre bambalinas, Julio César había llegado a un acuerdo con Creso y Pompeyo, convenciéndolos de que el único modo de conseguir lo que querían era dejar de lado su enemistad y trabajar juntos a través de él. También intentó llegar a una asociación igual de próxima con Cicerón, pero no consiguió convencerlo. Los estudiosos modernos llaman el «primer triunvirato» a esta alianza entre los dos hombres más ricos de Roma y el ambicioso recién llegado. Por entonces era un acuerdo secreto, y solo gradualmente durante el transcurso del 59 a.C. se fue volviendo público.68
En enero, Julio César comenzó su año en el cargo presentando una ley agraria al Senado. Era de tono moderado y su actitud fue conciliadora, declarando que estaba dispuesto a modificar cualquiera de sus cláusulas de haber críticas razonables. Ya había decretado que todos los debates senatoriales serían publicados, de modo que las opiniones expresadas en ellos serían del dominio público. Solo Catón estuvo dispuesto a aparecer en el registro disintiendo, y no tardó en comenzar uno de sus conocidos interminables discursos. Estallando de indignación, Julio César hizo que sus lictores lo acompañaran fuera de la sala; pero Catón era muy bueno representando el papel de víctima de un tirano. Al menos un senador se fue con él, declarando que «prefería estar con Catón en la cárcel antes que con César aquí». La reunión terminó sin una votación.69
Este patrón se repitió, con Catón, Bíbulo y sus seguidores aprovechando todas las oportunidades para obstruir a Julio César. Les preocupaba menos detenerlo que hacer que adoptara métodos cada vez más y más radicales, arrojando así dudas para el futuro sobre la legalidad de todo lo que hizo. La ley agraria fue aprobada por la Asamblea Popular, de modo que los veteranos de Pompeyo consiguieron sus granjas. Pocos meses después, la primera fue completada con una segunda ley agraria que distribuía más terrenos públicos a antiguos soldados y a 20.000 hombres casados con
al menos tres hijos seleccionados de entre los pobres urbanos. Se nombraron veinte comisionados para supervisar la distribución, uno de los cuales era el padre de Atia. Finalmente, las disposiciones orientales de Pompeyo fueron ratificadas al completo. Por esas mismas fechas, los publicanii recibieron un reembolso por su sobrepuja, si bien vino acompañado de un aviso para que fueran más comedidos en el futuro.70
El apoyo de Pompeyo y de Craso fue saliendo a la luz al recurrir Julio César cada vez más a reuniones públicas y a la Asamblea Popular para conseguir que se aprobara su legislación. Ambos lados recurrieron a bandas de seguidores y a la intimidación; pero los del triunvirato eran más numerosos y estaban mejor organizados. En una reunión pública sobre la ley agraria, los lictores de Bíbulo vieron cómo les rompían los fasces y a este le volcaron encima una cesta llena de estiércol. Tras esta experiencia, se retiró a su casa durante el resto del año, declarando que observaba los cielos en busca de auspicios y no dejaba de ver rayos en ellos. Si un magistrado en ejercicio veía semejante signo de Júpiter, los asuntos públicos se suspendían; pero se suponía que tenía que estar presente en la reunión o la Asamblea y no remoloneando en su casa. No obstante, sirvió para enfangar las aguas sobre toda la legislación de ese año.71
Tras su regreso de Oriente, Pompeyo se había acercado a Catón con la esperanza de casarse con una de sus sobrinas, pero fue desairado. Se casó entonces con Julia, la hija de Julio César, confirmando así abiertamente su alianza. El padre de Julia era seis años más joven que Pompeyo; pero a pesar de la diferencia de edad el matrimonio fue un gran éxito, con el hombre mayor disfrutando de la adulación de su joven y encantadora esposa. Todo el mundo sabía que Craso y Pompeyo estaban aliados con el ambicioso cónsul y hubo hombres que empezaron a hablar de que un «monstruo de tres cabezas» dominaba el Estado. Otros bromeaban con que vivían en el consulado de «Julio y César», puesto que Bíbulo era invisible y no realizó ningún intento por aprobar ninguna ley ni cuestión propias. No obstante, además de observar los cielos, estaba ocupado escribiendo injuriosos ataques contra su colega, que mandaba colgar en el Foro para que todos lo vieran. Otros se sumaron a este flujo de invectivas. Julio César fue apodado «un esposo para las mujeres y una esposa para los hombres» cuando la vieja historia de que había sido seducido por el anciano rey de Bitania volvió a ser sacada a la luz.72
Unidos, Pompeyo, Craso y Julio César eran capaces de hacer aprobar cualquier tipo de legislación, si bien a menudo al precio de usar métodos extremos. A pesar de lo que afirmaban sus críticos, eran incapaces de controlar todos los aspectos de las cuestiones públicas. Consiguieron asegurar la lección de dos cónsules amistosos para el 58 a.C. —uno de ellos Lucio Calpurnio Pisón, el nuevo suegro de Julio César—; sin embargo, no consiguieron evitar que personas mucho más hostiles consiguieran otras magistraturas, y menos todavía esperar controlar las elecciones a largo plazo. Al final del año, Julio César se marchó con un mandato provincial de cinco años, el cual le daba la posibilidad de conseguir gloria y suficiente dinero como para pagar sus deudas y reunir una fortuna. Una ley presentada a la Asamblea por un tribuno le otorgó las provincias de Galia Cisalpina e Iliria. Cuando el gobernador de la Galia Transalpina murió, Pompeyo propuso al Senado que se la concedieran también, de modo que Julio César recibió una tercera provincia, esta vez mediante un decreto senatorial.73
«ELLOS LO HAN QUERIDO»