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de la dialéctica de la modernidad aunque, ciertamente, los frankfur-

El carácter problemático del proletariado planteó una cuestión grave: si el capitalismo seguía siendo objetivamente destructivo y s

SPENGLER 85 de la dialéctica de la modernidad aunque, ciertamente, los frankfur-

tianos no interpretaron el movimiento exactamente como lo hizo Spengler. La noción de organismo es anatema para ellos. No obs- tante, establecieron un paralelo en las formulaciones de Spengler en dos modos significativos. Primero sintieron, evidentemente, profunda simpatía por el énfasis de Spengler en el acontecimiento cultural co- mo fundamento del ser histórico 16

. Aun cuando aseveraron que siempre había existido un dominio subterráneo de lo socioeconómi- co en el que lo histórico se realizó, volvieron su atención fundamen- tal hacia el problema de las culturas. Ello se muestra tanto en sus intereses prácticos como en sus afirmaciones explícitas. Spengler, por supuesto, no introdujo la noción de lo cultural corno algo histórico, pero fue quien lo popularizó nuevamente y quien procuró sistemati- zarlo.

Segundo, existía un paralelo entre la noción del estado actual de la cultura moderna sostenido por la escuela, y el concepto de Spen- gler. Adorno escribe:

Su predicción se cumple de modo más relevante aún en el estado estático de la cultura, a cuyos esfuerzos más avanzados se ha negado comprensión y genuina acogida por parte de la sociedad desde el si- glo XIX. Dicho estado estático fuerza la repetición incesante y letal de lo que ya se ha aceptado y, al mismo tiempo, el arte uniformado para las masas, con sus fórmulas petrificadas, excluye la historia. Todo arte específicamente móderno puede considerarse como un intento de mantener viva la dinámica de la historia a través de la magia, o de aumentar el horror frente al estancamiento para producir una con- moción, para representar la catástrofe en la que lo ahistórico comienza repentinamente a parecer arcaico. La profecía de Spengler para los estados más insignificantes comienza a cumplirse en los hombres mis- mos, aun en los ciudadanos de los estados más grandes y poderosos. De este modo, la historia parece haberse extinguido 17

.

Spengler había argumentado que el penúltimo momento de Oc- cidente, antes de su renacimiento en una especie de barbarie, era una enervación cultural en la que la creatividad del pasado sería reem- 11) Véase Adorno y Horkheimer, Dialectic of Enlightenment, pp. 120-67; Benjamin «Li- teraturgeschichte und Literaturwissenschaft», en Der Stratege im Literaturkampf, pp. 7-9. En esta última, se ponen las bases de Spengler y de la Escuela de Frankfurt en Nietz- sche.

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plazada por una recreación falsa y superficial de la grandeza del pa- sado o por el formalismo poco profundo de un clasicismo vacío 18 . Esta postura fue firmemente sostenida por la Escuela de

Frankfurt

19.

La Escuela de

Frankfurt

vio el origen de dicho vaciamiento de la cultura en la objetivación del hombre por la máquina 20. Este te-

ma se encuentra también en los escritos de Speng.

Y estas máquinas llegan a ser en su forma cada vez menos huma- nas, más ascéticas, místicas y esotéricas: entrelazan la tierra de arri- ba abajo con un tejido infinito de sutiles fuerzas, corrientes y tensio- nes. Sus cuerpos devienen siempre más y más inmateriales, siempre menos ruidosos... El hombre ha experimentado que la máquina es algo diabólico, y con razón. Ella significa, a los ojos del creyente, el testimonio de Dios. Ella transmite la causalidad sagrada al hombre y por su intermedio, con una suerte de omnisciencia previsora, se pone en movimiento, silenciosa e irresistible 21.

Como en Marx, el funcionamiento de la máquina, en razón del modo como el hombre se relaciona con ella, convierte al hombre en objeto y a la máquina en sujeto. Desde que la máquina gobierna al hombre absolutamente y controla su actividad, se pone en relación con el hombre como si fuese Dios.

Para Marx, por cierto, esta situación reflejaba no la naturaleza universal y abstracta de la máquina, sino la estructura social que his- tóricamente creó y gobernó aquella máquina —una estructura so- cial sujeta a la abolición. Para Spengler, sin embargo, dicha objeti- vación del hombre, y con ella la remixtificación del mundo, es inse- parable de la máquina misma. Si la causa era algo externo a la má- quina, era el movimiento orgánico e inmanente de la cultura faus- tiana. Pero la máquina era en verdad la encarnación material de tal cultura. De aquí que no se pueda concebir ningún otro resultado para la máquina.

18 Spengler, Decline of the West, 2: 108.

19 Véase Marcuse, One-Dimensional Man, p. 15; Horkheimer, «Art as Mass Cultu-

re», Critical Theory, pp. 286-88.

2(1 Marcuse, One-Dimensional Man, pp. 144-46; Benjamin, <Mork of Art in an Age of Mechanical Reproduction», en Illuminations, pp. 241-242; Adorno y Horkheimer,

Dialectic of Enlightenment, pp. 122-31.

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El paralelismo entre esta postura y la postura de la Escuela de Frankfurt es obsesionante. Ambos sacan a la máquina del peculiar contexto de la organización social y descubren la causación en la ver- dadera naturaleza de la máquina. Evidentemente, Spengler está más dispuesto a proyectar la causación más allá de la superficie del con- texto socioeconómico que la Escuela de Frankfurt. No obstante, la Escuela de Frankfurt considera ciertamente la máquina como un pro- blema de naturaleza fundamental, que trasciende aun la organiza- ción social particular. Los miembros de la escuela proponen la posi- bilidad de crear un orden social nuevo que desmitificaría y desobje- tivizaría la máquina, pero nunca presentan este resultado como al- g

o

seguro

La crítica de la tecnología de la Escuela de Frankfurt puede te- ner otras fuentes, pero su formulación exacta, unida al elogio explí- cito que Adorno hace de Spengler, señala a éste como origen de su crítica de la tecnología y de la máquina por ella engendrada. Según Spengler, la civilización de la máquina llega a anonadar la posibili- dad de la cultura creada libremente más allá de esta civilización. Pa- ra la Escuela de Frankfurt la creatividad fuera de la época cultural es difícil, si no imposible, de imaginar.

Tanto para Spengler como para la Escuela de Frankfurt existen únicamente dos posibilidades: o el mundo enteramente administra- do y desvirtuado caerá en un tedio epigonal o el colapso catastrófico de la cultura mundial hará pedazos al mundo burgués. Como Spen- gler concluye en el segundo volumen de The Decline of the West:

La dictadura del dinero sigue adelante, tendiendo hacia su cima material, en la civilización faustiana como en cualquier otra. Y aho- ra sucede algo que es sólo inteligible para quien ha calado la esencia del dinero. Si fuese algo tangible, entonces su existencia sería a per- petuidad —pero como es una forma del pensamiento, desaparece gra- dualmente después de que ha pensado su mundo económico para de- terminarlo, y no tiene más material con el que alimentarse... Pero con ello, el dinero está también al cabo del éxito y el último conflicto en el que la civilización recibe su forma decisiva está próximo —el conflicto entre la sangre y el dinero 23.

22 Marcuse, One-Dimensional Man, pp. 203-46.

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Para Spengler como para Marx, el capital se ha agotado a sí mis- mo. Restan tan sólo dos posibilidades. Una es la continuación del capitalismo como prisión estática e interminable. La otra es la caída • en la barbarie de la sangre: el fascismo.

Para Spengler, la caída en la barbarie está decretada histórica- mente, la recapitulación del capitalismo es simplemente una posibi- lidad temible y nunca reconocida. Para la Escuela de

Frankfurt,

las dos posibilidades existen y son ambas aterradoras. La caída en la barbarie es el tema de la Dialectic of Enlightenment. La perpetuación de la máquina-dios es el tema de One-Dimensional Man. Es concebible que en la lucha entre la sangre y el dinero, el dinero siempre venza, perpetuando el estancamiento sin fin de la máquina. O es posible que triunfe la sangre, y cree una era de horror sangriento. O existe siempre la más horrorosa posibilidad, que la sangre y el dinero unan sus fuerzas, asistiéndose mutuamente en un horror estático. Adorno escribe:

El (Spengler) demuestra de modo casi más relevante que ningún otro el modo en que la naturaleza original de la cultura siempre la obliga a la decadencia, y que la cultura misma, en tanto forma y or- den, está en complicidad con la dominación ciega que, en crisis per- petua, está siempre dispuesta a aniquilar a sus víctimas y a sí misma. La cultura lleva la marca de la muerte; negarlo sería permanecer im- potente ante Spengler, que traicionó tantos secretos de la cultura co- mo lo hizo Hitler: los de la propaganda.

Para escapar al círculo encantado de la morfología de Spengler no basta con difamar la barbarie y contar con la salud de la cultura 24

.

Para Adorno, la idea más convincente es la de las dos posibilida- des. La crisis reside en si es posible encontrar un camino de salida.

La influencia más directa de Spengler sobre la Escuela de

Frank-

furt

se ejerció a través de

su

concepto de que la cultura (en este caso, la Ilustración) avanza decadentemente hacia su propia aniquilación y viene a parar en su antípoda: la barbarie. Su influencia condicio- nó la concepción frankfurtiana. de las posibilidades históricas. Spen-

gler, en mayor medida que Marx, creó y nutrió dicha interpreta- ción. Los frankfurtianos se opusieron a su ceguera socioeconómica, a su renuncia a arraigar las posibilidades históricas en lo material 25

;

24 Adorno, «Spengler after the Decline», p. 71.

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