COSTE-EFECTIVA DE CONTROL DE LAS EMISIONES DE GASES DE EFECTO INVERNADERO
1. E L CAMBIO CLIMÁTICO COMO PROBLEMA ECONÓMICO DE CARÁCTER ASIGNATIVO
1.1. La calidad del aire como bien público de carácter global
1.1.3. a La dimensión intergeneracional del problema y el concepto de desarrollo sostenible
Desde que el hombre existe sobre la Tierra, su actividad predadora, agrícola y manufacturera provoca multitud de efectos sobre las condiciones del paisaje, el cielo, el subsuelo, y los ecosistemas en general. Efectos que, inevitablemente, tienen repercusión sobre la vida de otros grupos sociales y del resto de las especies animales y vegetales. Pero el proceso de crecimiento económico experimentado en el último siglo, con origen en la Revolución Industrial y, especialmente, el producido a partir de los años cincuenta y sesenta, no encuentra parangón con el ocurrido en ninguna otra época (BROWN et al., 1992: p. 257). Ni en su volumen, ni en su ritmo, ni en su impacto sobre las condiciones de vida sobre el Planeta.
Indudablemente, la magnitud de la producción mundial de bienes y servicios provoca agresiones al entorno. La naturaleza de los procesos productivos actuales genera ingentes cantidades de residuosy de emisiones contaminantes, nunca antes conocidas en la historia de la civilización humana. En el ámbito específico que nos ocupa, la concentración de GEI en la atmósfera ha crecido vertiginosamente en las últimas décadas. Este aumento se ha debido en especial al empleo de combustibles fósiles en los procesos productivos, así como a la deforestación masiva especialmente en las áreas de selva.
Siendo así, la globalidad delfenómeno del efecto invernadero y el calentamiento global asociado se manifiesta también en la dimensión temporal, con una aguda incidencia en las condiciones medioambientales legadas a las generaciones venideras que puede
incluso comprometer seriamente las posibilidades del desenvolvimiento de la vida humana en el futuro52.
No es, pues, sorprendente que el debate económico central en los primeros setenta estuviera protagonizado por los teóricos de la economía del desarrollo. Son ellos quienes recogen la señal de alarma y elaboran modelos de limitación del ritmo de crecimiento de las actividades productivas, ante la amenaza de que su mantenimiento o aceleración pueda incluso impedir la vida en la Tierra en un horizonte temporal no demasiado lejano.
El planteamiento giraba en torno a la disyuntiva entre crecimiento o calidad ambiental, de modo que cualquier postura intermedia entre ellos suponía necesariamente un trade-
off, sin contemplar vías de compatibilización. La influencia de estas ideas limitacionistas
y, en concreto del Primer Informe del Club de Roma53 fue notoria en la época, a pesar del fracaso de las previsiones en él contenidas y de los abundantes errores teóricos de su formulación (MISHAN, 1989)54.
Sin embargo, es preciso reconocer la herencia que, a pesar de todo, ha pervivido, no tanto en cuanto a las predicciones como al espíritu y los problemas planteados por aquel Primer Informe. Así, los actuales movimientos conservacionistas y ecologistas son, en gran medida, legatarios de esas ideas de los primeros setenta. Podemos considerar también como heredera evolucionada de aquellas ideas limitacionistas la moderna teoría del desarrollo sostenible, que comenzó a extenderse a partir de la publicación del
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La cuestion del deterioro del marco vital de las generaciones futuras ha sido tratado con profusión en la literatura económica, articulando el análisis alrededor de los tres aspectos implicados en la cuestión: conservación, futuro y equidad. Sobre esta materia, ver, entre otros, SOLOW (1974), JOYNER (1986) o AGARWALA (1983).
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MEADOWS, et al. (1972).
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Si bien todos esos fallos justifican el desinterés general que suscitó el Segundo Informe del Club de Roma (MESAROVIC y PESTEL, 1975).
conocido como Informe Brundtland (N.U. WORLD COMMISION ON ENVIRONMENT AND DEVELOPEMENT, 1987). Según se recoge en él, el concepto de desarrollo sostenible se refiere al conjunto de vías de progreso económico, social y político que atienden a las necesidades del presente sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras para satisfacer sus propias necesidades.
En este sentido, frente a las posturas limitacionistas esta teoría mantiene una opción en favor del crecimiento económico: no se renuncia a la creación de riqueza, aunque se considera que el progreso de los pueblos no se mide exclusivamente por los ascensos de la renta per cápita, sino que abarca un contenido más amplio, ligado a la noción de calidad de vida. (PEARCE, et. al. (1989).
En cuanto a la sostenibilidad de ese desarrollo, se basa en respetar lo que los teóricos de la economía de los recursos naturales han dado en llamar capacidad de sustentación o
capacidad de carga del Planeta. Es decir, la tasa de utilización de los recursos no ha de
exceder su tasa de regeneración y, además, la tasa de emisión de desechos no debe rebasar la tasa de asimilación por los ecosistemas. Esta reducción de las múltiples transformaciones intermedias (transflujo o Throughput Economy), de los dos procesos encadenados que provocan el deterioro ecológico es el proceder que tradicionalmente utilizó la especie humana en su relación con el entorno.
El nudo de este concepto se halla, en suma, en admitir la complementariedad del crecimiento económico y el progreso social con el respeto al entorno natural, de manera que se garantice la viabilidad de la vida humana en siglos venideros (solidaridad
intergeneracional), así como la calidad de vida de las generaciones actuales (solidaridad intrageneracional o equidad geopolítica).
Esta terminología tan extendida en el ámbito de la ecología económica no está, sin embargo, exenta de complicaciones. Antes de nada deberíamos preguntarnos qué se entiende por solidaridad. Bajo mi punto de vista, un comportamiento solidario consiste
en el empeño decidido de un individuo o de un grupo por hacer suyo el problema de otros, aportando todo lo que esté en sus manos para su resolución.
Puede parecer ingenuo y hasta irrelevante el intento de definir la solidaridad, y sin embargo es crucial: las consideraciones éticas son esenciales en el análisis de la dimensión intergeneracional de los problemas ambientales. La evaluación de las externalidades medioambientales transferidas al futuro no sólo choca con obstáculos científicos que impiden realizar previsiones ajustadas acerca de las consecuencias sobre la biosfera de las actuaciones presentes. Desde el punto de vista del cálculo económico, desconocemos las preferencias de los agentes del futuro, atendiendo a las cuales deberíamos poder decidir qué legarles, y en qué proporciones: más de calidad ambiental o más de crecimiento industrial. En tal situación, la ciencia económica carece de un patrón de comparación entre beneficios presentes y venideros, de modo que las predicciones al respecto contienen necesariamente valoraciones éticas.