LA ORGANIZACIÓN FORMAL DE LA PARTICIPACIÓN
III.2 EL PAISAJE COMO HERRAMIENTA DE CONOCIMIENTO Y ACCIÓN PARA LA CONSTRUCCIÓN PARTICIPADA DE LA CIUDAD
III.2.1 Dimensiones comunes en las teorías geográficas
La manera más convencional y extendida que tiene el conocimiento geográfico de estudiar y explicar el territorio es el análisis del espacio objetivo, el visible, mediante su codificación y abstracción cartográfica, el uso de fuentes estadísticas y datos cuantificables que permiten la descripción e interpretación de las formas y dinámicas que acontecen en la superficie terrestre. Esta parte de la Geografía es importante y tiene un largo recorrido. Sin embargo, y desde hace décadas, hay otra parte de la Geografía que plantea que existe también un espacio subjetivo, invisible, que requiere modos de representación cartográfica y cuantificación diferentes y que, junto al objetivo, es necesario investigar y conocer para dar repuestas más completas a la complejidad del espacio y su organización. Se trata de conocer cómo se percibe, se representa, se imagina y se experimenta el espacio para comprenderlo y explicarlo, añadiendo a la información obtenida por métodos científicos convencionales, otros conocimientos que aportan las personas o usuarios de los territorios. Es una apertura del conocimiento geográfico hacia lo no puramente científico, o como escribe Lowenthal, incorporar “(…)
las ideas geográficas, verdaderas o falsas, de todas clases de gente – no solamente geógrafos sino también granjeros y pescadores, hombres de negocio y poetas, novelistas y pintores, beduinos y hotentotes” (en Besse, J-M, 2010).
Desde la geografía, seguimos estudiando la relación entre espacio y sociedad. Y en esta relación, el espacio no solo es un mero soporte. Por eso, no es suficiente con entender cuestiones como la propiedad del suelo o la legislación, sino que hay que considerar lo cultural, lo subjetivo, los imaginarios, las representaciones y los significados que cada momento histórico o cada sociedad otorga a los lugares (Lindón y otros, 2006: 15).
Interesan, por tanto, dos conceptos de espacio:
1. Como producto material de las sociedades, resultado de la acumulación y flujos de capitales y del nivel tecnológico alcanzado (vertientes de la geografía marxista, neo- marxista y crítica, con autores como David Harvey, Neil Smith, Henri Lefevre, Doreen Massey...)
2. Como espacio vivido y concebido, que parte de la hipótesis de que toda experiencia está espacializada. Por ello, el espacio aquí se estudia a partir de las experiencias, los significados y valores que le otorga la sociedad. Ello supone estudiar la subjetividad espacial, lo que dificulta la metodología. Esta concepción proviene de la geografía humanística y, de forma más general, de las geografías culturales.
La propuesta de la Geografía Humanistica10 introdujo libertad al conocimiento geográfico,
al considerar como elementos necesarios para el conocimiento la subjetividad, la intuición y la emoción (Kuoni, 1986). Pero también generó cierto enfrentamiento por su “supuesta posmodernidad, falta de rigor científico o exceso de heterodoxia” que le etiquetaron sus detractores, aunque siempre se haya defendido por sus seguidores como complementaria y no excluyente. Esta corriente geográfica plantea, frente a la reducción del espacio como una dimensión “abstracta y geometrizante” donde los objetos se relacionan por la distancia que caracteriza a las corrientes más cuantitativitas (Estébanez, 1982; Albet y Benach, 2012), una visión antropocéntrica del espacio, donde el hombre es productor y producto (Kuoni, 1986). Por eso, las personas convierten los espacios en lugares al crear vínculos emocionales, vivenciales y simbólicos con ellos, apareciendo el concepto de topofilia como “manifestaciones específicas del amor humano hacia el lugar” (Tuan, 2007).
Rescato estos principios de la corriente humanista de la Geografía, no con el objetivo de encasillarme en una línea de pensamiento que, como otras, no ha sido capaz de evitar la segmentación rígida del conocimiento científico ni su rigor paralizante (Albet y otros, 2004), sino porque, precisamente, pretendo hacer eso, rescatar aquellas partes que me son útiles para defender una propuesta de horizontalidad entre saberes y práctica, alejada de la verdad científica que practica la academia más ortodoxa, que parece buscar sólo el reconocimiento científico (afortunadamente, cada vez menos mayoritaria), y que ha alimentado en tantas ocasiones al modelo de dominación cultural y económica que es el neoliberalismo (Bourdieu, 2001). Una aportación desde una Geografía actual que, creo, puede ser muy útil para mejorar la calidad de la información y el quehacer de
10 Tiene su auge en el mundo anglosajón en torno a 1970 como alternativa a la New Geography y su enfoque
objetivo, abstracto y cuantitativo. Se apoya en las filosofías existencialistas y fenomenológicas y alguno de sus prin- cipales representantes son Edward Relph, Anne Buttimer, Yuan Tuan, David Ley, Marvyn Samuels o Nicholas Entrikin
planificadores de la ciudad a través de su acercamiento y creencia en el conocimiento popular del territorio.
Ante la compleja realidad de la espacialidad descrita – visible e invisible; objetiva y subjetiva; estética y ética; física e imaginada -, el conocimiento de la misma y su interpretación requieren de formas de investigar diferentes y comprometidas, que permitan un diálogo continuo y una conexión con lo/los investigado/s. Sin duda, esto requiere poner en práctica metodologías nuevas y viejas, tanto para la Geografía como para otras ciencias sociales, como son el trabajo de campo y todas las técnicas de tipo cualitativo: entrevistas, talleres, devoluciones y desbordes creativos, etc. (Villasante, 2012). A éstas, habría que añadir otras como las fuentes literarias, fotográficas, cinematográficas, pictóricas y artísticas en general, pero también técnicas o prácticas de observación-investigación participante. De aquí el interés que suscita la figura del académico-investigador que, de forma autónoma, sale del recinto universitario para participar activamente en prácticas ciudadana alternativas, no sólo por un compromiso político-social sino para producir una genuina investigación (Kuoni, 1986). Porque, cuando el discurso está producido por los poderes científicos y económicos dominantes, se deja sin voz a cualquier otra visión y formas de hacer alternativas, diferentes (Albet y otros, 2004). Hay que ser capaz de integrar todo aquello que ayude a comprender este complejo mundo para mejorarlo, como por ejemplo aprender de lo que se dice y lo que se hace en aquello que constituye el propio objeto de estudio, desde grupos “rebeldes” o alternativos al dogma dominante, tal y como se propone en la tercera parte de este documento. La preocupación del investigador crítico y comprometido debe ser la de ser útil a la sociedad para que este mundo sea más justo, sin dejarse atrapar por los aparatos del poder hegemónico.
Aplíquense estas cuestiones los técnicos y políticos para darse cuenta de que, aunque las ideas provengan del ciudadano, son válidas, y que son necesarias las actitudes abiertas al intercambio de posturas e ideas.
Las nuevas maneras de concebir el espacio geográfico y la forma de investigarlo que introdujo la geografía humanística y que hoy recoge lo que podrían ser las nuevas geografías culturales críticas, destacan la importancia de lo subjetivo, lo cultural, lo imaginado en la construcción del territorio, de sus espacios y lugares. Son geografías que se interesan por las prácticas cotidianas de la gente, por lo local, por cómo perciben y valoran los espacios y los lugares, por las representaciones y por los significados que se otorgan a un determinado lugar, confeccionando una nueva forma de conocer e interpretar la realidad cotidiana. Pero a la vez, esta manera de acercarse al conocimiento de la
realidad espacial supone por sí misma un proyecto político por el carácter comprometido del método, al “indagar en el intercambio dinámico entre esa perspectiva cultural y las relaciones de dominación, de explotación y las dinámicas profundas que las sustentan” (Albet y otros, 2004), y denunciar su implicación, mediante la práctica del urbanismo homologado, en la aparición de espacios segregados, de exclusión y desigualdad. Consisten en, mediante el conocimiento, crear consciencia para el cambio cívico.