• No se han encontrado resultados

De la disciplina a la fatiga de ser uno mismo La subjetividad identidad.

CONTEMPORÁNEA DE LA SUBJETIVIDAD

4.2. De la disciplina a la fatiga de ser uno mismo La subjetividad identidad.

Manteniendo la anterior constelación de reflexiones a nuestro lado, puede hacerse más fácil la comprensión de la crítica de múltiples autores100 a la dinámica y

funcionamiento del sistema capitalista desde inicios del siglo XX hasta mediados de éste. Una crítica que, para nosotros, tiene la doble finalidad de explicar las variaciones del sistema productivo y, a la vez, relacionar estas variaciones con las modulaciones que han sufrido nuestras formar y maneras de ver, habitar y ser, a saber, nuestra subjetividad. Así, los parámetros disciplinarios y autoritarios del primer Capitalismo, cuyo receptor era un individuo con pocos derechos sociales y no-consumidor que, básicamente, podríamos englobar bajo la categoría del obrero-fábrica, por cuanto su principal objetivo era la producción, fueron expandiendo el ámbito de la capacidad de consumo y estructuraron otra forma de socialización y de adaptación. Esta modulación ha tenido una única dirección: la eficacia en la rentabilidad. De un afuera que promovía la disciplina y la uniformidad desde paradigmas y discursos también, más o menos, heterogéneos, ha ido priorizando su capacidad de movilización, siempre para el consumo y la producción, hacia la interioridad del propio sujeto, haciendo más flexible el discurso, dejando que se coloree con diferentes tintes como la emancipación, la auto- realización o la felicidad. Esta direccionalidad, cada vez más acerada e intensa, como veremos a continuación, va agostando los pilares sobre los que jalea la movilización y dirige el ámbito de consumo-producción a ámbitos cada vez más fundamentados en la experiencia, cuando lo material parece no dar más de sí mismo, y hacia una experiencia                                                                                                                

más centrada en el consumo-producción de uno mismo. No es que, como podría desprenderse de una primera ojeada rápida, los valores o parámetros compartidos se hayan desdibujado, difuminado o desaparecido, sino que han mutado para mover los hilos desde otra parte y de otra forma. Estamos ante otra forma de socialización caracterizada por trasladar el peso del ahínco consumista de un afuera directivo a un adentro impulsivo, como veremos, cambiando la dirección a finales del siglo XX de un consumismo identitario a un consumismo experimental. Son fundamentales, en este proceso de giro conceptual del consumo, entre otros, multiplicar y diversificar la oferta, proponer mayor cantidad, buscar la elección libre, la preferencia por la pluralidad y el estímulo de la realización de los deseos antes que la antigua austeridad101 y, además, la

transformación de los estilos de vida.

Para entender este proceso es necesario destacar, por una parte, la desvalorización de los valores de la Modernidad y, por otra parte, junto a ello, la negación de las categorías que, hasta la fecha, permitían la fundamentación del saber, la praxis, la ética, etc. Ante este declive, ha ido emergiendo la figura del individuo como único vector capaz de dar cierta respuesta ante tal carestía. Esta respuesta fue modelada, en un primer momento, a través de la figura de la subjetividad identidad. Tras el vacío del sinsentido, la desvalorización de los categorías y principios, la conversión de la política en gestión, etc., y, junto a ello, los cambios de paradigma en el consumo, el sujeto es llevado hacia una espiral de la que sólo puede evadirse a través de una reclusión en una privacidad, la suya, que, a poco, va adquiriendo visos de oasis evasivo. Este conjunto de elementos acaba por conformar lo que hoy entendemos, de forma general y popular, por identidad. Nosotros, para evitar malentendidos, repetimos, queremos separar esta noción de la de dispositivo identidad ya que con esta última queremos mentar el proceso de privatización del espacio de subjetividad, un proceso que se ha ido                                                                                                                

acelerando a lo largo de la historia. La identidad, la subjetividad identidad que desarrollaremos ahora, es la forma, antes que la del narcisismo, la subjetividad narcisa, de ordenar la subjetividad y, por tanto, también lleva implícita la ejecución, previa, del dispositivo identidad.

Esta subjetividad identidad puede ser caracterizada a través de la noción clásica de alienación y, como veremos, relacionarse con la noción de neurosis. Además, como veremos, en el juego que danza y tras bambalinas, se esconde un juego de poder, impotente y por ello soberbio, de una ontología con contenido político relevante. Esta nueva danza con el Capitalismo pivota gracias a jalear la necesidad del individuo de anteponer una identidad, la suya, frente a la dinámica movediza de su entorno. Brevemente, podemos señalar que la dinámica capitalista, en sus inicios vinculada a una mentalidad protestante, pivotó a través de los ejes del esfuerzo por el trabajo y la tendencia a la acumulación de bienes o capital. Teniendo como metas ambos elementos, articuló y puso en marcha un conjunto de discursos que demandaban disciplina, homogeneidad, austeridad y autoridad. El sistema fabril Ford-Taylorista manifiesta muy a las claras esta tendencia, reflejada muy gráficamente en la producción en cadena y la división del trabajo. El sistema productivo, a lo largo del siglo pasado, se encaminó a cubrir la creciente demanda por un bienestar que, progresivamente, fue ampliando su ámbito y necesitando, no tanto de un sujeto u obrero-fábrica, sino de un sujeto con capacidad de elección. Esta elección, al principio limitada, pivotó sobre el bienestar, es decir, sobre la capacidad de poder llegar a un estilo de vida (la publicidad de los años 40 en EUA es un buen ejemplo) cómodo y satisfactorio. El sujeto estaba orientado a perseguir una idea clara de consumo, con una finalidad también asequible en la medida que consistía en adquirir todo un conjunto de bienes materiales que poseían la llave de un bienestar acomodaticio. Esta direccionalidad es la que Lipovestky ha aprovechado para señalar, junto con Baudrillard, que el sistema simbólico que

promovió el Capitalismo permitió diferenciar a los sujetos a través de criterios socio- económicos. Para este trabajo, posibilita, además, la emergencia de una subjetividad diferente a la del obrero-fábrica, por cuanto demanda de un sujeto que debe edificar una idea y objetivo claro para una vida que será el motor de la movilización para el consumo y producción. Esta idea es la que nosotros englobamos bajo el término subjetividad identidad, por cuanto supone tener una idea clara y posible (ya que la idea de progreso aún juega como espolón) que alcanzar.

Continuando con el breve recorrido histórico, podemos destacar que la senda para conseguir tal meta fue llevada a cabo, en un primer momento, como comentábamos, a través de la diferenciación económica de las masas. Esta diferenciación pivotó en la demarcación de los estratos sociales, y lo material fue el mejor de sus recorridos. Consumir fue la demostración de la capacidad económica y, por ende, de una diferenciación social. El consumir se convirtió en una actividad símbolo.

Hay que plantear claramente desde el comienzo que el consumo es un modo activo de relacionarse (no sólo con los objetos, sino con la comunidad y con el mundo), un modo de actividad sistemática y de respuesta global en el cual se funda todo nuestro sistema cultural102.

Sin embargo, a medida que los costes de los productos fueron disminuyendo, con las consabidas desregulaciones y deslocalizaciones, este consumir orientado a manifestar un determinado nivel fue mutando, siempre teniendo en cuenta las particularidades y diferencias de cada mercado, a un consumir cuya finalidad era mostrar una cosmovisión, un estilo de vida. El final de esta era lo marca la saturación, a saber, la accesibilidad para el mercado occidental de todos los bienes materiales que permiten esa                                                                                                                

vida en bienestar. Esta creciente igualdad material que Lipovetsky103 relaciona con el

igualitarismo democrático, viró el rumbo del mercado que, colapsado en esta dirección, empezó a dirigir el consumo, gracias, de nuevo, a la herramienta de la publicidad, hacia nuevas formas y metas. Esta mutación, hay que ponerlo de relieve, no puede ser achacada a ninguna estrategia más o menos voluntaria y sí, en cambio, a una combinación de relaciones de poder, desajustes económicos y, sobre todo, a la esencia de la dinámica del Capital que, teniendo como única senda la ganancia de capital, vio como una necesidad modular el mercado y modificar las pautas del consumo.

En la década de los 50, el consumo, ya masificado y accesible, se orientó a buscar, justamente, la diferenciación de sus usuarios. La publicidad muestra muy diáfanamente tal viraje, puesto que empezó a presentar el material consumido no ya, como hasta la fecha, como un acceso al bienestar generalizado y al progreso, sino como una delimitación y demarcación de identidades. A través de este marco, deben ser entendidas tanto la profusión del nacimiento de marcas como la diversificación de un mismo producto. De esta manera, se abría la puerta a hacer protagonista de la elección al propio consumidor que, hasta el momento, sólo podía disponer de pocas alternativas y muy homogéneas. Se valida así la elección y la libertad del individuo como un camino orientado a mostrar, a través del consumo, una individualizada manera de entender y vivir el mundo. Progresivamente, los latidos del movimiento económico son desplazados hacia múltiples campos. La autoridad y direccionalidad requerida para disciplinar una masa de población hacia el trabajo y el consumo se traslada hacia la libertad del propio consumir y, a la vez, hacia el requerimiento implícito de un trabajo capaz de reflejar esa capacidad de consumo. En definitiva, una capacidad de validar una propia cosmovisión, un poder llevarla a término. La referencia como modelo, como camino de masas a peregrinar, pasa del éxito profesional, estilo selfmade man, al éxito a través de la auto-                                                                                                                

realización, concebida ésta como la capacidad de poder alcanzar, siempre a través del margen permisible y tamizado por el consumo-producción, una idea de sí mismo. Es este mito el hilo musical que resuena en cada acto de consumo. Un hilo, no obstante, que mantiene sus imperativos movilizadores y que empuja y responsabiliza al mismo sujeto a su propio control, producción y consumo. Una manera de señalar nuevos roles identitarios o culturales hasta el momento marcados por la estratificación social. En pocas palabras, el consumo pasó de ser una diferenciación socio-económica a una diferenciación socio-cultural. En un mundo donde los referentes morales e ideológicos parecían haber desaparecido, emergieron nuevas maneras de conservar coordenadas para la identificación, demarcación y agrupaciones varias. El consumo lo hizo posible. De nuevo, la factoría de la publicidad muestra, muy a las claras, esta evolución. Los anuncios, jalonando el consumo, centraron la atención en cómo el producto podía ayudar a llevar al sujeto a ese puerto llamado realización. El mercado económico pasó de ser un mero objeto de consumo a un equipaje para iniciar, sostener, descubrir o encaminar la senda hacia la consecución de un determinado ideal de vida, llamémosle identidad, por otra parte, decisión libre del sujeto. Así, la dinámica consumista demandaba usuarios libres en su elección de identidades culturales y proporcionaba el bazar adecuado para llevarlo a cabo. El cebo no podía ser más suculento. La esperanza de poder encontrar una plataforma sólida, la identidad, donde poder sostener un mundo sin coordenadas, bien valía la pena el esfuerzo del trabajo y del consumo. Un esfuerzo que jalonaba la desesperación de voces clamando fines de historia e ideologías, añadiendo a ello, toda una política de bio-poder orientada a desdibujar y distraer el progresivo desplazamiento de antiguas ideologías con normativas económicas.

La panacea a conseguir, la identidad por realizar, fue un equipaje que tuvo, y aún tiene, que sostener únicamente el individuo, en la medida que dicho ideal aún medra, aunque menos intensamente, en nuestro presente. Lo económico fue fagocitando todo otro

camino, tintando, con el consumo, cualquier senda por descubrir. No sólo se desplazó la elección libre hacia el sujeto, sino que también se le responsabilizó de su fracaso, creando de esta manera un círculo vicioso de difícil solución. El sujeto se convirtió en el único responsable de su propia vida. De la misma manera que el Protestantismo insufló direccionalidad al incipiente Capitalismo, el ideal individualista, nacido a través de diferentes ámbitos, encauzó la dinámica económica de los años 80-90 hasta nuestros días. También lo laboral y productivo sufrió las modulaciones del consumo, se priorizó la elección de un trabajo que permitiera al sujeto poder, también por esta senda, alcanzar su ideal. Ya no se requerían de parámetros y directrices que, a través de la movilización externa (la ética del trabajo, el valor del esfuerzo o el éxito del selfmade man), situaran al sujeto ante el producir, sino que se responsabilizaba al sujeto mediante una elección libre, por otra parte, reflejo de su procedencia e identidad cultural.

Este ideal de identidad, si nos detenemos por un momento en él, esconde una ideología de la que es difícil zafarse. En nuestro caso, la identidad se yergue como una plataforma entrecruzada por líneas de poder y saber que confluyen para convertirla en una herramienta política. Y es que, aun habiendo perdido toda capacidad para la acción colectiva, ello no la convierte, ni convergiendo todas las apariencias en ello, en un pozo vacío. Justamente, a poco que ahondemos en la funcionalidad de la identidad, podemos señalar que confluyen en ella las carencias por las extintas categorías metafísicas. Este dispositivo permite una fundamentación: en el ámbito práctico, dado que faculta a erguirse como centro de decisión y categoría de ordenación, validando acciones; en el ámbito del sentido, es decir, como noción de sostén y fundamento de sentido; y, por último, en el ámbito óntico, emergiendo como concepto que permite aglutinar carencias existenciales. La identidad es, entonces, auto-suficiente, indivisible, perpetua, inmutable. Finalmente, el cuadro que devuelven las funcionalidades de la identidad la convierten en un espacio saturado por líneas de poder y saber que persiguen conquistar una

categoría subjetiva convergente a las extintas categorías metafísicas. Busca, de nuevo, erguirse como un absoluto capaz de contrarrestar los hiatos presentes. La subjetividad identidad se proyecta como un nuevo artilugio simbólico, con los mismos puntos de fuga que anteriores categorías, haciendo imprescindible su crítica.

No obstante, la subjetividad identidad no es el fin del trayecto, ya que, imposibilitado éste, ha modulado de nuevo la propia subjetividad. La imposibilidad de alcanzar este pedestal identitario y, especialmente, el cansancio104 de una marcha sin fin, junto al

auge de las nuevas tecnologías o la interferencia del discurso psi, por poner algunos ejemplos que desarrollaremos más adelante, han evidenciado la inutilidad de este camino que ha movilizado el binomio consumo-producción hasta finales del siglo XX. Esta modulación nos obliga a señalar la emergencia de la subjetividad narcisa. Junto a la necesaria descripción de su configuración, queremos, antes y con la finalidad de entenderla mejor, introducir el concepto de neurosis, ya que, en el advenimiento e interrupción del discurso psi, como comentábamos en la introducción, se ha producido una intensificación en la interiorización del discurso movilizador. Explicitar en qué consiste la neurosis y ver las relaciones que tiene con el concepto tradicional de alienación, nos permitirá poder adentrarnos en el concepto de subjetividad narcisa, desde, primero, la propia visión de la psicología y, seguidamente, desde una visión más filosófica. Este movimiento ha de posibilitarnos ver, de manera radical, nuestra actual alienación, nuestra propia derrota y, cómo, efectivamente, esta vida no vale nada.

                                                                                                               

104La depresión nace del declive del modelo de constitución de la subjetividad, del modelo disciplinario y se gesta/nace por la posibilidad actual que se ofrece al individuo de libertad pero que es vivida con un sentimiento de insuficiencia. EHREMBERG, A., La fatiga de ser uno mismo. Ed. Nueva Visión, Buenos Aires, 1998, p. 12.