4.4.2 Neurosis, alienación, narcisismo.
4.4.4. El narcisismo, una visión desde la psicología.
4.4.4.3. Relación con el sí mismo
Entramos en el apartado que mejor puede mostrar la articulación de este dispositivo narcisista en cuanto relación del sujeto consigo mismo. A través de la relación con el sí mismo se puede graduar la capacidad del individuo de distanciarse de sus propios contenidos subjetivos o, por el contrario, de vivirlos y representarlos desde una aparente naturalidad, es decir, del grado de enajenación o alienación de la persona. Se evidencia, justamente, el escaso o mediado contacto entre un sujeto más emancipado de sus contenidos subjetivos y uno que los representa y reproduce totalmente, buscando, continuamente, alcanzar un ideal marcado por lo económico-social. Esta última estrategia, la de oponer una imagen fantasiosa y especular a la preferencia por una realidad prejuzgada como más pobre y vacía, sólo puede comprenderse si entendemos el dispositivo narcisismo como:
Formación psíquica en la que el amor rechazado se vuelve contra el Yo en forma de odio161.
O, en otras palabras, lo que se produce es la inversión libidinal del Yo162. Este
desplazamiento viene producido por el deslumbrante destello de un mundo-pantalla trasmitiendo espectros de ideales y arrinconando, con la marginación, la omisión o la manipulación, aquellos elementos que podrían constituir una subjetividad más carnal. Pero esta dinámica, recordemos, carece ya de cualquier intención más allá de la mera presencia y expansión y, en todo caso, se ha desplegado de esta manera porque no puede hacerlo de otra. Es decir, la expansión de un mundo-pantalla demanda de sujetos representando las mismas imágenes y, en consecuencia, negando lo propio, lo subjetivo
161 LASCH, C., La cultura del narcisismo. O. c. p. 58. 162 Ídem.
espontáneo, para mostrar a bocajarro, en competencia por sobre-vivir, un reflejo de lo que vende, de hecho, vendiéndose a sí mismo. Esta operación, la de la negación del sí mismo, no puede hacerse por otra vía que no sea la del odio hacia el sí mismo. En el fondo, un odio radical hacia una vida que se intuye completamente enajenada, pero aún un odio no lo suficientemente encarnado, expresado o conocido. Y, de entrada, se hace curioso reflotar, justamente, la estrategia de la derrota, esto es, la inversión de las emociones. La del odio interiorizado y la del amor-enamoramiento-anhelo hacia fuera. Lo repetimos: estrategia de derrota, de sumisión y de abnegación. Cuando uno ama al enemigo y se odia a sí mismo, el grado de enajenación es máximo, puesto que no sólo se ha conseguido subyugar, sino que además se ha eliminado cualquier salida. La alienación, llegado a este punto, es total. Hay una inversión total de emociones como también de mundos (preferencia de la pantalla por lo real) o de significantes (por ejemplo, la función de valor de las cosas). Y esta inversión puede ser ya irreversible. Finalmente, esta dinámica que muestra la actual derrota total, evidencia este terreno ocupado por los medios de producción de subjetividades.
¿Dónde queda el mundo o el sujeto real?
Hay que añadir, además, evidenciando este desfase de significantes y significados, que, aunque aparentemente se muestre el individuo como un sujeto en constante deseo hedonista, pues lo que la estrategia busca es la evasión de una vida odiada, esta explosión de deseos no debe ser confundida con una realización de deseos hasta la fecha no realizados por el sujeto o reprimidos por causas históricas o culturales. En modo alguno nos referimos a una liberación del Ello, como instancia psicoanalítica representativa de lo instintivo. Lo que emerge en la estrategia, como no podría ser de otra manera, es un entrelazamiento entre un pseudo-deseo evitador y una enajenación
o, como lo ha querido llamar Lasch, una alianza entre el Superyó y Tánatos163. La
danza entre las instancias psíquicas (el Superyó) y el instinto de muerte (Tánatos) permite evidenciar, justamente, este pseudo-deseo enajenado. Dicho en otras palabras, el ideal buscado y representado por el sujeto sólo puede mantenerse a través de la pulsión de muerte o del anhelo por alcanzar los ideales culturales de nuestra época por los cuales el individuo desconecta de sus verdaderos deseos o instintos de vida. Se convierte, entonces, el sujeto en un espectro. Marginada la exterioridad o la interioridad, vida en pantalla o pantalla-vida, sólo queda la representación de una apariencia que no es sustentada por nada.
Lo introducíamos al principio del apartado, el narcisismo se convierte en un anhelo que, finalmente, lo que desea es quedar liberado del propio anhelo. En la persecución constante de un ideal hedonista, de un gozo absoluto, subyace el ansia de liberación absoluta de esa movilización totalitaria hacia la compulsión.
Es un instinto de muerte como añoranza de un cese total de la tensión que parece operar con independencia del principio del placer y sigue un patrón regresivo conducente a la satisfacción total164.
El odio hacia nosotros mismos, hacia una vida que debe sobre-vivir, desde ser socorrida y acallada mediante una pantalla que muestra el mejor de los mundos. Las redes sociales son el mejor de los ejemplos. Y la estrategia no puede ser más auto-devoradora, por cuanto más odio, más necesidad de deflexión y pantalla, convertidos plenamente en
autófagos165. Este odio hacia nosotros mismos, permite evidenciar mejor el eje
163 Ibídem, p. 220. 164 Ibídem, p. 289.
165 La fagocitación del sujeto por sí mismo deviene la maximización de la explotación del
movilizador que nos mantiene anclados en el polo consumo-producción, en la medida que hemos interiorizado el opresor.
Las derivadas de este odio a poco que rasquemos, no pueden ser más obvias. Tal y como ha señalado Nadal166, son presentes los sentimientos de aburrimiento, hastío e
inquietud, a los que se puede añadir una baja autoestima, la sensación de vacío y de angustia, desesperación… ¿Cómo no odiar esas sensaciones y, en un arranque de hostilidad, odiar la propia vida, nuestra vida? ¿Cómo no hacerlo si el entorno es una enorme plataforma de aparente derroche, poderío y satisfacciones? ¿Cómo dar la vuelta e invertir el desorden? ¿Cómo odiar la vida-pantalla para desear y amar la propia vida? Sin duda se evita, con la repetición constante de esta caza de deseos, el desamparo de un posible contacto con una realidad que ha desaparecido en el marco referencial del sujeto, inserto como está en una ilusión solipsista de omnipotencia. Como estrategia que otorga la preferencia a la pantalla antes que a la vida enajenada, lo que se pretende es, justamente, poder mantener la valoración social a flote. Formar parte del núcleo aceptable, normal y válido de lo social. El miedo a la caída y al vacío es extremo. En un mundo saturado por la totalidad de los intercambios comunicativos, lo económico y el ruido ensordecedor de la movilización, aquello a lo que menos estamos preparados es al silencio, al vacío o a la carencia de sentido. Un parpadeo, aunque momentáneo, fugaz o instantáneo, sobre nuestra verdadera vida podría resquebrajar en exceso esta imagen tan bien construida de nosotros y, ante la fantasía de su dolor, preferimos cavar en el odio hacia nosotros y escalar a por el anhelo pantalla de esta vida narcisa. ¿Cómo resultaría un verdadero odio hacia nuestra propia vida que no es nuestra, ni propia? Finalmente, para poder visualizar mejor qué características definen, de modo radical, una subjetividad narcisa, nos remitimos al DSM-V por ser un manual clínico para el
diagnóstico y, por tanto, por ofrecer muchas de las características para la identificación, en este caso, del trastorno narcisista de la personalidad (TNP)167.