• No se han encontrado resultados

Fatiga y retroflexión.

4.4.2 Neurosis, alienación, narcisismo.

4.4.3. Desarrollo del narcisismo.

4.4.3.1. Fatiga y retroflexión.

La fatiga no es una pasividad que se opone a la hiperactividad social exterior (…) La fatiga es una protesta larvada que se vuelve contra sí misma y se encarna en su propio cuerpo porque, en ciertas circunstancias, es lo único a lo que puede aferrarse el individuo desposeído131.

No vale la pena aspirar profundamente para alcanzar un mañana. La respiración es alta y entrecortada. Rápida y leve como demanda el contexto. Las ansiedades borran de un plumazo la creencia en ese mañana. Todo lo que queda es un presente, aunque, si bien es cierto que es el único paradigma que habitamos, no lo vivimos como el umbral para una toma de conciencia de su exclusividad y caducidad, sino que, en la afrenta de un no-futuro, lo aprovechamos como la única oportunidad para la realización de esa imagen, ya sea en su faceta productiva, haciendo de nuestra imagen un valor que explotar (como antaño con la identidad, aunque haya ahora mayor desapego hacia el contenido), o bien utilizando esta plataforma para el consumo de experiencias escapistas u orgásmicas.

¿Cómo y por qué construir una identidad si nuestro presente, un lema publicitario, dura un parpadeo y no hay futuro? ¿Cómo construir con arenilla en barro? ¿Cómo sostener el cansancio por un ideal imposible, una conquista sin tierra, una avanzada sin meta? Nuestro consumo ya no tiene fines que alcanzar, ya no requiere identidades que anteponer. La finalidad del consumo ha dejado de ser un medio para alcanzar bienestar, una socialización a través de la diferenciación, una búsqueda de identidad o una conquista por la auto-realización. El consumo es hoy un experimento constante, un consumir experiencias, una zozobra y vaivén de sentires, una explosión continuada de                                                                                                                

sensaciones a través de un campo infantilizado y abonado por el hedonismo. Un parque de atracciones que, progresivamente, va alcanzado, también, al mundo laboral.

El cansancio de nuestras vidas, el canto hondo que nuestra cotidianidad nos devuelve, puede ser considerado llanamente como un efluvio de nihilismo. No obstante, se vivencia como unos felices años 20, tan insostenible nos resulta la intuición del vacío y el engaño. Nuestro lema: esto es lo que hay, tan resignado como explosivo, tan deflector como confrontador. No obstante, es vivido, pronunciado y sentido como una pancarta nihilista que sólo puede ser soportada mediante el entretenimiento, el pasar el tiempo, en nuestro impasse de no-tiempo, en el espacio que abrimos virtualmente entre dos tiempos enajenados para adentrarnos en otro, aún más enajenado, que, creemos, queda fuera del tiempo. El esto es lo que hay muestra nuestro cansancio, nuestra derrota, también nuestro nihilismo, epidérmico pero presente. Resuena el cinismo por doquier. Un cinismo que respeta su propio cansancio a través de la crítica implacable, tanto a las falsas promesas del sistema que lo envuelve como a los utópicos fines que le llueven desde alternativas altermundistas. Un cinismo que es, él mismo, un síntoma innegable de este avance sin rumbo y de un agotamiento incapaz de alzar la cabeza para entrever algún horizonte. Un cinismo intolerante con todo aquello que no sea más que un mero hedonismo de aquello que sí sabe que posee, el presente, aunque éste mismo haya mutado para ser justamente aquello que demanda, una fuente imparable de deseos. Sin futuro, sin identidad mesiánica que alcanzar, no puede sorprendernos que, junto al cansancio, a lo único que se aspire es a la vivencia de un presente que, en cierta medida, se experimenta como el único camino de evasión posible. Un camino que, efectivamente, cumple lo que promete. Es capaz de entretener, de poner entre paréntesis nuestro tener, nuestro ser, habitar y morar, para pasar por encima de la vida sin tomar conciencia de nuestra derrota y enajenación. Simplemente para sobre-vivir.

Nos ha quedado el cansancio que, como pronostica la cita anterior, se nos vuelve contra nosotros mismos. Es un cansancio vivido a diario, un nihilismo soterrado y no consciente. Un hartazgo total que no puede expresarse, puesto que reina nuestro narcisismo y nos demanda ser los primeros, los mejores, impidiéndonos mostrar los daños colaterales de esta elección.

La fatiga de nuestros días es nuestra sombra, nuestro grito acallado que intentamos ahogar cada vez que buscamos desconectar. Símbolo de nuestra enajenación. Si nuestro objetivo es ser verdaderamente máquinas en el trabajo, la pareja o la vida y, como humanos, sufrimos cansancio, aquello que lo silencia sólo puede ser la desconexión. El ideal de apartarnos por un momento de la propia vida para no ser nosotros, para dejar de ser, para olvidarnos de todos, de todo y de nosotros. El baile que marca ser máquina y

desconectar se muestra en la fatiga que, a diario, arrastramos. Un malestar engullido y retroflectado. Es decir, acusamos como propio y con culpabilidad las derivadas de nuestra marcha, de nuestro querer ser máquinas y no poder acabar de serlo, y son las intermitentes desconexiones las que consiguen mantener la tensión y sostener el movimiento. Si optamos por mantener el polo máquina-desconexión es, principalmente, porque no tenemos, a priori, otra opción. Nacemos para consumir y producir. Para mostrar y demostrar que somos los mejores en eso. Para sobre-vivir. No obstante, eso es lo aparente. Tenemos puesto nuestro narcisismo en el engranaje de esta maquinaria y nuestro amor propio y nuestra esperanza juegan en contra de nosotros. Quizás la forma de detenernos y hacer fehaciente nuestro cansancio es dejando de querer ser, abandonado la esperanza de un futuro. Nunca llegaremos a ser. Nunca seremos los primeros porque no somos nada, y es aquí, en nuestro ser nada, donde puede mudar nuestra fatiga en rabia. Es esta desesperanza sostenida la que marca la potencia de nuestra derrota. No obstante, aquello que permite sostener nuestra derrota somos nosotros mismos. Aquello que atiza nuestra esperanza es nuestra imagen, aquello que

marca la derrota es la comodidad en deflexión. Nuestra imagen nos refleja nuestro poder, un poder tamizado por nuestro sistema, es decir, aún nos creemos capaces de cambiar nuestras condiciones a través de nuestro contexto. Aún nos creemos capaces de realizar esos sueños cromados por el Capital. Está en juego nuestro poder, nuestro poder llegar a ser. En la dinámica Eros-Tánatos, hemos interiorizado nuestra invisibilidad por lo que somos y debemos encaminarnos hacia ese poder llegar a ser. Nuestra imagen, nuestra creencia de poder llegar a ser, juega como anzuelo que impide nuestra frustración y la aceptación de nuestra derrota. Una derrota que, por otra parte, radica en una idea deglutida, no lo suficientemente reflexionada.

¿A qué esta necesidad de llegar a ser? ¿Qué significa llegar a ser, sino una producción en cadena, una movilización constante para mantener nuestra dinámica? Con el llegar a ser

nos hemos convertido en el combustible de nuestro sistema. En nuestro propio combustible. En nuestro propio consumo. Por otra parte, también nos ofrecemos la vía deflectora. La comodidad del entretenimiento. De un descanso convertido en permanente y transformado en obligado consumo, sofisticado en su voluntad de ofrecer desconexión. Nos ofrecemos la vía deflectora, no nos podemos considerar únicamente como individuos tratados por el poder, sino que debemos asumir la responsabilidad de nuestras decisiones en omisión, nuestro no hacer.