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Distinguir entre persona y comportamiento

Me di cuenta también de que había que distinguir entre la persona en sí misma y su comportamiento. No podía juzgar a nadie por muchas razones, pero la principal es porque no sabía ni podía hacerlo. Me faltaba muchísima información. Yo no soy juez. Para serlo, hacen falta muchos años de estudio, conocer las circunstancias que han rodeado la acción, los hechos, el tipo de persona... Además, juzgar el corazón humano solo puede hacerlo Dios. A los demás es algo que nos va muy, muy grande. No soy quién para juzgar si alguien es bueno o malo y, además, hay muchísimos factores del entorno y de la genética que influyen en que actuemos como lo hacemos: el temperamento, la educación, el país, la época, las circunstancias... Pero constataba que, a pesar de estar condicionados, no estábamos determinados, y la persona siempre puede elegir entre el bien o el mal. Además, siempre existe una esperanza de cambio para las personas, mientras nos quede un hálito de vida.

En nuestra época hemos mezclado de nuevo la persona y su comportamiento, un error antiguo que parecía superado. El concepto de libertad personal invalidaba cualquier intento de separarlo. Se tendía a pensar que todas las acciones eran buenas por el hecho de ser elegidas por una persona, pero eso es una ingenuidad. He experimentado y visto cómo la maldad destruye, arrasa lo que tiene por delante, cosas o personas, y las hace sufrir de una forma que supera con creces a los males de origen natural. He visto cómo la deshumanización lleva a que las personas se vuelvan despiadadas, soberbias, obcecadas, mentirosas, traidoras. En cambio, males como una enfermedad o un accidente no son tan terribles, y el mal realizado por seres humanos es insuperable. Me di cuenta cómo el bien construye y el amor es un arma: el entorno mejora, y se está muy bien a su lado.

Matar a alguien es malo y querer a alguien es bueno, en cualquier cultura. Mentir, engañar y traicionar es malo, lo haga quien lo haga. Que uno quiera a alguien no implica

que deba estar de acuerdo con todo lo que hace y dado por bueno. Pensar que el adulterio es bueno, porque todos decidimos por consenso que lo es, es de una ingenuidad que me parece increíble que se pueda sostener a estas alturas. Es retroceder el nivel humano e intelectual. Que esos comportamientos sean de nuestro marido, hijos o padre, no implica que sean buenos y debamos aceptarlos. Eso sería mezclar churras con meninas.

Eso es lo que trataron de hacer toda su vida mis suegros con su hijo, tragando sapos, y siempre con la esperanza de que algún día se diera cuenta de sus errores. Mis suegros me decían: «Ofrecemos todo lo que sufrimos por él, para que se dé cuenta de la realidad». Mª Luisa añadía: «Dios es Padre para todos, y tiene que ayudar a un hijo suyo descarriado...».

Mi padre y mi suegro se convirtieron en el referente masculino para mis hijos. Los chicos necesitan tener hombres buenos y de los que se sientan orgullosos, a los que poder imitar... Generalmente es el padre el que ocupa este papel. Pero, cuando no es así, es bueno que otros ocupen su lugar, a poder ser, de la misma familia. Además, mis hijos, al ser chicos, veían que su propio abuelo paterno no compartía en absoluto el comportamiento de su padre, y actuaba y creía de forma totalmente opuesta. El otro día, estando yo en cama de nuevo, uno de mis hijos vino a verme y me dijo que para él era una frustración no poder estar orgulloso de su padre, ya que era el modelo de lo que no se debía hacer. Yo le contesté que tenía la suerte de que su propio abuelo fuera el modelo opuesto, la oveja blanca. «Tienes los dos en tu propia familia paterna: tu abuelo y tu padre. Los dos tenían sus limitaciones de temperamento, y los dos las trabajaron de forma diferente». Me parece que esto le consoló.

Mis suegros, por más que el mundo cambiara a su alrededor y que las presiones para ver como blanco lo negro fueran cada vez mayores, siguieron pensando que hay cosas que son como son, y que un hombre y un padre no deben hacer. Lo decían y lo mantuvieron a lo largo de los años. Que mi suegro, el abuelo paterno de mis hijos, pensara y actuara así, ayudó de forma inaudita a mis hijos, porque veían cómo su propio abuelo paterno les decía qué era lo que se debía hacer y qué no, y lo mantenía. Su ejemplo eran doblones de oro para la formación de mis hijos como hombres-hombres y para que pudieran acceder a un matrimonio que durara, al margen de la liviandad de las relaciones de muchas parejas de hoy y de las nefastas consecuencias que acarrea. Nunca se lo podré agradecer lo suficiente a los dos.

Años más tarde, Ramón fue capaz de captar el infierno en el que yo vivía, porque él sufría sobremanera por todo lo que nos ocurría. Me decía: «Hija, cómo siento lo que te pasa... y más, porque es mi hijo el que te está haciendo todo esto a ti». Me animaba en la dureza de lo que me pasaba y se emocionaba cada vez que íbamos a verle. Ramón entendía muy bien lo que era el matrimonio y la familia y lo mantuvo hasta que murió, aun sin tenerlo nada fácil. Era sumamente agradecido por todo. Le emocionaba ver cómo mis hijos y yo seguíamos yendo a Zaragoza, a pesar de todo lo que nos hacía mi marido y que podría habernos separado de ellos para siempre. Pero, ¿qué culpa tenía él de lo que hacía su hijo? Se avergonzaba de lo que estaba pasando, porque era lo contrario de lo que él valoraba, pensaba y de lo que se había esforzado por transmitir a sus hijos, y su sensación de fracaso como padre era enorme, diciéndose que por más que uno quiera

enseñar, hay gente que no quiere aprender.

Poco tiempo antes de morir me dijo: «Hija, quiero darte las gracias por todo lo que has hecho por mis nietos, por lo que has hecho por mi hijo y por lo que has hecho por mí...». Me decía que Dios me lo pagaría... Me quedé a cuadros. ¡La que estaba agradecida por tener un suegro como él era yo! Vi la fuerza que tenía la bondad. Entendí entonces lo que significaba para una persona íntegra como él el que no le hubiéramos marginado y que le hubiéramos seguido visitando y queriendo aún más que antes. ¿Cómo podíamos hacer otra cosa? Él tenía derecho a sus nietos, a su familia, y no se lo quitamos. Mis hijos lo querían muchísimo.

Ramón, hasta que murió, siguió pensando del matrimonio lo mismo que había pensado toda su vida. Dos semanas antes de morir, hace de esto tan solo tres años, estando ya en cama y muy mal, me cogió la mano y mirándome me dijo: «Tú eres mi hija». Esa misma tarde, y por casualidad, tuve la suerte de presenciar su extremaunción. Estábamos allí mi suegra, Xavi y Cristina y yo. Fue una escena cotidiana, sencilla, en la que flotaba una inmensa paz. Yo me admiraba viendo la fluidez y serenidad que hay en el paso de la vida a la muerte para una persona buena.

Mis suegros estuvieron siempre a nuestro lado. Querían muchísimo a su hijo, en el que habían depositado muchísimas esperanzas, pero no por eso pensaron que lo que hacía fuera lo correcto. He visto, por desgracia, muchos padres que no saben reaccionar ante las separaciones de sus hijos, y acaban transigiendo con todo lo que hacen y olvidan a sus nueras reales y, a veces, incluso a sus nietos. En el caso de mis suegros no fue en absoluto así. Mis padres y mis suegros seguían llamándose. Mi suegro pidió perdón a mis padres en nombre de la familia, algo increíble. Mis padres se lo agradecieron y le dijeron que ellos no eran culpables de nada. Y siguieron tratándose.