Durante esos años desarrollé el gusto por las pequeñas cosas de la vida, a valorar los sonidos cotidianos. Recuerdo que alguna vez en verano, a la hora de la siesta, se oía un tenedor batir contra un plato como para hacer tortillas. Ese simple gesto me evoca la casa, el hogar, la alimentación, el cuidado de los otros, la familia, el pasarlo bien juntos. También el ladrido de un perro denota que hay vida y, aunque con sus épocas de sufrimiento, la vida es muy bella. Hoy solemos ver solo lo negativo. Queremos foie en vez de tortilla y hacemos callar a los perros. Sustituimos la poesía de la vida cotidiana por ruidos intrusos, de televisiones que nos muestran siempre lo dramático, lo violento, lo falaz, la peor cara de la naturaleza humana. Por eso me he habituado a casi ni mirarla, ya que escasean los buenos programas y no me aporta nada. Y el mundo, además de feo y violento, es bueno y bello: los contrastes nos permiten distinguir mejor los relieves.
He podido apreciar especialmente la vida cotidiana en Vilademat[1], en casa de unos buenos amigos de toda la vida, Marta y Javier. Tienen una masía antigua que han ido arreglando a base de años. Marta es una experta cocinera y disfruta con las cosas cotidianas: un buen sofrito, una mermelada... Hace poco tiempo compraron un huerto y desde entonces se pasa el mes de agosto cocinando. Todo lo que toman es de calidad extrema. A mí me encanta ir allí, porque me sumo al disfrute de todo lo sencillo, de aromas y sabores, de huevos recién puestos, de ensaladas frescas... sin salir de la casa, mientras se contempla el jardín desde una ventana repleta de hiedras y buganvilias. El color me sobrecoge, y también las plantas con flores y hojas enormes del porche, con sus sombras y el frescor que emanan las viejas paredes. La música clásica también está metida allí. Javier y Marta son grandes melómanos. Sus padres iban al Liceo y ellos siguen teniendo tres butacas en platea.
Tienen muebles viejos que consiguen restaurar y encajar con el resto de la decoración: poseen una gracia enorme en combinarlos. Después de comer vamos a comprar al puerto de la Escala y regresamos a Barcelona cargados con mil tesoros gastronómicos. Con ellos he aprendido a disfrutar aún más con las pequeñas cosas y a saborear la vida.
Las pequeñas cosas descritas son para mí como ungüentos espirituales, que necesitaba para poder esponjarme y dilatarme.
7. OPERACIÓN BALDEO: DEL DESORDEN AL ORDEN
Las grandes preguntas
Iniciada la vida en solitario, me fui dando cuenta de que el mundo en que vivía se movía en unas premisas que se derrumbaban sin cesar. Me parecía tan inconcebible que un marido se fuera de casa y abandonara a quienes debía querer, cuidar y proteger — algo tan anti natura—, que decidí estudiar cómo funcionaba la persona humana. Me llegaban respuestas de las ciencias sociales y de una especie de pseudo-moral reinante que en absoluto compartía. Intuía que había mucho más detrás, pero ni sabía dónde estaba ni cómo acceder a ello.
Mis grandes preguntas eran: «¿Cómo es posible que alguien bueno sea capaz de hacer algo así?» y «¿cómo es posible traspasar unos límites que son destructores, pensar que el cruzarlos no conlleva consecuencias y creer que lo hecho no está mal, sino que puede ser bueno si yo opino que es así?». Me parecían inconcebibles.
Me inundó una insaciable sed de saber, de conocer. Necesitaba respuestas a las miles de preguntas que se me iban planteando. Me daba cuenta de que no sabía absolutamente nada de nada sobre el comportamiento humano. No era consciente de que me estaba enfrentando a muchas cuestiones ya tratadas por la antropología, la filosofía, la literatura o la ética.
Las respuestas procedentes del entorno
Miraba a mi alrededor y escuchaba las respuestas que el entorno ofrecía a mis preguntas. Procedían de una cultura tan autosuficiente y pagada de sí misma que llegaba al extremo de pretender que lo bueno y lo malo eran lo que ella decía. Vaya pretensión. ¿Por qué iba a ser así? ¿Cómo saber qué era verdad o mentira, justo o injusto, bueno o malo? Solo oía opiniones, pero nada a lo que poder agarrarme de verdad, que fuera definitivo. Los argumentos y propuestas que daban ni me explicaban ni aportaban soluciones válidas, sólidas y estables.
Había un conformismo extremo: «¡Qué le vamos a hacer...!», «es lo que hay...». Lo decían con los brazos caídos, como si todo fuera una calamidad. Y no me ayudaban nada. Me cansé de ver gente sin sangre en las venas, y seguí buscando respuestas a mis preguntas. Pensé que no se deberían permitir injusticias de esa forma tan sin substancia, tan sin hacer nada. Me molestaba oír «hay que respetar...», «esa es tu opinión...»,
cantinelas en las que todo se confundía y situaba al mismo nivel: víctimas y verdugos. Decidí escuchar qué decía Dios sobre todo esto, y qué me proporcionaba. Si había construido el mundo y creado a las personas, Él tendría la explicación de cómo funcionan las cosas. Quizás podría aportarme alguna respuesta y un poco de luz a tantas preguntas. No entendía nada y quería conocer la realidad. No me interesaban para nada unas opiniones que me parecían vacuas, insulsas e injustas. Podía distinguir la diferencia que había entre lo que las cosas son y lo que yo pienso que son, entre la realidad objetiva y la simple interpretación o valoración que de ella hacemos. Una es la realidad a pelo y otra la imagen subjetiva que nos hacemos de ella. Decidí escuchar a Dios.
Operación baldeo: construir de forma sólida
Inicié entonces una operación baldeo que duró años. Tratando de entender lo que ocurría, acabé por entenderme a mí misma y ver meridianamente clara mi misión en la vida. Estaba hecha para amar. Mi norte era el amor, y ese debía ser el camino de mi reconstrucción. Deseaba querer a mi marido como pocas personas han querido en este mundo, pero no sabía por dónde empezar. Fui dándome cuenta de que un matrimonio funciona si las personas están bien constituidas y actúan bien: ni todo valía ni todo era verdad. Debía edificar sobre buenas bases: si estaba en paz conmigo misma, podría querer a quien fuera. Pero debía encontrar el orden y su jerarquía.
Cayeron en mis manos los Evangelios y uno de sus grandes textos: «Por lo tanto, todo el que oye estas palabras mías y las pone en práctica, es como un hombre prudente que edificó su casa sobre roca; y cayó la lluvia y llegaron las riadas y soplaron los vientos: irrumpieron contra aquella casa, pero no se cayó porque estaba cimentada sobre roca. Pero todo el que oye estas palabras mías y no las pone en práctica es como un hombre necio que edificó su casa sobre arena; y cayó la lluvia y llegaron las riadas y soplaron los vientos: se precipitaron contra aquella casa, y se derrumbó y fue tremenda su ruina» (Mt 7, 24-27).
Pensaba que algo así nos pasó a nosotros. Los años que Juan estuvo en casa, yo no me preocupé por nada, todo parecía ordenado. Simplemente vivíamos, dejándonos arrastrar por el día a día. Las cosas nos iban de cara, por lo que no tuvimos nada especial por lo que luchar. Visto desde hoy, me doy cuenta de que en muchas cosas existía un orden tan solo aparente. Sin embargo, el mundo cambiaba demasiado deprisa sin que nosotros fuéramos conscientes. No nos planteábamos que tuviéramos que hacer nada extra, como si esos cambios no nos afectaran: los aceptábamos sin más y seguíamos con las mismas ideas, sin capacidad de argumentarlas.
Después de la tormenta buscaba entender y, además, construir mi futuro. Para ello, debía ser capaz de saber qué era lo bueno y lo malo, y también el porqué. Ser capaz de comprender qué nos mueve a las personas, cuál es la naturaleza humana, con el fin de conocer qué es lo que falla y, de este modo, ser capaz de rehabilitar y reconstruir sólidamente. De nada servía tener unos magníficos planos, modernos y muy originales, si al seguirlos no permitían que ninguna casa se mantuviera en pie, porque eran utópicos. Tenía que encontrar los planos auténticos: no todos valían para asegurar una buena construcción.
Me fijé en los materiales con los que los tres cerditos edificaban su casa: uno con paja, otro con maderas y el tercero con ladrillos: de mayor o menor facilidad para construir, con unos materiales mejores que otros. Unos permiten levantarla a mayor velocidad, pero no todos sirven para su solidez. La mía se me cayó encima, y no estaba dispuesta a que nunca más se hundiera. Me sentía como Scarlett O´Hara levantando su puño hacia el cielo en la película Lo que el viento se llevó. Ella juraba por Dios que nunca más volvería a pasar hambre. Yo le pedía ayuda para reconstruir mi casa y mi plantación para que fuera inexpugnable.
Me veía como un antiguo palacio: con las paredes en pie, pero sin nada más. Debía acometer una auténtica rehabilitación. Sustituir los materiales antiguos por otros nuevos: cañerías, cables eléctricos, suelos, cristales, ventanas... Una vez reconstruido todo, podría pasar a lo más divertido, la ornamentación: jarrones, pinturas, iluminación, alfombras, flores, cortinas... Disfrutaba con ejemplos así, porque la decoración y las casas antiguas siempre me han gustado muchísimo.
Pero comprendía que debía tener cuidado: el mundo espiritual tiene sus propias normas, que en absoluto podemos gobernar. Es el mundo de Dios, y es a Él a quien había que hacer caso. Si no, podía ocurrirme lo que a Alicia en el país de las maravillas: me hacía enorme cuando me dejaba llevar por mí misma siguiendo mis planos e ideas, y entonces no podía ni entrar por la puerta. Para lograrlo, tenía que disminuir, hacerme de nuevo como una niña: era entonces cuando recuperaba el tamaño, podía entrar por las puertas y llegar a estancias espirituales. Entendí entonces la frase de Cristo: «si no os convertís y os hacéis como los niños, no entraréis en el Reino de los Cielos» (Mt 18, 3).
Lo comparaba también con los planos de situación de los restaurantes, que se suele enviar con las invitaciones a una boda para que nadie se pierda. Sin el plano es complicado llegar, porque con frecuencia están situados en lugares alejados, en masías o casas antiguas difíciles de encontrar. Pienso que al sacar a Dios de en medio y reírnos del mundo espiritual por ingenuo, hemos bloqueado nuestra propia entrada ahí. La reconstrucción personal pasaba por desarrollar todas las áreas de la persona: física, emocional, social, intelectual y espiritual. De ellas, la espiritual era la que se encontraba en peor estado, más sesgada y menos conocida. Debía empezar por ahí y hacerme como una niña, aunque fuera el hazmerreír de quien fuera, me daba igual. Al fin y al cabo, siempre hay gente que nos juzga, hagamos lo que hagamos: ¿qué me importaba que una vez más me criticaran si yo salía ganando?
Poco a poco, me di cuenta de que lo importante no era lo que yo hiciera o proyectara. Lo realmente eficaz era dejar actuar a Dios en mi vida: Él se encargaba de los resultados y de que creciera el amor en mi corazón. No era cuestión de empeño, ni de puños. Y aunque es necesario tener proyectos, no pasa nada si no se realizan porque Dios interfiera con su modo de hacer, o si deja de hacer: Él tiene una visión más completa y siempre los mejora, aunque en el momento no se entienda.