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EL CAMBIO DE TENDENCIA: EDUCAR PARA EL AMOR INCONDICIONAL

Una única vida y una única persona

9. EL CAMBIO DE TENDENCIA: EDUCAR PARA EL AMOR INCONDICIONAL

Dado el extremo al que hemos llegado, de escepticismo, vacío y pobreza interior, las nuevas generaciones están abocadas a sufrir mucho. Les llegará la enfermedad, como a todo el mundo, pero estará infinitamente agravada por la ausencia de amor, por la soledad, y sobre todo, por tener amputada la dimensión espiritual y humana y sin ningún recurso para afrontar ni la vida ni la muerte. ¿Desesperación y eutanasia? La desesperación es la visión corta, plana, que aparece cuando la vida te pasa por delante por no haber sido capaz de extraer todo su potencial. Se tiene una vida vacía y, si la vida es así, la persona también está vacía, oscura, triste... sin respuestas a nada, porque no se busca nada. Sin capacidad de aportar nada, porque se vive para sí mismo y a corto plazo, sin darse cuenta de que podemos aportar pequeñas cosas que, todas juntas, forman un algo grande y dan esperanza. Todas las cosas pequeñas tienen un sentido para algo y para alguien. Otra forma de vivir es hacer las cosas para mí, solo porque me apetecen. Se puede ahorrar el sufrimiento que inevitablemente van a vivir las nuevas generaciones: psicológico o moral, que es el peor de todos.

Las baldosas de Barberà

Hace muchos años, mi abuela decidió pintar la entrada de la casa de payés de Barberà. Recuerdo a mi padre entrar en la cocina con un enorme desconchón de pintura que se había desprendido de la pared. «Mirad esto», nos dijo. En el desconchón se veían distintas capas de pintura de diferentes colores que se habían puesto a lo largo de los siglos. La base que la sustentaba estaba debilitada por el paso de los años y había acabado por saltar. Al buscar la causa, nos encontramos que debajo estaban unas baldosas de cerámica que alguien, en su día, decidió tapar.

Esta imagen me ha ayudado mucho a comprender otras cosas como, por ejemplo, los conceptos. Nociones como la solidaridad han sufrido cambios en muchas épocas. Vendrían a ser las capas de distinto color que tapaban las baldosas. Puede ocurrir que haya tantas capas de pintura encima del concepto que, al final, no se reconozca, y haya que picar encima para dejarlo como era al principio. Es muy frecuente encontrar a personas que ayudan a otras con motivo de un terremoto, un tsunami o algún otro fenómeno natural. Son solidarios con la gente que los sufre, y que generalmente viven en países del tercer mundo, y sin embargo son incapaces de ser solidarios con su prójimo

cercano, frente al que tienen responsabilidades.

Hoy, la desorientación y el caos son enormes porque todo vale lo mismo. Hemos de poner orden de nuevo y volver a llamar a las cosas por su nombre, teniendo en cuenta el perfil que tiene cada cosa y lo que la hace distinta de otra. Nuestra época tiene su origen en la Ilustración, y la construcción sobre errores lleva inevitablemente a la caída del edificio. La ausencia del concepto de verdad, de bien y de mal, ha cegado a la gente.

¿De dónde partimos para conseguir el cambio a mejor?

Tenemos una generación joven sin recursos, desnortada, sin buenos referentes, sin capacidad de confiar en compromisos estables, débiles en capital social. Muchos de ellos no valoran el hogar ni la familia, simplemente porque no la han tenido. Además, debido a la cultura contemporánea, la gente se mueve por buscar el aplauso, el reconocimiento, o el quedar bien, o se deja llevar por lo que le apetece, pero no valora el impacto de sus acciones en los demás.

Nuestro gran reto es formar cabezas e integrar corazones de pequeños, jóvenes y mayores. Ayudar a pensar para que cada uno sepa cuál es la parte del problema que le corresponde. Nadie quiere ser responsable de las consecuencias de lo que provoca. Hay muchos egocéntricos. Sus gafas no están limpias, sino distorsionadas, y dialogar con ellos puede ser un diálogo de besugos.

Usan frases hechas y pretenden dar lecciones sin entender que a los primeros a los que se puede aplicar la frase son a ellos mismos. De este modo dicen que los demás son egoístas —ellos no—, que los años ponen a cada uno en su sitio —a ellos no—, que no les respetan —¿no será porque ellos son los primeros en no respetar a los demás?—. Cuando hablan de respeto muchas veces lo que quieren es que se dé por bueno su modo de actuar, aunque sea injusto u ofensivo para los demás.

Son personas que toman decisiones «eficaces». Solo buscan ganar, y cada vez están más cegados ante las consecuencias que sus actos tienen para ellos y para los otros. Ya no ven a los demás, porque no están en su radar. Solo ven que han ganado una vez más. Y como lo que no se ve no se puede valorar, solo ven lo que les sirve para obtener sus fines.

Rompen las relaciones y no entienden el porqué. Su comentario frecuente es: «Están enfadados y no sé por qué. Siempre hemos tenido una buena relación». No ven que son parte del problema, se creen que son Superman. Con el poder en la mano, y abusando de él, no generan una relación de confianza, sino de pura sumisión. Los demás les aguantan mientras no tienen más remedio, pero en cuanto pueden se quitan de encima esa losa. Su parte de culpa en la ruptura de relaciones es grandiosa, pero ellos insisten en que no se les respeta. Confunden «respeto» con «consentimiento de lo que hacen» y «aprobación de su comportamiento». Llegan a pensar que son muy éticos, aunque su ética es subjetiva y parcial.

Los motivos que ven en los demás se reducen a los que ellos mismos tienen. Cree el ladrón que todos son de su condición. Son incapaces de ver que los otros pueden moverse por unos motivos distintos y más altos que los suyos. Han aprendido negativamente. Y se justifican explicando la realidad desde una visión por un canuto.