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En busca de respuestas sólidas y definitivas

Empecé a leer la Sagrada Escritura. Me quedé asombrada al verme reflejada ahí: sin ser yo, se hablaba constantemente de mí, incluso cómo si quien hablara fuera yo. Podía reconocerme en cómo me sentía, todo lo que vivía. Era increíble. A veces hallaba fragmentos escritos en los que parecía que alguien, hace miles de años, hubiera visto mi situación actual por el agujero de una cerradura capaz de ver a través del tiempo, y hubiera querido explicarme qué era lo que pasaba, por qué se producía y qué tenía que hacer. Mi asombro y fascinación crecían de día en día. A veces no podía ni creer lo que leía, debía frotarme los ojos. Era inaudito.

Describía lo que era blanco y lo que era negro sin ningún tipo de contemplaciones, con tal seguridad, con tal rotundidad, que me sentía terriblemente comprendida: por fin

alguien entendía lo que me estaba pasando y ponía orden en el caos, con una firmeza tal que respiré aliviada. Eran verdades como templos. Qué lejos quedaban a su lado las aguadas justificaciones y el escepticismo de hoy en día, en las que todo vale igual, todo el mundo es bueno, y uno tiene que callarse ante terribles injusticias, porque la vida es así, es lo que hay, no se puede hacer nada... ¡Qué grandes errores!

Dios ponía orden en tanta confusión. Su voz era tan fuerte y decidida que me sorprendió. Yo no podía juzgar, pero Dios podía hacerlo. No comprendía lo que eran las cosas, pero Él las conocía. Yo no sabía qué hacer, por dónde ni cómo ir, y Él me mostraba el camino. Él era mi defensor, mi guía y mi protector, frente a la inmensa tomadura de pelo que me tocaba vivir.

La sociedad en la que Cristo vivía era una sociedad divorcista, pero Cristo abolió el divorcio y destacó el adulterio como uno de los grandes pecados. Por algo sería: ¿Para qué necesitaba cambiar nada ni buscarse más enemigos de los que ya tenía? Él defendía la verdad, la justicia, a los débiles, y no se arrugaba frente a nada ni frente a nadie: perdió la vida por defender la verdad. Los discípulos, escépticos, tuvieron un rifirrafe con Él. Cristo les recordaba que «al principio, no fue así, que el hombre dejaría a su padre y a su madre y se uniría a su mujer, siendo los dos una sola carne». Y se lo repitió: «De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Por tanto, lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre» (Mt 19, 6). Los discípulos, poco convencidos, le preguntaban: «¿Por qué entonces Moisés mandó dar el libelo de repudio[1] y despedirla?» (Mt 19, 7). Y Cristo argumentaba: «Moisés os permitió repudiar a vuestras mujeres a causa de la dureza de vuestro corazón; pero al principio no fue así» (Mt 19, 8). Y añadía: «Sin embargo, yo os digo: cualquiera que repudie a su mujer —a no ser por fornicación— y se case con otra, comete adulterio» (Mt 19, 9).

Me fascinaba oír esto: Cristo cambiaba las leyes, se ponía por encima de Moisés. Les decía que no comprendían nada porque eran duros de corazón. Y se quedaba tan tranquilo. En dos mil años no habíamos cambiado: seguíamos igual, sin entender nada de nada. Con un problema añadido: había gente que quería seguir a Cristo pero con divorcio, y culpaba a la Iglesia de ser rígida por no aceptarlo. Olvidaban las palabras de Cristo que la Iglesia tan solo recordaba.

Ni siquiera los discípulos entendían esa forma de pensar: «Si esa es la condición del hombre con respecto a su mujer, no trae cuenta casarse» (Mt 19, 10). Cristo conocía sus respuestas: «No todos son capaces de entender esta doctrina, sino aquellos a quienes se les ha concedido» (Mt 19, 11-12). Y veía los «efectos colaterales» del divorcio. Y eso me encantaba.

Hoy en día parece como si solo tuvieran derechos los fuertes, los que avasallan y rompen los matrimonios en nombre de su propio aburrimiento, de sus caprichos, de sus emociones o de su pretendida libertad. Dios se levantaba indignado, proclamando que no era verdad. Era una voz que retumbaba por encima de mares, océanos y tiempos, un inmenso no a tanta barbaridad. Una voz llegaba lejos, muy, muy lejos. Hablaba del infierno, del diablo. Calificaba de perversa y adúltera a una generación, advirtiéndoles que no heredarían el reino de los Cielos. Descubrí la ira de Dios cuando se avasalla a los débiles, y respiré aliviada. Me tranquilizó: lo que yo veía, sentía y vivía no eran solo unas ideas mías, Él pensaba como yo, me apoyaba y consolaba. Quedé tan fascinada que no

podía soltar los libros porque me explicaban todo: que ocurría, por qué, qué me faltaba y qué podía ocurrir.

Se podía discernir lo bueno de lo malo, ya lo creo que sí. Pero debíamos utilizar el criterio de Dios, y pedirle el don de aprender a utilizarlo. Había encontrado una auténtica mina. Ya no me valían las demás fuentes. Con el tiempo se fueron convirtiendo en objetivos a abatir. Cuando leía según qué afirmaciones en artículos u otros medios, me divertía tumbándolas. Muchas veces lo hacíamos con Nuria mientras desayunábamos en el bar.