Capítulo III. Las muertes privadas de Contemporáneos
5. Los otros Los también distintos Jaime Torres Bodet, Enrique González Rojo,
Xavier Villaurrutia y Bernardo Ortiz de Montellano fueron contrapuntos ejemplares, los extremos en los que se desarrolló la revista Contemporáneos. “Tanto Novo y Villaurrutia como Cuesta son capaces de delimitar con precisión el orden de sus
188 J. Gorostiza, ‘Muerte sin fin’, en E. Ramírez (coord.), José Gorostiza. Poesía y poética, p. 68. 189 M. Capistrán, José Gorostiza, Prosa, p. 203.
intereses y de llevar sus revistas por un camino arriesgado pero insustituible”, señala Guillermo Sheridan.191 Por otro lado, apunta que, Ortiz de Montellano:
“[…] suele dar signos de una indecisión que la enturbia: ya promueve las vanguardias europeas, ya se desdice y subraya su mexicanismo; ya fomenta teorías raciales y racistas disparadas (como las de Gastélum), ya preconiza los estudios sobre lo mexicano. […] hombre de limitadas lecturas e ideas en comparación con los demás. […] su director no refleja lo mejor de su generación. […] fue incapaz de hacer que su revista estuviera a la altura de su grupo. […] El malentendido, sin embargo, se ha institucionalizado y es en esta revista en la que se piensa para aludir a la labor de la generación. Nunca estuvimos más lejos la verdad en la edificación de lugares comunes en que suele detenerse nuestro –hasta ahora– imposible designio de crear una eficaz historia de nuestra literatura: nunca hubo un grupo detrás de Contemporáneos: lo que hubo fue un director que perteneció a un grupo y que llevó la revista por lo que supuso que eran las directrices de él”.192
La obra del resto del Grupo publicada en Contemporáneos se caracteriza por esa ausencia de homogenización en su temática y envergadura. Somos concientes de la imposibilidad de aglutinar a todos ellos dentro de la temática de la muerte trágica debido a su diversificación como escritores, bien porque eluden el tema o bien porque no es de su interés; pero sí es factible revisarlos y recuperar aquellos rasgos impresos en sus textos de la búsqueda de ellos mismos, producto de la nueva corriente que se había establecido en torno a la búsqueda y la ciencia. Es ineludible detenernos en aquellos artículos publicados por el Grupo en la revista para así comprender sus escrituras e iluminar su proceso dentro de dicha publicación. Aún cuando no se hicieron
191 G. Sheridan, Contemporáneos ayer, p. 367.
192Ibídem, pp. 368-369. Añade que “Los ocho escritores de la generación con que hemos trabajado en
este libro, jamás estuvieron reunidos –en tanto grupo– alrededor de la mesa de las decisiones y se limitaron a coincidir en ella sin conocimiento de la articulación vehicular de la que hablamos al principio de este capítulo. […] En marzo de 1932, cuando la revista llevaba tres meses de haber muertoVillaurrutia, al calor de la polémica “¿Existe una crisis en nuestra literatura de vanguardia?” atizada por El Universal
Ilustrado, se encarga de poner en claro este deslinde no sin energía:
‘Ninguno de nosotros puede hacerse responsable de Contemporáneos. Fue siempre una revista con director, no con directores. Cuando Novo y yo lanzamos Ulises asumimos la responsabilidad de su ciclo de existencia. Y ésa sí fue una revista personal, fue el banderín de un grupo. Contemporáneos tuvo una intención colectiva y aglutinante que jamás logró. El fracaso de Contemporáneos se debe al ambiente, y la falta de ambiente se debe a
responsables de Contemporáneos, los documentos que publicaron en ella son memoria invaluable de la formación de un modo de escritura y de visión de la vida y sus literaturas. Éstas dictan el límite de lo que se puede exteriorizar. A éstas nos remitimos cuando queremos comprender cómo es que marcaron una pauta en la interiorización de la vida del propio mexicano, porque la historia del hombre, según nos recuerdan las teorías narrativas, sólo existe en tanto discurso.
Jaime Torres Bodet, en el tomo I de Contemporáneos publica una serie de sonetos que lleva por nombre el término genérico de Sonetos y que, a su vez, se divide en ‘Palabra’, ‘Lirio’, ‘Desnudo’, ‘Uva’, ‘Manzana’, ‘Otoño’ y ‘Vaso’. Ninguno de ellos alude a la muerte, sino que todos son un canto a la Naturaleza producto de la observación de sí mismo:
“Y corre por la helada dentadura una acidez, al verte, que no altera la sed, sino la moja y la madura”.193
En ‘Motivos. ¿Memorias? ¿Biografías?’ defiende el uso inmoderado del yo que reclamaba Oscar Wilde a André Gide en las páginas de sus primeros libros.194 Señala que: “El post-romanticismo de Gide –si de algo puede acusársele– estriba precisamente en esta presencia, en este don inevitable de sí mismo con que alimenta su primeros relatos”.195 Y acota, refiriéndose a la puesta en escena del teatro de Pirandello, como sucede en Seis personajes en busca de autor:
“Se entiende que un conceptista como Pirandello ignore la delicia de Góngora, su vicio, su elaborada y preciosa virtud. Pero lo que se entiende menos es que un dramaturgo pase, en esta insinuaciones críticas, junto a las palabras sin sentir su tragedia, su profundo, misterioso poder de evocación”.196
Torres Bodet elige a Gide por poseer éste cualidades insuperables:
193 Jaime Torres Bodet, soneto ‘Manzana’, en Contemporáneos, número 5, junio de 1928-agosto de 1928,
FCE, México, p. 18.
194 J. Torres Bodet, ‘Motivos ¿Memorias? ¿Biografías?’, en Contemporáneos, Vol. 2, julio de 1928, p.
202.
195 Ibídem, p. 202. 196 Ibídem, p. 211.
“Unidad íntegra y exacta de tono […] de sutiles divagaciones literarias y finos retratos espirituales”, pero al mismo tiempo prefiere desentenderse del moralista, en quien no le resulta difícil advertir de inmediato serias “limitaciones de espíritu […]: virtudes sentimentales le faltan, equilibrio espiritual le sobra, carece del fuego sagrado que da a las palabras un valor especial, individual, que por sí solas no tienen”.197
Enrique González Rojo y Jaime Torres Bodet eran “de abolengo intelectual francés”, “inquisitivo, con élitros de infinita movilidad”.198 Basta leer los títulos del volumen I de Contemporáneos para comprobar su inclinación por lo foráneo. En su relato ‘La inocente aventura del Trópico. Relato del segundo oficial Charlie Raeburn, de la Marina Mercante Americana y al servicio de la United Fruit Co.’, podemos corroborar su preferencia, al igual que en su ‘Carta a Fantomas-Bergamín’.
Gilberto Owen, la conciencia teológica del grupo, publica en el número II el cuento ‘Examen de pausas’. Salvador Novo publica en el número 33 de la revista un ensayo titulado ‘El arte de la fotografía’ y, finalmente, publica en el penúltimo número (44-41) ‘Breve romance de ausencia’ en el que escribe:
“Otro es este, que no yo, mudo, conforme y eterno, como este amor, ya tan mío que irá conmigo muriendo”.199
y hace alusión a ese yo interior y al fenómeno de la “dispersión […] la pérdida como condición del encuentro y la curiosidad”200 por los que tanto abogaba Gide, el cual afirmaba que “el desarraigo puede ser la mejor escuela de la virtud”.201 A su vez, era considerado por Guillermo Sheridan como:
“[…] el Gide de Nourritures terrestres (1897) en que se cultivaba el estado ideal: el de permanente insatisfacción; el Gide, en fin, que propone como héroes superiores (siempre contra el espíritu de ‘la masa’) al Hijo pródigo […], a Ulises y por
197G. Sheridan, Contemporáneos ayer, p. 90.
198 Ambas frases entrecomilladas se encuentran en G. Sheridan, Contemporáneos ayer, p. 94. 199 Contemporáneos, núm. 40-41, septiembre-octubre 1931.
200 G. Sheridan, Contemporáneos ayer, p. 89.
201 Sheridan cita a Gide (“A propósito de Les Déracinés”, Oeuvres, III, p. 243) en su libro
supuesto, a Simbad el Marino; el Gide que, al manejar símbolos precisos de su pasión, les ofrecía a Novo y a Villaurrutia las armas para instrumentar el propio descubrimiento
de sí mismos”.202
Además del ‘Breve romance de ausencia’ publica en el penúltimo número de la revista el ensayo ‘Notas sobre la poesía de los negros en los Estados Unidos’.