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Capítulo II. La Posada de la muerte El arte popular José Guadalupe Posada

6. Posada Ludens

Luis Mario Schneider refiere una tradición en el pueblo de Malinalco, a ciento diez kilómetros de “la ciudad más grande del mundo”86 en la que se vive la muerte angelical como un divertimento en el que, lejos de haber llanto o ascetismo, la casa se llena de flores, música, festejo y los tradicionales juegos de la “muerte celestial”.87

86 L. M. Schneider, ‘La muerte angelical’, en “Rituales lúdicos” en El arte ritual de la muerte niña, Artes

de México, núm. 15, México, 1998, p. 58.

87 “Cuando en Malinalco fallece un niño no hay rezos, los fatigados rosarios no se escuchan, ni siguiera la

reducida caja mortuoria hace la rigurosa visita a la parroquia como en los clásicos entierros de adultos. Con la casa dolida llena de flores, el patio del hogar parece burlarse de la atroz guadaña y algo similar a una ruidosa feria entremezcla sones de violines con el rasguear de guitarras. Lo más sorprendente son esas horas, a veces hasta 48, con gente que entra y sale y que viene más que a llorar, más que a condolerse, a contribuir, a festejar el tránsito celestial. Pasan en confusión los días y las noches escamoteados en perenne juego, aglutinamiento de hombres y mujeres, de ancianos y niños. Son los famosos participantes de los tradicionales juegos de la ‘muerte celestial’ que, como los corifeos antiguos, aclaman el viaje. Ahí está el célebre retozo circular de la rata en el cual, sentados en petates*, los voluntarios se cubren hasta la cintura con sarapes que ocultan el deambular de un paliacate* que lleva anudada una piedra en una punta. Esa es la rata. El imprescindible y vigilante gato en veloz ronda trata de atraparla. Si lo logra, el sorprendido poseedor del pañuelo, además de recibir golpes por su torpeza, ocupa el lugar del gato. La rata es un juego sólo de hombres y una que otra mujer ‘atrabancada’*.

Otro, de mucha aceptación es La cacería. En ella los varones, en fila, adoptan cada uno un nombre de animal, mientras dos cazadores en armoniosa cantinela dialogan:

—Señor, señor… ¿adónde fue? —Fui al monte.

—En el monte… ¿qué cosa vio?

La respuesta es el nombre de alguno de los animales presentes: —Vi un coyote.

En ese momento el aludido emprende rápida carrera perseguido por los cazadores y al ser atrapado recibe ‘trancazos’* y es excluido del juego.

Para La llorona*, juego de doce cartas, no hay sexo ni edades. Se hace un círculo para adivinar los naipes mientras se canta en forma de preguntas y respuestas:

—Ya me levanté muy tarde. —¿En qué tienes las malicias? —A las cuatro de la mañana.

El que tiene la carta con el número cuatro, si no está alerta para responder, recibe como castigo una marca del tizne de un corcho quemado. El juego, que dura horas, va exaltando el júbilo ante los rostros pintarrajeados.

Existen en Malinalco más de veinte juegos, pero entre los más exitosos, están El florón, El ramo,

San Bruno, El remolino y El gorrión.” (L. M. Schneider, ‘La muerte angelical’, pp. 58-59).

Los asteriscos se presentan en orden de aparición en el texto:

*Alfombrilla rectangular hecha con fibras de palma. Su nombre proviene del vocablo náhuatl

petatl.

*Pañuelo colorido de algodón que se anuda al cuello. Su nombre es producto de la castellanización de dos palabras de origen náhuatl.

*Atrabancada es aquella mujer torpe, pesada, arrebatada, hombruna, que no posee movimientos controlados, civilizados.

No podemos concebir la obra de José Guadalupe Posada sin relacionarla con el juego y la carcajada, amplia pero monstruosa: “en el fondo de lo grotesco se expresa el alivio tras un momento de miedo superado”.88 Según Bajtin:

“La risa festiva del pueblo no sólo incluye el momento de la victoria sobre el horror del miedo al más allá, a lo sagrado o a la muerte, sino también el momento de la victoria sobre cualquier poder, sobre los dominadores terrenales, sobre los poderosos de la tierra y sobre todo aquello que subyuga y limita”.89

No cabe duda de que la vida es finitud, pero también es un juego continuo y constante en el que cada día va sumando hasta lograr que la muerte sea lo de menos. Y ¿por qué?, porque si la vida es juego, ya sea formal o informal, no importa morir si vivimos jugando, tal y como Posada y los artistas hicieron.

Huizinga señala que la imagen de los educadores, entres ellos el poeta-vidente,90 “en todas las épocas, ha debido ser, a la vez, sacra y literaria. Sea o no sagrada, esta función radica, en todo caso, en una forma de juego”.91

Del juego surgen imágenes y de las imágenes metáforas que se materializan. Es la imagen la que nos influye, la que se guarda en la mente para luego construir realidades que en muchas ocasiones no sabemos dónde se originaron. “Tras cada expresión de algo abstracto hay una metáfora y tras ella un juego de palabras. Así, la humanidad se crea constantemente su expresión de la existencia, un segundo mundo inventado, junto al mundo de la naturaleza”.92 Pero, ¿en dónde surge el juego? Todos caemos en el juego, aunque se prohíba con vehemencia conforme se abandona la infancia. A pesar de que “la cultura humana brota del juego –como juego– y en él se desarrolla […], cuando examinamos hasta el fondo, en la medida de lo posible, el contenido de nuestras acciones, puede ocurrírsenos la idea de que todo el hacer del hombre no es más que un jugar”.93

88Beatriz Fernández Ruiz, De Rabelais a Dalí. La imagen grotesca del cuerpo, Universitat de Valencia,

Valencia, 2004, p. 158.

89 Michail Bajtin, Literature und Karneval, Munich, 1969, p. 37. (Citamos por Hans Robert Jaus, Experiencia estética y hermenéutica literaria, Taurus, Madrid, 1992, p. 321).

90 “Del poeta-vidente se van destacando poco a poco las figuras del profeta, del adivino, del mystagogo,

del poeta-artista y, también, la del filósofo, el legislador, el orador, el demagogo, el sofista y el retórico. Los viejos poetas griegos todavía realizan una fuerte función social.” (Johan Huizinga, Homo Ludens, Alianza Emecé, Madrid, pp. 144-145).

91 J. Huizinga, Homo Ludens, p. 145. 92 Ibídem, p. 16.

Posada vivió unido en el juego con los artistas posteriores, específicamente con el grupo Contemporáneos, pues “en esta esfera del juego sagrado se encuentra a sus anchas el niño, el poeta y el salvaje”.94 Contrario a Contemporáneos, no destacó como figura pública, pero ¿le importa a uno que lo eleven a la máxima potencia cuando desarrolla su trabajo con el ímpetu con el que se gesta una revolución o trascurre la vida en un México en plena reconstrucción?

A veces, en los juegos formales, en las grandes ligas, también resulta duro jugar y, ya que estamos en el tema de la metáfora, diremos que también hay que pagar peaje: la obligación del juego o cuando el juego se convierte en obligación tiende a evadirse en otra clase de juegos. Todos los biógrafos de Posada resaltan el hecho de que era un artista que también tenía quereres con el alcohol, que fue el que lo llevó a los brazos de la Catrina. Después de trabajar todo el año como burro95 y ahorrar un centavo cada día, los días de Navidad se perdía en el alcohol y había que ir a buscarlo a las pulquerías, a la calle o a algún infecto rincón en el que estaría completamente perdido. Así es que hay juegos y juegos; también “algo se halla en juego”96 cuando jugamos. Hay juegos de lucha y por ende juegos con armas. Quien deja de jugar, pierde; experimenta una muerte temporal, pues depone las armas. Posada murió en pie por la obra que legó: más de quince mil láminas que se guardaron y crearon para el taller de Vanegas Arroyo; las demás obras, se perdieron. Quién iba a imaginar que el grabador de barrio bajo sería un eslabón fundamental para explicarnos el peculiar sentimiento mexicano que ha sido un hilo conductor de la cultura artística del país. Y decimos de barrio bajo porque es vox

populi entre sus biógrafos que tuvo una vida de pobreza material; por eso por lo que su

oficio le proporcionó una sensación de “ser de otro modo que en la vida corriente”,97 tan necesaria en su existencia, pues el juego es:

“Una acción que se desarrolla dentro de ciertos límites de tiempo, espacio y sentido, en un orden visible, según reglas libremente aceptadas y fuera de la esfera de la utilidad o de la necesidad materiales. El estado de ánimo que corresponde al juego es el arrebato y entusiasmo, ya sea de tipo sagrado o puramente festivo, según el juego, a su

94 Ibídem, p. 41.

95 Dicho mexicano: “Trabajo como burro”, esto es, como un animal de carga. 96 J. Huizinga, Homo Ludens, p. 57.

vez, sea una consagración o un regocijo. La acción se acompaña de sentimiento de elevación y de tensión y conduce a la alegría y al abandono”.98

Su hijo murió cuando aún era pequeño, y él siguió trabajando hasta que dejó de jugar; cuando su propio juego lo devoró. Lo único que nos dejó fue un guiño: la sonrisa de la muerte en sus grabados. No cabe duda de que el juego y el arte tienen algo de tragedia, que están ligados a la muerte. Más adelante, y de acuerdo con la intención de esta investigación, veremos la obra de Xavier Villaurrutia en la que convergen la tragedia, la muerte y el juego.