DOCE ES DIECISÉIS
Mi relación con los ritmos no europeos empezó en la India. Cuando estaba allí, encontré maestros y profesores que no sólo estaban interesados por la técnica, sino que, por cualquier razón, parecían conocer mis preocupaciones íntimas de aquel momento. Estudiando con el maestro de tabla Ustad Mohamed Ahmed Khan, observé inmediatamente que ese tipo de enseñanza me llevaba a un vórtice de experiencias internas. Iba a verlo todas las tardes y nos sentábamos juntos durante la lección. Podía pasar horas conmigo, enseñándome a tocar un sonido concreto en la tabla y no se que- daba satisfecho, aunque yo, con la mejor voluntad del mundo, no pudiese notar ninguna diferencia entre su sonido y el mío. Otras veces, solía tocar largas composiciones rítmicas para mí y me pedía que las repitiese; pero yo no podía comprender qué era lo que él había tocado ni recibía la más ligera explicación que me ayudase a reconocer la estructura de sus piezas.
Sin embargo, era yo, y no él, quien se enfadaba porque, hora tras hora, era incapaz de captar poco más del principio de lo que él acababa de tocar. Con una sonrisa tranquila, tocaba la misma pieza una y otra vez. Lo único que me servía de orientación era contar los golpes básicos, para poder descubrir finalmente qué ciclos estaba tocando; pero, cuando Mohamed Ahmed Khan se dio cuenta de que estaba contando, se echó a reír con sorna y dijo: “¿Por qué no coges un ordenador?”
Una tarde, me dijo que ya había aprendido bastante y estaba en condiciones de aprender otra composición rítmica más larga. Quiso enseñarme un quayada in Teental, una composición rítmica que tiene un ciclo de dieciséis golpes. Empezó a tocar y yo trate de seguirlo con toda atención. Estaba completamente absorto en lo que tocaba, cuando, al cabo de un rato, me di cuenta de que sus configuraciones de tabla se repetían al cabo dedocegolpes. Esto me confundió y yo ya no sabía si Mohamed Khan estaba poniéndome a prueba o, simplemente, no podía comprender la relación con los dieciséis golpes. Acabé dando una voz e interrumpiendo su inter- vención: “No entiendo tu composición, Baba. Lo que oigo es un ciclo dedoce golpesy no puedo encontrar el dedieciséis.” Él levantó la vista, me miró interrogante y dijo: “¿Qué quieres decir?¡Doce es dieciséis!” y me dejó por aquella tarde.
Volví a la pequeña habitación que tenía cerca de la Estación Central de Bombay, atravesando la multitud que había en la calle, al anochecer. No me daba cuenta de nada. Lo único que sentía era desesperación por mi incapacidad para comprender. Tenía bien claro que había algo de verdad en lo que había dicho Mohamed Khan; pero estaba reapareciendo la misma imagen en mi mente:
1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 •••••••••••• igual a 1 2 3 4 5 6 7 8 9 101 11 21 31 41 51 6 • ••••••••••••••• 12=16... 12=16... 12=16...
No podía dormir, por lo que me senté ante la tabla. No sabía donde tenía que empezar y, si no tenía las cosas claras, ¿de qué ser- vía todo este ejercicio? Di un golpe en la piel de la tabla, simple- mente para oír su sonido. De pronto, empezó el flujo de dieciséis golpes más simple que jamás haya oído:
DHA DHIN DHIN DHA
DHA DHIN DHIN DHA
DHA TIN TIN TA
TETE DHIN DHIN DHA...
71
Cuántas veces, antes de esto, había surgido ese flujo de dieciséis golpes al tocar. Mis pensamientos se tranquilizaron y, finalmente, lo dejé, cuando el movimiento rítmico de la tabla se hizo audible y, poco a poco, fue dándome su significado. Cada vez oía con más claridad el primer golpe. Entonces sentí dentro de mí un movimiento circular que iba en aumento, cada vez más fuerte. Me produjo una sensación extraña y excitante, distinta de todo lo que había sentido con ante- rioridad; pero seguí tocando, sintiéndome cada vez más cansado, hasta que, finalmente, caí en un profundo sueño... Pronto me encon- tré de pie, en un plano ilimitado, observando largas columnas de cria- turas extrañas, parecidas a números, que caminaban delante de mí. Sus rostros parecían completamente diferentes y parecían tristes y agotadas. Llevaban pesadas cargas y emanaban un ambiente de deses- peración. Yo no podía ver ni de dónde venía ni a dónde iban. Estas criaturas ni siquiera se miraban unas a otras. Sin embargo, una fila tras otra interminable, avanzaban hacia un objetivo desconocido. Yo me sentí solo, asustado, y quería chillar; pero no podía. Quería correr lejos hacia otro mundo; pero no era capaz de moverme.
La llanura fue vaciándose lentamente y, una columna de números tras otra, fueron desapareciendo por el horizonte. Desaparecieron de mi vista, en el punto en que parecían juntarse la llanura y el infinito. Mi atención se quedó fija en el horizonte. Pensé que podría cubrir esta distancia en unos pocos pasos; pero, de pronto, me pareció como si estuviese a años luz. Según iba saltando mi vista desde donde yo esta- ba hasta el horizonte, vi un punto minúsculo que aparecía en la línea donde se juntaban la llanura y el cielo y poco a poco se convertía en un círculo, según se iba acercando. Lo sentía con toda claridad; pero no podía verlo con los ojos. Me pareció una vibración, más que un objeto sólido. Según se iba acercando y se hacía cada vez mayor, vi, de repente, una flor circular gigantesca, en el lugar donde había nota- do antes las vibraciones. Cinco pétalos transparentes reflejaban un maravilloso espectro de colores. Cada vez había más objetos que lle- naban el campo de vibración de este círculo invisible: cristales de hielo que formaban radiantes estrellas hexagonales; extrañas figuras geométricas, como triángulos y cuadrados que se entrelazaban; una esfera, mitad blanca y mitad negra, compartían en armonía un cen- tro común y formaban ante mí un dibujo como jamás había visto. Cada elemento del círculo vibraba con su propio ritmo; pero todos estaban maravillosamente sincronizados. Estaba tan emocionado, que empecé a correr hacia esta visión... Entonces me desperté y me encontré echado en el suelo, cerca de mi tabla.
Cuando entré de nuevo en la pequeña habitación donde vivía Mohamed Ahmed Khan, lo encontré sentado, tocando su tabla. Me incliné ante él y nos miramos durante un rato con una profunda mirada. Daba la impresión de que ya se había dado cuenta de que yo había experimentado algo muy impresionante. Después de contarle, lo mejor que pude, mis experiencias, me pidió que tocase aquel ritmo sencillo de dieciséis golpes que me había enseñado al principio de estar juntos, el que había estado tocando yo la noche de mi sueño.
DHA DHIN DHIN DHA
DHA DHIN DHIN DHA
DHA TIN TIN TA
TETE DHIN DHIN DHA...
Cuando Mohamed Khan notó que yo había empezado a tocar, empezó a tocar él todas las composiciones de dieciséis golpes que yo había aprendido. Me sentí contento cuando se puso a seguir mi sim- ple ciclo rítmico. Entonces, Mohamed Khan cambió al ciclo dedoce
73
golpesde la misma composición, que tanto me había confundido la vez anterior. Mi cuerpo reaccionó de inmediato y me di cuenta de que mi flujo rítmico empezaba a fallar. A mis manos les costaba trabajo seguir tocando y estaba ya a punto de dejarlo, cuando, de repente, me di cuenta de que podía oír losdosritmos al mismo tiempo. Una nueva fuerza interior me transportó de una forma sencilla y sin esfuerzo. Notaba que sus doce golpes y los dieciséis míos se unían para formar un cicloconjunto. Al mismo tiempo, mi concepto lineal del ritmo desaparecía y surgía una nueva imagen dentro de mí: las dos líneas, diferentes de longitud e imposibles de combinar, se juntaban final- mente en el ciclo conjunto de 12 y 16.