obras, que había
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Historia y Literatura Historia y Literatura
Félix Benlliure Andrieux Diplomado en Teología en el Instituto Bíblico Europeo de París. Instalado en España dividió su tiempo entre el pastorado, la enseñanza y la literatura.
LOS MALES que afligían a la cristian-
dad, la superstición, incredulidad, ig- norancia, especulaciones vanas y co- rrupción de las costumbres, eran fru- tos naturales del corazón humano y no eran nuevos en la tierra. Casi todo es- taba preparado. Justo apenas comen- zar el siglo XVI, empezaron a oírse los murmullos, tanto en el mundo mo- ral como físico y espiritual, que anun- ciaban la tormenta que se acercaba. La gente se sentía oprimida e inquieta por algo extraordinario que presen- tían. El emperador Maximiliano y el rey Luis XII convocaron un concilio en Pisa con el propósito de que el papa Julio II pusiera orden y remedio a los males de la iglesia. Asistieron varios cardenales a pesar de la prohi- bición de la Santa Sede, pero al final excomulgaron a Maximiliano por in- corregible y contumaz.
En medio de esta espera inquieta y ge- neral, los adversarios se envalentona- ban. Unos reivindicaban los derechos de la ciencia contra la enseñanza de las universidades; otros pregonaban los derechos de la razón sobre las es- padas y unos pocos oraban a Dios para que resplandeciese el sol de justi- cia.
Entonces apareció Martín Lutero. No voy a escribir la historia del gran re- formador aunque no pueden obviarse algunos aspectos de su vida poco co- nocidos. El vicario general Staupitz y el Elector, no perdían de vista al mon- je que habían llamado a enseñar en la universidad de Wittemberg. La predi- cación del joven profesor había im- presionado al vicario general; había admirado la fuerza de su espíritu, la
grandeza de su elocuencia y la exce- lencia de lo que exponía. El elector y su amigo el vicario general, queriendo que avanzara un hombre que daba tantas esperanzas, decidieron que se preparara para el grado de doctor en teología. El vicario general fue al con- vento y le llamó para hablar a solas con él en el jardín del claustro y le lle- vó debajo de un árbol que Lutero gus- taba siempre mostrar a sus discípulos. El venerable padre Staupitz le dijo:
“—Es necesario, amigo mío, que usted sea doctor en Sagrada Escritu- ra.
—Busque a una persona que sea más digna porque yo no puedo acep- tar.
—La Iglesia ahora tiene necesidad de jóvenes y valientes doctores. —Sí, pero yo soy débil y enfermizo. Busque a un hombre fuerte.
Stauplitz replicó: —El Señor tiene necesidad de usted en la tierra como en el cielo. Haga pues lo que la or- den y yo le mandamos, además us- ted hizo votos de obediencia.
—Pero señor, yo soy pobre y no tengo dinero para pagar los gastos de los estudios.”
Stauplitz le dijo que el príncipe le ha- bía concedido la gracia de hacerse cargo de todos los gastos que pudie- ran ocasionarle.
El 18 de octubre de 1512 Lutero reci- bió su título en Teología y prestó este juramento: “Juro defender la verdad evangélica con todas mis fuerzas”. Al día siguiente Bodenstein, decano de la Facultad, le impuso ante una numero- sa asamblea las insignias de Doctor en Teología. Le hicieron doctor bíbli-
co, no doctor de palabras; llamado a consagrarse al estudio de la Biblia, no al de tradiciones humanas. Él mismo dijo que juraba por su amada y santa Escritura; prometió predicarla fiel- mente, enseñarla en su pureza y de- fenderla de palabra y por escrito ante los falsos teólogos mientras Dios es- tuviera en su ayuda. Aquel día Martín Lutero fue armado caballero de la Bi- blia.
Más tarde le mandaron a Roma para ocuparse de los asuntos de la orden de los agustinos a la que pertenecía y allí encontró una enorme incredulidad, además de una inmoralidad escanda- losa. Lutero volvió a Alemania con el corazón destrozado y la conciencia atormentada por dudas amargas. En el convento de Erfurt descubrió una vie- ja Biblia que le revelaba unas doctri- nas muy diferentes de las que le ha- bían enseñado aunque todavía no ha- bía en su pensamiento el deseo de em- prender la reforma de la iglesia. En tanto que pastor de almas y profesor en Wittenberg se limitó a propagar a su alrededor sanas doctrinas y buenos ejemplos.
Pero un hombre llamado Juan Tetzel, monje dominico cobarde y fanfarrón, mercader de indulgencias, audaz hasta la insolencia, recién condenado a pri- sión por crímenes notorios y amena- zado por los habitantes del Tirol a ahogarle en el río Inn, se atrevió a in-
terponer su vil tráfico contra la pala- bra de Lutero y las almas que le ha- bían sido confiadas. Llegó el momen- to en que Tetzel temió al pueblo irrita- do por sus fraudes y fue a esconderse en un convento, donde Militz, camar- lengo del papa, poseedor de varias ca- nonjías, fue a su encuentro y presentó al dominico las cuentas de la casa; los papeles que él mismo había firmado y le demostró que había gastado inútil- mente y robado sumas considerables de dinero. Tetzel siguió con los re- mordimientos de su conciencia; teme- roso de los reproches de sus mejores amigos y temiendo la ira del papa, murió abandonado como un miserable poco después. La gente creía que el dolor había sido la causa de su muerte.
Al conocer el mensaje de Tetzel, el doctor Lutero se indignó y volvió a leer su Biblia para un día del año 1517 poner en la puerta de la catedral de Wittenberg esas noventa y cinco tesis que iban a resonar por todos los cami- nos de Europa. De esas noventa y cin- co tesis, treinta y ocho, mencionan las indulgencias y la veintisiete y veintio- cho dicen: “Mera doctrina humana predican aquellos que aseveran que tan pronto suena la moneda que se echa en la caja, el alma sale volando. Cierto es que cuando al tintinear, la moneda cae en la caja, el lucro y la avaricia pueden ir en aumento, mas la intercesión de la Iglesia depende solo
HUGONOTES
M á r t i r e s p o r l a f e
#4
La Europa del siglo XVI
La Reforma (3/4)
de la voluntad de Dios”. La rebelión de su conciencia le hizo buscar en la Biblia armas nuevas para luchar con- tra la iglesia de Roma y sería esa mis- ma rebelión moral la que reuniría a su alrededor a miles de millones de discí- pulos. Lutero se había puesto a la ca- beza de buenas personas que deseaban lo mejor para la iglesia.
Al dogma de la justificación por las obras, que había producido prácticas extrañas y tan vergonzosos excesos, opuso la justificación por la fe en la redención de Jesucristo. Toda su doc- trina se resume en estas palabras del apóstol Pablo: “Porque por gracia sois salvos, por medio de la fe y esto no viene de vosotros, es un don de Dios” (26, Efesios 2:8). Esta doctrina tenía la doble ventaja de apoyarse en textos netamente bíblicos y a la vez echar por tierra el tema de las indul- gencias, las rogativas a los santos, las peregrinaciones, flagelaciones en bus- ca de santidad, penitencias y toda cla- se de méritos artificiales.
Lutero había dado el primer paso y es- peraba de la curia una respuesta favo- rable pero en vez de un deseo de re- forma, se le mandó una bula de exco- munión. El 10 de diciembre de 1520 el doctor de Wittenberg la quemó so- lemnemente en presencia de numero- sos espectadores. La llama que salió del papel escrito, iba a iluminar Euro- pa y proyectar sobre los muros del Vaticano un destello siniestro. La Re- forma había comenzado con las lu- chas de un humilde monje en una cel- da de Erfurt. (Continuará)R
Castellet de Perpinyà (Rosellón). Prisión definitiva y de paso de hugonotes.
Al dogma de la
justificación por las
obras, que había
producido prácticas
extrañas y tan
vergonzosos excesos,
opuso la justificación
por la fe en la
redención de
Jesucristo.
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500
años de Reforma
en España
1. Breve introducciónAunque la Reforma protestante espa- ñola siempre sufre un déficit de im- portancia histórica, de alumbrar la vi- sión de sus protagonistas con nuevos estudios, no consideraremos como ol- vidados a determinados protestantes como Casiodoro de Reina y Cipriano de Valera, Ponce de la Fuente o Egi- dio, especialmente los de ámbito an- daluz, estudiados con más asiduidad por los expertos. Por esta causa pode- mos permitirnos estos y otros olvidos, para traer a la memoria los más desco- nocidos y relegados por el abandono de los siglos, como es el caso de las