ntrada la noche, cuan do los grillos to ca b a n su habitual se ren ata y las ranas croaban junto al Lago Mar y los p an tanos, Plumón, que no había com ido ni un grano de alpiste, de trigo o de m ijo en esa tem p orada que había durado co m o cinco mil añ o s y m edia m añana, decidió que era el m o m en to ideal para descansar.
— Es hora de cenar — y ab an d o n ó el h o m bro de Genio Azul, que le servía de percha. Dijo: "adiós, nos vem os en un rato”, y sin dar se cuenta, hasta dijo ciao, chao y pescao.
Fanny Buitrago
Era uno de e s o s días de ayer, o tras-tras- a n tes-d e ayer. Genio Azul, alegre por el retor no y triste por la a u sen cia del corazón, divisó desde lo alto su casa-p anal y la puerta de atrás. Construida por los castores y las ab ejas, tenía un d iseño especial: entre panal, redon del y alfajor, con trap ecios y cuadrados a los lados que retenían la energía del sol. Tibia en invierno y fresca en verano, se d e stacab a en una colina salpicada de jazmines, alhelíes y gardenias. R eflejaba los cam b io s de la Luna, las estrellas y los eclipses. Y cuando su m am á lo visitaba, su cocin a olía a manzanilla, tortas, buñuelos.
— Me encanta regresar y tom ar un descanso. — Hola, Genio Azul, ¿qu é te p asa? — Se a so m ó un lucero vespertino, muy brillante, que había nacido a n te s del genio y en una ép oca de truenos y rayos c o n stan tes, rem ezo nes y tornados, conocid a co m o del big bang. Cuando ni siquiera las hormigas, los anim ales m ás nu m erosos del mundo, transitaban por allí. Ni las arañas eran consideradas co m o el centro de la ecología. De las cucarachas ta m poco se tenía noticia.
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— Me duele el pecho, au nqu e no ten g o c o razón. Estoy triste, pero muy triste — resp o n dió.
Genio Azul com enzó a transitar en círculos so b re las gardenias y los p e n sam ie n to s, y se p o só entre los p étalos de los anturios y las h o jas b erm e ja s de las proteas, entre los gira so le s am arillos zum m m m m zum m m m y los ibis rojos, m ientras intentaba cantar.
— ¿No e s tá s c o n ten to al regresar? — pre guntó el astro, a quien, en la convención de hadas y genios, acab ab an de bautizar con el nom b re de Orion. — Al parecer, en tu ca sa t ie nen visitas.
De golpe cayó la noche. A Genio Azul la voz y el can to no le salían. Giró entre un ram illete de luciérnagas que iluminaba los arb u stos de azaleas. Salud ó a las bandas de m o sq u ito s y grillos qu e rodeaban a la chica genio de labios color fresa, o jo s y p e stañ as de cristal líquido, rizos de turquesa: un encu entro esp erad o e inesperado. En efecto, ella seguía con los dos corazones entrelazados: Iridiscentes, tiernos, brillantes, perfumados.
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— ¡Qué alegría! A cabo de encontrar mi c o razón — exclam ó.
Su corazón tam b ién lo reconoció, pues c o menzó a tem b lar a diez trillones de grados, una tem peratura co m o la descubierta por los científicos del futuro en el centro licuado del sol. Tal co m o aprendería m ás tarde Genio Azul, con ayuda de su madrina la Señ ora Ima ginación — herm ana de Gaia, la Madre Tierra, y de la Señora Naturaleza— y a lo que se le llamaría reacción term onu clear de fusién. Pero, en e s e m o m e n to ni las ideas ni las g e nialidades se le venían a la m ente.
M osquitos, chicharras, abejorros, cucarro nes y grillos tocaron en aco rd eo n es y flautas una m elodía qu e ev ocab a cielos plenos de claridad; ríos, m ares y o céan o s, selvas de un verde milenario. El Lucero del Alba le guiñó un o jo a la Luna, pues sin saberlo, ni imagi narlo, Genio Azul e s ta b a enam orado.
— ¡Chica genio, p r e c io s a ...! — le dijo, m ien tras corría hacia ella con los brazos extendi dos: Vamos a to m arn o s de las m an os y a volar sobre los valles y colinas, cam p os sem brad os
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de tréb o les y violetas... a probar un invento maravilloso, que a c a b o de imaginar y se lla mará helado.
— Tranquilo, Genio Azul — dijo Orion— . La vida no es fácil. Ni la de los genios, ni la de los astros.
— Los astros viven m ás siglos que los ge nios.
— No te creas, un día, tam b ién d e sa p a re ce remos.
— E so será en m iles y m illones de años. — M en os mal, pues no m e gustan del todo las historias de miedo. Lo im portante, ahora, es que estoy feliz, radiante, a punto de reco brar mi corazón.
Genio Azul, con todas las fuerza y energía adquiridas a través de sus aventuras a lo largo y maravilla de la luz, no podía aún c o m p ren der que el tiem p o había m archado en forma diferente. Gracias a la ley de la gravedad, h a bía aterrizado en el m ism o lugar de la partida, pero en otro milenio, siglo, lustro, y año, día, hora y minuto. Ni los grillos o las chicharras,
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ni los m o sq u ito s eran los m ism os. Un in m e n so caudal, m ás ancho que ríos co m o el Nilo, el Orinoco, el Amazonas, el Tám esis y el Sena, lo sep araba de la chica genio que p ortaba dos corazones. Com o si se tratara de adornos s o bre una cam iseta.
En vano intentó saltar por encim a del a b is mo que se m e ja b a savia de oro líquido. Sus fuerzas lo abandonaron. La casa, c o m o diría
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m ás tarde un poeta, no era su casa, sino un sim ple panal y el m undo alrededor era más joven. Con un aire tan diáfano que el polvo, el hum o y el sm og nunca se asom aro n en él. Al planear, descen d er y aterrizar, Genio Azul no pudo reco n o cerse en los reflejos del Lago Mar. S e en con trab a lejos, lejísim os de papá y mamá, de sus am istad es y de la chica genio. Sin sab er por qué p e n só en e s o s sab io s de lentes, bigotes, c h a le c o s y pantuflas, que si glos d espu és formularían teorías y le dirían al m undo entero qu e to d o es relativo: la veloci dad de la luz, el girar del tiem po, la existencia humana. Aunque el am or es eterno, en parti cular el de los genios, ya sean rojo achiote, verdes o azules. Así vivan en c asas construi das en panales, terrazas, acantilad os o b o te llones.
— Tengo que saltar a mi vida de siempre — se dijo.
— Y yo tam b ién — Plum ón regresaba a sal- titos.
Genio Azul lo miró una, dos y diez mil ve ces. Al hacerlo, lloraba y lloraba y lloraba, y
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queriendo hablar no hablaba. M ientras, el pá jaro saltab a desconsolad o. Y es que, de re pente, era co m o un capullo de plumas. A cor ta distancia parecía un pajarito sin pico ni cola, a sí los tuviera en sus sitios. ¡M am ola!
De pronto, a sus espaldas, el mar com enzó a rugir. Hacía frío, se ocultaba el sol, ululaban vientos sin nom bre, llovía y tronaba, to d o a la m ism a hora y en el m ism o lugar. Zzummmm bing ibaggg-beeggg resoplaba el p lan eta el aire era e s p e so y poblado con efluvios de vol c a n e s en erupción, centellas, tornados, ava lanchas de nieve en el Polo Norte y el Polo Sur. Tigres y leo n es rugían, las panteras sa lta ban, los o s o s b u scab an miel o com ían a d e n telladas, las cotorras se entendían a grito p e lado. Todo e s ta b a oscuro, am enazante. Com o si se acercara un huracán.
— ¡A correr! ¡Patitas para que los q u ere m os! — exclam ó Genio Azul, m ientras agarra ba a Plumón de un ala y ascend ían en la in m ensidad del cosm os.
Aterrizaron sob re una cascada, al pie de un valle en donde crecían los cultivos qu e serían
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los favoritos de los hum anos: el trigo que nos proporciona el pan y las tortas. El maíz de los tam ales, las arepas y em panaditas. La avena de sop as y refrescos. La caña de azúcar y el cacao para hacer delicias. El café que despier ta a los adultos o les quita el sueño. El arroz y las papas que c o m e m o s a diario. Más allá re lucían el mar, las n u bes y el horizonte intermi nables.
B a jo un sol am igable, en vísperas del a lb o roto y el zipizape, b a jo la som bra de los viñe dos y olivares m ás antigu os del mundo, juga ba un grupo de hadas y duendes. Unos to m a dos de la m ano y otros encaram ad os sobre globos, patinetas, b alon es, c o m e ta s y para- pentes, con gorros puntiagudos: ropas de seda, botines, varitas mágicas, som brillas, ga fas oscuras. Otros em pu ñand o raquetas de t e nis, yoyos y baleros, flautas y panderetas. Ju gaban y jugaban a enum erar los días de la sem ana:
c&unes^ martes,
l( miércoles tres,
'ofueues^ viernes ^ sáfíado seis
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Días que existían desde el inicio de la crea ción, pero que los integrantes de la ronda creían invento propio. Así que, ocu lto s tras una hilera de clavellinas, Genio Azul y Plu món, vieron que allí estab an las hadas de las brom as, de los pellizcos, del clarinete, de las adivinanzas, los chistes y el trabalenguas, la batería, el teatro de títeres y las piñatas. No faltaban las dueñas del sonido, con sus c a s c a b eles, panderetas, pitos, chirimías y ta m b o res. Cante que te cante: