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Domingo siete

In document Un Genio en La Pantalla (página 37-47)

ntrada la noche, cuan­ do los grillos to ca b a n su habitual se ren ata y las ranas croaban junto al Lago Mar y los p an ­ tanos, Plumón, que no había com ido ni un grano de alpiste, de trigo o de m ijo en esa tem p orada que había durado co m o cinco mil añ o s y m edia m añana, decidió que era el m o ­ m en to ideal para descansar.

— Es hora de cenar — y ab an d o n ó el h o m ­ bro de Genio Azul, que le servía de percha. Dijo: "adiós, nos vem os en un rato”, y sin dar­ se cuenta, hasta dijo ciao, chao y pescao.

Fanny Buitrago

Era uno de e s o s días de ayer, o tras-tras- a n tes-d e ayer. Genio Azul, alegre por el retor­ no y triste por la a u sen cia del corazón, divisó desde lo alto su casa-p anal y la puerta de atrás. Construida por los castores y las ab ejas, tenía un d iseño especial: entre panal, redon­ del y alfajor, con trap ecios y cuadrados a los lados que retenían la energía del sol. Tibia en invierno y fresca en verano, se d e stacab a en una colina salpicada de jazmines, alhelíes y gardenias. R eflejaba los cam b io s de la Luna, las estrellas y los eclipses. Y cuando su m am á lo visitaba, su cocin a olía a manzanilla, tortas, buñuelos.

— Me encanta regresar y tom ar un descanso. — Hola, Genio Azul, ¿qu é te p asa? — Se a so m ó un lucero vespertino, muy brillante, que había nacido a n te s del genio y en una ép oca de truenos y rayos c o n stan tes, rem ezo­ nes y tornados, conocid a co m o del big bang. Cuando ni siquiera las hormigas, los anim ales m ás nu m erosos del mundo, transitaban por allí. Ni las arañas eran consideradas co m o el centro de la ecología. De las cucarachas ta m ­ poco se tenía noticia.

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— Me duele el pecho, au nqu e no ten g o c o ­ razón. Estoy triste, pero muy triste — resp o n ­ dió.

Genio Azul com enzó a transitar en círculos so b re las gardenias y los p e n sam ie n to s, y se p o só entre los p étalos de los anturios y las h o jas b erm e ja s de las proteas, entre los gira­ so le s am arillos zum m m m m zum m m m y los ibis rojos, m ientras intentaba cantar.

— ¿No e s tá s c o n ten to al regresar? — pre­ guntó el astro, a quien, en la convención de hadas y genios, acab ab an de bautizar con el nom b re de Orion. — Al parecer, en tu ca sa t ie ­ nen visitas.

De golpe cayó la noche. A Genio Azul la voz y el can to no le salían. Giró entre un ram illete de luciérnagas que iluminaba los arb u stos de azaleas. Salud ó a las bandas de m o sq u ito s y grillos qu e rodeaban a la chica genio de labios color fresa, o jo s y p e stañ as de cristal líquido, rizos de turquesa: un encu entro esp erad o e inesperado. En efecto, ella seguía con los dos corazones entrelazados: Iridiscentes, tiernos, brillantes, perfumados.

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— ¡Qué alegría! A cabo de encontrar mi c o ­ razón — exclam ó.

Su corazón tam b ién lo reconoció, pues c o ­ menzó a tem b lar a diez trillones de grados, una tem peratura co m o la descubierta por los científicos del futuro en el centro licuado del sol. Tal co m o aprendería m ás tarde Genio Azul, con ayuda de su madrina la Señ ora Ima­ ginación — herm ana de Gaia, la Madre Tierra, y de la Señora Naturaleza— y a lo que se le llamaría reacción term onu clear de fusién. Pero, en e s e m o m e n to ni las ideas ni las g e ­ nialidades se le venían a la m ente.

M osquitos, chicharras, abejorros, cucarro­ nes y grillos tocaron en aco rd eo n es y flautas una m elodía qu e ev ocab a cielos plenos de claridad; ríos, m ares y o céan o s, selvas de un verde milenario. El Lucero del Alba le guiñó un o jo a la Luna, pues sin saberlo, ni imagi­ narlo, Genio Azul e s ta b a enam orado.

— ¡Chica genio, p r e c io s a ...! — le dijo, m ien ­ tras corría hacia ella con los brazos extendi­ dos: Vamos a to m arn o s de las m an os y a volar sobre los valles y colinas, cam p os sem brad os

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de tréb o les y violetas... a probar un invento maravilloso, que a c a b o de imaginar y se lla­ mará helado.

— Tranquilo, Genio Azul — dijo Orion— . La vida no es fácil. Ni la de los genios, ni la de los astros.

— Los astros viven m ás siglos que los ge­ nios.

— No te creas, un día, tam b ién d e sa p a re ce ­ remos.

— E so será en m iles y m illones de años. — M en os mal, pues no m e gustan del todo las historias de miedo. Lo im portante, ahora, es que estoy feliz, radiante, a punto de reco ­ brar mi corazón.

Genio Azul, con todas las fuerza y energía adquiridas a través de sus aventuras a lo largo y maravilla de la luz, no podía aún c o m p ren ­ der que el tiem p o había m archado en forma diferente. Gracias a la ley de la gravedad, h a­ bía aterrizado en el m ism o lugar de la partida, pero en otro milenio, siglo, lustro, y año, día, hora y minuto. Ni los grillos o las chicharras,

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ni los m o sq u ito s eran los m ism os. Un in m e n ­ so caudal, m ás ancho que ríos co m o el Nilo, el Orinoco, el Amazonas, el Tám esis y el Sena, lo sep araba de la chica genio que p ortaba dos corazones. Com o si se tratara de adornos s o ­ bre una cam iseta.

En vano intentó saltar por encim a del a b is ­ mo que se m e ja b a savia de oro líquido. Sus fuerzas lo abandonaron. La casa, c o m o diría

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m ás tarde un poeta, no era su casa, sino un sim ple panal y el m undo alrededor era más joven. Con un aire tan diáfano que el polvo, el hum o y el sm og nunca se asom aro n en él. Al planear, descen d er y aterrizar, Genio Azul no pudo reco n o cerse en los reflejos del Lago Mar. S e en con trab a lejos, lejísim os de papá y mamá, de sus am istad es y de la chica genio. Sin sab er por qué p e n só en e s o s sab io s de lentes, bigotes, c h a le c o s y pantuflas, que si­ glos d espu és formularían teorías y le dirían al m undo entero qu e to d o es relativo: la veloci­ dad de la luz, el girar del tiem po, la existencia humana. Aunque el am or es eterno, en parti­ cular el de los genios, ya sean rojo achiote, verdes o azules. Así vivan en c asas construi­ das en panales, terrazas, acantilad os o b o te ­ llones.

— Tengo que saltar a mi vida de siempre — se dijo.

— Y yo tam b ién — Plum ón regresaba a sal- titos.

Genio Azul lo miró una, dos y diez mil ve­ ces. Al hacerlo, lloraba y lloraba y lloraba, y

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queriendo hablar no hablaba. M ientras, el pá­ jaro saltab a desconsolad o. Y es que, de re­ pente, era co m o un capullo de plumas. A cor­ ta distancia parecía un pajarito sin pico ni cola, a sí los tuviera en sus sitios. ¡M am ola!

De pronto, a sus espaldas, el mar com enzó a rugir. Hacía frío, se ocultaba el sol, ululaban vientos sin nom bre, llovía y tronaba, to d o a la m ism a hora y en el m ism o lugar. Zzummmm bing ibaggg-beeggg resoplaba el p lan eta el aire era e s p e so y poblado con efluvios de vol­ c a n e s en erupción, centellas, tornados, ava­ lanchas de nieve en el Polo Norte y el Polo Sur. Tigres y leo n es rugían, las panteras sa lta ­ ban, los o s o s b u scab an miel o com ían a d e n ­ telladas, las cotorras se entendían a grito p e ­ lado. Todo e s ta b a oscuro, am enazante. Com o si se acercara un huracán.

— ¡A correr! ¡Patitas para que los q u ere­ m os! — exclam ó Genio Azul, m ientras agarra­ ba a Plumón de un ala y ascend ían en la in­ m ensidad del cosm os.

Aterrizaron sob re una cascada, al pie de un valle en donde crecían los cultivos qu e serían

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los favoritos de los hum anos: el trigo que nos proporciona el pan y las tortas. El maíz de los tam ales, las arepas y em panaditas. La avena de sop as y refrescos. La caña de azúcar y el cacao para hacer delicias. El café que despier­ ta a los adultos o les quita el sueño. El arroz y las papas que c o m e m o s a diario. Más allá re­ lucían el mar, las n u bes y el horizonte intermi­ nables.

B a jo un sol am igable, en vísperas del a lb o ­ roto y el zipizape, b a jo la som bra de los viñe­ dos y olivares m ás antigu os del mundo, juga­ ba un grupo de hadas y duendes. Unos to m a ­ dos de la m ano y otros encaram ad os sobre globos, patinetas, b alon es, c o m e ta s y para- pentes, con gorros puntiagudos: ropas de seda, botines, varitas mágicas, som brillas, ga­ fas oscuras. Otros em pu ñand o raquetas de t e ­ nis, yoyos y baleros, flautas y panderetas. Ju­ gaban y jugaban a enum erar los días de la sem ana:

c&unes^ martes,

l

( miércoles tres,

'ofueues^ viernes ^ sáfíado seis

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Días que existían desde el inicio de la crea­ ción, pero que los integrantes de la ronda creían invento propio. Así que, ocu lto s tras una hilera de clavellinas, Genio Azul y Plu­ món, vieron que allí estab an las hadas de las brom as, de los pellizcos, del clarinete, de las adivinanzas, los chistes y el trabalenguas, la batería, el teatro de títeres y las piñatas. No faltaban las dueñas del sonido, con sus c a s c a ­ b eles, panderetas, pitos, chirimías y ta m b o ­ res. Cante que te cante:

chuñes^ m a r te s ^ m iérco le s tres

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