om enzó a llover con granizada. Daniel, s e rio y pensativo, sin ga nas de utilizar la silla giratoria ni escupir el chicle, dijo:
— M ejor nos d am os prisa. Pronto se a c a b a rá el dom ingo. He respondido a la pregunta sob re el cuidado del planeta. Y al p a so que vam os, a pesar de los nuevos am igos, nos q u ed arem os sin computador.
— A mí se me ocurre que p od em os dibujar a Genio Azul co m o un astronauta, al com an d o de una nave de alta tecnología.
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— M ejor utilizar ensegu ida los com and os de impresión. Sería m ás rápido. Era la opinión de Mariana.
Laura protesto: — ¿Q ué tal que se pierdan en una pista de co m u n icación ? Se pueden quedar el resto de la vida p a se á n d o se entre juegos de video, avisos de m ercad eo y salas de cfiat. Vamos a escribir el final de la historia, a sí el genio regresará a su tiem po. Y con su corazón intacto será feliz por siem pre jam ás.
— A mi me gustaría qu e se quedara unos días m ás con nosotros — dijo María.
— M ejor que no — Daniel los miró con tris teza— . En el m undo de los genios el aire es límpido, el cielo es de verdad verdad azul, las nu bes blanqu ísim as y la hierba siem pre verde y tierna. Nadie, nadie es capaz de tum bar los árboles, ni secar un páram o o un pantano. Los mares, los ríos, los lagos están plenos de h a b itan tes y el agua es límpida y llena de nu trientes. No existe p etróleo o residuos que contam inen la tierra y los mares. Ni las b alle nas ni los tiburones son cazados jam ás. Los ratones no mueren en tram pas, sino que h a cen fiestas anuales.
M etidos en un cuento
— Los grillos tienen orq u estas y se utiliza la energía solar — recordó Laura.
— Los astros y los an im ales hablan. No se ha inventado la televisión, sino los e s p e jo s mágicos.
— Genio Azul tien e que regresar al p asad o rem oto, ju sto d espu és del big bang. No p o d e m os equivocarnos.
Daniel propuso insistir en las palabras y las fórmulas mágicas, recordar las despedidas. Ante to d o colorear dos corazones de rojo y am atista, para evitar que se muevan del p e cho de los genios.
— ¡Bravo! ¡Así se habla!
E n to n c es imaginaron que no eran niños de verdad, sino p e rso n aje s de un cuento: Así pu dieron jugar con las ideas, la energía, la luz, los áto m o s y los neutrinos, la electricidad, la fórmula de la teoría de la relatividad que se escribe:
e = mca
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M etidos en un nuevo e s p e jo mágico, Genio Azul y su genia descubrieron, estupefactos, que les en can tab a ten er am igos terrestres. No solo para ser dibujados, trasp asar las barreras del ayer y m ucho a n te s del ayer, sino para in ducir a los niños a transform ar el planeta en un lugar m ás vital, m ás herm oso, m ás verde y florido. La familia en pleno e s ta b a dedicada a hablar, discutir, planear cada línea, párrafo y secu en cia del relato, cuando Mariana miró su reloj y dijo:
— Todos h em o s participado en reconstruir la historia de un genio y ahora qu erem os que viva feliz feliz feliz, y co m a algodón de azúcar, hasta el final de los tiem pos.
— Cierto. H em os llegado a un m om en to im portante. Es hora de grabar. — Daniel hun dió la tecla indicada.
Al final de la pantalla y b a jo los cam pos sem brad os de arrayanes, apareció un letrero que decía: Documentos-Guardar. Daniel escri bió: Hadas, Genios, Duendes. Y e n to n c e s unas voces cantaron:
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"Treinta días trae noviembre, con abril, junio y sep tiem b re Veintiocho so lo uno". — ¡Y los demás treinta y uno! — exclam ó C op e tón, qu e e s ta b a listo para mover las alas y, con gran estilo y orgullo, dijo:
— S o sp e c h o que una historia de am or a c a ba de comenzar. Com o tengo hambre, quiero esco g er patio y casa, picotear fresas, guaya bas, alpiste.
Copetón y todos alrededor del com putador (leer, e s p e jo mágico para genios) aplaudieron, pues genia y genio se miraban y miraban y mi raban, y queriendo hablar, ni siquiera estorn u daban. Porque, aunque tengan em o cio n es y sentim ientos, los genios no son iguales ni a los niños, ni a los pájaros, ni a papá ni a mamá.
— Ep paaa ¡Viva! — canturreó Genio Azul, m ientras to m a b a de la m ano a su genia, le daba sie te veces la vuelta al mundo y recogía un ram illete de luceros, m eteoros y estrellas, para regalarle a su novia.
En m an o s de Daniel, la m áquina ro n ro n ea ba S h a ss sh a ss sss s — ¿A dónde vas?— Le
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tras, puntos, c o m as y d ib u jos se imprimían, co m o si aprendieran p a so s de danza. La lluvia arreciaba. S ssh h tt pum m m m de repente el g e nio gritó con voz de cam p an a dominical:
— ¡Los qu erem os mucho, familia terrestre! Justo, se fue la luz eléctrica. Hubo parpa d eos verdes y am arillos cuando la pantalla se apagó, com o un cataclism o en miniatura.
— M enos mal que ya nadie puede cam biar esta historia — dijo Mariana.
Cuando regresó la luz, a sí era. La pantalla esta b a vacía y en el viento de la noch e vola ban, unos tras otros las frases, párrafos y capí tulos de la historia, rum bo a un libro ilustrado. El señ or Cárdenas había sacad o una e s co p e ta de balines y am enazaba a los p ájaros que s e guían ufanos sobre los c a b le s del teléfon o y los techos, las an ten a s p arabólicas y las azo teas.
— ¡Es una lástima! — c o m e n tó m am á— , se nos olvidaron los tres o veinte d eseos.
— A mí tam bién. A mí. Y a m í . ..
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A Laura y a María, en cam bio, no se les h a bía olvidado nada. Sabían que la chica genio a te so ra b a dos corazones rojos, brillantes, y que Genio Azul cargaba una m ochila inflada por d e se o s concedid os, de donde colgaban una serie de perros callejeros y de raza, m o n to n e s de gatos y periquitos, tu can es y arm ad i llos. S e llevaba consigo p e ce s que nadaban fuera de sus peceras, y h ám steres y g u a c a m a yas qu e huían de sus jaulas, tortugas qu e vo laban entre sus artesas, hasta o s o s y tigres fugados del zoológico y los circos. Tras él cab alg ab an orgullosos caballo s y trotaban b u rritos, las nu bes sim ulaban delfines, oreas, t i burones, b onitos, focas. Al paso, fue abriendo jaulas de canarios y azulejos, leones, hip o p ó ta m o s y gorilas.
Le sacó los b alines a la e s co p e ta del señ or Cárdenas, quien boqu iabierto llam aba a su es p o s a para que ju ntos contem plaran un su c e s o que ni él, ni los periodistas eran ca p a c es de explicar:
De repente, era d espu és de la lluvia. Los ár b o les se m b rad o s en las calles, avenidas, azo teas, arriates y separadores se estrem ecían de
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verdor, en esp ecial saú cos, palm as de cera, arrayanes, gardenias y rodam ontes. En el jar dín, el antejardín y las ventanas de m am á flo recían las rosas, los jazm ineros y las azaleas, los h ibiscos y poinsetias, hortensias y h e lé chos, limoneros, el mirto y la hierbabuena. En las materas, los novios, los geranios y los cri sa n tem o s resplandecían a todo color. En tie rras altas, los p áram os se adornaban con or quídeas, heliconias, aterciop elad os frailejo- nes, diáfanos riachuelos y o jo s de agua. En m u chos barrios y m anzanas de la ciudad y del país brotaba el regalo de Genio Azul: las raí ces del ginkgo. En to d o el país hubo remezón, los jazm ineros de Barranquilla y las veraneras de Cartagena florecieron en pleno, y las ca- mias del río Cali despidieron su d elicioso aro ma. Se escu ch ó un griterío general:
— ¡Temblor! ¡Temblor! ¡Socorro, auxilio, b om beros, param édicos! El aire se llenó de ¡AYYYY MAMITA MÍA! Pero, co m o a nadie se le movió ni un pelo, ni las edificacion es se re mecieron, tod os pensaron que so ñ ab an con los o jo s abiertos.
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Dicen, por ahí, p ersonas am igas de e s a s e ñora, tam b ién llamada Arrebato e Ilumina ción, qu e Genio Azul, b a sá n d o s e en la fórmula de la relatividad y ciertos siste m a s de m ulti plicación, dilatación y teletransportación, a h o ra visita m illones de com putadores. E stá e m p eñad o en entab lar am istad con niños y niñas de Colom bia, y nuestra América, a d e m ás de Europa, Asia y Oceanía, Australia y m ás allá del universo por si acaso existen otros p lan e tas habitados. Su intención, difundir unas p a labras, que sin ser mágicas, ni inventadas por él, son m ás im portantes que la magia: