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Un genio en el espejo

In document Un Genio en La Pantalla (página 51-63)

res un genio au téntico! ¡Un cerebro privilegia­ do! — Mariana felicitó a su hermano.

— ¡Por fin! Por fin, tu idea se hizo realidad, y estren as un com putador — dijeron sus pri­ mas, Laura y María.

En una gran caja se en con trab a el regalo qu e los niños esperaban d esd e hacía m e s e s y m eses. Ellos m ism os escogieron la marca, ayudaron a papá a traerlo a casa. No e s c a ti­ maron esfuerzos para subirlo al segu ndo piso. E s ta b a allí, listo para enchufarlo, prenderlo y estrenarlo. Era un m od elo con pantalla ancha

Fanny Buitrago

y múltiples funciones, que tenía un apetito desm esurado, p u esto qu e había arrasado con tod os los ahorros. Más una serie de no-idas al parque, al cine, a sí co m o las ca m ise ta s y jeans que nunca, nunca se compraron; tam poco ju egos de video y telé fo n o s celulares.

Mamá, que era un encanto, había cedido sus antojos: la posibilidad de un nuevo horno m icroondas para la cocina, una chaqu eta con capucha, dos novelas (una romántica y otra de aventuras) y un manual para el cultivo de ro­ sas. Papá, otro com elibros, una colección de historia que su m ab a diez tom os, porque no faltaba ningún lugar, fueran repúblicas o prin­ cipados, ni los rusos, ni los chinos, ni los euro­ peos o norteam ericanos o latinoam ericanos.

Gracias al esfuerzo y al trab ajo de todos, porque Laura y María, con la ayuda de su am i­ ga Michelle, hicieron helados, o b le a s y arroz con leche para venderles a sus tías y a las am istad es de la familia, allí e s ta b a el com p u ­ tador que p erten ecía en serio a los niños. Cada quien lo utilizaría por turnos, abriría sus archivos, trataría de no abu sar de la cuenta de Internet, lo limpiaría con líquido multiusos.

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¿Cóm o sería aquello de los turnos? Tan se n ci­ llo y fácil c o m o hacer una rifa al iniciarse cada m es. Así que m am á escribió n om bres y n ú m e­ ros en p apeles separados, los m etió en su caja de música, donde una bailarina giraba con alegre melodía. Cada quien escogió, con los o jo s cerrados, com o quien se disp one a rom ­ per una piñata. A Daniel le tocaría el sá b a d o y el m iércoles, de cuatro a sie te de la tarde, y podía invitar am igos com o Martín, Luis, N ico­ lás, A tanasio y Pepe. ¡Tan de buenas! Hacía rato que quería responder a una pregunta que, de repente, había aparecido en las pantallas de los com pu tad ores de colegios y b ib lio te cas de todo el país. Decían en los periódicos y los noticieros que era plantead a por un grupo de niños, que no eran piratas del ciberesp acio, sino defensores del m edio am biente:

§ ¡ fu e ra s el p re s id e n te de tu p a ís,

¿cjué fia ría s p o r la s a lu d del p la n e ta ?

Era m isteriosa, pero sencilla. Mariana ta m ­ bién quería responderla, pero no quería atro­ pellar las ideas. Tal vez, lo correcto sería in­

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ventar una fórmula para limpiar el petróleo de los mares; un papel qu e no se fabricara a c o s ­ ta de los árboles. Una gigantesca carpa de aire im poluto para cubrir el p laneta y restaurar la capa de ozono.

Con el ánim o de responder dicha pregunta, d espu és del alb oroto y la em oción inicial del estreno, Daniel se q u ed ó en casa, frente a la pantalla del CP, m ientras m am á y papá, Ma­ riana, Laura, María y M ichelle decidieron ir al cine o al teatro. Aunque no harían ni lo uno, ni lo otro: Al salir, en una ventana del frente, el m atrim onio Cárdenas había colgad o una jau ­ la con dos canarios. ¡Era el colm o!

Com o la pareja no e s ta b a en casa, y era im­ p osible reclamar, gritar: “Los p ájaros nacieron para volar y no d e b e n vivir en jaulas", a m am á le dio un yeyo y tal cólera que tuvo que tom ar un agua aróm atica de manzanilla.

— Después, le cantaré las cuarenta al matri­ m onio Cárdenas — p rom etió ella.

Frente al escritorio, con la espalda recta en la silla giratoria, sin chicle para lanzar a la pa­ pelera, y cuando Daniel iniciaba la sesión, la

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pantalla com enzó a llenarse de figuras. Com o si el com pu tador fuera de segunda m ano y al­ guien h u biese olvidado su disco duro. Apare­ ció un niño de color azul, que realizó tres vol­ teretas, bostezó, se alisó los rizos en la c o ro ­ nilla y exclamó:

— ¡B u en os días, me alegra despertar! Ten­ go tanta hambre, que me com ería cien duraz­ nos, cuatro naranjas om b ligo nas y una piña con cáscara.

Genio Azul com enzó a rem ecer a Plumón: — Despierta, hay qu e bañarse, desayunar y continuar el viaje.

Plumón no parecía dormir co m o un ave in­ defensa, sino co m o una m armota. Así q ue G e­ nio Azul decidió salir a buscar agua, frutas y hierbas. ¡Sorpresa! La caverna parecía muy di­ ferente, sin piedras, ni estalactitas. Afuera no había rastros de hierba, cultivos, riachuelos, follaje.Era c o m o si él, un genio, navegara en un extraño universo, de un b la n c o -b la n c o , con recuadro gris profundo, en donde no exis­ tían los astros, tam p o co la Tierra, el mar, ni el viento siquiera.

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— ¿En dónde e s ta m o s ? ¿Q ué hacem os aquí? E sto parece un desierto, cuadrado y bri­ llante. O es una m ala broma. ¡Ay, m am ita mía!

Tal vez sí, tal vez no. ¿Quién sa b e? Las hadas y los duendes de la antipatía y las jugarretas no son bien recibidos en m uchos sitios, pero se divierten a costa de los demás. Allí no se veían ni matorrales, ni fuentes, ni barrancos, ni una avispa o una lagartija. De pronto, se for­ maron líneas paralelas, de extraños caracteres que, en una ocasión, el genio había visto en la mansión de su madrina, la Señora que tenía miles de nom bres. Entre ellos Fantástica, Dis­ parate, y hasta Sabiduría. Aquello era escritura; no sánscrito, aram eo o griego, sino español. Un idioma del cual no ten ía noticia, nuevo y estupendo para él. Tenía qu e aprenderlo, con la rapidez del relámpago, si quería saber en dónde se encontraba.

Genio Azul silbó, sopló y tarareó. De los la­ bios le salió una carga de energía, hacia su pro­ pio cerebro, en donde las neuronas se activaron y comenzaron a trabajar fummmmm su m m m ... com o si leyera su propia historia, ignorada y cam biante durante el curso del sueño.

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Al preguntarse quién era, se reafirmó com o un genio de sangre azul y familia Azul, herm oso y sin sombra. Creado por la Señora Imagina­ ción, con ayuda de la Señora Felicidad y los Duendes de la Invención, en m om entos de jue­ go, risa y alegría. Había equivocado el camino durante un azaroso viaje al revés del tiempo, y a causa de las ideas de un gran sabio que una vez dijo que todo es relativo. E so pensaba, cuando escuchó una voz que transmitía au tén­ tica curiosidad:

— ¿Qué haces en mi computador? No he pe­ dido com unicación contigo.

— Soy yo quien tiene que preguntar primero. ¿S e puede saber quién eres?

— Soy un niño. Me llamo Daniel.

Genio Azul, que había explorado y vuelto a explorar su cerebro, quedó muy confundido. En fin de cuentas, el hom bre ni siquiera existía cuando los genios ya piloteaban alfombras y carrozas voladoras. Sin escafandras espaciales.

— Niño es una palabra nueva para mí. Niño- n iñ o -n iñ o ... Desde aq u í p areces un gigante extraño.

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— El extraño eres tú. ¿Quién eres? ¿Y de dónde vienes?

— Soy Genio Azul. Vengo del Mundo de Allá, Más Allá y de Ninguna Parte. Quisiera saber por qué mi amigo Plumón y yo esta m o s prisio­ nero en un esp ejo mágico.

— E stás en la pantalla de mi computador, no en un espejo. Y ahora dime ¿por qué me c o m ­ plicas la vida?

— ¿Que yo te com plico la vida? Ja Ja, me muero de la risa. ¿Yo, que soy un genio? Niño, te puedo conceder tres, seis y hasta cien de­ seos, si me sacas de aquí. Genio Azul com enzó a sentir que su piel se volvía de cuadros verdes y morados.

¿En qué otro lío se había m etido? En lugar de asistir a una convención de duendes, genios y hadas, recobrar su corazón, llevar a Plumón a su casa, estab a perdido en una región extraña y helada, com o una estepa cubierta de hielo.

— Eso me faltaba — protestó Daniel— . Te­ nía que escribir una respuesta genial y m e sale un niño que quiere tom arm e el pelo.

— Soy un genio, en serio: hijo del Rey de los Árboles, alm a y espíritu del bosqu e, m entor de las ab ejas, experto en distribuir polen y s e ­ millas. Las hadas antip áticas m e hicieron un hechizo y m e durmieron en e s te encierro.

— E n to n ces yo soy hijo del rey de los c o m ­ putadores, el hom b re m ás rico del mundo. M ejor salgo y entro de nuevo al sistem a. Ten­ go ideas que concretar — dijo Daniel.

Genio Azul, en fin de cuentas, era capaz de viajar al ritmo de la luz, trasladar castillos por los aires, armar satélites, su bm arinos y naves espaciales. De repente, con ocía m illones de palabras en un nuevo idioma y sabía todo acerca de libros y m ecan ism o s. No podía d e­ jarse apabullar. Dijo:

— Escucha, las hadas an tipáticas m e lanza­ ron un hechizo y m e durmieron en e s te e n c ie ­ rro. Así que tú, tranquilo. No hables, no te muevas. Dame p erm iso para explicarte mi si­ tuación, que es peliaguda. Mi am igo Plumón y yo n ecesitam o s co n sejo .

— No te creo ni pizca. Eres un vago-Internet con ganas de chacota.

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— Por favor, por favor, tien e s que creerm e. Me perdí, m ientras viajaba por los p u ntos car­ dinales y las e s ta c io n e s en b u sca de un co ra­ zón extraviado.

— Un cu en to b a sta n te rebuscado. M ejor e s ­ cribe una canción rap. Filma una película de zombis.

Luego de unos m inutos de "no te cre o ”, "es verdad", "no puede ser", "no m e digas" y "¿por qu é m e pasan e s ta s c o s a s ’’?, Daniel, in te re s a ­ do, dijo: — Bien, te escu cho:

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