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Dos formas de verlo.

In document Quien domina el mundo Noam Chomsky (página 168-171)

Después del atentado terrorista contra Charlie Hebdo, que mató a doce personas, entre ellas el director de la revista y otros cuatro dibujantes, y el asesinato de cuatro judíos en un supermercado kosher poco después, el primer ministro francés, Manuel Valls, declaró «una guerra contra el terrorismo, contra el yihadismo, contra el islamismo radical, contra todo lo que tiene por objetivo acabar con la fraternidad, la libertad y la solidaridad[1]».

Millones de personas se manifestaron para condenar las atrocidades, en un movimiento amplificado por un coro de horror bajo la pancarta «Yo soy Charlie». Hubo sentidas declaraciones de indignación, bien captadas por el jefe del Partido Laborista de Israel, Yitzhak Herzog, quien manifestó que «el terrorismo es terrorismo. No hay otra forma de verlo» y que «todas las naciones que buscan la paz y la libertad [se enfrentan] a un desafío enorme» de violencia brutal[2].

Los crímenes también suscitaron una marea de debates. Se investigaron las raíces de aquellos impactantes asaltos en la cultura islámica y se exploraron formas de contrarrestar la ola asesina de terrorismo islamista sin sacrificar nuestros valores. The New York Times describió el asalto como un «choque de civilizaciones», pero fue corregido por el columnista de The Times Anand Giridharadas, quien tuiteó que «no es ni fue nunca una guerra de civilizaciones o entre ellas, sino una guerra por la civilización contra grupos que están al otro lado de esa línea[3]».

Steven Erlanger, el veterano corresponsal en Europa de The New York Times, describió gráficamente la escena de París: «Un día de sirenas, helicópteros en el aire, boletines de noticias frenéticos; de cordones policiales y multitudes angustiadas; de niños sacados de las escuelas por seguridad. Fue un día, como los dos anteriores, de sangre y horror en París y sus alrededores[4]».

Erlanger también citó a un periodista superviviente que dijo: «Todo se derrumbó. No había ninguna salida. Había humo por todas partes. Fue terrible. La gente estaba gritando. Era como una pesadilla». Otro informó de una «enorme detonación y todo quedó completamente oscuro». La escena, informó Erlanger, «era la cada vez más familiar de cristales rotos, muros destrozados, maderas retorcidas, pintura quemada y desolación».

Curiosamente, como nos recuerda el periodista independiente David Peterson, las citas del párrafo anterior no son de enero de 2015, sino de un informe que Erlanger escribió el 24 de abril de 1999 y que recibió mucha menos atención. Erlanger estaba informando del «ataque con misiles [de la OTAN] contra la sede de la televisión estatal

dieciséis periodistas.

Según Erlanger, «la OTAN y las autoridades estadounidenses defendieron el ataque

como un intento de socavar el régimen del presidente de Yugoslavia, Slobodan Milosevic». El portavoz del Pentágono, Kenneth Bacon, explicó en una reunión en Washington que «la televisión serbia es una parte de la máquina asesina de Milosevic tanto como lo es el ejército», de ahí que fuera un objetivo de ataque legítimo[5].

En ese momento, no hubo manifestaciones ni gritos de indignación, ni cantos de «Somos la RTS» ni investigaciones sobre las raíces del ataque en la cultura y la

historia cristianas. Por el contrario, el ataque a la sede de la televisión fue ensalzado. El muy bien considerado diplomático Richard Holbrooke, entonces enviado especial a Yugoslavia, describió el exitoso bombardeo a la RTS como «enormemente

importante y, creo, un hecho positivo[6]».

Hay muchos otros hechos que no exigen investigación en la cultura y la historia occidentales: por ejemplo, la peor atrocidad terrorista en Europa en años recientes, cuando Anders Breivik, un extremista cristiano ultrasionista e islamófobo, asesinó a 77 personas, adolescentes en su mayoría, en julio de 2011.

También se presta atención en la «guerra contra el terrorismo» a la campaña terrorista más extrema de los tiempos modernos, la campaña global de asesinatos con drones de Obama, cuyos objetivos son gente sospechosa de quizás intentar hacernos daño algún día y cualquier desafortunado que tenga la desgracia de encontrarse cerca. Desafortunados no faltan, como los cincuenta civiles muertos en un bombardeo dirigido por Estados Unidos en Siria en diciembre, del que apenas se informó[7].

De hecho, se castigó a una persona en relación con el ataque de la OTAN en la RTS:

un tribunal serbio sentenció a Dragoljub Milanovic, director general de la RTS, a diez

años de prisión por no evacuar el edificio. El Tribunal Penal Internacional para la antigua Yugoslavia estudió el ataque de la OTAN y concluyó que no fue un crimen y

que, aunque las bajas civiles fueron «por desgracia elevadas, no parece que fueran claramente desproporcionadas[8]».

La comparación entre estos casos nos ayuda a comprender la condena que el abogado proderechos civiles Floyd Abrams, famoso por su decidida defensa de la libertad de expresión, hace de The New York Times: «Hay momentos de autocontrol, pero después del asalto más amenazador contra el periodismo en la memoria viva [los editores de The Times] habrían hecho un mejor servicio a la causa de la libertad de expresión comprometiéndose con ella»; es decir, publicando las caricaturas de Charlie Hebdo que ridiculizaban a Mahoma y que provocaron el asalto[9].

Abrams tiene razón al describir el atentado de Charlie Hebdo como «el ataque más amenazador contra el periodismo en la memoria viva». La razón tiene que ver con el concepto de «memoria viva», una categoría cuidadosamente construida para incluir sus crímenes contra nosotros mientras excluimos con escrupulosidad nuestros crímenes contra ellos; los últimos no son crímenes, sino una defensa noble de los

valores más elevados, en ocasiones inadvertidamente errada.

Hay muchos otros ejemplos de la interesante categoría memoria viva. Uno lo proporciona el ataque de la Marina contra Faluya en noviembre de 2004, uno de los peores crímenes de la invasión de Irak por parte de Estados Unidos y el Reino Unido. El asalto se inició con la ocupación del Hospital General de Faluya, un crimen de guerra fundamental al margen de cómo se llevó a cabo. Se informó profusamente del crimen en la primera página de The New York Times, junto con una fotografía que mostraba como «soldados armados sacaban apresuradamente de las habitaciones a pacientes y empleados del hospital y les ordenaban sentarse o tumbarse en el suelo mientras las tropas les ataban las manos a la espalda». La ocupación del hospital se consideró meritoria, y justificada, porque «terminó con lo que los oficiales decían que era un arma de propaganda para los militantes: el Hospital General de Faluya, con su sarta de informes de bajas civiles[10]».

Es evidente que acabar con aquella «arma de propaganda» no era un ataque a la libertad de expresión y no entra en la categoría de la memoria viva.

Hay otras cuestiones. Cabe preguntarse, por supuesto, si Francia respeta la libertad de expresión, por ejemplo, con la Ley Gayssot, aplicada de manera reiterada, que reserva al Estado el derecho de determinar la verdad histórica y castigar la desviación de sus edictos. O por el modo en que sostiene los principios sagrados de «fraternidad, libertad, solidaridad» al tiempo que expulsa a desdichados descendientes de supervivientes del Holocausto, los gitanos, a una persecución despiadada en Europa oriental; o con su trato deplorable de los inmigrantes norteafricanos en las banlieues de París, donde los terroristas de Charlie Hebdo se convierten en yihadistas.

Cualquiera con los ojos abiertos se fijará enseguida en otras sorprendentes omisiones de la memoria viva. Se pasó por alto, por ejemplo, el asesinato de tres periodistas en Latinoamérica en diciembre de 2014, que elevó la cifra del año a treinta y uno. Ha habido decenas de periodistas asesinados en Honduras desde el golpe militar de 2009, que fue autorizado por Estados Unidos, con lo que ese país tras el golpe se proclamó campeón en asesinatos de periodistas per cápita. Pero una vez más, no fue un ataque a la libertad de prensa en la memoria viva.

Estos pocos ejemplos ilustran un principio muy general observado con impresionante dedicación y coherencia: cuanto más podamos culpar de algunos crímenes a nuestros enemigos, mayor es la indignación; cuanto mayor es nuestra responsabilidad por los crímenes —y de ahí que podamos hacer más para acabar con ellos—, menos preocupación, tendiendo al olvido.

Así que no se cumple que «el terrorismo es terrorismo» ni es cierto que «no hay dos formas de verlo». Está muy claro que sí hay dos formas: la suya contra la nuestra. Y no solo en el caso del terrorismo.

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