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L OS RETOS DE HOY : A SIA ORIENTAL Y EL P ACÍFICO

In document Quien domina el mundo Noam Chomsky (página 196-200)

Amos de la humanidad.

L OS RETOS DE HOY : A SIA ORIENTAL Y EL P ACÍFICO

Para empezar con el lago americano, el informe de mediados de diciembre de 2015 debió de dejar atónito a más de uno; decía: «Los altos funcionarios de defensa manifestaron que un bombardero estadounidense B-52 en misión de rutina sobre el mar de la China meridional voló de manera no intencionada a dos millas náuticas de una isla artificial construida por China, lo que reavivó una cuestión muy peliaguda para Washington y Pequín[9]». Todo el que conozca el funesto historial de los setenta años de la era de armas nucleares será consciente de que se trata de uno de esos incidentes que a menudo han estado a punto de provocar una guerra nuclear definitiva. No hace falta ser defensor de las acciones provocadoras y agresivas de Pekín en el mar de la China meridional para fijarse en que en el incidente no estaba implicado un bombardero chino con capacidad nuclear en el Caribe ni cerca de las costas de California, donde China no tiene pretensiones de establecer un «lago chino»; por fortuna para el mundo.

Los líderes chinos se dan cuenta de que las rutas de comercio marítimo de su país están llenas de potencias hostiles, desde Japón hasta el estrecho de Malaca y más allá, respaldadas por una abrumadora fuerza militar estadounidense. En consecuencia, China está procediendo a expandirse hacia el oeste con amplias inversiones y cuidadosos movimientos hacia la integración. En parte, estos hechos se enmarcan en la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS), de la que forman parte Rusia y

los Estados de Asia central, y pronto la India y Pakistán; Irán es uno de los observadores, un estatus que se le negó a Estados Unidos, al que también se le pidió que desmantelara todas sus bases militares en la región. China está construyendo una versión modernizada de las viejas rutas de la seda con la intención no solo de integrar la región bajo su influencia, sino también de alcanzar Europa y las zonas productoras de petróleo de Oriente Próximo. Está dedicando enormes sumas a la creación de un sistema energético y comercial integrado en Asia, con muchos ferrocarriles de alta velocidad y oleoductos.

Un elemento del plan es una autopista a través de algunas de las montañas más altas del mundo hasta el nuevo puerto paquistaní de Gwadar, desarrollado por China, que protegerá los envíos de petróleo de una potencial interferencia de Estados Unidos. El plan también podría, eso esperan China y Pakistán, impulsar el desarrollo industrial en este último país, que Estados Unidos no ha fomentado a pesar de la enorme ayuda militar que le brinda; también le podría proporcionar a Kabul un incentivo para acabar con el terrorismo interno, una cuestión importante para China en la provincia occidental de Xinjiang. Gwadar formará parte del «collar de perlas» de China, una serie de bases que se están construyendo en el océano Índico con propósitos comerciales, aunque también permitirían un uso militar, con la esperanza de que China algún día sea capaz de proyectar poder hasta el golfo Pérsico por primera vez en la era moderna[10].

No obstante, esos movimientos no tienen capacidad de afectar la abrumadora potencia militar de Washington, salvo que se produjera la aniquilación por guerra nuclear, ya que un conflicto de ese tipo también destruiría a Estados Unidos.

En 2015, China creó el Banco Asiático de Inversión en Infraestructuras (AIIB),

con la propia China como principal accionista. En junio de ese año, participaron en la inauguración en Pekín cincuenta y seis naciones, entre ellas aliados de Estados Unidos como Australia, el Reino Unido y otros, que al unirse desafiaban los deseos de Washington. Estados Unidos y Japón estuvieron ausentes. Algunos analistas creen que el nuevo banco podría convertirse en competidor de las instituciones Bretton Woods (el FMI y el Banco Mundial), en las cuales Estados Unidos posee poder de

veto. Por otra parte, hay algunas expectativas de que la OCS pueda convertirse en

homólogo de la OTAN[11].

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OS RETOS DE HOY

: E

UROPA ORIENTAL

Otro de los retos actuales es la segunda región mencionada: el este de Europa, donde hay una crisis cocinándose en la frontera entre la OTAN y Rusia. No es poca cosa. En

su ilustrativo y juicioso estudio especializado sobre la región, Richard Sakwa escribe —y parece muy plausible— que «la guerra ruso-georgiana de agosto de 2008 fue en realidad la primera de las “guerras para frenar la ampliación de la OTAN”; la crisis de Ucrania de 2014 es la segunda. No está claro si la humanidad sobreviviría a una tercera[12]».

Occidente ve la ampliación de la OTAN como algo benigno. No es sorprendente

que Rusia, junto con gran parte del sur global, tenga una opinión diferente, como algunas destacadas voces occidentales. George Kennan advirtió desde el primer momento que la ampliación de la OTAN es un «error trágico», y se le unió un veterano

estadista estadounidense en carta abierta a la Casa Blanca para describirlo como «un error político de proporciones históricas[13]».

La presente crisis tiene sus orígenes en 1991, con el final de la guerra fría y el derrumbe de la Unión Soviética. Había entonces dos posiciones en contraste de un nuevo sistema de seguridad y economía política en Eurasia. En palabras de Sakwa, una posición era la de una «“Europa ampliada” con la Unión Europea en su centro, pero cada vez más colindante con la comunidad política y de seguridad euroatlántica; y en el otro lado [estaba] la idea de una “Gran Europa”, una visión de una Europa continental, que se extendería de Lisboa a Vladivostok, con varios centros, entre ellos Bruselas, Moscú y Ankara, pero con el propósito común de superar las divisiones que tradicionalmente han sido la plaga del continente».

El líder soviético Mijail Gorbachov fue el mayor paladín de una Gran Europa, un concepto que también tiene raíces en el gaullismo y otras iniciativas europeas. No obstante, cuando Rusia se derrumbó con las devastadoras reformas de mercado de la

década de 1990, esta idea se olvidó, pero se renovó cuando Rusia empezó a recuperarse y a buscar un lugar en el escenario mundial con Vladímir Putin, quien, junto con su socio Dimitri Medvedev, repetidamente «ha reivindicado una unificación geopolítica en una “Gran Europa” desde Lisboa a Vladivostok, para crear una auténtica “sociedad estratégica[14]”».

Estas iniciativas fueron «recibidas con educado desprecio», escribe Sakwa, consideradas como «poco más que una tapadera para el establecimiento a hurtadillas de una “Gran Rusia”» y como el intento de «abrir una brecha» entre Norteamérica y Europa occidental. Tales preocupaciones se remontan al temor, anterior a la guerra fría, de que Europa pudiera convertirse en una «tercera fuerza» independiente de las superpotencias, la mayor y la menor, y estrechar vínculos con esta última (como pudo verse en la Ostpolitik de Willy Brandt y otras iniciativas).

La respuesta occidental al derrumbe de Rusia fue triunfalista. Se aplaudió como una señal del fin de la historia, la victoria definitiva de la democracia capitalista occidental, casi como si a Rusia se le estuviera ordenando volver a su estatus previo a la Primera Guerra Mundial como colonia económica virtual de Occidente. La ampliación de la OTAN empezó enseguida, lo que violaba las garantías verbales que se

le habían dado a Gorbachov de que las fuerzas de la OTAN no se moverían «ni un

centímetro al este» después de que él accediera a que una Alemania unificada pudiera convertirse en miembro de la OTAN, una concesión notable a la luz de la historia. Esa

discusión se limitó a Alemania del Este. La posibilidad de que la OTAN pudiera

expandirse más allá de Alemania no se discutió con Gorbachov; ni siquiera se consideró en privado[15].

Pronto, la OTAN empezó a avanzar más allá, justo hasta las fronteras de Rusia.

Cambió oficialmente la misión general de la OTAN, que pasó a tener un mandato para

proteger «infraestructuras cruciales» del sistema de energía global, rutas marítimas y oleoductos, para lo que se le asignó una zona de operaciones mundial. Además, Occidente revisó la ahora ampliamente anunciada doctrina de «responsabilidad de proteger» hasta el punto de dar con una versión completamente distinta de las Naciones Unidas, de manera que la OTAN ya puede servir como fuerza de intervención

bajo el mando de Estados Unidos[16].

De particular interés para Rusia son los planes de extender la OTAN a Ucrania, que

se articularon explícitamente en la cumbre de la OTAN en Bucarest de abril de 2008,

cuando a Georgia y Ucrania se les prometió una futura entrada en la organización. La redacción no dejaba espacio a la ambigüedad: «La OTAN celebra las aspiraciones

euroatlánticas de Ucrania y Georgia de ser miembros de la OTAN. Hoy acordamos que

estos países se convertirán en miembros de la OTAN». Con la victoria de los

candidatos prooccidentales de la «revolución naranja» en Ucrania en 2004, el representante del Departamento de Estado Daniel Fried acudió enseguida y «recalcó el apoyo de Estados Unidos a las aspiraciones a la OTAN y euroatlánticas de Ucrania»,

como reveló un informe de WikiLeaks[17].

La inquietud de Rusia es fácil de entender. El experto en relaciones internacionales John Mearsheimer la subraya en la destacada publicación oficialista Foreign Affairs. Escribe que «la raíz central de la presente crisis [sobre Ucrania] es la expansión de la OTAN y el compromiso de Washington de situar Ucrania fuera de la

órbita de Moscú e integrarla en Occidente», lo que Putin veía como «amenaza directa a los intereses nucleares de Rusia».

«¿Quién puede culparlo?», pregunta Mearsheimer señalando que a «Washington podría no gustarle la posición de Moscú, pero debería comprender la lógica de la que surge». No es tan difícil; al fin y al cabo, como todos saben, «Estados Unidos no tolera que las grandes potencias distantes desplieguen fuerzas militares en ningún lugar del hemisferio occidental, mucho menos en sus fronteras». De hecho, la posición de Estados Unidos es mucho más fuerte: no tolera lo que se denomina oficialmente «desafío con éxito» de la doctrina Monroe de 1823, que declaró el control del hemisferio por parte de Estados Unidos, si bien no pudo llevarlo a la práctica. Y un pequeño país que lleva a cabo un desafío con éxito podría ser sometido al «terror de la Tierra» y a un embargo aplastante, como le ocurrió a Cuba. No hace falta preguntarse cómo habría reaccionado Estados Unidos si los países de Latinoamérica se hubieran unido al Pacto de Varsovia, que tenía planes para que México y Canadá se unieran también. La mera insinuación de los primeros pasos en esa dirección habrían sido «finiquitados con perjuicio extremo», por adoptar la jerga de la CIA[18].

Como en el caso de China, no hay que ver con buenos ojos los movimientos y motivos de Putin para comprender la lógica que hay detrás de ellos. Como en el caso de China, hay mucho en juego, hasta el punto de dirimirse cuestiones de supervivencia, literalmente.

L

OS RETOS DE HOY: EL MUNDO ISLÁMICO

La tercera región de máximo interés es el mundo (mayoritariamente) islámico, también escenario de la guerra global contra el terrorismo (GGCT) que George

W. Bush declaró en 2001 después de los atentados terroristas del 11-S. Para ser más preciso, redeclaró. La GGCT fue declarada por el Gobierno de Reagan cuando llegó a

la presidencia, con una enfebrecida retórica sobre la «plaga extendida por depravados oponentes de la civilización» (en palabras de Reagan) y un «retorno a la barbarie en la edad moderna» (en palabras de George Shultz, su secretario de Estado). La primera

GGCT ha sido discretamente eliminada de la historia. Enseguida se convirtió en una

guerra terrorista, asesina y destructiva que aquejó a Centroamérica, África meridional y Oriente Próximo, con nefastas repercusiones que llegan a la actualidad, hasta el punto de que Estados Unidos tuvo la condena del Tribunal Internacional de Justicia

(que Washington desdeñó). En cualquier caso, no es un relato adecuado para la historia, así que ha desaparecido.

El éxito de la versión Bush-Obama de la GGCT puede ser evaluado sin problemas

en directo. Cuando se declaró la guerra, los objetivos terroristas estaban confinados en un pequeño rincón del Afganistán tribal. Los afganos, que en su mayoría los despreciaban, los protegieron siguiendo la ley de hospitalidad tribal. Los estadounidenses estaban desconcertados al ver que los campesinos pobres se negaban «a entregar a Osama bin Laden por la, para ellos, astronómica suma de veinticinco millones de dólares[19]».

Hay buenas razones para creer que una acción policial bien construida, o incluso negociaciones diplomáticas con los talibanes, podrían haber puesto a los sospechosos de urdir los crímenes del 11-S en manos de Estados Unidos para ser juzgados y sentenciados. Sin embargo, esas opciones no se contemplaron. En cambio, se optó por la violencia a gran escala; no con el objetivo de derrocar a los talibanes (eso vino después), sino para dejarles claro que despreciaban sus ofertas de una posible extradición de Bin Laden.

No podemos conocer la seriedad de la propuesta porque la posibilidad de evaluarla nunca se planteó; o quizá Washington estaba decidido a «mostrar músculo, anotarse un triunfo y asustar al mundo entero. No se preocuparon por el sufrimiento de los afganos ni por cuánta gente perderíamos». Eso dijo el muy respetado líder antitalibán Abdul Haq, uno de los muchos opositores que condenaron la campaña de bombardeos lanzada por Estados Unidos en octubre de 2001 como «un gran revés» para sus esfuerzos de derrocar a los talibanes desde dentro, un objetivo que consideraban a su alcance. Su opinión la confirmó Richard A. Clarke, que era presidente del Grupo de Seguridad y Antiterrorismo de la Casa Blanca bajo la presidencia de George W. Bush cuando se elaboraron los planes de atacar Afganistán. Según describe Clarke la reunión, cuando le informaron de que el ataque violaría la ley internacional, «el presidente gritó en la pequeña sala de conferencias: “No me importa lo que digan los abogados internacionales, vamos a darle una paliza a alguien”».

Las grandes organizaciones de ayuda humanitaria que trabajaban en Afganistán también se opusieron al ataque con vehemencia, advirtiendo de que millones de personas estaban al borde de la inanición y que las consecuencias podrían ser horrendas[20]. No es preciso examinar las consecuencias para el pobre Afganistán años después.

El siguiente objetivo de la apisonadora fue Irak. La invasión de Estados Unidos y el Reino Unido, sin ninguna razón verosímil, es el peor crimen del siglo XXI. La

invasión provocó la muerte de centenares de miles de personas en un país en el que la sociedad civil ya había sido castigada por las sanciones estadounidenses y británicas, que dos distinguidos diplomáticos internacionales encargados de administrarlas consideraron genocidas por lo que ambos dimitieron en señal de protesta[21]. La

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