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La víspera de la destrucción.

In document Quien domina el mundo Noam Chomsky (página 107-112)

Para preguntarse qué puede deparar el futuro, es interesante mirar la especie humana desde fuera. Así que imagina que eres un observador extraterrestre que trata de adoptar una posición neutral y averiguar lo que está ocurriendo aquí o, para el caso, imagina que eres un historiador dentro de cien años —suponiendo que haya historiadores dentro de cien años, lo cual no es obvio— y analizas lo que ocurre hoy. Verías algo muy notorio.

Por primera vez en la historia de la especie humana, hemos desarrollado claramente la capacidad de destruirnos. Eso es cierto desde 1945. Ahora por fin se está reconociendo que hay más procesos a largo plazo, como el deterioro medioambiental, que conducen en la misma dirección; quizá no a la destrucción total, pero sí, como mínimo, a acabar con la posibilidad de una existencia digna.

Y hay otros peligros, como las pandemias, que tienen que ver con la globalización y la interacción. Así pues, hay procesos en marcha e instituciones en medio de ellos, como los sistemas de armas nucleares, que podrían asestar un golpe terrible a la existencia organizada, o quizá provocar su fin.

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ÓMO DESTRUIR UN PLANETA SIN INTENTARLO

La pregunta es: ¿qué está haciendo la gente? Nada de esto es secreto; está todo perfectamente claro. De hecho, hay que hacer un esfuerzo para no verlo y ha habido un amplio abanico de reacciones. Están aquellos que intentan con todas sus fuerzas hacer algo para contener estas amenazas y otros que actúan para que aumenten. Si tú, ese futuro historiador u observador extraterrestre, miraras quién hay en cada grupo, verías algo realmente extraño: aquellos que intentan mitigar o vencer las amenazas son las sociedades menos desarrolladas, las poblaciones indígenas —o lo que queda de ellas—, sociedades tribales y pueblos originarios de Canadá; en vez de hablar de guerra nuclear, hablan de los desastres ambientales y de verdad intentan hacer algo al respecto.

De hecho, en todo el mundo —Australia, la India, Sudamérica— hay batallas en marcha, en ocasiones guerras. En la India hay una gran guerra sobre la destrucción medioambiental directa, con sociedades tribales que tratan de resistir ante operaciones de extracción de recursos extremadamente dañinas localmente y también en sus consecuencias generales. En muchos casos de sociedades en las que las poblaciones indígenas tienen influencia se adopta una posición fuerte. La posición más fuerte de cualquier país en relación con el calentamiento global es la de Bolivia,

que cuenta con una mayoría indígena y formulaciones constitucionales que protegen los «derechos de la naturaleza». Ecuador, que también posee una gran población indígena, es, que yo sepa, el único país exportador de petróleo cuyo gobierno está buscando ayuda para mantener ese petróleo en el sustrato en lugar de producirlo y exportarlo; y el sustrato es el lugar donde debería estar.

El presidente de Venezuela Hugo Chávez fue objeto de burla, insultos y odio en el mundo occidental; asistió a una sesión de la Asamblea General de Naciones Unidas hace unos años donde recabó toda clase de mofas por llamar «diablo» a George W. Bush. También pronunció un discurso bastante interesante. Venezuela es un gran productor de petróleo; el petróleo supone prácticamente la totalidad de su producto interior bruto; Chávez advirtió de los peligros del uso excesivo de combustibles fósiles e instó a países productores y consumidores a unirse y tratar de encontrar maneras de reducir su consumo. Fue bastante asombroso viniendo de un productor de crudo. Chávez era en parte de origen indígena. A diferencia de lo que ocurrió con sus actuaciones graciosas, no se informó de este aspecto de sus acciones ante Naciones Unidas[1].

Así pues, en un extremo hay sociedades indígenas, tribales, que tratan de detener la carrera hacia el desastre. En el otro extremo, las sociedades más ricas y poderosas de la historia del mundo, como Estados Unidos y Canadá, corren a toda velocidad para destruir el entorno lo antes posible. A diferencia de Ecuador y las sociedades indígenas de todo el mundo, quieren extraer hasta la última gota de hidrocarburos del subsuelo con la máxima velocidad. Los dos grandes partidos políticos, el presidente Obama, los medios y la prensa internacional parecen entusiasmados con lo que llaman «un siglo de autosuficiencia energética» para Estados Unidos. «Suficiencia energética» es un concepto casi sin sentido, pero dejemos eso de lado. Lo que quieren decir es que tendremos un siglo en el que maximizar el uso de combustibles fósiles y contribuir a la destrucción del mundo.

Y eso es más o menos lo que ocurre en todas partes. Cierto es que Europa está haciendo algo para desarrollar energías alternativas. Entretanto, Estados Unidos, el país más rico y más poderoso en la historia del mundo, es el único entre alrededor de un centenar de países relevantes que no tiene una política nacional para restringir el uso de combustibles fósiles y que ni siquiera tiene objetivos de energías renovables. No es porque la población no lo quiera. Los estadounidenses están muy cerca de la norma internacional en su preocupación por el calentamiento global. Son las estructuras institucionales las que bloquean el cambio. Los intereses económicos no lo quieren y su poder sobre el rumbo de la política es enorme, así que hay una gran brecha entre la opinión pública y la política en montones de cuestiones, incluida esta.

Así pues, eso es lo que verá nuestro historiador futuro (si es que hay alguno), que también podría leer publicaciones científicas de hoy. Cada una tiene una predicción más funesta que la anterior.

se produjera un primer ataque de una gran potencia, incluso si ninguna otra respondiera, probablemente destruiría la civilización por las consecuencias del invierno nuclear que provocaría. Hay información sobre este asunto en el Bulletin of the Atomic Scientists, así que es bien conocido. El peligro siempre ha sido mucho más grave de lo que pensábamos.

Hoy hace más de cincuenta años de la crisis de los misiles de Cuba. Nos fue de un pelo, y no fue la única vez. No obstante, lo peor de aquellos sucesos nefastos es que no se han aprendido las lecciones que nos dejaron. En 1973, diez años después de aquellos hechos, el secretario de Estado Henry Kissinger activó una elevada alerta nuclear. Les había dicho a los israelíes que podían violar un alto el fuego que Estados Unidos y la URSS acababan de acordar, y era su forma de advertir a los rusos que no

interfirieran[2]. Por fortuna, no ocurrió nada.

Diez años después de eso, Reagan llegaba a la presidencia. Poco antes de que entrara en el Despacho Oval, él y sus consejeros hicieron que la Fuerza Aérea de Estados Unidos penetrara en el espacio aéreo soviético para tratar de obtener información sobre los sistemas de alerta soviéticos; fue la operación Arquero Capaz[3], que consistía, básicamente, en ataques falsos. Los soviéticos no supieron cómo responder y algunos oficiales de alto rango temieron que se tratara del primer paso hacia un ataque real. Por fortuna, no reaccionaron, aunque fue de poco. Y etcétera, etcétera.

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O QUE PODEMOS APRENDER DE LAS CRISIS NUCLEARES DE

I

RÁN Y

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OREA DEL

N

ORTE

La cuestión nuclear aparece con regularidad en primera página de los periódicos en relación con Irán y Corea del Norte. Hay formas de tratar con esas crisis continuadas; puede que no funcionen, pero, al menos, se podría intentar. Sin embargo, no se consideran; ni siquiera se informa de ellas.

Tomemos el caso de Irán, que se ve en Occidente —no así en el mundo árabe ni en Asia— como la mayor amenaza a la paz mundial. Se trata de una obsesión de Occidente y es interesante investigar las razones, pero dejaré eso de lado aquí. ¿Hay alguna forma de enfrentarse a la que supuestamente es la mayor amenaza a la paz mundial? En realidad, hay unas cuantas. Una forma, bastante sensata, se propuso en una reunión de los países no alineados en Teherán en 2013. De hecho, solo reiteraban una propuesta que ha estado sobre el tapete durante décadas, planteada en particular por Egipto, y que ha sido aprobada por la Asamblea General de Naciones Unidas.

La propuesta consiste en avanzar hacia el establecimiento de una zona libre de armas nucleares en la región. Esa no sería la respuesta a todo, pero sería un bonito y significativo paso adelante. Y había formas de actuar: en diciembre de 2012 tenía que celebrarse una conferencia internacional en Finlandia, bajo los auspicios de la ONU,

para tratar de poner en marcha un plan de esas características. ¿Qué ocurrió? No se encuentra nada de eso en los periódicos, porque solo se informó de ello en la prensa especializada. A principios de noviembre, Irán accedió a asistir a la reunión. Un par de días después, Obama canceló la reunión diciendo que no era el momento adecuado[4]. El Parlamento Europeo hizo pública una declaración que llamaba a seguir adelante, como hicieron los países árabes. No sirvió de nada.

En el noreste de Asia la historia se repite. Corea del Norte podría ser el país más loco del mundo; es desde luego un buen candidato a ese título. Pero tiene sentido tratar de descubrir qué hay en la mente de personas cuya actuación es demencial. ¿Por qué se comportan de ese modo? Pensemos qué haríamos en su lugar. Imagina qué significó la guerra de Corea de principios de la década de 1950, que tu país quedara completamente destruido, arrasado por una enorme superpotencia, que además se vanagloriaba de lo que hacía. Imagina la huella que dejó atrás.

Ten en cuenta que es probable que los mandatarios de Corea del Norte leyeran las publicaciones militares de la superpotencia en las que explicaban que como en Corea del Norte se había arrasado todo, se enviaría la fuerza aérea a destruir los enormes embalses que regulaban el suministro de agua a todo el país; un crimen de guerra, por el que en Núremberg se dictaron sentencias de muerte, por cierto. Aquellas publicaciones oficiales hablaban con entusiasmo de lo maravilloso que era ver el agua anegando los valles y a los «asiáticos» huyendo para tratar de sobrevivir[5]. Las publicaciones estaban exultantes con lo que el ataque significaba para aquellos asiáticos: horrores que no podemos ni imaginar. Significaba la destrucción de la cosecha de arroz, lo cual, a su vez, significaba hambruna y muerte. ¡Qué magnífico! No está en nuestro banco de memoria, pero sí en el suyo.

Volvamos al presente. Hay una interesante historia reciente: en 1993, Israel y Corea del Norte avanzaban hacia un acuerdo en virtud del cual Corea del Norte dejaría de enviar misiles o tecnología militar a Oriente Próximo e Israel reconocería el país. El presidente Clinton intervino y lo bloqueó[6]. Poco después, en represalia, Corea del Norte llevó a cabo una pequeña prueba con misiles, a consecuencia de lo cual llegó, en 1994, a un acuerdo marco con Estados Unidos por el que detuvo la investigación nuclear; ambas partes respetaron, más o menos, el acuerdo. Cuando George W. Bush llegó al poder, Corea del Norte tenía, quizás, un arma nuclear y no se podía verificar que estuviera produciendo ninguna más.

Bush lanzó inmediatamente su militarismo agresivo y amenazó a Corea del Norte (el «Eje del Mal» y todo eso), de manera que el país volvió a trabajar en su programa nuclear. En el momento en que Bush abandonó el poder, Corea contaba con entre ocho y diez armas nucleares y un sistema de misiles, otro gran logro neocon[7]. Entretanto, han ocurrido otras cosas. En 2005, Estados Unidos y Corea del Norte llegaron a un acuerdo por el cual Corea tenía que poner fin al desarrollo de todas sus armas nucleares y misiles; a cambio, Occidente, sobre todo Estados Unidos, proporcionaría un reactor de agua ligera para sus necesidades médicas y terminarían

las declaraciones agresivas. A continuación, firmarían un pacto de no agresión y avanzarían hacia la reconciliación. El acuerdo era muy prometedor, pero casi de inmediato Bush lo socavó. Retiró la oferta del reactor de agua ligera y puso en marcha planes para obligar a los bancos a dejar de efectuar transacciones norcoreanas, incluso las perfectamente legales[8]. Los norcoreanos reaccionaron reactivando su programa de armas nucleares. Y así han ido las cosas.

El patrón es bien conocido y aparece continuamente en los medios de comunicación especializados de la corriente principal; dicen: «Es un régimen muy loco y su política es la del ojo por ojo. Haz un gesto hostil y responderemos con algún gesto hostil demencial. Haz un gesto reconciliador y lo devolveremos de alguna manera».

Últimamente, por ejemplo, ha habido ejercicios militares conjuntos entre Corea del Sur y Estados Unidos en la península de Corea. Desde el punto de vista de Corea del Norte debían de parecer amenazadores, y a todos nos lo parecerían si se hubieran realizado apuntando a nosotros, en Canadá. En el curso de esos ejercicios, los bombarderos más avanzados de la historia, B-2 y B-52, llevaron a cabo ataques furtivos con bombas nucleares simuladas justo en la frontera de Corea del Norte[9].

Seguramente esos ataques dispararon las mismas alarmas que tiempo atrás. Los norcoreanos recuerdan algo del pasado y por eso reaccionan de manera muy agresiva y extrema. Sin embargo, lo que llega a Occidente de todo eso es lo locos y lo espantosos que son los dirigentes de Corea del Norte. Sí, lo son, pero eso no es la historia completa. Así es como va el mundo.

No es que no haya alternativa. Es que no se adopta ninguna alternativa. Es peligroso. Así que la imagen que se me dibuja del mundo no es bonita; a menos que la gente haga algo. Siempre podemos hacer algo.

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