• No se han encontrado resultados

Los alto el fuego que nunca se cumplen.

In document Quien domina el mundo Noam Chomsky (página 153-160)

Tras un ataque israelí de cincuenta días sobre Gaza que dejó dos mil cien palestinos muertos e inmensos paisajes de destrucción, el 26 de agosto de 2014, Israel y la Autoridad Palestina aceptaron un alto el fuego. El acuerdo pedía tanto a Israel como a Hamás el fin de la acción militar, así como una relajación del asedio israelí que había estrangulado Gaza durante muchos años.

No obstante, aquel era solo el más reciente en una serie de acuerdos de alto el fuego alcanzados después de cada una de las periódicas escaladas israelíes en su ataque incesante a Gaza. A lo largo del tiempo, los términos de esos acuerdos son casi invariables. El patrón regular ha sido que Israel no respeta el acuerdo en cuestión, mientras que Hamás lo respeta hasta que un brusco incremento de la violencia israelí suscita una respuesta suya, a la que le sigue una brutalidad israelí más virulenta todavía. En la jerga israelí, a esas escaladas las llaman «cortar el césped», si bien la operación israelí de 2014 fue descrita con más precisión por un oficial del ejército de Estados Unidos anonadado como «eliminar el suelo».

La primera serie de treguas fue el Acuerdo sobre el Movimiento y Acceso entre Israel y la Autoridad Palestina, firmado en noviembre de 2005. El pacto exigía la apertura de un punto de paso entre Gaza y Egipto en Rafah para la exportación de bienes y el tránsito de personas, el acceso ininterrumpido entre Israel y Gaza para la importación-exportación de bienes y el tránsito de personas, la reducción de obstáculos al movimiento dentro de Cisjordania, la construcción de un puerto marítimo en Gaza y la reapertura del aeropuerto de Gaza, que los bombardeos israelíes habían destruido. Se alcanzó el acuerdo poco después de que Israel retirara sus colonos y fuerzas militares de Gaza. El motivo para la retirada lo explicó con cautivador cinismo Dov Weisglass, confidente del entonces primer ministro Ariel Sharon, que estaba al mando de la negociación para ponerlo en marcha. Para resumir el propósito de la operación, Weisglass explicó que «la retirada es, en realidad, formaldehído. Proporciona la cantidad de formaldehído necesaria para que no haya un proceso político con los palestinos[1]».

En segundo plano, los halcones israelíes reconocían que en lugar de invertir recursos para mantener unos pocos miles de colonos en comunidades subvencionadas ilegales en la arrasada Gaza, tendría más sentido trasladarlos a comunidades subvencionadas ilegales en zonas de Cisjordania que Israel pretendía conservar.

Se describió la retirada como un noble esfuerzo para buscar la paz, pero la realidad era muy diferente. Israel nunca renunció al control de Gaza, por lo que lo reconocen como potencia ocupante tanto Naciones Unidas y Estados Unidos como

otros Estados (aparte del propio Israel, por supuesto). En su amplia historia de asentamientos en los Territorios Ocupados, los expertos israelíes Idith Zertal y Akiva Eldar describen lo que realmente ocurrió cuando ese país se «retiró»: el territorio arruinado no se liberó «ni un solo día del control militar de Israel o del precio de la ocupación que los habitantes pagan cada día». Tras la retirada, «Israel dejó atrás tierra quemada, servicios destrozados y gente sin presente ni futuro. Destruir los asentamientos fue un movimiento en absoluto generoso de un ocupante ignorante, que, de hecho, sigue controlando el territorio, y matando y acosando a sus habitantes por medio de su enorme poder militar[2]».

O

PERACIONES

P

LOMO

F

UNDIDOY

P

ILAR DE

D

EFENSA

Israel enseguida encontró un pretexto para violar el acuerdo de noviembre, incluso con mayor violencia. En enero de 2006, los palestinos cometieron un crimen imperdonable: votaron como no debían en unas elecciones libres estrictamente supervisadas y pusieron el Parlamento en manos de Hamás. Israel y Estados Unidos impusieron de inmediato sanciones muy duras y así le dijeron al mundo con mucha claridad lo que significa «fomentar la democracia». Enseguida empezaron a planificar un golpe militar para derrocar el inaceptable Gobierno electo, un procedimiento bien conocido. Cuando Hamás se anticipó al golpe en 2007, el asedio de Gaza se recrudeció y comenzaron los ataques israelíes regulares. Equivocarse en el voto en unas elecciones libres ya era bastante malo, pero anticiparse a un golpe militar planificado por Washington era una ofensa imperdonable.

En junio de 2008 se alcanzó otro acuerdo de alto el fuego. De nuevo se llamó a abrir los pasos fronterizos para «permitir la transferencia de todos los bienes cuya entrada en Gaza estaba prohibida o restringida». Israel accedió formalmente, pero anunció de inmediato que no acataría el acuerdo hasta que Hamás liberara a Guilad Shalit, un soldado israelí secuestrado.

El propio Israel tiene una larga historia de raptar civiles en el Líbano y en alta mar, y retenerlos durante largos períodos sin cargos verosímiles, en ocasiones como rehenes. Encarcelar civiles con cargos dudosos, o sin cargos, es también una práctica regular en los territorios que Israel controla.

Israel no solo mantuvo el asedio, violando así el acuerdo de alto el fuego de 2008, sino que lo hizo con extremo rigor; incluso le impidió reponer existencias a la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados en Palestina y Oriente Próximo (UNRWA), que se ocupa del enorme número de refugiados oficiales en Gaza[3]. El 4 de

noviembre, mientras los medios estaban concentrados en las elecciones presidenciales estadounidenses, las tropas israelíes entraron en Gaza y mataron a media docena de militantes de Hamás, que respondió con misiles e intercambio de fuego. Todos los muertos fueron palestinos. A finales de diciembre, Hamás ofreció

renovar el alto el fuego. Israel evaluó la oferta, pero la rechazó y prefirió lanzar la operación Plomo Fundido, una incursión de tres semanas con toda la potencia del ejército israelí en la Franja de Gaza. El resultado fue una serie de atrocidades bien documentadas por organizaciones de derechos humanos internacionales e israelíes.

El 8 de enero de 2009, cuando Plomo Fundido estaba en plena furia, el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas aprobó una resolución unánime (con la abstención de Estados Unidos) que llamaba a que «se establezca una cesación del fuego inmediata […] que conduzca a la retirada total de las fuerzas israelíes de Gaza […] que se aseguren el suministro y la distribución sin trabas de la asistencia humanitaria, incluidos alimentos, combustible y tratamiento médico, en toda Gaza[4]».

De hecho, se alcanzó un nuevo acuerdo de alto el fuego, similar a los anteriores, pero otra vez no se cumplió; se rompió por completo cuando volvieron a cortar el césped: la operación Pilar de Defensa, en noviembre de 2012. Lo que ocurrió en el ínterin puede ilustrarse con las cifras de bajas desde enero de 2012 hasta el lanzamiento de esa operación: un israelí muerto por fuego de Gaza, setenta y ocho palestinos muertos por fuego israelí[5].

El primer acto de la operación Pilar de Defensa fue el asesinato de Ahmed Yabari, alto dirigente del ala militar de Hamás. Aluf Benn, redactor jefe del importante periódico israelí Ha-Aretz, describió a Yabari como «subcontratista» de Israel en Gaza, ya que impuso allí una relativa calma durante más de cinco años. Como siempre, había un pretexto para el asesinato, pero la razón probable la proporcionó el activista por la paz israelí Gershon Baskin. Baskin había participado en negociaciones directas con Yabari durante años e informó de que, horas antes de ser asesinado, Yabari «recibió el borrador de un acuerdo de paz permanente con Israel, que contemplaba mecanismos para mantener el alto el fuego en el caso de producirse escaramuzas entre Israel y las facciones en la Franja de Gaza[6]».

El historial de acciones israelíes diseñadas para provocar el desánimo ante la amenaza de un acuerdo diplomático es largo.

Después de este ejercicio de cortar el césped, se alcanzó otro acuerdo de alto el fuego. Con los términos ya habituales, exigía un cese de la acción militar por ambas partes y el final efectivo del asedio de Gaza, y le pedía a Israel «abrir los pasos fronterizos y facilitar los movimientos de personas y la transferencia de bienes, y abstenerse de restringir el libre movimiento de los residentes y de hostigar a los residentes en zonas de frontera[7]».

Lo que ocurrió a continuación lo relató Nathan Thrall, veterano analista de Oriente Próximo, para el Grupo de Crisis Internacional. La inteligencia israelí reconoció que Hamás estaba cumpliendo los términos del alto el fuego. «Israel — escribió Thrall— veía, por tanto, pocos incentivos en mantener su parte del pacto. En los tres meses que siguieron al alto el fuego, sus fuerzas llevaron a cabo incursiones regulares en Gaza, ametrallaron campesinos palestinos y a aquellos que recogían chatarra y escombros al otro lado de la frontera, y dispararon a barcas, lo que impedía

a los pescadores el acceso a la mayor parte de las aguas de Gaza». En otras palabras, el asedio nunca terminó. «Los pasos fronterizos se cerraron repetidamente. Las llamadas zonas de protección dentro de Gaza [a las que los palestinos tienen prohibido el acceso y que abarcan un tercio o más del limitado suelo cultivable] se reinstauraron. Las importaciones disminuyeron, las exportaciones se bloquearon y pocos gazíes obtuvieron permisos de salida hacia Israel y Cisjordania[8]».

O

PERACIÓN MARGEN PROTECTOR

Así continuaron las cosas hasta abril de 2014, cuando ocurrió un acontecimiento importante. Las dos organizaciones palestinas más importantes, Hamás, que controlaba Gaza, y la Autoridad Palestina, dominada por Fatah en Cisjordania, firmaron un acuerdo de unidad. Hamás hizo grandes concesiones; ninguno de sus miembros o aliados entraron a formar parte del Gobierno. En buena medida, observa Thrall, Hamás entregó el Gobierno de Gaza a la Autoridad Palestina, que mandó allí unas fuerzas de seguridad de varios miles de hombres y situó sus guardias en fronteras y pasos, sin que Hamás ocupara posiciones recíprocas en el aparato de seguridad de Cisjordania. Finalmente, el Gobierno de unidad aceptó las tres condiciones que Washington y la Unión Europea exigían desde hacía mucho: no violencia, cumplimiento de acuerdos pasados y reconocimiento de Israel.

Israel estaba enfurecido. Su Gobierno declaró enseguida que rechazaría tratar con el Gobierno de unidad y canceló las negociaciones. Su furia aumentó cuando Estados Unidos, junto con la mayoría del mundo, mostró su apoyo al Gobierno de unidad.

Israel tiene buenas razones para oponerse a la unificación de Palestina. Una es que el conflicto entre Hamás y Fatah le ha proporcionado un pretexto útil para no participar en negociaciones serias. ¿Cómo se puede negociar con una entidad dividida? No es de extrañar, pues, que Israel se haya dedicado durante más de veinte años a separar Gaza de Cisjordania, violando los Acuerdos de Oslo, que declaran que ambos territorios forman una unidad inseparable. Una mirada al mapa explica la lógica: separados de Gaza, los enclaves de Cisjordania dejan a los palestinos sin acceso al mundo exterior.

Además, Israel ha estado ocupando sistemáticamente el valle del Jordán; han expulsado a los palestinos, han establecido asentamientos, han destrozado pozos y se han asegurado por otras vías de que la región —que constituye alrededor de un tercio de Cisjordania y alberga gran parte de su tierra cultivable— quedará integrada en Israel junto con las otras regiones que está invadiendo. De ese modo, los cantones palestinos que permanezcan estarán completamente aprisionados. La unificación con Gaza interferiría esos planes, que se remontan a los primeros tiempos de la ocupación y han contado con un apoyo firme de los principales bloques políticos, incluidas algunas figuras normalmente retratadas como palomas, como el expresidente Shimon

Peres, uno de los arquitectos de las colonias en el interior de Cisjordania.

Como de costumbre, se necesitaba un pretexto para pasar a la siguiente escalada. La ocasión se presentó con el brutal asesinato de tres niños israelíes de una comunidad de colonos en Cisjordania. Siguió un episodio de violencia cuyo principal objetivo fue Hamás. El 2 de septiembre, Ha-Aretz informó de que, después de intensos interrogatorios, los servicios de seguridad de Israel concluyeron que el secuestro de los adolescentes «fue llevado a cabo por una célula independiente» sin conexiones directas con Hamás[9]. Para entonces, la violencia de dieciocho días había conseguido debilitar el temido Gobierno de unidad.

Al final, Hamás reaccionó con sus primeros cohetes en dieciocho meses, lo que le dio a Israel el pretexto para lanzar la operación Margen Protector el 8 de julio. El asalto de cincuenta días fue el corte de césped más intenso y extremo hasta la fecha.

O

PERACIÓN TODAVÍA SIN NOMBRAR

Israel se halla hoy en una buena posición para revertir la política desarrollada durante decenios de separar Gaza de Cisjordania y cumplir con un gran acuerdo de alto el fuego por primera vez. La amenaza de democracia en el vecino Egipto ha disminuido, al menos temporalmente, y la brutal dictadura militar egipcia del general Abdelfatah al-Sisi es un bienvenido aliado para Israel a la hora de mantener el control de Gaza.

El Gobierno de unidad palestino puso fuerzas de la Autoridad Palestina formadas por Estados Unidos a controlar las fronteras de Gaza; al mismo tiempo, posiblemente la gobernabilidad se desplazó a manos de la Autoridad Palestina, que depende de Israel para su supervivencia y sus finanzas. Puede que, en esas condiciones, Israel piense que hay poco que temer de una forma de autonomía limitada para los enclaves que les quedan a los palestinos.

También hay algo de verdad en la observación del primer ministro Netanyahu: «Muchos elementos de la región comprenden hoy que, en la lucha que los amenaza, Israel no es un enemigo sino un socio[10]». No obstante, Akiva Eldar, destacado corresponsal diplomático de Israel, añade que «todos esos “muchos elementos de la región” también comprenden que no se atisba en el horizonte ningún movimiento diplomático valiente y amplio sin un acuerdo sobre el establecimiento de un Estado palestino basado en las fronteras de 1967 y una solución justa y acordada al problema de los refugiados». Eso no está en los planes de Israel, señala[11].

Algunos periodistas israelíes bien informados, en especial el columnista Danny Rubinstein, creen que Israel está preparado para revertir el rumbo y reducir su asfixia de Gaza.

Veremos.

La historia de estos últimos años sugiere otra cosa y los primeros signos no son favorables. Cuando terminó la operación Margen Protector, Israel anunció su mayor

apropiación de tierras de Cisjordania en treinta años, casi cuatrocientas hectáreas. Radio Israel informó de que la apropiación era la respuesta al asesinato de los tres adolescentes judíos por parte de «militantes de Hamás». Un niño palestino fue quemado vivo en represalia por los asesinatos, pero no se entregó ni un palmo de tierra israelí a los palestinos; tampoco hubo reacción cuando un soldado israelí asesinó a Jalil Anati, de diez años, en una tranquila calle de un campo de refugiados cerca de Hebrón y luego se alejó en su jeep mientras el niño moría desangrado[12].

Anati fue uno de los veintitrés palestinos, entre ellos, tres niños, que las fuerzas de ocupación israelíes mataron en Cisjordania durante el ataque a Gaza, según estadísticas de la ONU. Hubo también más de dos mil heridos, el 38% por fuego.

«Ninguna de las personas que mataron estaba poniendo en riesgo las vidas de los soldados», informó el periodista israelí Gideon Levy[13]. Nada de eso provoca ninguna reacción, igual que no hubo reacción cuando Israel mataba, en promedio, más de dos menores palestinos por semana durante los últimos catorce años. Al fin y al cabo, son no-personas.

Se afirma habitualmente, en todos los bandos, que, si el acuerdo de dos Estados muere como consecuencia de la toma de tierras palestinas por parte de Israel, el resultado será un Estado al oeste del río Jordán. Algunos palestinos aceptan ese resultado pensando que en ese caso podrían llevar a cabo una lucha por la igualdad de derechos civiles, como en la Sudáfrica del apartheid. Muchos comentaristas israelíes advierten de que el «problema demográfico», derivado de que la natalidad árabe es mucho mayor que la judía y de que disminuye la inmigración judía, debilitará su esperanza de un «Estado judío democrático».

Aunque están muy extendidas, tales convicciones son dudosas. La alternativa realista al acuerdo de dos Estados es que Israel continuará llevando a cabo los planes que ha estado poniendo en práctica durante años, tomando lo que hay de valor en Cisjordania, al tiempo que evita las concentraciones de población palestina y echa a los palestinos de las zonas que está integrando en Israel. Eso debería resolver el temido «problema demográfico».

Estas políticas básicas han estado en funcionamiento desde la conquista en 1967, siguiendo un principio enunciado por el entonces ministro Moshe Dayan, uno de los líderes israelíes más solidarios con los palestinos. Informó a sus colegas de partido de que deberían decirles a los refugiados palestinos en Cisjordania: «No tenemos ninguna solución, continuaréis viviendo como perros; quien quiera puede irse y ya veremos adónde lleva este proceso[14]». La recomendación era lógica dentro de la concepción predominante articulada en 1972 por el futuro presidente Jaim Herzog: «No niego a los palestinos un lugar, posición u opinión en todas las cuestiones […]. Pero, desde luego, no estoy preparado para considerarlos socios en sentido alguno en una tierra que se ha consagrado a nuestra nación durante miles de años. Para los judíos de esta tierra no puede haber ningún socio». Dayan también llamó a que hubiera un «gobierno permanente» (memshelet keva) de Israel sobre los Territorios

Ocupados[15]. Cuando Netanyahu expresa la misma posición hoy, no está pisando terreno virgen.

Durante un siglo, la colonización sionista de Palestina ha actuado, básicamente, según el principio pragmático de hechos consumados discretamente sobre el terreno, que, al fin y al cabo, el mundo aceptaría. Ha sido una política muy exitosa. Todo hace pensar que persistirá mientras Estados Unidos proporcione el necesario apoyo militar, económico, diplomático e ideológico. Para aquellos que se preocupan por los derechos de los palestinos maltratados, no puede haber prioridad más alta que trabajar para cambiar la política de Washington; no es una fantasía.

17

In document Quien domina el mundo Noam Chomsky (página 153-160)