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60 TRES CONFERENCIAS

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en Rusia, principalmente porque veía que la situación había variarlo completamente con la guerra. La inmadurez de Rusia para el socialis- mo no era ya una razón válida para abstenerse, porque la Revolución en Rusia no podía ya considerarse como sosteniéndose por sí sola. Tenía que ser considerada como parte de una revolución mundial para la que la guerra había creado una oportunidad. Lenin sostenía que, aun- que Rusia, por sí sola, no estuviera madura para el socialismo, la Europa capitalista sí lo estaba; y, en su opinión, los rusos estaban llamados por las circunstancias en que se encontraban a actuar como iniciadores de la revolución mundial y a apelar a los proletarios de los países más avan- zados para que siguieran su ejemplo, derrocando a sus gobernantes y tomando el poder. Era la política de Kienthal de 1916 aplicada a la Rusia de 1917 y, dadas las circunstancias, sería una traición a la Revo- lución mundial que el proletariado ruso, a pesar de su atraso, se abstu- viera de hacer suya la Revolución rusa. La necesidad de atravesar las fases sucesivas del desarrollo capitalista no podía evadirse, de ninguna manera; pero ahora habría que hacerlo, no bajo el control de la burgue- sía, sino bajo la dirección proletaria. Sería necesario un periodo de capitalismo estatal, tomando los proletarios el lugar de los capitalistas como la fuerza de control y dirección.

Por el momento, tanto Lenin como Trotsky eran voces que clama- ban en el desierto. Cuando se reunió el primer Congreso Nacional de los Soviets, a principios de junio de 1917, las cinco sextas partes de los diputados eran mencheviques o socialrevolucionarios de derecha y de centro; y los bolcheviques, los socialrevolucionarios de izquierda y otros grupos de izquierda constituían sólo una pequeña fracción del todo. Lenin y Trotsky declararon en vano al Congreso que había llegado el momento de que los socialistas formaran su propio gobierno como expre- sión directa del poder de los trabajadores manifestado en los soviets. Los cadetes y demás grupos burgueses, afirmó Trotsky en el Congreso, no tenían ya un núcleo importante de seguidores y ya era hora de elimi- narlos. Esto habría significado, por supuesto, si el Congreso hubiera aceptado sus ponencias, que el poder habría pasado a manos, no de los bolcheviques y sus aliados, sino de los mismos grupos socialistas mode- rados ya representados en el gobierno. Pero también habría significado que los ministros habrían dependido claramente de los soviets, cuya composición estaba sujeta a una variación continua; y, en esas condi- ciones, se habrían visto irresistiblemente empujados a la izquierda por la creciente urgencia de la demanda de paz y la negativa de soldados y campesinos a posponer la resolución del problema de la tierra hasta la reunión de una Asamblea Constituyente, todavía no elegida. Cualquier ministro que se negara a suscribir cualquiera de estas demandas se ha-

bría visto rápidamente desplazado en favor de alguien más capaz de representar los sentimientos de trabajadores y campesinos y de realizar sus deseos.

No sólo los ministros socialistas, sino también los partidos que los apoyaban, tenían plena conciencia de esto y, en consecuencia, los par- tidarios de dar todo el poder a los soviets no fueron apoyados y el gobierno provisional recibió el voto de confianza del Congreso. Los izquierdistas estaban, en efecto, en una posición difícil. Lenin, en el Congreso, apeló a los ministros socialistas para que rompieran con los cadetes y formaran un gobierno totalmente socialista, responsable ante los soviets. Esto habría significado un gobierno de mencheviques y socialrevolucionarios responsable ante organismos en los que esos dos partidos tenían una aplastante mayoría. Los bolcheviques y sus parti- darios habrían quedado en oposición al gobierno, pero con dificultades para oponérsele supuesto que tenía una base de apoyo firme en los soviets. Los bolcheviques, sin embargo, no podían proponer otra cosa en esa etapa; porque Lenin y sus compañeros eran absolutamente con- trarios a tomar el poder antes de tener una mayoría tras de sí en los soviets, al menos en las grandes ciudades. Había otros, incluyendo al- gunos socialrevolucionarios de izquierda y anarquistas, que querían una maniobra inmediata para derrocar al gobierno por la fuerza, aunque tu- viera el apoyo de los soviets. Estos elementos sostenían que, aunque los soviets votaran en favor del gobierno, la mayoría de sus miembros eran en realidad hostiles a su política —sobre todo, a la continuación de la guerra del lado de los aliados— y se agruparían alrededor de cual- quiera que les prometiera paz y tierra. Lenin, por otra parte, sabía que, aunque la opinión de los trabajadores en Petrogrado se desplazaba rápida- mente hacia la izquierda y podría ser posible el derrocamiento del gobierno mediante un golpe, en las provincias la situación no era la misma, y un golpe con éxito en Petrogrado podría sólo aislar a la capital y dejar en libertad de acción a la contrarrevolución en el resto del país. Por tanto, opinaba enérgicamente que era necesario abstenerse y, cuando una proyectada manifestación de masas de la izquierda para pedir un gobierno socialista fue prohibida por el Congreso de los Soviets, persua- dió al partido que aceptara la prohibición. La mayoría del soviet pro- cedió entonces a organizar otra demostración de masas, que debería marchar frente al Congreso reunido. Tuvo lugar el 18 de junio y, para desaliento de los organizadores, los manifestantes, o gran parte de ellos, pidieron la renuncia de los ministros no socialistas y la toma del poder por los soviets. La manifestación, sin embargo, fue ordenada y no se intentó convertirla en un golpe revolucionario. Sirvió sólo para mos- trar hasta qué punto la opinión en Petrogrado había ido más allá de la

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actitud de los delegados electos un poco antes para asistir al Congreso de los Soviets y para indicar la precariedad del sostenimiento del go- bierno de coalición.

El gobierno de Lvov, con su minoría socialista, duró hasta julio. Kerensky, ministro de la guerra, lanzó la mal vista ofensiva que demos- tró qué poco deseo de lucha heredada del zarismo quedaba en el ejército y, tras las líneas, la desintegración aumentó y los ministros socialistas siguieron demostrando su impotencia. Vinieron entonces, a principios del mes, "los días de julio", acerca de los cuales se ha discu- tido tanto desde entonces. Sin actuar aparentemente por órdenes con- certadas, los soldados y trabajadores se lanzaron de nuevo a la calle, exigiendo algo que no estaba claro: pan, paz, renuncia del gobierno o todo el poder para los soviets.

Entonces muchos, incluyendo no pocos socialistas moderados, afir- maron —y lo creían probablemente— que los "días de julio" fueron el resultado de un complot de los bolcheviques y sus aliados para tomar el poder. Pero todas las pruebas que conozco están en contra de esta opinión. Por el contrario, parece bastante evidente que los líderes bol- cheviques, incapaces de evitar las manifestaciones y sin muchos deseos de hacerlo, trataron de evitar que condujeran a un golpe revolucionario, para el que Lenin y los miembros más cautelosos del Comité Ejecutivo Central consideraban que la situación no estaba todavía madura. Las causas que provocaron el gran y espontáneo movimiento de soldados y trabajadores parece haber sido la -escasez cada vez más aguda de alimen- tos y otros suministros y el gran malestar en la población de Petrogrado, agravado por las demandas adicionales de las fuerzas armadas en relación con la infortunada ofensiva militar. Con el malestar surgía una de- manda cada vez más urgente de paz y una protesta mayor contra la continuación de la guerra en apoyo de los fines bélicos de los ingleses y los franceses, así como del imperialismo ruso y, en consecuencia, un sentimiento de la inutilidad de la participación socialista en un gobierno donde los cadetes eran todavía el partido predominante. Actuaban en común factores políticos y económicos; pero estos últimos parecen haber sido los más importantes en la precipitación del movimiento de masas. La conducta sin objetivos y no coordinada de los diversos grupos de manifestantes parece demostrar la ausencia de una dirección central; y, por no haberla, el movimiento desapareció gradualmente, a medida que los soldados volvieron a sus barracas y los trabajadores a las fábri- cas, sin saber qué hacer. Pero los "días de julio" aunque terminaron sin un climax, transformaron en muchos aspectos la situación —tanto más cuanto que, casi simultáneamente con su terminación, se recibieron las noticias de que la ofensiva militar había fracasado—. Siguió una in-

tensa campaña contra los bolcheviques, a quienes se acusaba no sólo de haber preparado un levantamiento fracasado, sino también de ser agentes de Alemania y responsables del desastre militar. Lenin, Trotsky y otros muchos, fueron abiertamente acusados de ser espías alemanes. El episodio del viaje de Lenin, a través de Alemania, en un vagón blindado y los alegatos de que recibía fondos de Alemania para utili- zarlos en sabotear el esfuerzo bélico fueron ampliamente publicados como prueba del cargo que, de hecho, era parcialmente verídico, pues- to que Lenin sí recibió dinero alemán y su ayuda para llegar a Rusia y hacía lo posible por obstruir la continuación de la guerra y alentar la rebelión en las fuerzas armadas aunque, por supuesto, actuaba así, no por el interés de Alemania, sino de sus propios fines revoluciona- rios. Los cargos, sin embargo, hicieron mucho por el momento en descrédito del partido bolchevique y disminuyeron la base de su apoyo. Importantes bolcheviques fueron arrestados y encarcelados y pronto los arrestos se extendieron a otros que eran sospechosos de simpatizar con ellos, incluyendo a Trotsky y Lunacharsky. Hasta Chernov, el minis- tro socialrevolucionario de agricultura, se vio forzado a renunciar por- que había participado en la Conferencia de Zimmerwald de 1915, aunque de hecho había apoyado vigorosamente el esfuerzo bélico. Se produjo un clamor general contra la izquierda, pero, contra esto, el desas- tre de la ofensiva hizo por fin insostenible la posición del gobierno de Lvov. Los cadetes no fueron eliminados, pero Kerensky fue desig- nado primer ministro en un nuevo gobierno de coalición donde los socialistas moderados tenían, por primera vez, cargos importantes. Lenin y Zinoviev, después de algunas vacilaciones y bajo la presión de sus colegas de partido, se escondieron. Los mencheviques y los socialrevo- lucionarios de derecha quedaron solos para intentar capear la tormenta; pero si tuvieron alguna oportunidad, fue fatalmente perjudicada por su persistente alianza en el gobierno con los cadetes y su insistencia en pro- seguir la guerra.

Los cadetes, por su parte, estaban seriamente preocupados por su reducido papel en el gobierno y, muchos de ellos, en el frenesí anti- izquierdista que siguió a los "días de julio" empezaron a coquetear con ideas contrarrevolucionarias. Fuertemente hostiles al socialismo, com- prometidos a continuar la guerra del lado aliado y confiando en el par- lamentarismo occidental como la única base adecuada para el gobierno de Rusia, veían que el país se inclinaba hacia soluciones socialistas de sus problemas económicos, hacia una paz por separado y desastrosa con Alemania, en las condiciones que ésta impusiera, y hacia el dominio soviético. Se habían comprometido, con los partidos socialistas, a con- vocar una Asamblea Constituyente que determinara la futura Consti-

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tución de Rusia; pero no se decidían a hacer las elecciones para esa Asamblea, porque conocían su propia debilidad electoral y temían que su composición resultara principalmente socialista. Muchos empezaron a pensar que el único camino hacia la cordura —es decir, al gobierno parlamentario liberal— podría estar en una contrarrevolución que espe- raban poder controlar antes de que fuera demasiado lejos y que ten- dería a deshacer la Revolución.

La contrarrevolución, no obstante, podía producirse sólo por la acción de los generales y oficiales del ejército; y la cuestión era si los soldados los seguirían, una vez abierta la brecha. Aun si así fuera, no era fácil para los generales en el frente ordenar que se retiraran de sus posiciones para atacar a su propio pueblo. Lo que habría preferido el gobierno habría sido, no la contrarrevolución abierta, sino el apoyo de unidades leales del ejército contra los regimientos desafectos que constituían la mayor parte de la guarnición de Petrogrado y, en caso posible, la eliminación de esos elementos de la capital. Los regimientos de la guarnición, sin embargo, se negaron a moverse y los intentos de Kerensky de llevar allí más unidades 'leales" del frente sólo preparó el camino para la rebelión del general Kornilov y, después de su fra- caso, para la toma del poder por los bolcheviques.

Por supuesto, no todos los cadetes pensaban en la contrarrevolución. No pocos simpatizaban con la reforma social y no deseaban ver el regreso al viejo orden zarista. Algunos se hicieron socialistas, uniéndose a los mencheviques o a los socialrevolucionarios, mientras que se oponían ardientemente a los bolcheviques y a la amenaza de dominio soviético. Pero la mayoría de los que tendían hacia la izquierda, al darse cuenta de la bancarrota de los partidos burgueses, siguieron apoyando la par- ticipación rusa en la guerra y dando gran importancia a la alianza bélica porque unía a Rusia a las democracias occidentales parlamenta- rias, a cuya imagen deseaban reconstruir el Estado zarista. Estas per- sonas apoyaban a los gobiernos provisionales en turno y sacudían la cabeza ante la creciente desintegración de las fuerzas armadas bajo la influencia de la propaganda subversiva de los bolcheviques en favor de una paz inmediata.

Entretanto, los soldados que formaban la guarnición de Petrogrado y habían hecho la Revolución de febrero al negarse a reprimir a los manifestantes, eran el blanco de una propaganda incesante de los bol- cheviques y sus aliados. Por haber destronado, con su actuación, al zar y haber establecido soviets a los cuales no se atrevían a desobedecer sus oficiales, estaban en situación de decidir por sí mismos qué órdenes debían aceptar o rechazar y, en especial, si debían permitir que se les alejara de Petrogrado para participar en !a renovada ofensiva o insistir

en que su tarea estaba en permanecer en la capital para defenderla contra los alemanes, si éstos marcharan sobre ella, para rechazar la con- trarrevolución y hasta contra el gobierno provisional, si éste tratara de sofocar a los trabajadores con las fuerzas armadas. Los bolcheviques, en sus intentos de ganarse a los soldados de la guarnición, tenían la gran ventaja de que pocos de ellos sentían la urgencia de participar activa- mente en la guerra y que la mayoría prefería quedarse en Petrogrado, con las flexibles condiciones de disciplina y prestigio popular que su participación en la Revolución les había ganado. Estaban dispuestos a luchar, si era necesario defender a Petrogrado contra un ataque ale- mán, pero no a ser enviados lejos, para sufrir las incomodidades del frente, por una causa en la que no creían, o a ser utilizados como conspiradores contrarrevolucionarios o por un gobierno indigno de con- fianza, para reprimir a los trabajadores. Esta actitud los disponía más y más a escuchar con simpatía, no tanto a los bolcheviques como tales sino a los emisarios del Soviet de Petrogrado, independientemente de sus relaciones de partido. A medida que el soviet se volvió, gradual- mente, bolchevique, los regimientos de la guarnición cambiaron en con- secuencia hasta que, en las etapas finales de la preparación de la Revo- lución de noviembre, la mayoría de ellos pudieron responder al llamado del Comité Militar Revolucionario del Soviet y desempeñar su papel contra Kerensky en el golpe que llevó al Partido Bolchevique y a sus aliados al poder. Pero, en el momento de la rebelión de Kornilov, toda- vía no se había alcanzado esta etapa. En verdad, los dos intentos de Kerensky, anteriores a la rebelión, de llevar a la capital más unidades militares del frente y después la rebelión misma, desempeñaron papeles importantes en la conversión de los regimientos de la guarnición en auxiliares y fomentadores de la segunda Revolución.

Hasta donde yo sé, las circunstancias que condujeron al intento de putsch de Kornilov nunca quedaron claramente demostradas. Kerensky fue acusado, por entonces, por los bolcheviques de haberlo apoyado; pero es un hecho indudable que, cuando Kornilov levantó realmente el estandarte de la revuelta contra él, Kerensky invocó toda la ayuda que pudo obtener para derrotar a la contrarrevolución. Kercnsky, desde los "días de julio", había perseguido a los bolcheviques y tratado de des- armar a las Guardias Rojas que actuaban en nombre de los obreros de las fábricas; pero tan pronto como Kornilov anunció su intención de marchar sobre Petrogrado y liquidar la Revolución los ministros se vieron obligados a acudir a los soviets y a la guarnición v los marinos de Kronstadt para detenerlo, todos ellos en la extrema izquierda, v acu- dir en defensa del gobierno. Los bolcheviques y sus aliados tuvieron entonces alguna dificultad para decidir lo que debían hacer. No que-

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rían defender a Kerensky ni a su gobierno; pero mucho menos podían contribuir al derrocamiento de la Revolución por la fuerza militar. Cuando una diputación de los marinos de Kronstadt visitó a Trotsky en la prisión y le pidió consejo, Trotsky les dijo sin vacilar que su deber era defender a la Revolución contra sus enemigos, aunque esto signi- ficara, en el caso inmediato, ir en ayuda de Kerensky. Los marinos respondieron y lo mismo hicieron los comités de los regimientos y los líderes bolcheviques. La derrota de Komilov se realizó, no mediante la lucha abierta, sino a través de la propaganda efectuada por los bol- cheviques y sus aliados. En vez de atacar la capital, los soldados de Kornilov, después de avanzar casi hasta sus límites, se retiraron, de- jando a Kerensky formalmente victorioso aunque, de hecho, casi inde- fenso ante las fuerzas rápidamente crecientes de la izquierda. Los mi- nistros restantes del grupo de los cadetes renunciaron en protesta contra la invocación de Kerensky a los "traidores" izquierdistas contra el putsch de Kornilov; y los ministros socialistas también renunciaron porque des- aprobaban las supuestas intrigas de Kerensky con Kornilov, anteriores al putsch. Kerensky, incapaz de reunir un gabinete popular, gobernó lo mejor que pudo durante el mes siguiente, con ayuda de un pequeño Directorio nada representativo, que apenas suscitaba algún apoyo po- pular.

¿Cuáles fueron la verdadera naturaleza e importancia del putsch de Kornilov? Su propósito fue, indudablemente, acabar con los elementos antibelicistas dominantes en Petrogrado y llevar a Rusia nuevamente a la guerra, bajo una dirección autoritaria, pero no necesariamente res- taurar el régimen zarista. Kornilov parece haber creído más en el gobierno autoritario que en el zarismo y es significativo que tuviera el apoyo de Savinkov, antiguo líder del sector terrorista de los social- revolucionarios y que no era, desde luego, zarista, mientras que Kerensky se le opuso llegado el momento. La verdad parece ser que la rebelión de Kornilov, con su fracaso, fortaleció grandemente a los bolcheviques y desacreditó a todos los grupos derechistas, hubieran o no estado im- plicados en ella y aunque no la hubieran favorecido. Kerensky com- prendió, aunque ya en la hora crítica, que si Kornilov capturaba Petro- grado el único resultado posible sería la guerra civil, en la cual su