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60 TRES CONFERENCIAS

3 Véase vol III, pp 428-9.

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desearan aplastar la Revolución o sólo impedir que se saliera de su con- trol y utilizarla como medio para el establecimiento de un gobierno constitucional bajo un sistema zarista modificado. A los ojos de los par- tidos centristas de la Duma —octubristas, cadetes y burgueses progre- sistas— la necesidad inmediata era establecer una autoridad constitucio- nal capaz de gozar de la lealtad de la gran maquinaria del servicio civil y de los jefes militares, de administrar el país y proseguir la guerra. El nuevo gobierno habría preferido hacerlo con un nuevo zar, dispuesto a servir como monarca constitucional y de dar a la Revolución la sanción de la legalidad. Pero el gran duque Miguel, comprendiendo el estado de ánimo del pueblo mejor que los políticos, renunció a suceder al zar y dejó que el gobierno del príncipe Lvov hiciera frente al futuro sin su ayuda.

El nuevo gobierno se convirtió así en republicano contra su voluntad y dependiente en su autoridad de las fuerzas liberadas por la Revolución. Por el momento, logró conservar la lealtad del servicio civil y asegurar la adhesión de los jefes militares; y fue, después de una semana de inseguridad, reconocido por los gobiernos aliados, que observaban ansio- samente el curso de los acontecimientos y tenían miedo de que los nue- vos amos de Rusia pudieran negarse a seguir luchando contra los ale- manes y hacer una paz por separado. En tal caso, los ejércitos alemanes que estaban en el frente oriental quedarían libres para ser trasladados a Occidente, donde la presión militar era ya bastante severa; y, si no entraban en la guerra los norteamericanos, las potencias del Eje gana- rían la guerra. En verdad, aunque intervinieran los norteamericanos, era dudoso que pudieran llegar a tiempo para evitar el desastre. Los gobiernos aliados occidentales consideraron necesario, por tanto, subor- dinar cualquier otra consideración para mantener a Rusia en la guerra y aceptar cualquier gobierno ruso que mantuviera el compromiso zarista con la Triple Entente. Habían observado con desaliento la creciente desintegración de Rusia bajo el impacto de la lucha prolongada y la malísima administración y no sentían, desde luego, simpatía por el sis- tema zarista, corrompido, incompetente y brutalmente reaccionario. No obstante, la Revolución los preocupaba y su única idea era detenerla en un punto en que los rusos estuvieran todavía comprometidos a pro- seguir la guerra contra las potencias del Eje.

En Francia y la Gran Bretaña, la alianza con Rusia había sido consi- derada desde siempre con muchas reservas, no sólo por las clases traba- jadoras, sino por los grupos liberales y progresistas, y la conducta del gobierno zarista durante la guerra había aumentado mucho su impopu- laridad, no sólo entre los elementos progresistas, sino entre los más conservadores de la política occidental. En todos los países, la victoria

de la Revolución en Rusia fue saludada con entusiasmo por las clases trabajadoras y fue bien acogida también por muchos burgueses progre- sistas que esperaban significaría la unión de otro gran país a la causa de la democracia parlamentaria. Sólo los reaccionarios más extremos estaban dispuestos a pronunciarse en su contra; pero había otros, inclu- yendo a la mayoría de los líderes de los gobiernos de los países aliados, cuya actitud era ambivalente, porque temían sus efectos sobre la causa aliada. Éstos, sin embargo, se veían obligados, a pesar de sus sentimien- tos, a dar la bienvenida, públicamente, al nuevo gobierno ruso, en la esperanza de inducirlo a permanecer en la guerra y hasta a lanzar una nueva ofensiva destinada a disminuir la severa presión sobre el frente occidental.

Singularmente mal informados por sus propias embajadas en Petro- grado, cuyos miembros se codeaban sobre todo con reaccionarios y conocían mal el sentimiento del pueblo ruso, los gobiernos occidentales tenían poca idea de lo que estaba pasando realmente en ese país y de la medida en que se había producido el desplome, aun antes de la dra-

mática desaparición del zarismo. Creían que el nuevo gobierno, habien- do asegurado la lealtad de las autoridades militares y del servicio civil, estaría en posición de asumir el control del país y de conducirse en una forma, al menos, no peor que su incompetente predecesor. Al principio dieron poca importancia a la presencia en Rusia de una autoridad rival —el Soviet de Petrogrado —que todavía no pretendía ser el gobierno ni tomar el poder contra el príncipe Lvov y sus colegas. No compren- dían que, en Petrogrado, los regimientos no obedecerían órdenes si no eran suscritas por los delegados electos por los soldados para represen- tarlos, ni que soviets semejantes al de Petrogrado surgían por todas partes, no sólo entre los grupos de obreros y campesinos, sino en los ejércitos de los distintos frentes. Tampoco estos soviets pretendían asu- mir la autoridad gubernamental ni sabían claramente lo que iban a hacer. Pero constituían, colectivamente, el poder real puesto en marcha por la Revolución, mientras que el gobierno provisional, aunque los soviets no amenazaran formalmente su derecho a gobernar, tenía sólo una sombra de autoridad y no podía hacer nada positivo sin su apoyo. El soviet era, en efecto, en la situación de Rusia en 1917, un magní- fico instrumento revolucionario. Emanaba directamente, en cada región, de los grupos de trabajadores que habían sido sometidos de un modo represivo por la autocracia y aprendían ahora, ansiosamente, a actuar por sí mismos. Era, además, un instrumento totalmente flexible, que variaba día a día en respuesta a cada cambio de actitud o de opinión de las masas trabajadoras y que era objeto de confianza porque ninguno de sus miembros tenía su puesto asegurado si dejaba de reflejar los senti-

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mientos y deseos de sus representados. No se parecía a un parlamento ni a un organismo electo constitucionalmente para un término formal y capaz, por tanto, de actuar por el momento como considerara conve- niente, aun contra la opinión de sus representados. Esto significaba, sin duda, que era inherentemente inestable, mientras conservara su ca- rácter inicial. Pero, en la situación existente, su misma inestabilidad era la raíz de su poder.

Al principio, los nuevos soviets, en Petrogrado y en los demás luga- res, estaban constituidos principalmente por desconocidos surgidos de la misma Revolución. En un principio se contaban entre los miembros casi todos los socialistas activos, de todas las tendencias, que había en el lugar y estos militantes eran continuamente reforzados por exilados que volvían de Siberia o del extranjero y, en especial, en las áreas rurales, por soldados que volvían, generalmente como desertores, a sus pueblos. Al principio no había coordinación central. Cada soviet local actuaba por sí mismo, sobre todo por ignorancia de lo que pasaba en otros lugares. Pero pronto empezaron a establecerse las comunicaciones y surgió un patrón de organización central. Hubo congresos regionales que cubrían regiones más o menos extensas y luego congresos naciona- les, de soviets de trabajadores, de campesinos y de soldados de todas partes del imperio ruso.

En las primeras fases de la Revolución de marzo, los soviets, inclu- yendo al Soviet de Petrogrado, estuvieron dominados por los partidos socialistas más moderados —en las grandes ciudades, especialmente, por los mencheviques—. N. S. Chkheidze (1864-1926), notable menchevique de Georgia, fue presidente del Soviet de Petrogrado; los bolcheviques no pasaban de ser, en todas partes, una pequeña minoría. Ésta era la situa- ción que Lenin encontró cuando volvió a Rusia, procedente de Suiza, a principios de abril y apenas había cambiado cuando Trotsky llegó de los Estados Unidos un mes después. Había, además, entre los social- demócratas, numerosos grupos que se habían negado a identificarse con la facción bolchevique o la menchevique. Se encontraba entre ellos el grupo en torno a Máximo Gorki (1868-1936) y su periódico N.ovaya Zhizn (Nueva Vida), vigorosamente antibolchevique y —de mayor im- portancia— la Mezhrayonka, u Organización Intermunicipal, fundada en 1913 con la ayuda de Trotsky desde el extranjero. La Mezhrayonka incluía a muchos líderes bien conocidos antes de la Revolución —A. V. Lunacharsky (1875-1933), D. B. Ryazonov (1870-?1940), M. N. Po- krovsky (1868-1932), A. Yoffe (m. 1923), D. Manuilsky (n. 1883), M. Uritsky (1873-1918) y V. Volodarsky (1881-1915)- y otros que serían después prominentes servidores del nuevo Estado soviético, como L. Karakhan (Í889-1937). Era, principalmente, un grupo de oradores

y líderes, sin grande y definido apoyo popular, pero con apreciable influencia. Hacia este grupo gravitó Trotsky, todavía no bolchevique, a su vuelta a Rusia; y, a través de su unión con los bolcheviques se con- virtió en tal y apareció, apoyado por Lenin, como una de las principales figuras del Partido Bolchevique y de la Revolución de noviembre. Por algún tiempo después de su llegada, sin embargo, la Mezhrayonka per- maneció como grupo independiente, de pleno acuerdo con la nueva política para la cual Lenin había ganado al vacilante Partido Bolche- vique, pero distinguiéndose de éste por estar menos dispuesta a suprimir a la mayoría menchevique como traidores a la causa socialista.

El gran problema de los bolcheviques, en el momento de la llegada de Lenin a Rusia, había sido qué clase de revolución debían pro- mover. Tradicionalmente, Lenin y los bolcheviques, lo mismo que los mencheviques, habían apoyado la opinión de que Rusia estaba dema- siado subdesarrollada económicamente para que fuera factible una revo- lución socialista y que la Revolución tendría que detenerse temporal- mente en su fase burguesa, sin que los socialistas trataran de formar gobierno, pero ejerciendo una presión independiente sobre el gobierno en interés de los trabajadores. Había sido obvio, no obstante, desde la formación misma del primer gobierno del príncipe Lvov, fundado en los octubristas y los cadetes, que estos partidos carecían del apoyo popu- lar necesario para el ejercicio del poder real; y, desde un principio, el Soviet de Petrogrado había sido, necesariamente, mucho más que un simple grupo de presión influyendo desde el exterior. El soviet se vio obligado pronto, virtualmente, a actuar en muchos cas^s como un poder independiente, por ejemplo, al suscribir las órdenes del gobierno que ni los regimientos ni los trabajadores de las fábricas habrían obedecido sin su sanción y al obligar al gobierno a publicar declaraciones que iban en contra de sus verdaderas opiniones. El dualismo de autoridad entre el gobierno provisional y el soviet se había hecho importante, cuando menos en junio, no porque el soviet lo planeara deliberada- mente, sino porque las realidades del poder lo hacían indispensable para la existencia del gobierno. Algunos miembros importantes del primer gobierno provisional no estaban dispuestos en absoluto a acep- tar compartir indefinidamente el poder con los soviets. Los octubristas en particular se rebelaron contra la aceptación de que el soviet tuviera una autoridad independiente y querían restaurar la antigua Duma para dar cierta legalidad a su posición en el gobierno. Su líder, Guchkov, como ministro de la guerra, se dedicaba a restablecer la disciplina en el ejército y a eliminar a los soviets de los regimientos, sin cuya anuencia los soldados se negaban a obedecer órdenes de los oficiales. Cuando

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fracasó en su intento renunció y, al hacerlo, contribuyó grandemente a hacer insostenible la posición del gobierno.

El golpe definitivo al primer gobierno provisional, no obstante, se debió al líder de los cadetes, Milyukov, ministro de relaciones exterio- res, quien declaró, en respuesta a la presión de los gobiernos aliados, que la nueva Rusia asumiría los objetivos bélicos de la vieja Rusia y sostendría los tratados en los que se habían expresado estos fines. Esta declaración, que habría comprometido a Rusia a una lucha hasta el final en apoyo de la política imperialista del zarismo, provocó una reacción tan grande que Milyukov tuvo que renunciar, a su vez, y el gobierno se desintegró. ¿Quién tomaría su lugar? Los partidos bur- gueses no podían salir adelante, obviamente, sin el apoyo socialista; ¿debían entonces los socialistas consentir en una coalición con ellos, o con lo que quedaba de ellos después de la renuncia de Guchkov y de Milyukov? La única alternativa parecía ser la formación de un gobierno totalmente socialista, o no formar gobierno —lo que habría significado que los soviets habrían tenido que tomar el poder en sus manos—. Pero los soviets no estaban organizados para tomar el poder. El primer Congreso Nacional de los Soviets no se había reunido aún y los partidos socialistas no estaban dispuestos a formar un gobierno que los jefes militares y los miembros del servicio civil se negarían probablemente a reconocer o a obedecer. Los bolcheviques lanzaban, por esta época, el grito de "¡Todo el poder para los soviets!" y rechaza- ban la idea de una coalición con la burguesía. Pero su influencia era todavía pequeña: eran los mencheviques y los socialrevolucionarios los que tenían que decidir cómo resolver la situación.

La mayoría se puso de parte de la coalición, no porque les satisfa- ciera sino porque no sabían qué otra cosa podían hacer. Decidieron, de hecho, apoyar a un nuevo gobierno provisional todavía encabezado por un no socialista —el príncipe Lvov— y en el cual los ministros socialistas estaban en minoría. En verdad, muchos socialistas acepta- ron más fácilmente esa coalición que si hubieran tenido en ella los socialistas una posición dominante. Y esto se debía a varias razones. Una —muy importante a sus ojos— era que un gobierno principal- mente socialista no habría podido dejar de adoptar una política am- pliamente socialista, cuando los mencheviques estaban convencidos, en su mayoría, de que Rusia no estaba madura para semejante política y necesitaba un gobierno que favoreciera el rápido desarrollo capita- lista. Una segunda razón era que el gobierno necesitaba asegurar la obediencia, si no la lealtad, de las fuerzas armadas, lo que habría sido muy difícil, si no imposible, para un gobierno socialista. Una tercera razón, me parece, era que muchos socialistas tenían miedo de asumir

el poder en las difíciles condiciones que prevalecían y muchos desea- ban un gobierno que los soviets pudieran criticar y, en caso necesario, frenar, más que un gobierno que tuvieran que reconocer como repre- sentativo de ellos mismos.

En todo caso, el segundo gobierno Lvov estaba formado con ocho ministros no socialistas y seis socialistas; y entre éstos se encontraban Kerensky como ministro de la guerra, Victor Chernov (1873-1952) como ministro de agricultura, M. I. Skobelev (1885-1930) como mi- nistro del trabajo e l . G. Tseretelli (1882-?) como ministro de correos y telégrafos. De ellos, Kerensky y Chernov eran socialrevoluciona- rios, Tseretelli un conocido menchevique, y Skobelev un antiguo co- laborador de Trotsky que había participado activamente como men- chevique en la cuarta Duma.

El primer Congreso Nacional de Soviets, fuertemente dominado por mencheviques y socialrevolucionarios, tenía que ser convocado todavía cuando asumió el poder el nuevo gobierno provisional y fue el Soviet de Petrogrado el llamado a pronunciarse en la cuestión de la participa- ción socialista. Lo hizo, en favor de la participación, por una gran mayo- ría, después de un debate en el curso del cual Trotsky, el día después de su llegada a Rusia, expresó su opinión del peligro de la coalición y su convicción de que el siguiente paso debía ser la toma de todo el poder en manos de los soviets, como representantes de las masas trabajadoras. La coalición, decía, no pondría fin al dualismo de control: sólo transferiría el dualismo al mismo gobierno. Trotsky hizo así su primera aparición pública como aliado de los bolcheviques, aunque aún no tenía plena conciencia de ello, porque no descubrió cuan drásticamente había logra- do ya Lenin cambiar la política bolchevique en la dirección que antes había sido la suya. Con anterioridad Lenin fue quien había insis- tido en que la Revolución rusa podía ser sólo, por el momento, una revolución burguesa; mientras que Trotsky, como vimos,4 había soste-

nido que la simple presión de los acontecimientos forzaría a los traba- jadores a tomar la dirección y hacer su propia Revolución. Lenin adoptó esta opinión y persuadió a su partido, frente a la oposición de Kamenev, a que suscribiera el lema de "¡Todo el poder para los soviets!", que suponía una declaración de guerra al gobierno provi- sional. Esto no significaba que Lenin se hubiera convertido sencilla- mente a las ideas de Trotsky: en el problema de la correcta organiza- ción del partido y la actitud hacia los demás partidos socialistas estaban aún a considerable distancia. Pero Lenin había cambiado su opinión acerca de la naturaleza de la Revolución que se estaba desarrollando