60 TRES CONFERENCIAS
2 Véase vol III, pp 434-5.
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tíeron, aunque con bases diferentes, la actitud revolucionaria antibelicista de los bolcheviques, con quienes se unirían por un tiempo después de la Revolución de Octubre. Entre los dos extremos había muchos grupos intermedios, desde los partidarios campesinos de Víctor Chernov (1873- 1952) hasta los trudovicos de Kerensky y, en cuanto a la actitud hacia la guerra, desde el apoyo a los aliados hasta una posición cercana al "internacionalismo" de Martov.
En el periodo que siguió al asesinato de Stolypin, en septiembre de 1911, el gobierno zarista había seguido un camino persistentemente reaccionario. El sucesor de Stolypin, conde V. N. Kokovtsev, era un funcionario totalmente conservador quien buscaba el favor de la corte y no hacía intento alguno de cooperar siquiera con la mayoría conserva- dora de la Duma, a la que se oponía completamente. Con él, la zarina pudo imponer sus opiniones reaccionarias y lograr la designación de antidemócratas intransigentes en posiciones claves; y la siniestra influen- cia del abominable Rasputín pudo crecer. A la larga, las reformas agra- rias de Stolypin pudieron haber creado la minoría de campesinos relati- vamente acomodados, técnicamente progresistas y antirrevolucionarios en la que depositaba sus esperanzas y, con ello, se habían establecido, en una parte del país, los métodos de cultivo que deseaba de carácter más capitalista. Pero, por el momento, la situación de la mayoría de los cam- pesinos empeoraba cada vez más, a medida que la presión sobre las limita- das tierras que poseían crecía con el aumento de la población. Stolypin tuvo bastante éxito en la destrucción de los viejos sistemas colectivos de propiedad y cultivo y en la transferencia de la gran parte de la tierra a la propiedad individual. Pero, por el momento, esto sólo empeoraba las cosas, ya que la mayoría de los campesinos no tenían ni el conocimiento ni los recursos necesarios para la aplicación de mejores métodos y las pequeñas y con frecuencia dispersas extensiones de tierra eran muy im- productivas. En consecuencia, después de un periodo de calma que siguió al despiadado sofocamiento de la Revolución de 1905, el malestar campesino empezó pronto a aumentar y a ser reprimido con la misma ferocidad de antes. El malestar también se desarrolló rápidamente en las ciudades entre los trabajadores industriales; y también en este caso las huelgas y disturbios, cada vez más numerosos, fueron sofocados con vio- lentas medidas represivas en contra de los sindicatos y de los agitadores socialistas, a quienes se echó la culpa. De 1912 a 1914 hubo una serie de grandes huelgas en San Petersburgo, Moscú y otros centros industria- les, y ya las cosas ardían para una nueva revolución antes de estallar la guerra.
Hubo también, en estos años, serios escándalos por la corrupción de los altos círculos oficiales, especialmente en relación con la administra-
ción militar. En el exterior, Rusia trataba de seguir una política impe- rialista, lo que llevó al gobierno del zar a un agudo conflicto con Aus- tria-Hungría y Alemania, especialmente acerca de las cuestiones de los Balcanes. Los rusos ayudaron a fomentar la primera guerra de los Bal- canes, de la que esperaban aprovecharse aumentando su influencia en el Cercano Oriente; pero, en las grandes negociaciones de las potencias que siguieron a la segunda guerra de los Balcanes, sufrieron un serio revés diplomático cuando no lograron salvar a sus protegidos búlgaros de la derrota. El gobierno zarista no se sentía entonces lo bastante fuerte para ir a la guerra sin la seguridad del apoyo de sus aliados occidentales. Quedó adolorido, resintiendo la derrota y de ninguna manera en dispo- sición de aguantar otra agresión traicionera de Austria o Alemania. En consecuencia, en 1914, Rusia, acudiendo en apoyo de los servios después del ultimátum austro-húngaro, se lanzó y complicó a Alemania en el conflicto, arrastrando a Francia y a la Gran Bretaña como aliados. En esta situación, Rusia entró en una guerra mundial para la cual no estaba equipada en absoluto, tanto porque las fuerzas armadas estaban en muy mal estado como porque, además, sus recursos productivos y sus medios de transporte eran totalmente incapaces de afrontar el esfuerzo. Los rusos carecían no sólo de las fuerzas necesarias sino de los medios para maniobrar rápidamente. Lo más que podían hacer era lanzar grandes masas de soldados mal entrenados, carentes de equipo y mal vestidos y alimentados a los campos de batalla, sin medios para enviarles suminis- tros adecuados. Estas masas, con la ayuda de suministros aliados, podían ser utilizadas para obtener éxitos militares inmediatos, por el impacto de su número; pero, a pesar del valor individual de los soldados en ba- talla y la presencia de no pocos líderes militares capaces, no podían resistir cuando encontraban una oposición sostenida de fuerzas mucho mejor organizadas y con buenos suministros.
El gobierno ruso, en vez de tratar, en su situación, de compartir su responsabilidad con los partidos y grupos dispuestos a cooperar en el esfuerzo bélico, utilizaron la guerra como una oportunidad para inten- sificar la represión. Después de las severas derrotas que ocurrieron en la primavera de 1915, la situación militar y la interna empeoraron rápi- damente. Hubo un intento de unir a las clases ricas en apoyo del es- fuerzo nacional y de improvisar servicios de voluntarios para ayudar a la nación en su situación de emergencia; y los zemstvos, bajo la dirección del príncipe Lvov y con el apoyo de los cadetes burgueses, incluyendo a muchos profesionistas, hicieron algo por organizar servicios hospita- larios y los suministros necesarios. Pero estos esfuerzos fueron parali- zados, en gran medida, por la insensata conducta del gobierno y la corte, donde Rasputín gozaba de mayor favor que nunca. El zar partió
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hacia el. frente para asumir el mando personalmente —y más aún para escapar a la sofocante atmósfera de la capital—; pero esto no controló de ninguna manera la conducta del gobierno ni enmendó el desplome ad- ministrativo. En 1916 hubo deserciones constantes del frente y soldados hambrientos empezaron a rondar los campos en busca de alimentos. Una huelga en las obras de Putilov fue sometida con la mayor violencia. La Duma, que había sido suspendida desde el comienzo de la guerra, fue convocada nuevamente en 1916, para tratar la creciente crisis finan- ciera; pero su demanda de un gobierno más responsable "no fue aten- dida. El ejército y la población hambreada de las ciudades estaban llegando al límite de la resistencia. La revolución se acercaba; pero no parecía haber un líder. La mayoría de los principales líderes socialistas, de todos los partidos, estaban en prisión o en el exilio, en Siberia o en el extranjero; y los partidos burgueses de la oposición —con excepción de Milyukov y sus seguidores del grupo de cadetes— no estaban dispues- tos, en su mayoría, a dirigir una revolución que se consideraban impo- tentes de controlar —tanto más cuanto que la revolución en tiempo de guerra les parecía constituir una traición a la causa nacional, que apo- yaban y además, si llegaran a perder el control, el peligro de un rompi- miento con los aliados, de los que Rusia dependía para los suministros de guerra—. En consecuencia, un mes tras otro, nada sucedió excepto nuevos desastres militares y un deterioro cada vez más rápido de las condiciones interiores.
Al final, la Revolución no se planeó ni se dirigió. Simplemente se produjo. Surgió a través de los motines de gente que exigía pan, por lo que se llamó al ejército con el fin de sofocarlos, y la hicieron, en verdad, los soldados, no en el frente, sino en Petrogrado —el nuevo nombre de San Petersburgo desde que estalló la guerra—. Se produjeron motines antes de marzo de 1917, aunque esporádicos que habían sido sofocados, y los cosacos, el sector más confiable del ejército zarista, permanecieron fieles a sus oficiales. Entonces, súbitamente —y sin una razón especial: porque el sufrimiento, la frustración y la sensación de ser víctimas de un gobierno incompetente y opresor no eran razones especiales— regimiento tras regimiento de la guarnición de Petrogrado se negaron a obedecer las órdenes y marcharon por la ciudad, sin saber a ciencia cierta qué debían hacer. Los trabajadores de las fábricas se lanzaron a la calle y empezaron a celebrar grandes manifestaciones. Surgieron líderes que pronunciaron fervientes discursos, de acuerdo con sus respectivas ten- dencias. Los soldados, llamados para dispersar las manifestaciones de civiles, se negaron y se amotinaron, entregando muchos sus armas a los trabajadores desarmados. Soldados rebeldes ocuparon edificios claves; pero todavía no había un plan, una dirección central, ni idea de lo que
debía hacerse después. La Duma, sorprendida por el estallido, no tenía tampoco idea de cómo reaccionar. La mayoría de sus miembros eran monárquicos y reaccionarios; los octobristas —el partido que representaba a los terratenientes constitucionalistas y a la alta finanza y los cadetes; el partido de los terratenientes, industriales y comerciantes más progre- sistas y también de los intelectuales burgueses y las clases profesiona- les— tenían en total menos asientos que los partidos de derecha. Los socialistas y trudovicos sobrevivientes eran sólo unos cuantos. Pero había que hacer algo; y, aun en una Duma como ésta, la exasperación contra el gobierno del zar era intensa. Los octubristas y los cadetes se unie- ron y, al llegar noticias del desplome absoluto de la autoridad en todas partes, decidieron que no había otra alternativa que la abdicación del zar, para lo cual enviaron emisarios a los cuarteles generales del ejército. Esperaban, no obstante, salvar a la monarquía eliminando al monarca. El zar, ante la insistencia de los emisarios, consintió en abdicar y designó a su hijo como sucesor, para variar luego de opinión y nombrar, en su lugar, al gran duque Miguel. Los partidos de la Duma formaron un gobierno provisional, con el príncipe Lvov, dirigente de la organización zemstvo y aristócrata moderado, como primer ministro; el líder octubris- ta, A. I. Guchkov, como ministro de la guerra; el cadete Paul Milyukov como ministro de relaciones exteriores, y Alexander Kerensky (nació en 1881), como representante de la izquierda, como ministro de justicia. Este ministerio, en un principio sin Kerensky, fue formado con gran apuro, el día anterior a la abdicación, porque ese mismo día había surgi- do un organismo rival que, se temía, podría desafiar la autoridad de la Duma y tratar de llevar la Revolución más adelante en vez de detenerla en la fase a la que ya había llegado. Este nuevo organismo era el Soviet de Trabajadores y Soldados de Petrogrado, integrado por miem- bros electos directamente por los soldados y obreros en los regimientos y grupos de las fábricas y susceptibles de ser depuestos y sustituidos en cualquier momento por los grupos que los habían elegido.
El soviet que surgió, así, súbitamente en los críticos días de marzo era, por supuesto, una vuelta a los grandes días de 1905, cuando un organismo semejante de delegados de los obreros —sin la misma base de apoyo de los regimientos— había desempeñado, bajo la dirección de Trotsky, un papel vital en la primera Revolución.3 Era natural que
este precedente fuera recordado y utilizado por los líderes obreros que tra- taban de ordenar y dirigir la incoherencia del estallido. Era también natural que la aparición en escena de ese organismo produjera hondas preocupaciones en los dirigentes de los partidos en la Duma, ya porque