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60 TRES CONFERENCIAS

1 Véase vol III, p, 287.

y parlamentarios, salvo en muy pequeña medida. Ambos suponían que, dada una mayoría socialista entre los electores, sería imposible que el gobierno irresponsable del Kaiser y de las clases dominantes se mantu- viera, y que tendría que reemplazarlo un régimen democrático respon- sable, sin oponérsele seria resistencia o, en todo caso, sin la necesidad de una guerra civil realmente dura. Los que no aceptaban esta opinión —Rosa Luxemburgo, por ejemplo— estaban menos en desacuerdo con Kautsky y Bebel que con Bernstein o Georg Vollmar: constituían un tercer grupo en la extrema izquierda del partido y tenían conciencia de la pequeñez de su influencia en sus decisiones y de la disminución de su influencia a medida que los grupos de derecha y de centro se unían más, después de las conmociones de 1905.

En efecto, mucho antes de 1914, la concroversia sobre el revisionis- mo había casi dejado de contar y las cuestiones de política internacional habían asumido un papel cada vez más importante en los asuntos del partido. Como vimos,2 la Revolución rusa de 1905 había llevado a la

Comisión Central Sindical, bajo la dirección de Karl Legien (1861- 1920), a declararse decisivamente en contra de la política de huelga general, de la que era partidaria muy vehemente Rosa Luxemburgo; y, a través de las siguientes discusiones en la Internacional, los alemanes se habían opuesto vigorosamente a esa política, aunque finalmente acep- taron, bajo cierta presión, la resolución ambigua aprobada en Stuttgart y reafirmada en Copenhague referente a la actitud que debían adoptar los socialistas ante la amenaza de guerra o ante una efectiva guerra europea. Estas discusiones, como vimos,3 versaron parcialmente sobre

el problema de la participación en la "defensa nacional"; y la delega- ción alemana hizo evidente su apoyo a la opinión de que, si Alemania era atacada, el Partido Socialdemócrata aceptaría la obligación de parti- cipar en su defensa. Jaurés había adoptado la misma posición en rela- ción con Francia, con el apoyo de una parte de la delegación francesa; pero nada se había establecido acerca de ello en la resolución de Stuttgart —o de lo contrario no habría sido suscrita por todos—. Los ale- manes, para defender su actitud, siempre habían escogido como ejemplo la amenaza de ataque o el ataque efectivo a Alemania desde el Este y se habían hecho frecuentes referencias a la defensa de la civilización alemana contra la invasión bárbara de las "hordas asiáticas de la Rusia zarista". Especialmente en Prusia, el sentimiento antirruso había sido muy fuerte entre los socialistas y los partidarios del régimen alemán existente; y el triunfo de la reacción en Rusia, después de 1905, había

2 Véase vol. III, p. 295.

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fortalecido este sentimiento y había facilitado su conciliación con los sentimientos socialistas. Fue, en gran medida, el odio a Rusia lo que impulsó a muchos de los líderes del socialismo alemán en los años ante- riores a 1914 a adoptar una actitud de creciente hostilidad hacia Francia y la Gran Bretaña, como aliadas de Rusia y los dispuso favorablemente a ponerse de parte de Alemania, en cuestiones como la política colonial y la "marcha hacia el Este", a través de la Europa suroriental.

Sin duda, a pesar de esta creciente tendencia a apoyar al gobierno alemán en las recurrentes crisis internacionales de los años de preguerra, la mayoría de los líderes de la socialdemocracia alemana deseaban ho- nestamente evitar el estallido de la guerra entre las grandes potencias y hacer lo posible, por medios constitucionales, para controlar la agresi- vidad alemana. En efecto, cuando se produjo la crisis, en julio de 1914, trataron de ejercer una influencia restrictiva sobre el gobierno alemán y evitar que otorgara su pleno apoyo a Austria-Hungría, mientras vieron cierta posibilidad de localizar el conflicto. Les hubiera satisfecho que Austria-Hungría hubiera quedado en libertad de resolver el problema con los servios sin interferencia de ninguna de las grandes potencias; y el partido hizo un intento de inducir al gobierno austríaco a adoptar una posición menos intransigente, intento que los socialistas austríacos se consideraban incapaces de hacer por la fuerza del sentimiento beli- cista en la propia Austria. Tan pronto, sin embargo, como el gobierno ruso hizo evidente su intención de intervenir en favor de los servios, el sentimiento socialista en Alemania cambió rápidamente. Era obvio que al gobierno alemán le convenía, cualesquiera que fueran las promesas hechas a Austria-Hungría, hacer aparecer que Alemania se veía obli- gada a entrar en el conflicto por la política agresiva del gobierno ruso, que amanezaba con minar la posición de Alemania en la Europa oriental y hasta lanzar un ataque directo a Alemania misma. Así se presentó ante el pueblo alemán la serie de acontecimientos que siguieron al ase- sinato de Sarajevo, pueblo que fue orillado al frenesí del sentimiento antirruso por todas las artes a disposición de las clases dominantes de Alemania. Los socialistas alemanes, cuando tuvieron que decidir, defi- nitivamente, la actitud a seguir respecto a la demanda de créditos de guerra por el gobierno, se enfrentaban ya a una situación interna en la que cualquier intento de oponerse a la guerra les habría implicado la pérdida de gran parte del apoyo del pueblo alemán y habría escin- dido, probablemente, al partido.

Señalo esto, no para exculpar al Partido Socialdemócrata alemán, sino más bien para explicar su cambio, aparentemente súbito, de acti- tud, inmediatamente antes del comienzo efectivo de las hostilidades en Occidente. Hugo Haase, cuando se reunió con los socialistas franceses

y belgas en Bruselas, el 28 y 29 de julio de 1914, parece haber pensado honestamente que era improbable que el partido rompiera con sus tra- diciones, votando los créditos de guerra en el Reichstag, y haber espe- rado todavía que sus miembros decidieran, cuando menos, abstenerse. Eso era lo que Haase, como internacionalista sincero y crítico enérgico de la política imperialista alemana, deseaba que el partido hiciera; y entonces creía todavía que su política bien establecida de negar el apoyo al presupuesto imperialista se mantendría, aun si muchos de sus miem- bros esperaran que, en una lucha contra la "barbarie rusa", su propio país saliera victorioso. Haase tomó muy poco en cuenta la extendida creencia, aun entre los socialistas, en la superioridad de la cultura ale- mana y la misión alemana de dominar a Europa como gran influencia civilizadora, y el efecto de la idea, todavía más ampliamente difundida, de que Alemania debía defenderse contra la agresión rusa. Esta idea habría sido aceptada menos fácilmente si el "mito" del predominio cul- tural de Alemania y del atraso ruso no hubieran infectado ya tan pro- fundamente la visión internacional de un amplio sector del partido. Haase, tan pronto como volvió a Alemania, encontró la plena eclosión del sentimiento patriótico y se dio cuenta de que representaba a una pequeña minoría que seguía sosteniendo que el gobierno alemán, con su apoyo a la intransigencia austríaca, había influido para que la guerra europea se hiciera inevitable. Haase y los que opinaban como él, tenían que llegar a la difícil decisión de aceptar el veredicto de la mayoría de sus colegas de partido —y de la gran masa de la opinión pública en Alemania— o de persistir en la línea de conducta que consideraban objetivamente justa y en armonía con la práctica tradicional del partido y con la lealtad al espíritu de la Internacional. Este segundo camino habría significado prescindir de la disciplina de partido e ir en contra de la tradición fuertemente establecida de la unidad del partido, así como hacer frente no sólo a una gran impopularidad entre las masas de compatriotas, sino también a la seguridad práctica de que serían per- seguidos y suprimidos por sus enemigos políticos. No sería justo afir- mar, generalizando, que, en esta crisis, les faltó valor: fue más bien que se sintieron impelidos irresistiblemente a poner la lealtad al partido por encima de las convicciones personales y esto fue así, sobre todo, por la fuerza enorme de la tradición del partido en favor de la unidad. En efecto, hicieron lo que había hecho Bernstein cuando su doctrina revi- sionista fue decisivamente rechazada por el partido: aceptaron la posi- ción de la mayoría de forzarlos a la conformidad de acción, pero se negaron a renunciar a sus convicciones o a abandonar su intento de convencer a la mayoría de su punto de vista. El mismo Haase conservó por el momento su posición de líder del partido y, temporalmente, la

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mayoría victoriosa se abstuvo de forzar su victoria hasta el punto de ex- pulsar a la minoría o de evitar que siguiera expresando sus opiniones disidentes. Hasta Karl Liebknecht, mucho más izquierdista que Haase, aceptó entonces la necesidad de someterse a la disciplina del partido como diputado del Reichstag.

En este momento, agosto de 1914, sólo 14 miembros socialistas del Reichstag, de un total de 110, votaron con la minoría en la asamblea del partido; y todos ellos, salvo quizá uno que estaba ausente cuando se votó en el Reichstag, votaron después en favor de los créditos de guerra, salvando así la solidaridad del partido a expensas de sus convicciones como miembros de la Internacional. Y ni siquiera esos 14 opinaban que debía votarse contra los créditos: sólo pedían la abstención, como lo más que podía aceptar, unificadamente, el partido. Sin duda otros, aparte de los 14, tenían reservas y votaron a disgusto, bien porque compren- dieran el papel que había desempeñado Alemania en el estallido de la guerra o porque eran lo bastante socialistas como para que les disgustara romper la larga tradición de oposición socialista al gobierno del Kaiser y a las clases dominantes de Alemania. Pero, en las semanas que si- guieron a la violación de la neutralidad belga, con los ejércitos alema- nes avanzando rápidamente hacia Occidente y un pronto y victorioso fin a la lucha aparentemente a la vista, la minoría, lejos de ganar nue- vos partidarios, perdió terreno mientras el entusiasmo por una victoria alemana se hizo más extremo y la mayoría se volvió aún más intolerante a la oposición dentro del partido. Empezó una lucha con el fin de expulsar a los partidarios de la minoría de posiciones importantes en la prensa del partido y sus organizaciones locales y de purgar a los sindi- catos de agitadores. Sólo cuando los avances alemanes fueron detenidos cerca de París y la posibilidad de una guerra prolongada en ambos frentes empezó a mostrarse seriamente, la minoría ganó cierto terreno y obtuvo algunos partidarios, indecisos antes, para la causa de una paz negociada. Cuando, después del contratiempo militar, se planteó de nuevo la cuestión de los créditos de guerra, en diciembre de 1914, el número de disensiones en la asamblea del partido había aumentado a 17 y Karl Liebknecht, cuya intervención no se transcribió en las actas oficiales, no sólo votó contra los créditos sino que publicó su opinión en un folleto que circuló ampliamente y desencadenó una importante campaña de folletos dentro del partido. Su opinión, en líneas gene- rales, fue que la guerra era un resultado del imperialismo capitalista y beneficiaría sólo a las fuerzas imperialistas, que sería utilizada para aplastar los movimientos obreros de los países beligerantes, incluyendo a Alemania, y que Alemania había entrado en la guerra, no en defensa propia, sino con fines anexionistas. El folleto de Leibknecht incluía

una fuerte protesta contra la violación alemana de la neutralidad belga y contra el estado de sitio y la dictadura militar que se estaba impo- niendo al pueblo alemán. Era un pronunciamiento duro y extremista que trajo contra Liebknecht la violenta denuncia de los voceros de la mayoría, quienes lo acusaron de actuar como traidor a su país y a su partido. Iba más allá de lo que el gran núcleo de la minoría estaba dispuesto a afirmar y fue el comienzo de una división en la minoría, que habría de tener un efecto importante en una etapa posterior.

No era que Liebknecht estuviera de parte de los aliados. Si sentía sobre todo la necesidad de luchar contra los belicistas en su propio país y estaba dispuesto a denunciar la guerra como producto de una conspi- ración imperialista austrogermana, atacaba también el imperialismo de Rusia y Francia e Inglaterra y apelaba a los trabajadores de todos los países para que se disociaran de sus gobiernos imperialistas y afirmaran los derechos del pueblo. No era un "pacifista burgués", en busca de una paz negociada entre los capitalistas beligerantes, sino un proletario internacionalista, cuyo antimilitarismo descansaba en el fundamento de la doctrina de la lucha de clases. Desde el momento en que se mani- festó, un pequeño grupo de izquierdistas de la preguerra, entre los cua- les Rosa Luxemburgo y Franz Mehring eran las figuras más notables, se reunieron en torno a él y empezaron a sentar las bases de lo que se convirtió después en el movimiento espartaquista y, más tarde, en el núcleo del Partido Comunista alemán. Esta actitud era muy distinta de la del principal grupo de oposición, del que Haase, Kautsky y Berns- tein eran los líderes más conocidos; porque sus miembros —aunque esta- ban de acuerdo en condenar a Alemania, por su parte en la precipitación de la guerra, y tenían también conciencia de la presencia de tendencias capitalistas e imperialistas del lado de los Aliados— eran principalmente parlamentarios y querían apelar al pueblo en general, más que a los trabajadores en especial. Sus fines, en la medida en que eran claros aun para ellos mismos, no eran impulsar al proletariado a las huelgas de masas o a la insurrección armada, sino hacer volver en sí a los par- tidos socialistas de los países beligerantes y constituir así un poderoso movimiento en favor de una paz negociada, que. hiciera posible para el socialismo reanudar su interrumpido avance hacia la conquista del poder por medios políticos. Ésta es, quizá, una simplificación exage- rada; porque había, en la minoría, algunos que sostenían una posición intermedia entre los parlamentarios y los revolucionarios extremistas, que esperaban que la guerra terminaría con el derrocamiento de las fuerzas económicas, militaristas y gubernamentales que la habían pro- vocado y que estaban dispuestos a contemplar el uso de métodos revolu- cionarios, si éstos fueran necesarios para la transformación. Georg Le-

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debour (1850-1947) era la figura principal de este grupo intermedio; pero, en esta etapa relativamente temprana, la situación de la oposición no estaba aún muy definida y la minoría se mantenía unida por las denuncias generalizantes con que la mayoría trataba de superarlas.

En esta mayoría, las figuras principales eran el talabartero Friedrich Ebert (1870-1925), figura prominente en la burocracia del partido, el voluble político Philipp Schleidemann (1865-1939), y el formidable Karl Legien (1861-1920), quien dominó por muchos años a los sindi- catos "libres" con una disciplina de hierro. Había, sin embargo, figuras menores que hacían más ruido en la extrema derecha del socialismo y los superaban en el apoyo de los objetivos bélicos más incontrolados de Alemania. Una figura importante entre ellos era Eduard David (1863-

1930), quien había destacado por largo tiempo en el ala reformista del partido y un vigoroso paladín del deber de la "defensa nacional" en los congresos de la Internacional. Wolfang Heine (1861-?) tam- bién había pertenecido al ala derecha de preguerra y Konrad Hae- nisch (1876-1926) había sostenido también el derecho de Alemania a la expansión en los conflictos de preguerra sobre cuestiones de política colonial e imperialista. Paul Lensch (1873-?), quien se convirtió pron- to en el partidario más extremista del expansionismo alemán, había sido protagonista activo del ala izquierda hasta 1914 y cambió abruptamente de posición después del estallido de la guerra. Todos ellos —especial- mente Haenisch y Lensch— hicieron una vigorosa campaña sosteniendo que el expansionismo alemán, y no el "liberalismo" británico, represen- taba la causa del progreso y señalaba el camino hacia el socialismo europeo, bajo la dirección alemana. Compartían enérgicamente la creencia de que la guerra abría el camino para la completa unidad del pueblo alemán mediante la absorción de Austria, que aseguraría el predominio en Europa de la cultura alemana y la integración de Europa bajo la hegemonía económica e ideológica de Alemania.

Estos y otros protagonistas del sector belicista del Partido Social- demócrata mostraron, en general, gran arrogancia al sostener la tesis de la superioridad alemana en una Europa decadente. En 1914 se dedica- ron sobre todo a establecer un contraste entre la civilización alemana y la barbarie rusa y a sostener la tesis de que la guerra era para Ale- mania una defensa propia contra la agresión, no provocada, de Rusia. Ésta era, en efecto, en agosto de 1914, la quintaesencia de la posición del Partido Socialdemócrata; y es un hecho notable que la invasión alemana a Bélgica no sirviera para alterarla. El grupo del Reichstag, cuando se decidió por primera vez a votar los créditos de guerra, no sabía que la invasión se había producido —aunque muchos debieron saber que se planeaba—. La marcha alemana sobre Bélgica fue pública-

mente anunciada en Alemania sólo en el discurso del Canciller del Reichstag demandando los créditos, es decir, después de que el partido había tomado su decisión crítica; pero el anuncio no hizo que el par- tido, tras apresuradas consultas, cambiara de actitud. En verdad, mu- chos socialistas alemanes defendían el derecho del ejército alemán a

marchar sobre Bélgica, sosteniendo que los belgas habían perdido el derecho a que se respetara su neutralidad al entrar en consultas mili- tares con los franceses; y no pocos estaban dispuestos, sin tener en cuenta esto, a sostener el derecho de Alemania a hacer a un lado las reclamaciones de Bélgica, arguyendo que el hacerlo acortaría la guerra, aumentando las oportunidades de un rápido golpe definitivo. Para gran parte de los líderes de la mayoría alemana, la cuestión belga parecía trivial para afectar su actitud general.

No había, sin embargo, en esta primera etapa, los coros de "himnos de odio" contra Francia y la Gran Bretaña que se escucharon tan pronto como los ejércitos alemanes sufrieron su primer desastre serio. En ver- dad, el Partido Socialdemócrata se aferró ansiosamente a la afirmación del gobierno alemán de que no estaba haciendo una guerra de anexión y que sus fines eran estrictamente defensivos; y fue siguiendo esta interpretación de la política alemana que el partido decidió votar en favor de los créditos de guerra. Los franceses e ingleses fueron denun- ciados por no mantenerse al margen de la guerra y por no dejar a Alemania mano libre para tratar con Rusia. Pero se expresaron espe- ranzas de que, cuando los franceses hubieran aprendido su lección, pudieran establecerse relaciones amistosas entre la Alemania victoriosa y la Francia derrotada, en términos no demasiado humillantes para el pueblo francés. Había más ira contra Inglaterra por intervenir. La ac- ción inglesa se atribuía a motivos imperialistas; sobre todo, al deseo de Inglaterra de conservar el monopolio mundial del comercio y las colonias y destruir las posibilidades de su mayor competidor como po- tencia económica mundial. No se explotó mucho esto, sin embargo, en las primeras fases de la guerra: las grandes diatribas antibritánicas de escritores como Paul Lensch aparecieron principalmente en 1915 o