CAPÍTULO II E L JUDAÍSMO HELENÍSTICO
3. E LEMENTOS TRADICIONALES DE LA RELIGIÓN JUDÍA HELENÍSTICA
Antes debemos reseñar brevemente aquellos elementos de la religión judía que no habían cambiado, que se habían mantenido firmemente hasta el helenismo. El judío piadoso de esta época ha- bía recibido de siglos anteriores la firmísima creencia en un Dios único y personal: el monoteísmo es un bien ya sólidamente ad- quirido, sin las sombras y nubes de antaño. No hay ya problemas con el politeísmo, tan combatido y denostado por los antiguos profetas, a partir de Elías.
Este Dios único trasciende el mundo, pero tiene con él un contacto continuo. Aunque la divinidad es invisible, Israel la ha
conocido suficientemente a través de su manifestación histórica respecto a sí mismo, su pueblo elegido. Este Dios es el creador del mundo y, como tal, señor de él y de los hombres que en él viven. La conciencia del judío de la necesidad de obediencia respecto a ese Dios, del temor respetuoso, de la confianza hacia su gobierno del mundo y del agradecimiento por sus dones tampoco habían cambiado.
La soberanía de Dios respecto a sus creaturas seguía manifes- tándose para el piadoso judío en una doble vertiente. En primer lugar, Dios se ocupa y preocupa continuamente por el mundo y el hombre. La divinidad ha establecido sobre ambos una mirada pro- vidente; el concepto de “providencia” que atravesaba todo la Biblia hebrea heredada de los padres se mantiene firme en el helenismo. En segundo lugar, la relación Dios - ser humano sigue concre- tándose en la Torá o Ley. La fe del judaísmo helenístico continúa siendo una religión de la norma, la ley mosaica, la religión de un libro en el que se manifiesta la voluntad de Dios. De hecho, la primera actividad de la Diáspora grecoparlante fue la traducción de la Torá, cuya influencia es total a lo largo del corpus judío helenístico. Hubo alguna transformación del material (cf. Ex 3,14:
egô eimi ho ôn), pero la traducción de los LXX en el Pentateuco es
notablemente fiel a sus prototipos, en cuanto alejada de las versio- nes libres que encontramos en algunos autores judíos helenísticos o de la naturaleza parafrástica del Targum (véase el capítulo IV). El judaísmo de la Diáspora, por tanto, tenía el mismo fundamento canónico que su correspondiente palestinense.
La relación entre la divinidad y su pueblo se continúa com- prendiendo en términos de alianza. Y la pertenencia a la alianza se afianza y confirma cumpliendo estrictamente la ley promulgada por boca de Moisés, empezando por ritos religiosos que marcan la identidad del judío respecto a su entorno, como la circuncisión, el sábado y las normas dietéticas.
El judaísmo helenístico, heredero ya de una “Biblia práctica- mente formada”, sigue siendo también una “religión de la espera”. El cumplimiento de las promesas de Dios a Abrahán, el reinado pleno de Yahvé y su ejecución aquí en la tierra es la obsesión de la mayoría de los judíos piadosos del helenismo.
Tampoco cambia la concepción de que el dominio absoluto de Dios sobre su pueblo (que ha de manifestarse, como hemos
dicho, en absoluta “obediencia” por parte del hombre) tiene una contrapartida clara: la insurrección contra ese Dios o contra sus designios es el pecado. El judío es un pueblo abrumado por la sensación de estar en perpetua rebeldía contra la divinidad. El pe- cado no es sólo la transgresión fáctica de la ley divina, sino todo acto de desobediencia interna traducido en desconfianza hacia el poder de Dios, hacia su gobierno del pueblo o hacia las exigen- cias y disposiciones íntimas que comporta la Alianza, entendida conforme al esquema deuterononomista: pecado, castigo, arrepen- timiento, salvación.
Para esta particular conciencia del judaísmo, según la cual la salvación llega por el hecho de ser miembro de la Alianza, a la par que la obediencia a los mandamientos conserva el lugar del individuo en la Alianza, se ha acuñado el término “nomismo de la alianza” (covenantal nomism). Éste se extendió por todo el judaís- mo palestinense y fue el tipo básico de religión en aquella zona en el período 200 a.C.-200 d.C., pero se difundió también por la Diás- pora y fue en gran medida la religión del judaísmo (E.P. Sanders).
Todo esto y más cosas menudas quedan firmes, inamovibles y sólidas en la religión del Israel de época helenística. Debemos, sin embargo, hacer una salvedad importante: aunque la Torá ca- nónica supuso una base común para el judaísmo postexílico, no ofreció una norma definitiva en el sentido de prescribir un único camino ortodoxo de ser judío. He aquí un ejemplo claro: entre las concepciones saduceas en torno a la resurrección y a la retribu- ción en la otra vida (negación absoluta de ambas nociones) y la del fariseísmo (aceptación y defensa a ultranza de ambas) media un abismo ideológico. Sin embargo, saduceos y fariseos son judíos auténticos del s. I de nuestra era. Para explicar esta diversidad debe considerarse, por una parte, el influjo religioso de los pos- teriores libros no canónicos y, por otra, la reescritura e interpre- tación de las tradiciones1. Esta diversidad de interpretación no se
debía siempre al influjo de la filosofía helenística con su variada óptica, como demuestran las peculiaridades exegéticas de los ro-
1 El más claro conflicto de interpretación en el judaísmo postexílico se da en
la diáspora egipcia, donde Filón defendió su interpretación alegórica contra los “irreflexivos” literalistas, pero también contra los alegoristas extremos.
llos de Qumrán. De hecho, la propia Torá nunca fue un tratado consistente y sistemático, sino una compilación de materiales que abarcaban diversas actitudes, e incluso contradicciones, invitando por su propia naturaleza a una diversidad interpretativa, si bien es posible que una interpretación particular de la Torá, o un deter- minado entendimiento del judaísmo destilado de la Torá, pudiera llegar a alcanzar un status normativo.
Pero, como decíamos, a pesar de la fortaleza general de un núcleo de ideas religiosas tradicionales, las creencias judías se transforman más o menos perceptiblemente en época helenística temprana. Pero antes de analizar este proceso, permítasenos una cuestión de método: ¿Cómo conocemos estos cambios? La res- puesta es simple: a través del análisis de las últimas obras, de los siglos III al I a.C., que entraron en el canon de escrituras judías… (véase el capítulo V), o las incorporadas al menos al mal llamado “canon” alejandrino (es decir aquel que admite como sagrados es- critos que los judíos palestinos de siglos posteriores no aceptaron, al estar compuestos en griego, o transmitidos así, como los libros de Tobías, Judit, 1º y 2º Macabeos, el Eclesiástico, la Sabiduría; véase capítulo siguiente) y por los llamados escritos Apócrifos del
Antiguo Testamento. Es ésta una colección de unos 60 textos no
admitidos en el canon de escrituras sagradas, pero que constituyen un monumento de piedad o de buen talante teológico, cuya tarea consistió en expandir para grupos de piadosos aquellos aspectos de la teología del AT no suficientemente desarrollados o senci- llamente inexistentes2. Un análisis del contenido teológico de la
literatura mencionada en contraste con la ideología de los estratos más primitivos del Antiguo Testamento nos revela las mutaciones que la religión judía sufre en época del helenismo.
Antes de pasar a considerarlas es preciso resaltar también que el judaísmo de esta época no era tan uniforme como podrían dar
2 Estos libros llevan títulos sonoros como Testamentos de los XII Patriarcas,
Libro del profeta Henoc, Apocalipsis de Abrahán, Vida de Adán y Eva, Testamento o Asunción de Moisés, etc. A partir de 1900 han sido publicados su en traducción moderna en diversas lenguas cultas. En castellano, tenemos la edición incompleta Apócrifos del Antiguo Testamento, comenzada bajo la dirección de A. Díez Macho (Madrid: 5 volúmenes) en 1983, y que en la actualidad está en proceso de conti- nuación y conclusión.
a entender formulaciones como la antes citada de E.P. Sanders. En el judaísmo de la Diáspora, por ejemplo, el esquema religioso del nomismo de la alianza podía coexistir con otros esquemas en función subordinada. Por ejemplo, aunque Filón no renunció al nomismo de la alianza, consideraba el “verdadero judaísmo” como una búsqueda de la visión del Incorpóreo.
La teología de la Alianza tradicional, por otro lado, suponía una conciencia particular de judaísmo, en el que las obligaciones de la Ley surgían de la historia del pueblo, especialmente de los hechos portentosos mediante los cuales Dios les había dado la tierra de Israel, lo que imponía una deuda de gratitud y lealtad. Motivos adicionales fueron las bendiciones y maldiciones prome- tidas: bienestar para los fieles y castigo para los rebeldes. Este entendimiento de la Alianza persistió a lo largo de las épocas helenística y romana, como lo demuestra una serie de oraciones de arrepentimiento que pasan revista a la historia del pueblo, con- fiesan su violación de las normas, reconocen su desgracia actual como castigo apropiado y apelan a la misericordia de Dios. Estas oraciones se encuentran en los textos canónicos3, en Qumrán4 y
en la diáspora, oriental y occidental5.
Pero junto a estas formulaciones tradicionales encontramos también otras interpretaciones del judaísmo. Como acertadamente propone J.J. Collins, constituye la esencia de la literatura apoca- líptica (que se genera fundamentalmente en el seno del judaísmo helenístico) el que la historia de Israel no sea ya una base suficien- te para las obligaciones de la Alianza. Es necesaria una revelación superior, sobrenatural. Es la visión del vidente apocalíptico, por encima del recuerdo de la historia de Israel (aunque ésta se utilice, reinterpretada en un sentido determinista), lo que ofrece argumen- tos para dar confianza a los fieles.
En la literatura sapiencial, por el contrario, no se aprecia tal recurso a una revelación superior, pero incluso aquí la lógica tra- dicional de la Alianza se deja en segundo plano: Israel y su ley pueden ser la encarnación suprema de la sabiduría, pero se consi-
3 Neh 9; Dan 9,4b-13.
4 1QS 1,24b-2,1; CD 20,28-30; 4Q Palabras de las Luminarias 1,8-7,2. 5 Tobías 3,1-6; 3 Mac 2,2-20; Oración de Ester (LXX).
dera que radican más en las categorías universales de la sabiduría que en la historia de Israel.
Así pues, sabiduría y apocalíptica, por mencionar sólo dos ejemplos fundamentales, reflejan diferentes comprensiones del judaísmo que aportan elementos nuevos al esquema tradicional de Alianza. Ello no quiere decir que podamos aislar en el judaís- mo postexílico esquemas rígidamente separados y mutuamente incompatibles. Todo lo contrario. Como Sanders ha demostrado en el caso de Filón, distintas formas de entender la religión pueden persistir conjuntamente sin intentos de clarificar sus mutuas impli- caciones. Una religión como el judaísmo en época helenística se alimenta de una larga tradición que inevitablemente contiene una acumulación de elementos diversos y a menudo contradictorios.