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L A “G UERRA JUDÍA ”

In document Piñero, Antonio - Biblia y Helenismo (página 90-96)

Lo simplemente irreconciliable, que bajo los herodianos, se había mantenido unido con mucho trabajo sorteando las ayuda pretendía eliminar el poder romano (Bell. II 13,5) y a los que Félix mató sin contemplaciones.

146 Cf. I.S. Levine, “The Jewish-Greek Conflict in First Century Caesarea”, JJS 25

(1975) 381-97; A. Kasher, “The Isopoliteia Question in Caesarea Maritima”, JQR 68 (1977) 16-27.

dificultades a base de compromisos, debía mostrarse tarde o temprano tal cual era en realidad: irreconciliable. El shalom de Dios y la pax romana, el Dios único y el César divinizado, el mesías esperado de Israel y el emperador reinante eran enti- dades diametralmente opuestas. La circunstancia de que Judea se veía entonces sometida directamente a la administración ro- mana empeoró ciertamente más aún la situación. En esta tesi- tura, sin ninguna perspectiva de que terminase la dominación extranjera, la típica postura apocalíptica de desconfianza en el presente y de esperanza del final, del gran cambio, podría trocarse repentinamente de la pasividad a la acción más vio- lenta148.

La ira del pueblo contra los romanos se iba engrandeciendo a medida que las arbitrariedades y expoliaciones de los procu- radores se sucedían unas a otras. Es preciso llamar la atención aquí sobre el hecho de que la ruptura sólo se produjo cuando los romanos perdieron el apoyo de las clases acomodadas judías, receptoras principales de los beneficios proporcionados por los nuevos amos149. Es cierto que, dadas las particularidades judías,

la aristocracia sacerdotal había caído en descrédito y desprestigio ante el pueblo precisamente por plegarse a la voluntad de los dominadores. Esto ocasionó, a su vez, que también los romanos, percibiendo esa actitud, acabaran por contar poco con ella, como pone de manifiesto que los sucesivos procuradores, sobre todo a partir del reinado de Claudio, hicieran caso omiso de ella. La reac- ción de muchos notables ante la toma de conciencia de su efectiva pérdida de poder fue la de ponerse al lado de los suyos, de sus connacionales, por tanto entre los opositores enemigos de Roma: no tenían ya nada que perder pero sí podían recuperar, como opi- na Goodman, su posición dirigente.

El estallido tuvo lugar durante el gobierno de Gesio Floro, sien- do el casus belli la sustracción por éste de diecisiete talentos del tesoro del Templo. La ridiculización de tal acto por el pueblo y la venganza del gobernador por ello, dio origen a una sangrienta batalla en Jerusalén, en cuyo transcurso los amotinados se apode-

148 A.J. Gunneweg, Geschichte Israels (Stuttgart 1975) 174-75.

149 Cf. M. Goodman, The Ruling Class of Judea. The Origins of the Jewish Revolt

against Rome AD 66-70 (Cambridge 1987): este tipo de alianza era el método usual del que se valía Roma para imponer su supremacía política.

raron del Templo y la ciudad baja, primero y después, más tarde, de la fortaleza Antonia.

No obstante, no todos los judíos eran partidarios de una gue- rra que habría de ser forzosamente desigual, de manera que los grupos contrarios a ella –sacerdotes, fariseos más notables y los relacionados con la casa de Herodes– intentaron disuadir a los vio- lentos, primero por medios pacíficos y después con el recurso a la fuerza, sin llegar a conseguirlo. A partir de ahí, el levantamiento se extendería a todo el país. La unidad en el campo judío fue, pese a todo, más bien una apariencia que escondía graves recelos entre los distintos grupos de extremistas y moderados, de modo que la desconfianza hacia los notables, dada su tradicional actitud hacia Roma, fue palmaria. Es este un elemento esencial en la guerra judía.

Tras unas victorias iniciales de los rebeldes150, Roma, percibien-

do la gravedad de la situación, envió en la primavera del 67 a Flavio Vespasiano, con el encargo de dirigir las operaciones mili- tares de represión. Al comienzo se desarrollaron éstas en Galilea, lográndose allí prontamente la restauración de la autoridad roma- na. Este fracaso de los rebeldes contribuyó más bien a azuzar las disensiones internas entre ellos en Judea. En Jerusalén, Juan de Giscala al frente de los celotas hizo una matanza de notables, tras la cual, apoyado por refuerzos llegados desde Idumea, obtuvo todo el poder en la ciudad. Mientras, Vespasiano sometió las ciu- dades de todo el entorno, y durante el compás de espera dictado por la muerte de Nerón Jerusalén fue presa de la discordia entre los grupos más destacados, quedando dividida a comienzos del 70 en tres partes: Simón Bar Giora mantenía la ciudad alta y gran parte de la baja; Juan de Giscala controlaba la colina del Templo y Eleazar, los atrios del Templo.

El nombramiento como emperador de Vespasiano determinó la reanudación de la guerra a las órdenes de su hijo Tito, el cual reocupó Judea a fines del 69, quedando fuera de su control Je- rusalén, y las fortalezas de Herodion, Masadá y Maqueronte. En el 70 puso Tito sitio a Jerusalén. Los esfuerzos de Josefo, en esos momentos en el entorno de Tito como prisionero de guerra, para

150 Para los pormenores del desarrollo de la guerra, así como la discusión de los

puntos más conflictivos, cf. Schürer, Historia, 620ss. La información original proce- de, claro está, de las obras de Josefo citadas repetidamente.

lograr una rendición sin violencia, resultaron inútiles151. La captura

de la ciudad se produjo a finales de agosto, o comienzos de sep- tiembre. La suerte de los supervivientes fue fatal: fueron asesina- dos, enviados a las minas, vendidos como esclavos o destinados a luchas de gladiadores. La ciudad asimismo fue arrasada y el Tem- plo destruido. Desde entonces no ha vuelto a ser reconstruido. La última de las fortalezas, Masadá, cayó en el 73 tras un penoso y largo asedio, mientras sus últimos defensores, incluidos mujeres y niños, se suicidaron colectivamente para no caer en manos ro- manas. Con ella perecieron las esperanzas mesiánicas de la época y el deseo de liberación del yugo extranjero: por el momento no habría una era nueva, venturosa y diferente de la anterior.

La liquidación de la guerra, en realidad ya en el 71, supuso que, a iniciativa de Vespasiano, Judea pasara a ser provincia imperial propretoriana de pleno derecho152. Cesarea fue la sede del gober-

nador como en el tiempo de los procuradores, y pasó a ser, por deseo de Vespasiano, colonia romana con el título oficial de Co-

lonia Prima Flavia Augusta Caesariensis. Jerusalén había queda-

do arrasada, y prácticamente convertida en campamento romano, sede de la legión X. Por lo demás, no parece que se produjeran modificaciones sustanciales en el gobierno, si se exceptúa el cam- bio en el pago de la tasa de dos dracmas, satisfecha por todos los judíos al Templo y que a partir de entonces sería abonada a la nueva caja del fiscus iudaicus en honor de Júpiter Capitolino153.

Es obvio que tal obligación constituía una auténtica afrenta para los judíos.

Se han mantenido opiniones divergentes respecto a si el territo- rio palestino fue o no considerado a partir de entonces propiedad

151 El caso de Josefo es bastante ilustrativo, aunque esporádico: de ser uno de

los jefes de la insurrección se pasó al enemigo, encontrando allí una acogida inme- diata, lo cual sólo pudo ser posible por tratarse de un hombre perteneciente a las clases altas y educado en la cultura griega, con un espíritu moldeado por ésta y del que, por tanto, participaban tanto romanos como judíos.

152 Ello suponía que los nuevos gobernadores serían de rango senatorial y, po-

día pensarse, estarían mejor capacitados para ejercer esta clase de funciones que los procuradores anteriores, pertenecientes al orden ecuestre. Se podrían evitar así muchos males producidos por decisiones políticas equivocadas.

privada del emperador154, como explotación en beneficio propio,

en virtud del derecho de conquista. Más bien hay que pensar que no, pues no hay pruebas de la existencia de grandes propiedades imperiales arrendadas a particulares, aunque sí conocemos algu- nas confiscaciones de bienes y tierras a miembros destacados de entre los rebeldes que bien fueron revendidas, distribuidas en lo- tes a veteranos, o dadas a amigos. Además, fue fundada la colonia militar de Emaús, con los consiguientes repartos de lotes de tierra entre los veteranos-colonos y, en Samaría, se creó de nueva planta la ciudad de Flavia Neápolis155.

La caída de Jerusalén y el fin de la guerra deben analizarse tam- bién desde otras perspectivas. Desde un punto de vista cultural, la destrucción de Jerusalén acarreó consecuencias nefastas, pues conllevó también la destrucción de una cultura y de una flore- ciente capa de población que se sentía y era denominada “heléni- ca”: los herodianos, las familias sacerdotales dirigentes, numerosos miembros de la Diáspora instalados en Jerusalén y en general los círculos económicamente bien situados de terratenientes, comer- ciantes, artesanos, etc.156. Todos ellos se habían resistido a la con-

frontación con los romanos, intentando evitar, aunque en vano, una radicalización de las distintas posiciones. Pero antes de la rui- na, algunos de ellos habían aceptado en la capital las doctrinas de la nueva secta de los “nazarenos”, y precisamente su lengua y su cultura griegas habrían de contribuir notablemente a la extensión y helenización del mensaje de Jesús.

En cuanto al aspecto religioso, el judaísmo sufrió cambios pro- fundos. La desaparición del Sanedrín, último vestigio de la inde- pendencia política judía157, y la suspensión del culto sacrificial por

154 Josefo, Bell. VII 216. Sobre la cuestión, cf. B. Isaac, “Judaea after AD 70”, JJS

35 (1984) 44-50.

155 El lugar se llamaba Mabarta, pero fue identificada con Siquén por su proxi-

midad con ella: Bell. IV 8,1. Sus habitantes eran predominantemente gentiles. Sobre la actuación de Vespasiano en Palestina, cf. M. Avi-Yonah, The Jews under the Ro- man and Byzantine Rule (Nueva York/Jerusalén 1984).

156 Hengel, Hellenization, 42.

157 Era una especie de Senado aristocrático de Judea, a cuyo frente se encontra-

ban los sumos sacerdotes saduceos. Representaba también los restos del poder de la nobleza saducea, en franca decadencia desde el ascenso de los fariseos en época de Salomé Alejandra. Durante la época de los procuradores había mantenido unas competencias bastante amplias.

la inexistencia del Templo afectaron enormemente a la vida judía, pues ello conllevó que el sacerdocio perdiera la importancia que había tenido. Su puesto fue ocupado por los fariseos y los rabinos. Desaparecido el Templo, los judíos se agruparon en torno a aque- llo que había centrado el interés de los fariseos: la Ley como eje en torno al cual gira la vida –a cuyo estudio se consagraron con una intensidad inaudita158–, y la sinagoga, como institución que

centraba la liturgia, la edificación espiritual y la enseñanza. No es de extrañar, por tanto, que los exegetas de la Torá, los rabinos, como guías espirituales del pueblo se convirtieran en jefes de la comunidad judía de Palestina después del 70159. En palabras de E.

Schürer160:

El celo por la Torá durante este último período se funda- ba principalmente en la convicción popular de que la nación tendría un glorioso futuro. Esto, que fue una realidad antes del desastre, continuó siéndolo y en grado mucho mayor, después de él. Si el pueblo se dedicaba entonces con mayor meticulosi- dad a la observancia de los mandamientos de Dios, se debía a la firme creencia en que así se disponían para ser dignos de la gloria futura en la que ellos creían tan ciegamente.

En el entretanto, la secta de los judeocristianos se iba separan- do con rapidez de la Sinagoga a medida que tomaba contornos más nítidos su teología en torno a la fe en Jesús como el mesías esperado y como hijo de Dios. Después de la caída de Jerusalén la separación se acentuó, y la facción teológica abierta a las corrien- tes espirituales del helenismo fue adquiriendo más fuerza en el seno de aquella secta judía que poco a poco se iba transformando en iglesia cristiana. La línea teológica que había comenzado en Antioquía iba a encontrar su plenitud de expresión en Pablo de Tarso y sus seguidores.

158 J. Neussner, “The Formation of Rabbinic Judaism: Yavneh (Jamnia) from AD

70 to 100”, ANRW II 19.2, 3-42.

159 De acuerdo con el comentario de M. Sartre, El Oriente romano, 411, “la ge-

nialidad de estos rabinos fariseos consistió en haber sabido crear las condiciones para la supervivencia del judaísmo a pesar de la destrucción del Templo y del marco de vida antiguo”.

In document Piñero, Antonio - Biblia y Helenismo (página 90-96)