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B REVE HISTORIA DE LA DIÁSPORA JUDÍA

In document Piñero, Antonio - Biblia y Helenismo (página 108-113)

CAPÍTULO II E L JUDAÍSMO HELENÍSTICO

3. B REVE HISTORIA DE LA DIÁSPORA JUDÍA

La historia del judaísmo palestino en época helenística, como se ha visto a lo largo del capítulo I, se había debatido entre dos polos: la helenización impuesta de modo duro por Antíoco IV Epí- fanes, apoyada por un partido de judíos bien situados económica- mente, favorables a los griegos, y la sublevación macabea contra esa helenización, entendida por el pueblo como atentado contra la identidad y las tradiciones más sagradas del pueblo hebreo. Man- tener un sano equilibrio entre ambos polos será la preocupación constante de otra parte del judaísmo que no vivía en Palestina: el de la Diáspora. Asimilación, sí, pero no hasta el punto de perder la identidad.

Tras el exilio de Babilonia (597-585 a.C.) no todos los judíos deportados a Orientevolvieron a la tierra de Israel. La mayor par- te del pueblo, o al menos la clase alta, se quedó a vivir fuera de Palestina aumentando considerablemente durante el periodo helenístico el número de judíos que vivía allende las fronteras de Israel. De este modo, la diáspora judía se consolidó y se desarrolló independientemente de Jerusalén, aunque sin romper los lazos con ella desde el punto de vista cultural y religioso.

Diversos textos de la época helenística hablan de la enorme extensión de esta Diáspora. La Sibila judía cantaba así: “Toda la tierra y el mar entero está lleno de nosotros (judíos)”. Estrabón4

afirmaba: “Este pueblo (judío) se halla presente ahora en todas las ciudades y es de verdad difícil encontrar algún lugar en el mundo

habitado que no haya recibido a esta nación y en el que no haya hecho sentir su poder”5. Filón de Alejandría, en sus obras Legatio

ad Gaium y Contra Flaccum habla de la extensión de estos asen-

tamientos: por el Norte de Africa, Cartago, Libia, Egipto (Alejandría y Seleucia), Siria Occidental –en cuya capital, Antioquía, existía desde el siglo II a.C. una comunidad judía– y el Imperio persa hasta la lejana ciudad de Susa. Mencionaba también diversos asen- tamientos en Asia Menor, Grecia (Tesalónica, Atenas, Corinto y Ar- gos) e Italia (Roma que llegó a ser, en la época imperial, el centro del judaísmo de la mitad occidental del Imperio). Los Hechos de

los apóstoles (2,7) dicen que para la fiesta de Pentecostés habían

llegado a Jerusalén judíos procedentes de Mesopotamia, Capado- cia, Mar Negro, Asia Menor, Cirene, Creta, Roma y Arabia. En total se ha calculado en unos cuatro o seis millones la cifra total de los judíos residentes en el extranjero, concentrados especialmente en la parte oriental del Imperio, sin incluir Palestina con su millón y medio o dos millones de habitantes. Según estos cálculos, tal vez algo exagerados, los judíos pudieron muy bien haber representa- do una décima parte del Imperio romano, cuya población total se estima en unos setenta millones.

Los motivos del crecimiento de la diáspora judía fueron muy variados: 1º las deportaciones de prisioneros de guerra causadas por los frecuentes conflictos bélicos de la época; 2º la emigración voluntaria en los períodos de paz y de auge económico en la ho- mogeneidad del mundo helenístico debida a la situación social re- lativamente favorable de que disfrutaban las comunidades judías; 3º las numerosas conversiones al judaísmo, y 4º el alto índice de natalidad de las familias judías. Respecto a este último punto, los ju- díos consideraban un crimen la inmoral costumbre de los antiguos de abandonar a los niños. Las familias judías se hacían cargo con frecuencia de los niños expósitos que encontraban. Seguían sien- do partidarias, como en tiempos del Antiguo Testamento, de tener muchos hijos.Por el contrario, a juicio del historiador griego Poli- bio, Grecia se había despoblado ya en tiempos de paz por el con- trol de la natalidad a que dio origen el deseo de lujo y de placeres6.

5 Josefo, Ant. XIV 115.

Entre los asentamientos judíos en la Diáspora destacaban tres: Babilonia, Asia Menor y Egipto.

A. Babilonia

Según Flavio Josefo, el número de judíos al otro lado del Éufra- tes se contaba por “innumerables miríadas”7. Durante la época he-

lenística, los judíos vivían en la ciudad de Babilonia y en Seleucia del Tigris, la capital comercial y la ciudad más populosa de Orien- te, pero la helenización de los judíos en estas villas típicamente orientales fue menor que en Alejandría; entre Babilonia y Palestina existían lazos estrechos, debido a que la mayoría de los judíos hablaba arameo, mientras que en Asia Menor y Egipto la lengua predominante era el griego. Por lo demás, el texto babilónico de la Biblia hebrea fue el normativo para Palestina, a partir de la caída de Jerusalén, al igual que el Talmud babilónico se convirtió en la codificación vinculante de las tradiciones rabínicas.

B. Asia Menor

La diáspora de Asia Menor era menos importante que las de Ba- bilonia y Egipto. Según Filón8, en todas las ciudades de Asia Menor

residía una gran cantidad de judíos. Especialmente densos fueron los asentamientos judíos en Frigia y Lidia, porque Antíoco III el Grande, en torno al 220 a.C., trasladó allí a dos mil familias judías procedentes de Babilonia para asegurar el territorio contra suble- vaciones. El decreto del rey que ordenó este traslado de población ha sido transmitido por Josefo9. Desde el principio de la conquista

romana (a finales del s. II a.C.) se encuentran numerosas mencio- nes de judíos y de sus comunidades en las regiones de Asia Menor occidental y meridional, sobre todo en las ciudades importantes. Poseemos numerosos testimonios antiguos, como los documentos que nos da a conocer Josefo10 sobre los privilegios concedidos a

los judíos por los romanos. Cicerón alude en su discurso En defen-

7 Josefo, Ant. XI 5,2.

8 Filón, Legatio ad Gaium 245. 9 Josefo, Ant. XII 3,4.

sa de Lucio Flaco a la confiscación en Apamea, Laódice, Adramitio

y Pérgamo de dineros judíos destinados al templo de Jerusalén11.

C. Egipto

Sin embargo, la diáspora más importante fue la egipcia. Las primeras colonias judías en este país parece que tuvieron lugar después de la toma de Jerusalén por Nabucodonosor en 587. Ha- cia el 580 grupos de judíos, entre los que se hallaba el profeta Jeremías se refugiaron en Egipto. El más conocido de estos asen- tamientos fue el formado por mercenarios judíos en Elefantina, una isla del alto Nilo. Sus colonos cultivaban y se transmitían de padres a hijos la tierra. Esta colonia judía, con un templo dedicado a Yahu (Yahvé), parece haber desaparecido hacia el 400 a.C. Los sensacionales hallazgos papirológicos de Elefantina, en la fronte- ra sur de Egipto, dan prueba de la gran antigüedad de la judería egipcia. Poseemos un papiro con la copia de una instancia de la comunidad judía de Jeb al gobernador persa de Judea, Bagohí, que data del 407 a.C., solicitando el permiso para reconstruir los lugares de sacrificio del dios Yahu, destruidos por los egipcios tres años antes. De otros papiros del período comprendido entre el 471 hasta el 410 se deduce que los judíos prestaban servicio militar y, al propio tiempo, tenían tierras tanto en la fortaleza de Jeb, en la isla Elefantina, como en la fortaleza fronteriza de Siene (la actual Asuán) situada en la orilla opuesta del Nilo.

Pero la diáspora egipcia parece haberse formado sobre todo a partir de Alejandro y de los primeros Ptolomeos. Que hubo judíos en las ciudades de Náucratis y Ptolemaida es probable, pero no conocemos bien la historia de estas dos villas. Sin embargo,Alejan- dría fue, sin lugar a dudas, el centro más importante de la diáspora judía. Si se da crédito a Josefo12, Alejandro había instalado judíos

en Alejandría desde la fundación de la ciudad en el 331. De he- cho se han encontrado inscripciones funerarias judías, en griego y arameo, en la necrópolis de Ibrahimiga, que data de principios del siglo III a.C. La onomástica es un buen indicador de la intensidad de la helenización de los judíos de Egipto. Los nombres de los ju-

11 Cicerón, Oratio pro L. Flaccho 28. 12 Josefo, Bell. XI 487-488.

díos llegados hasta nosotros son griegos o, los que no son de este origen, aparecen helenizados.

El Pseudo-Hecateo, historiador judío de principios del siglo II, cuenta que, después de la victoria de Ptolomeo Lago sobre De- metrio Poliorcetes en Gaza en el 312 a.C., un gran sacerdote ju- dío, Ezequías, y un determinado número de sus correligionarios siguieron al general victorioso en Egipto, donde se instalaron y se beneficiaron de una “constitución” escrita13. Parece que los Ptolo-

meos asignaron a los judíos uno de los cinco barrios de la ciudad (el barrio delta). En el primer siglo de nuestra era, Filón14 indica

que había dos barrios judíos, pero que éstos habitaban también en otras zonas de la ciudad. Filón habla de un millón de judíos en Egipto15, aunque esta cifra parece exagerada. Los historiadores

defienden una población de doscientos mil judíos en Egipto, de los que la mitad vivía en Alejandría.

Los datos que tenemos sobre la situación de los judíos en Ale- jandría en la primera época helenística son muy escasos. Sabemos de un tal Dositeo, hijo de Dimilo, que salvó la vida a Ptolomeo IV Filopátor (222-205 a.C.) en el atentado llevado a cabo por un desertor antes de la batalla de Rafia. Este personaje judío era por el año 240 a.C. hypomnêmatógraphos, superintendente de la secre- taría de la corte; en el 225/4 acompaña a Ptolomeo III Evergetes (246-222 a.C.) por Egipto y en el 222 aparece como sacerdote de los Ptolomeos. Dositeo es prototipo del judío asimilado al ambien- te griego de Alejandría; por ello, el libro tercero de los Macabeos lo presenta como judío de origen, que “apostató más tarde de la Ley y abandonó la fe de los padres” (3 Mac 1,3). Salvo raras ex- cepciones como ésta, hemos de suponer que los judíos de Egipto en esta época pertenecían a las clases modestas.

Según la Carta de Aristeas (12-13), Ptolomeo I, hijo de Lago, deportó a cien mil judíos a Egipto y puso a treinta mil de ellos de guarnición en las fortalezas. Aunque la cifra parezca exagerada, no puede negarse un núcleo histórico a la noticia, pues consta que dicho rey tomó Jerusalén por la fuerza de las armas16. En tiempos

13 Josefo, Contra Apión I 22,7–16. 14 Filón, Contra Flaco, 55. 15 Filón,Contra Flaco, 43

de Antíoco IV Epífanes, la emigración judía a Egipto creció enor- memente y fue acogida calurosamente por el monarca egipcio, que era amigo del filósofo judío Aristóbulo. Por ejemplo, después del asesinato del gran sacerdote de Jerusalén, Onías III, en 170, su hijo, Onías IV, huyó a Egipto. Allí, gracias al rey Ptolomeo VI Filométor (181-145) y su mujer Cleopatra II, se estableció en un territorio situado al oeste o al sur del Delta, llamado la “tierra de Onías”, fundando la ciudad de Leontópolis. Los judíos ocuparon en seguida altos cargos incluso en el ejército y se les permitió construir un templo, una especie de sustituto del santuario de Jerusalén que, por aquella época (160 a.C.) había sido profanado por los Seléucidas. Su sumo Sacerdote era Onías IV. El templo de Onías no desapareció hasta el 73 de nuestra era, cuando fue des- truido por los romanos a las órdenes de Vespasiano. Onías era, al mismo tiempo, jefe de una unidad militar judía autónoma y su ejército desempeñó en muchas ocasiones un buen papel en la historia de Egipto.

Fue en Alejandría donde nació, a partir del s. III a.C., la tra- ducción griega del Antiguo Testamento, la versión de los Setenta, que sería la Biblia adoptada por los cristianos. Aquí se produjeron otros muchos escritos judíos, algunos originales en lengua griega y otros traducidos del hebreo o del arameo y aquí vivió y desarrolló su actividad más adelante el mayor filósofo judío de la antigüedad: Filón de Alejandría, contemporáneo de Jesús.

En resumen, de los tres grandes centros de la diáspora judía, Babilonia, Asia Menor y Egipto, fue éste, sin duda, y en concreto la ciudad de Alejandría, el más importante en el período helenís- tico y aquél en el que se fraguó de modo más claro el judaísmo helenístico, o dicho de otro modo, aquél en el que el helenismo penetró con más fuerza en el judaísmo dándole una configuración totalmente particular. Fue en Alejandría donde el helenismo se abrió más al mundo pagano para proclamar su mensaje de salva- ción.

In document Piñero, Antonio - Biblia y Helenismo (página 108-113)