lumen I de Pax Britannica), Harmondsworth, Mdx., 1973, cap 10.
160 E L MUNDO GRIEGO
ninguna sinceridad, daros a vosotros, es decir al pueblo, repartos de trigo, e incluso entregaros Eubea». En ningún otro lugar está tan cla ramente expresada una mentalidad «nosotros-los demás»; pero su pe ricia técnica y su control real sobre los asuntos del estado deben haber permitido a tales hombres adquirir un poder enorme y constante — de nuevo, a expensas de la Asamblea, pese a su necesidad de hacerse pasar por agentes de la voluntad popular, es decir, de la Asamblea. Para Platón, en una metáfora maravillosa (República, 488), Demos era un viejo capitán de barco corpulento, sordo, drogado y domi nado por una chusma ignorante, que se apodera del timón — cierto, excepto la palabra «ignorante». La ignorancia no fue un defecto de Cleón, ni de Hipérbolo.
En el siglo iv, la democracia ateniense perdió vigor con restric ciones peores que Hipérbolo, del que pudieron deshacerse sin más: el poder institucionalizado de los hombres que administraban los diversos fondos estatales en el curso del siglo iv, y al encumbrarse tales hombres, Atenas se hizo menos democrática de lo que había sido en el siglo v.34 El fondo más importante fue el teórico, con el que se pagaba la asistencia a los festivales. Este paso hacia la eficacia y especialización afectó a muchos departamentos del estado; así, hacia 350, cinco de los diez generales tenían funciones distintas: general encargado de las expediciones de los hoplitas a ultramar, general nombrado para la defensa del Ática, general para el Pireo, y así sucesivamente. Y oímos hablar por primera vez de arquitectos con salario permanente. (Pero nótese que, pese a lo que se ha dicho en este párrafo sobre la administración de fondos, el hecho de qué hubiera menos retribuciones políticas en el siglo iv ayudó también a adulterar la democracia.35)
Pero estos apparatchiks del siglo iv, los hombres de la edad de Eubulo (p. 309), no fueron los primeros atenienses en ganar poder haciendo un trabajo pesado de comisiones. Y esto nos lleva al últi mo, y quizá mayor freno de la soberanía popular en la época de Pericles, al propio Pericles. La posición de Pericles es {casi en todas partes: véase p. 161, sobre finanzas) descrita por Tucídides como si 34. Véase P. Rhodes, «Athenian democracy after 403 BC», en CJ, LXXIV
(1979-1980), pp. 305 ss.
35. M. H. Hansen; Symbolae Osloenses, 1979, LIV, pp. 5 ss:, y en Clas sica et Medievalia, X X X II (1979-1980), pp. 105 ss., con D. M. Lewis, en JHS,
su autoridad dependiera únicamente de sus cualidades carismáticas de liderazgo; pero esto no fue todo, sin duda alguna. Sabemos, por ejemplo, que fue presidente de la comisión para la construcción de la estatua de Atena de Fidias, y de la del Liceo (Filócoro F 121 y 37); que estuvo en la comisión del Partenón (Estrabón 395), y que fue responsable, por elección, del Odeón (Plutarco, Peri
cles, X III). Todo esto está relacionado con la descripción de Atenas
de Tucídides, bajo su mandato, como «una democracia en apariencia, pero en realidad como el gobierno de un solo hombre». Pericles, no menos que Cleón, fue la prueba de que el conocimiento, incluso o especialmente el conocimiento rutinario, es poder, y eso es lo que hace de Pericles el mayor demagogo de todos ellos. Sólo a Pericles, de todos los oradores que aparecen en Tucídides, se le permite hablar sobre algo tan detallado y tan poco etéreo, como las finanzas de la guerra, especialmente en II, 13, donde la capacidad de Pericles, que él se atribuye a sí mismo, de «comprender lo que se necesitaba y exponerlo» (II, 60) está mejor ilustrada que en cualquier otro pasaje de Tucídides. La confianza de Pericles en su exposición es magnífi ca; pero, después de todo, ¿«comprendió lo que se necesitaba»? Los primeros diez años de la guerra del Peloponeso, a la que ahora nos volvemos, demostraron que no, y que la democracia de Pericles —basada en el poder del dinero («adiós, en medio de la riqueza, merecidamente», dice el coro de las Euménides de Esquilo a Atenas, v. 996) y en la admiración de ese poder— fue más precaria de lo que hubiera admitido Pericles. En términos más concretos, la con fianza de Pericles en los recursos de Atenas. fue espléndida, pero fuera de lugar: su política de guerra llevó a Atenas al déficit, y fue ron los demagogos, con su pericia técnica «no democrática», los que la sacaron de él. Tucídides debió percibirlo, sin aprobar necesaria mente las opiniones extremas que da a dos de sus oradores: Alcibia des, que dijo que la democracia era locura conocida; y Cleón, que dijo que una democracia era incapaz de manejar un imperio (VI, 89; I II, 37).
12. LA GUERRA DEL PELOPONESO
La estrategia de Pericles para la guerra del Peloponeso, guerra sostenida por los espartanos para conseguir el derrumbamiento del imperio ateniense (Tucídides, I I , 8; V II, 46) * era sencilla: evitar ese derrumbamiento. En otras palabras, lo que Atenas tenía que hacer era simplemente sobrevivir frente a los ataques de sus enemi gos. Si hubiera podido hacerlo, habría ganado la guerra. De ahí que exista una ambigüedad a propósito en la palabra o palabras usadas normalmente por Tucídides para describir los objetivos de la guerra de Atenas; perieinai (y perigignesthai) significa ‘sobrevivir’ — pero también tiene el sentido de Vencer’: la traducción mejor es 'conseguir finalmente la victoria’ 1 (cf. 172). La política ateniense, por tanto, se veía oportunamente libre de la coacción de la ideología: su propia supervivencia y la del imperio se podía considerar un objeto suficien temente glorioso, pero no había nada abnegado en ella; por el con trario, la liberación, que Tucídides (II, 8) dice que el mundo griego esperaba conseguir de Esparta, a su vez, habría imposibilitado lógica mente el ejercicio de la hegemonía de la propia Esparta. Hemos visto (cap. 10, sobre Esparta) que esto puso a Esparta ante un dilema: en el aspecto financiero, estaba obligada a pedir ayuda a Persia, puesto que carecía del amortiguador de un sistema de tributos aliados; pero Persia no hubiera proporcionado tal ayuda a no ser que el objetivo de liberación se modificara en el sentido de que quedaran excluidos de
* Todas las referencias de este capítulo son de Tucídides, a no ser que se indique su procedencia.
1. P. A. Brunt, «Spartan policy and strategy in the Archidamian War», en Phoenix, X IX (1965), pp. 255 ss., en p. 259; G. E. M. de Ste. Croix, Origins of the Peloponnesian War, 1972, p. 208.
él los griegos que estaban bajo el dominio persa, o lo habían estado. Fue a finales del siglo v y principios del iv cuando empezó a surgir la idea de que los «griegos de Asia» eran una categoría independien te,2 y la razón seguramente reside en lo mucho que se meditó du rante este período sobre el alcance preciso de la «liberación». En la primera parte de Tucídides sólo oímos hablar (II, 8) de la liberación de «Grecia», de Atenas, pero Alcibiades (VIH , 46) explora la exten sión de la idea en los griegos asiáticos, y eso significaba choque con Persia, más que con Atenas.
Para Esparta, pues, «conseguir finalmente la victoria» no era suficiente: debía tomar la iniciativa, cosa en la que estaba muy mal preparada por su sistema social, basado en la represión de los hilotas (p. 129). Primero, su idea de iniciativa era invadir el territorio ático casi todos los arios, lo cual era malo para la economía y la moral atenienses (como muestran los Acarnienses de Aristófanes), pero no era decisivo — y fue incluso peligroso para la propia Espar ta, cuando se declaró la peste en Atenas; así (II, 57: 430) se retiraron del Ática «por temor a la peste» (es decir, por temor a su contaminación probablemente, más que por temor a cogerla. Parece que Tucídides fue poco común, entre sus contemporáneos, a la hora de comprender lo que es una enfermedad contagiosa).3 Sólo cuando Brásidas, a la mitad del decenio de 420, empezó a atacar a los tribu tarios septentrionales de Atenas, intentó un espartano controlar enér gicamente los acontecimientos; pese a que ciertos episodios mues tran que Esparta no había sido muy floja antes de esto4 — su dispo nibilidad para intervenir con algún vigor en Acarnania en 429 (II, 86, 4); en Mitilene (p. 166), y en Corcira (III, 69) (cf. también p. 167, sobre Heraclea).
Pericles había aconsejado a los atenienses no moverse de dentro de las murallas de su ciudad, sin acrecentar su imperio en tiempo de guerra. Cuánto tiempo se mantuvieron en esta política, quién o quié nes fueron responsables de las desviaciones de ella, y cuán dañinas.
2. R. Seager y C. Tuplin, «The freedom of the Greeks of Asia», en JHS,
C (1980), pp. 141 ss. (pero, véase p. 132 más arriba).
3. A. J. HoUaday y J. Poole, «Thucydides and the plague at Athens», en CQ, X X IX (1979), pp. 282 ss. (Pero E. L. Hussey cree que el contagio
es por lo menos compatible con las ideas hipocráticas sobre la enfermedad, incluso si los tratados conservados no lo dicen explícitamente,)