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J Mikalson, en AJP, XCV III (1977), pp 42 ss Tórico, como una

recibe un mordisco de un «demarco debajo de las sábanas» (v. 37), y los demarcos recogían la eisphora, un impuesto sobre el capital.10 Para los ciudadanos del Ática (por lo menos en tiempos clásicos: vale la pena señalar, aunque sea triste, por lo que ello supone en cuanto a vitalidad de la vida del demo, que los decretos de los demos se vuelven escasos después del siglo iv), la rutina del demo era más inmediata, aunque, sin duda, objetivamente menos importante, que lo que sucedía en la Pnix. Una parte interesante del nuevo texto de Tórico es la referencia, al final, precisamente antes de que la piedra se rompa (como ocurre a menudo con las inscripciones griegas, en el punto más interesante), a elecciones a nivel de demos, algo de lo que nos gustaría saber más (véase, más adelante, p. 153).

En una escala de lo más miniaturesco, más pequeñas incluso que los demos, estaban las kom ai o aldeas áticas; incluso éstas tenían sus komarcos, aunque no se conoce casi nada de esos oficiales.

Algunos habitantes del Ática quizá no se preocuparon mucho ni por su demo, ni por la política de la polis: la casa de campo debajo de la cueva de Pan en Vari (antiguo demo de Anagirunte), cuyos restos fueron limpiados y estudiados por la Escuela Británica de Ate­ nas y publicados en 1973, produce sensación de autosuficiencia — hay muchos datos arqueológicos de apicultura en la casa de Vari— y de paz, a mucha distancia de los oradores de la Pnix. Esta paz podía ser alterada (como en Demóstenes, X L V II, Contra Evergo) por piratas, alborotadores locales o litigantes que buscaban lo que en nuestros días se conoce, por educación, con el nombre de «recurso a la ayuda propia»; en estos casos la solución consistía en buscar refugio dentro de la pirgos o torre central fortificada, cuyos cimientos son todavía característicos del emplazamiento de Vari.11

Todo esto indica que el Ática no era precisamente una ciudad con un territorio alrededor, sino un compromiso entre un estado centra­ lizado y uno federal. El compromiso lo simboliza la mención de Lisias (X X III, 3) de «la tienda del barbero, cerca de los Hermes, en el 10. El mejor estudio de demarcos en B. Haussoullier, La vie municipale en Attique, 1884, parte I, cap. 3. Sobre el demarco de Las nubes, véase, no

obstante, J. K. Davies, Wealth and the Power of Wealth in Classical Athens,

Londres, 1981, p. 147 (deuda quizás a un demo, no deuda estatal); demarcos y eisphora·. Davies, ibid.

11. J. E. Jones, A. J. Graham, L, H. Sackett, en BSA (1973), pp. 355 ss.;

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ágora ateniense, donde se congregan los hombres del demo de De­

celea» — evocativa expresión, que evidentemente describía un fenó­ meno social bien conocido, puesto que está casi exactamente repro­ ducido en una inscripción de Deceléa (Syll.3 921, líneas 63-64). Esta necesidad de compromiso surgió de una característica compartida por gran parte del mundo grecorromano: los estados antiguos, con­ fiados en la agricultura, se enfrentaban a un conflicto permanente para evitar que las asambleas cívicas estuvieran dominadas por la población urbana; Roma lo resolvió permitiendo finalmente una ciu­ dadanía doble — es decir, ciudadanía de Roma y de la comunidad natal, cuya constitución era modelada, en términos municipales, de acuerdo con la casi siempre lejana Roma. El Ática, después de Clís­ tenes, qué permitió que los hombres fueran leales a su demo y par­ ticiparan de sus problemas, y a la vez se unieran para intervenir en los asuntos de la ciudad, hubo otro intento semejante de reconciliar ciudad y campo. El puente más importante entre ambos fue el Con­ sejo de los Quinientos miembros, nombrados anualmente en los demos, en proporción a su población — así, por ejemplo, Eleusis pudo enviar once consejeros a la ciudad, y el gran demo de Acamas envió veintidós, mientras que algunos demos diminutos como Pam- botadas y Sibridas se turnaron para enviar un solo consejero, siendo representada cada una alternativamente cada dos años. (Después de 431, los demos rurales fueron perdiendo paulatinamente su repre- sentatividad: p. 139.)

Los demos estaban organizados en tres grupos (o trytties) de la costa, el interior y la ciudad, reunidos artificialmente en unidades superiores, llamadas tribus, philai: una tryttis de demos de la costa, otra del interior y una tercera de la ciudad constituían una de las diez tribus del Ática, cada una de las cuales enviaba cincuenta consejeros a Atenas. En cada tribu, como hemos visto, había varios demos de la costa, varios del interior y varios de la ciudad, y aproximadamente una decimosexta o decimoséptima parte de cada tipo formaba una

tryttis (sólo estaba modificado este sistema en la tribu a la que perte­

necía Acamas, porque veintidós es ya mucho más que un tercio, sobre cincuenta consejeros). Este sistema fue ideado con vistas a las medidas políticas y también militares, y fue otro medio de juntar al campo y a la ciudad: los demos y trytties estaban dispuestos a me­ nudo a lo largo de las principales carreteras estratégicas del Ática, y agrupados en sus extremos, facilitando así la movilización, con el

agora de Atenas, como centro de concentración.12 Un ejemplo es la hilera de demos desde la tribu cinco, Akamantís, que pasa por Tórico- Cefalé-Prospalta-Esfeto y de allí a la ciudad; la sección que va de Tórico a Esfeto corre a lo largo de una carretera principal, que por disposición de Clístenes comprendía primero la costa y luego la

try His interna de Akamantís. La construcción de carreteras de los

Pisistrátidas en el siglo vi hizo posible esta disposición. La Italia romana vuelve a proporcionarnos una analogía: las carreteras, cons­ truidas por gente como Emilio Lépido en la primera mitad del siglo ii, facilitaron físicamente la unificación política y cultural de Italia en el curso de los ciento cincuenta años siguientes.13 Finalmen­ te, los «jueces de los demos» (otro invento originariamente pisistrá- tida) dispensaron una justicia uniforme en toda el Ática, recorriendo los demos en una especie de circuitos de sesiones; ellos también fueron agentes unificadores. (Se les suspendió de sus cargos tras la caída de la tiranía, en 510, pero sobre su nueva creación en el año 453, véase Ath. Pol., 26, 3.)

Un símbolo de la unificación del Ática -—pero también de la importancia de los demos— füe el encargo, al mismo arquitecto, un hombre sobresaliente, del diseño de los templos de Némesis en Ram- nunte, de Poséidon en Sunion, de Ares en Acamas y de Hefesto en Atenas. Némesis evocaba la venganza, en concreto por los ataques de Persia a Grecia y sus templos (cf. Fotnara 90 A: Pausanias), y el lugar era apropiado geográficamente, porque los persas habían desembarcado en 490 no muy lejos de allí, en Maratón; Posidón significaba el gobierno del mar, y su templo en Sunion era una mues­ tra adecuada de arrogancia, visible desde lejos en el Egeo; Ares era el dios de la guerra y Acamas era el demo más belicoso y con más recursos humanos (Tucídides, II , 19); mientras que la propia Ate­ nas, con su total de decenas de miles de metecos,14 es representada audazmente como la herrería de Hefesto. Esta enorme pieza cuádruple de iconografía política,15 comparable como propaganda imperial a la