lumen I de Pax Britannica), Harmondsworth, Mdx., 1973, cap 10.
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27. Rhodes, comentario de Ath Pol., introducción al estudio El escep
ticismo sobre Androción puede ir tan lejos como en P. Harding, «The Thera menes myth», en Phoenix, X X V III (1974), pp. 101 ss.
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lo capcioso de la afirmación de los Cuatrocientos oligarcas, de que tenían la intención de traspasar el poder a un cuerpo mayor de cinco mil: por el contrario, la Ath. Pol., vacilando entre dos fuentes (Tucí dides y la tradición «apologética»), a la vez niega y afirma la exis tencia real de los cinco mil (cap. 32, párrafo 1: afirmación; párra fo 3: negación). Su expresión én el párrafo 3 de que los cinco mil existieron «de palabra solamente» se ha considerado recientemente28
compatible, después de todo, con la clara deducción del párrafo 1, de que los cinco mil sí existieron, por comparación con una frase (II, 65) de Tucídides, semejante a primera vista, acerca de la demo cracia de Pericles, de la que dice que fue «una democracia de pala bra», pero en realidad el gobierno de un hombre: aquí (se insiste ahora) lo que se niega no es la existencia, sino la importancia de los rasgos democráticos. Esta opinión es errónea. La semejanza no es completa: si Tucídides hubiera dicho que bajo Pericles Atenas fue una democracia sólo de palabra, se podría decir realmente que había negado que hubiera democracia en absoluto. La presencia o ausencia de la palabra «sólo», por tanto, destruye la supuesta analogía, y nos encontramos con una contradicción en el relato de la Aht. Pol. Por tanto, es preferible Tucídides.
La revolución de los Cuatrocientos fracasó por diferencias inter nas entre los oligarcas, en dos cuestiones, el grado exacto de parti cipación popular permitida bajo el nuevo régimen, y la actitud para con Esparta. Respecto a la segunda cuestión, la afirmación primera de los oligarcas había sido (V III, 63) que proseguirían la guerra contra Esparta con más eficacia que los demócratas; con todo, tan pronto como tomaron el poder, hicieron proposiciones a Agis en Decelea (cap. 70), e incluso fortificaron una parte del Pireo llamada Etionía, no con el objetivo de mantener fuera a los demócratas samios, sino, como dijeron sus críticos (cap. 90), para dejar entrar a los espartanos. El principal de estos críticos fue Terámenes, hijo de Hagnón, mencionado antes como próbulo; Terámenes también estuvo al frente de la oposición, en lo relativo a la participación popular, tomando una postura más moderada y constitucional que sus asociados (aunque no recibe ningún mérito por ello, de parte de Tucídides, cuyo retrato es hostil (capítulo 89), quizá por influencia de algún informador oral, del partido de extrema derecha, que huyó
de Atenas tras la caída de los Cuatrocientos; 29 ni por parte de Lisias — X II, 65— , que llama injustamente a Terámenes «el más culpable de la oligarquía de 411»). Los datos que nos permiten conocer la postura moderada de Terámenes se encuentran en la Ath. Pol., en la que, en el capítulo 29, se conserva una propuesta de un tal Clito- fonte de «sacar las leyes de Clístenes» y legislar de acuerdo con ellas en el nuevo régimen ·—claro intento de establecer el orden nuevo en una posición más que arbitraria. Se trata, de hecho, de un intento de restringir los derechos políticos de voto a los hoplitas, es decir, establecer un «sufragio de hoplitas», que es el significado de la expresión usada (V III, 65) para los cinco mil: «la gente más capa citada para servir al estado con sus prestaciones personales o con su dinero» (Tucídides, V III, 65). Ahora bien, hay motivos para ver en Clitofonte a un socio de Terámenes, con el que se le junta no sólo en Ath. Pol. (cap. 34), sino también en Aristófanes (Ranas, 967), para quien ambos son discípulos de Eurípides, esto es, intelectuales. Pero el motivo más convincente para ver en Terámenes a un defen sor convencido y consecuente dél sufragio hoplita está en el discurso que pone en su boca Jenofonte en su juicio del año 403, en el que se le hace usar un lenguaje muy similar al citado antes, de Tucídides (V III, 65): Jenofonte (Helénicas, II, 3, 48; cf. II, 3, 17) hace decir a Terámenes que él «nunca cambió de opinión en cuanto a que la mejor constitución es la que está en manos de los que son capaces
de servir al estado con su caballo o stí escudo». Nótese que Teráme
nes en 403 también puso objeciones a la actitud de sus colegas con respecto a Esparta (cf. Jen., H ei., II, 3, 42, donde destaca la subven ción de Atenas por las guarniciones espartanas): así, el paralelo con su actitud en 411 es completo — véase más arriba, sobre Etionía— y muestra la injusticia de la acusación de oportunismo político de sus contemporáneos contra Terámenes, que recibía el nombre de «Co turno» — bota que sirve para ambos pies (Jen., H ei., II, 3, 31). Terámenes, cuya última intervención en hacer volver a Alcibiades fue una actitud desinteresada, propia de un estadista, por lo que podemos ver, y cuyo comportamiento en el juicio de las Arginusas fue, como veremos, más estimable que lo que permite suponer Jenofonte (o. 191), es una de las figuras más interesantes de la últi ma parte del siglo v. Su intento de compromiso político le hace