El control dé Beocia, y el imperio terrestre de Grecia central en general, se perdieron para Atenas en 446 como parte del acuerdo de Pericles con Plistoanacte. Pero su dominio sobre los mares orien tales permaneció intacto, como prueba su libertad de acción en la represión de la revuelta de Samos de 440-439. Tucídides narra los acontecimientos de la década siguiente, no como parte de los «cin cuenta años», a los que pertenecen estrictamente hablando, sino como parte de la sucesión de hechos que fueron la causa inmediata de la gran guerra del Peloponeso. Los Cincuenta Años, en el esquema cau sal del historiador, fueron la causa profunda de la guerra, que Tucí dides vio como el proceso del engrandecimiento de Atenas, que asustó a Esparta. Esta es la «causa verdadera» de Tucídides, I, 23, afirma ción famosa y profundamente original, que es el primer intento cons ciente de desarrollar una teoría de causalidad histórica. «La causa verdadera — dice— fue algo no muy admitido en el momento: fue el crecimiento del poder ateniense, que atemorizó a los espartanos y les forzó a la guerra. Pero las razones aducidas públicamente fue ron las siguientes ...» , y Tucídides sigue con ellas: las peleas entre Atenas y Corinto por Corcira y Potidea. En otra parte del libro I (cap. 118) Tucídides cierra los Cincuenta Años hablando del poder de Atenas «elevándose a una cima visible para todos», y de Atenas «avasallando a los aliados de Esparta».
Incluso si aceptamos, como sería lo lógico, que Tucídides tiene razón acerca de la «causa verdadera» (y en el pasaje citado más arri ba se aproxima al juntar la causa verdadera y las razones aducidas, por lo que no deberíamos intentar separarlas con demasiado rigor), queda aún un problema importante: ¿qué peso tendríamos que dar a los diversos casos de avasallamiento? Los historiadores se han pelea-
do por esta cuestión desde Tucídides, y quizás antes (pues es razo nable creer que escribió para corregir lo que él veía como un error, especialmente en lo que se refiere al decreto megárico, acerca del cual véase p. 119).
Primero, hay un episodio que Tucídides no menciona ni en los
Cincuenta Años ni como un «motivo aducido» en el libro I; pero
tiene derecho a ser mencionado, porque es una clara interferencia con el imperio colonial de Corinto, la aliada de Esparta. Es la alianza con Acarnania del general ateniense Formión, mencionada (aunque no fechada: véase p. 16) por Tucídides en una referencia retrospec tiva (II, 68), cuando describe las operaciones de rutina del año 429 a. de C. Entonces Acarnania, en el noroeste de Grecia, era una colonia corintia, que conservaba estrechos lazos con la metrópoli: los acarnienses pusieron el caballo alado Pegaso, emblema de Corinto, en sus monedas del siglo V. La alianza de Formión era difícil, dada la distancia entre Acarnania y Atenas, y la política habitual de la Asam blea ateniense — el general la firmó sobre el terreno— , y puede haber sido mero oportunismo, pues Atenas hizo muchas alianzas que nunca llevaron a ninguna parte ni se esperaba que lo hicieran. Pero sería útil cuando Atenas se viera envuelta pronto en Italia y Sicilia, dónde otra colonia corintia, Siracusa, crecía en íiqüeza y fuerza. (Está tam bién relacionado con los temores atenienses el que, como nos dice Livio en el año 431, Cartago invadía entonces Sicilia por primera vez, IV, 29, 8, con R. M. Ogilvie, Commentary on Livy, I-V, Ox ford, 1965. Así pues, la acción de Formión, al firmar la alianza, pese a ser sólo una penetración en garantía, fue un movimiento ofensivo contra Corinto en su propia parte del tablero colonial, el Adriático; y quizá se trataba de un acto defensivo concebido con vistas a un posterior ataque contra la colonia corintia, Siracusa. Todo esto hace que sea poco probable que la alianza se firmara antes de 440, cuando Corinto, por la razón que fuese, votó contra la guerra con Atenas por Samos (p. 66), es decir, cuando las relaciones a simple vista toda vía eran buenas. Pero, igualmente, la alianza no se podría fechar muy entrado ya el decenio de 430, porque entonces hubiera sido precisa una mención en algún punto de la narración del libro I, cuando las «razones aducidas» inmediatas eran enumeradas en detalle. La mejor fecha sería c. 439 o 438.
Más tarde, en el decenio de 430, Atenas renovó alianzas con otras dos ciudades occidentales, Leontinos y Region (ML 63 y
1 1 8 E L MUNDO GRIEGO
64 = Fornara 124-125, cf. p. 77 respecto a las primeras alian zas). Tucídides tenía tazón (II, 7 y ML, p. 173) al suponer que en el oeste los bandos ya se habían establecido cuando estalló la guerra.
Los intereses nordoccidentales de Corinto recibieron una amena za más directa con el asunto de Corcira, que es uno de los «motivos aducidos» que Tucídides describe con detalle. Una disputa entre Corcira, ciudad-hija de Corinto, y Epidamno, ciudad-hija de la pro pia Corcira, produjo el primer choque abierto, la batalla de Sibotas, entre las naves atenienses y las de la Liga del Peloponeso (433): Epi damno había recurrido, pasando por encima de Corcira, a la «abuela» Corinto, mientras que Corcira pidió ayuda a Atenas y la obtuvo. Los corintios enviaron una delegación a Atenas para intentar que fraca sara la petición de Corcira. Una de sus quejas contra esta ciudad es especialmente reveladora: los corcirenses, dijeron, «nos han faltado al respeto debido como a su ciudad-madre». Este tema, los lazos entre la ciudad y la colonia, y el modo de reforzarlos, debilitarlos o romperlos en la gran guerra, es importante para Tucídides, y no es accidental que se produzca tan pronto.
Otro segundo «motivo aducido» tiene que ver con Potidea, otra colonia corintia, esta vez en el norte de Grecia, en el extremo más occidental de la península calcídica, en forma de cangrejo. Aquí tam bién el control corintio era estrecho: Corinto enviaba todos los años un magistrado para gobernar Potidea, un epidamiourgos (Tucídi des, I, 56). (Esta institución, que recuerda las romanas, tiene otro paralelo dorio, el hombre enviado por Esparta anualmente para gober nar la isla de Citera, cercana a la costa. El oficial se llamaba Kytbe-
rodikes.) Pese a esto, Potidea pagaba tributo a Atenas, que en 433-
432 exigió a Potidea que devolviera a casa a los magistrados corin tios y abatiera parte de sus murallas. Corinto envió ayuda a Potidea, los atenienses enviaron un ejército a sitiarla, y así Corinto y Atenas chocaron por segunda vez.
Tucídides no nos dice todo lo que necesitamos saber acerca de estas invasiones a los aliados de la Liga del Peloponeso, y hay otros ataques que apenas menciona en absoluto. (Hemos visto uno, la alian za con Acarnania. Se citan otros más adelante.) Todavía se puede decir más sobre la primera de estas dos clases de incidentes respecto a Potidea, a partir de las listas de tributos atenienses. Atenas aumen tó el tributo de Potidea de seis a quince talentos ya en el período
438-434,1 lo cual significaba que presionaba a Potidea («atacando» a los aliados peloponesios), mucho antes de lo que permite suponer Tucídides.
Luego, en la clase de ataques que Tucídides apenas menciona, está Egina. Una de las quejas contra Atenas era que Egina «no era tan autónoma como exigía el tratado» (Tucídides, I, 67, 2). ¿Qué tratado era ése? Quizá se trataba de la paz de los Treinta Años de 466; o quizás hubo un acuerdo especial con Egina, que garantizaba su autonomía individual, aunque es seguro que pagaba tributo a Ate nas. El pago de tributo era compatible con la autonomía, porque «autónoma, pero pagando tributo» parece ser el estatus de algunas ciudades del norte, después de la paz de Nicias (Tucídides, V, 18). La violación de la autonomía egineta quizás afectó a sus derechos legales — puede que se viera forzada a solucionar causas legales en los tribunales atenienses. Pero, en todo caso, parece un motivo de queja importante.
Más importante fue Mégara. La reticencia de Tucídides acerca de los decretos dictados contra Mégara en el decenio de 430, quizá al principio de éste, es uno de sus más famosos silencios, comparable a su omisión de la paz de Calias. Su silencio sobre Mégara no es total: presenta a Pericles diciendo a los atenienses que no van a ir a la guerra por una tontería, si se niegan a rescindir los decretos megáricos, como exige Esparta. Es, dice, un «test de su resolución» (I, 140). Por su parte, los corintios (I, 42) instan a los atenienses a hacer desaparecer la «mala impresión que causaron previamente a cuenta de los megarenses», en donde «previamente»2 es más proba ble que se refiera a los primeros años del decenio de 430 que al comportamiento megarense de c. 460, acerca del cual no podían hacer mucho entonces los atenienses. (Véanse también los pasajes citados más abajo.)
E l derecho megárico, aprobado como castigo ostensible por el cultivo de una tierra sagrada, excluía a los megarenses del agora (lugar de encuentro social, político y comercial de Atenas) y de los puertos del imperio ateniense (Plutarco, Pericles, X X IX ; Tucídi des, I, 67; 139). Este castigo era totalmente adecuado a la falta, por 1. R. Meiggs, en AE, p. 528, siguiendo la suposición de un error garrafal de
las Listas de Tributos Atenienses. Véase también OPW, apéndice XIV.