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La ruta de los exhumados

ECHANDO PALA EN SAN FERNANDO

A las 12:30 del día, la comisión inalmente arribó a la vereda. Un corregimiento santandereano de calles de piedra y curiosos niños que detuvieron sus juegos para asombrarse con esos carros y gente uniformada. No había señal de celular, pues qué necesidad habría cuando quien se necesita está a un grito de distancia. Estaban en medio de la nada, muy lejos de toda civilización, donde todavía se orina sin acueductos y se duerme al lado de las gallinas. Lo que sí llegó a San Fernando, en vez de las oportunidades, fue la guerra.

“Si nos ponemos a almorzar no terminamos nunca”, aseguró Edwin, quien optó por comprarse varios paquetes de papas y una gaseosa para engañar el hambre. Algunos hombres sí entraron al único restaurante del lugar y pidie- ron su almuerzo, pero los del CTI parquearon la camioneta, bajaron sus implementos y empezaron a caminar hacia el antiguo cementerio del pueblo, donde estarían enterrados los dos restos por exhumar.

Había que caminar cerca de 200 metros a través de un hu- medal para llegar a la colina exacta donde aguardaba la señora Luz Estela Ramírez Tejedor, una mujer de aproximadamente 40 años que vestía un poncho, una gorra, jeans y una camisa de manga larga negra. Luz Estela perdió a dos de sus herma- nos en diciembre de 1984, cuando una noche llegó a su inca un grupo de uniformados –aparentemente guerrilleros- que preguntaron por su padre y por “los dos mayorcitos”.

A la mañana siguiente, la pequeña Luz Estella y su mamá, doña María Sara Tejedor, encontraron a Álvaro y a Luis Eduardo tumbados en la entrada de una inca vecina, con disparos en las sienes y ahogados en un charco de idéntica sangre. Dentro

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de los bolsillos de uno de los jóvenes, la madre encontró un papelito que decía: “Por sapos auxiliadores de la guerrilla”.

“Había que salir corriendo de ahí, porque seguro también iban por mi papá”, narró Luz Estella al grupo de investiga- dores que ahora se disponían a buscar el hueco donde, doña María Sara, había metido a sus dos hijos antes de desplazarse forzadamente hacia Puerto Nare, Antioquia.

‘Pepe’ y ‘Pancho’, de 16 y 14 años respectivamente, estarían enterrados el uno al lado del otro según su hermana, quién los habría venido a buscar en abril de 2010. Vino sola en aquel entonces; era la segunda vez que volvía al pueblo en búsqueda de sus familiares. La primera vez lo hizo a principios de 2010 en compañía de un grupo de criminalística que no encontró nada, cuando recién su madre se había decidido a poner la denuncia. Pero al volver corrió con más suerte, y pagó a un hombre para que le ayudara a cavar huecos al azar, donde le dijera el corazón.

Ese abril, cuando encontró el primer pedazo de camisa amarilla de rayas azules entre la tierra, un recuerdo se encendió como un bombillo en la mente de Luz Estela. Luis Eduardo y ella, vestida de colegiala, comiendo helado y caminando por el pueblo. “Era mi hermano favorito, me cuidaba mucho, hasta le puse su nombre a uno de mis hijos. Reconocí de inmediato su camisa”, contó. Terminó de abrir bien el hueco, pero encontró unos pocos huesos. Empezó a guardarlo todo en una bolsa, y al cavar al lado encontraron lo que parecía una sábana y una camisa roja, con más huesos. “Esos sí eran de Álvaro. Yo no lo quería mucho porque me pegaba, me rompía los juguetes. Pero igual también lo recogí y fui a mostrarle lo que encontré a mi mamá”, contó la cimitarreña.

Pues lo que hizo Luz Estela, con la más humilde de las ignorancias, fue alterar una escena que debía ser examinada por los criminalistas. Al llevarse los huesos, afectó el terreno y las consecuencias tafonómicas (los efectos externos que de- terioran un resto óseo) que debían analizar los expertos. Pudo haber recolectado incompletos los restos, pudo quebrarlos y así acabar con las pruebas idedignas que podrían determinar

una causa de muerte. Pero todo su actuar irracional estaba movido por un propósito más grande, incomprensible ante los ojos de un cientíico: quería que su anciana madre pudiera decirles adiós a ‘Pepe’ y a ‘Pancho’ antes de que ella también partiera de este mundo.

Al poco tiempo, Luz Estela regresó con los restos de sus hermanos y sus prendas de vestir lavadas. Según sus palabras ante el iscal, volvió a abrir un hueco cerca al lugar donde recuerda haberlos encontrado por primera vez, y los volvió a dejar bajo tierra. Puso dos cruces para recordar el lugar exacto de inhumación y llamó a las autoridades para reportar su encuentro.

Así que la comisión tuvo que hacerse la idea que esta exhu- mación no iba a parecerse a cualquier otra: por el lado técnico, iba a ser relativamente sencilla. Debían encontrar unos pocos huesos dentro de una fosa alterada, previamente marcada, con prendas de vestir muy especíicas. Por el lado del caso como tal, se complicaron un poco las cosas. El iscal González no le gustaba para nada la idea de que hayan cambiado la escena de exhumación y alterado las pruebas. Además, la señora Ramírez parecía no querer encontrar un culpable, ni saber la verdad, pues según ella quienes habían cometido el crimen “podían ser guerrilleros, o paramilitares, pero a estas alturas ya ni existirían”. ¿Entonces porqué devolver a sus hermanos hasta San Fernando? ¿Por qué hacerlos volver hasta aquí? ¿Quería acaso cobrar una indemnización? Todo eran simples ideas.

Después de que la mujer señalara el punto exacto, los investigadores realizaron unas pruebas de prospección para ver si esa área de tierra señalada tenía sus capas mezcladas. Cuando la tierra es virgen, y nunca ha sido alterada, guarda sus capas estratigráicas bien diferenciadas, como una torta de chocolate y vainilla. Pero cuando alguien mete una cu- chara y mezcla sus niveles, queda una masa caqui, que no es ninguno de los componentes originales, sino todos al tiempo. Al sacar el pozo de sondeo, se veriicó que esa tierra había sido removida, así que acordonaron la zona y se alistaron para empezar a cavar.

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Al primer palazo en la tierra, Edwin se lamentó. El sol estaba en su punto máximo, tostándole la piel, tenía hambre y sed; pero para colmo de males las condiciones del suelo no eran las más alentadoras: por estar cerca de un humedal, la tierra estaba tan hidratada que pesaba el doble, y al cavar, Edwin sabía que el hueco se llenaría de agua, y no tendrían más que una piscina de agua sucia.

Aún así, el antropólogo se mentalizó: “lo bueno de esta tierra es que la acidez, o el PH del suelo es mas bien bajo, lo que ayuda a que los huesos no se descompongan tan rápido como en un piso muy ácido”, comentó. Claro que el factor tiempo era determinante: estaban buscando unos huesos que tendrían aproximadamente 26 años de deterioro.

Los cinco investigadores del CTI se turnaron la pala, ayu- dados también por los dos miembros de la Dijín. Afuera del campo acordonado, cerca de unos arbustos que hacían sombra, estaban sentados el iscal González y Luz Estela. Al lado de los dos, los vigilaba un soldado del ejército, que cargaba un fusil de aproximadamente cuatro kilogramos de peso. El hombre portaba su uniforme de pies a cabeza, y cubría su boca con una pañoleta negra que lo protegía del sol. Igual de formados estaban sus compañeros del Ejército y Policía, quienes rodeaban el área de trabajo con prudencia y paciencia. En las calles de la vereda se quedaron otros pocos soldados, siempre cuidando la seguridad de la comisión.

El intenso calor puso a sudar litros a los excavadores. El iscal pidió que le prestaran uno de los protectores de lluvia que guardan los soldados en su equipaje para extenderlo en frente de sus muchachos y así lograr hacerles sombra. La idea fue bien recibida por los sedientos miembros, que se detuvieron a tomar gaseosa tibia traída de la única tienda de San Fernando. “¿Segura que es acá, señora?, vuelva e indíquenos el lugar exacto, por favor”, rogaron a Luz Estela los funcionarios. Y ella volvió a señalar con su índice el lugar donde ya había un hueco de 1.50 m, sin rastro de huesos o ropa adentro. “Preiero caminar cinco horas que hacer esto”, exclamó Enrique, quien parecía que hubiera recibido un baldado de agua encima.

De pronto, siendo casi las tres de la tarde, Edwin encontró un fragmento de tela amarilla. “Aquí hay algo”, gritó. Y todos empezaron a cavar justo encima de lo que resultó ser la camisa descrita por Luz Estela. Siguieron buscando a ver con qué más se topaban. Apareció entonces un pedazo de una prenda color azul, algo que parecía haber sido una pantaloneta. La forma de la ropa se había expandido, las prendas parecían mallas enormes con los cauchos salidos y carcomidos. “Todo eso lo hace la tierra”, me explicó Víctor, el fotógrafo, quien registraba los hallazgos con su Canon.

Y unos cuantos centímetros más adentro de todo el lodo, Edwin –el único que podía hacer contacto con los huesos y sus accesorios- encontró algo duro, largo y blanco. “Encontré el peroné. Y aquí también hay una tibia”, le informó al equipo. Eso sería todo lo que hallarían en la fosa de uno de los hermanos. Hicieron el formato, y lo embalaron en una bolsa de cierre práctico, para después meter ese par de huesos en un plástico rojo grande que recuerda inevitablemente a alguien recién exhumado.

En la otra fosa, que empezó a cavar Enrique y los de la Dijín mientras el antropólogo hacía el rotulado, encontraron una prenda más rápido. Era una tela del color de la tierra. “Ahí estaba envuelto Álvaro”, airmó la familiar. Sacaron la sábana y cavaron casi dos metros hacia abajo, pero aparte de unas tiras de tela roja que dibujaban en la imaginación alguna camisa, no encontraron mas pedazos de algo, ni de alguien. A las cinco de la tarde los policías, que encendían sus ciga- rrillos para espantar a los mosquitos, le dijeron al iscal que era mejor retirarse pronto pues “ya va a oscurecer”. Segundo González se acercó al grupo, miró de reojo las fosas y se diri- gió hacia el antropólogo. “Uy, pero no se sacó fue nada. Con eso quien sabe si los reconocen”, y dio la orden de tapar los huecos y recoger las cosas porque se iban ya.

Las gruesas gotas de agua que empezaron a caer encima de los acalorados y sudorosos cuerpos de los peritos, fue una bendición. Edwin salió como pudo del humedal en que ha- bía estado nadando por casi cuatro horas. Se quitó su overol color barro en ese momento- y entró a una de las casas del

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corregimiento a lavarse la cara, los brazos y las botas. Al salir con el pelo mojado y peinado hacia atrás, Edwin vio que sus compañeros ya habían metido todas las herramientas –y la bolsa roja- en el furgón de la camioneta.

Luz Estela pasó entre todos esos hombres y les dio las gracias. Estrechó la mano del iscal y sonrió a manera de des- pedida, justo antes de que arrancara la moto donde se había encaramado acompañada de un hombre que le hizo el favor de transportarla hasta la vereda de su infancia. “Yo quisiera volver por acá”, dijo, y arrancaron.

Cuando entró al carro y se sentó, Edwin se bebió una botella de Gatorade medianamente frío de un solo sorbo. Los soldados veriicaron que los tres vehículos y sus integrantes estuvieran listos, se subieron en la parrilla, y arrancaron, satisfechos todos, de vuelta a Cimitarra.