• No se han encontrado resultados

La ruta de los exhumados

SIGUIENDO LAS PISTAS

Hay unos 15,000 desaparecidos forzados en Colombia, según la Fiscalía General. Sus víctimas son un mar de amargas his- torias, todas igual de injustas y dolorosas. Unos se los traga la tierra sin razón, como a Gustavo y sus amigos. Otros, se los llevan a la fuerza por perseverar unos ideales y defenderlos sin miedo; y a otros, en cambio, los toman de sus casas en medio de la noche, frente a sus familias, sin realmente tener nada diferente en la cabeza, solo porque así lo dictó la mala suerte, o más bien la injusticia. “Uno no cree que le pueda pasar esto estando en una ciudad. Uno ve en la televisión a las víctimas de la guerra lejos, y al día siguiente es una de ellas. Ahí es que uno

44

despierta, y entiende ese dolor”, explicó Javier, el mayor de los hijos Cardona.

Los que no sufren esta incertidumbre la ven desde dos perspectivas: creen que los familiares son afortunados de no tener la certeza de que su ser querido esté muerto, o quizás secuestrado, pues es mejor tener la esperanza de que él o ella esté vivo. Hay otros que piensan que más bien son desafortunados, pues al no tener certeza, nunca encuentran esa dolorosa paz.

Los padres de estos tres jóvenes no descansaron -y aún hay una que no descansa- hasta encontrarlos. Se obsesionaron a diario durante más de una década por buscar esa verdad: saber si estaban vivos o muertos. Hoy están obsesionados por responderse otras preguntas: ¿Qué fue lo que pasó? ¿Por qué los mataron? ¿Quién fue?

Las pistas que llegaron para encontrar el paradero de Gustavo y Darwin fueron progresivas. La Fiscalía tomó el caso desde el inicio y empezó a realizar las investigaciones pertinentes, pero los padres de familia no pudieron sentarse en sus casas a esperar los resultados. “Gran parte de lo logra- do fue por nosotros, no era el hijo del presidente, era el hijo de Francisco Cardona, era mi hijo y yo lo tenía que buscar”, airmó el carmelitano, pensionado del Banco de la República hace casi quince años.

La primera pista que tuvieron los hogares fue la certeza de saber que los jóvenes habían llegado -según lo planeado- el viernes 17 de julio de 1998 a Cartagena, pues doña Blanca Ruth Sánchez, madre de Carlos Mario, recibió la llamada de su hijo desde la casa de un pariente que vivía en esta ciudad tres días después de que llegaron. “Él me dijo que los habían robado, pero que tenían la plata para devolverse el viernes 24 de julio”, recordó.

Eso fue todo. A Gustavo no le volvieron a oír la voz desde el adiós que pronunció por última vez en su hogar del barrio Buenos Aires, Medellín, donde nació el 13 de octubre de 1976. Los días siguientes a la inexplicable ausencia de él y sus amigos, las tres familias organizaron un viaje directo hasta Cartagena

en carro con la esperanza de encontrarlos aún allí. Una vez llegaron, visitaron el hotel “París” donde sus hijos se habían hospedado, y el gerente de este lugar reconoció los rostros de las fotografías. Deinitivamente habían hecho el ‘check out’. La búsqueda se extendió por toda la ciudad, las fotos pasaron por hospitales, estaciones de policía, terminales de transporte, hasta morgues y cementerios. Fueron a la terminal de trans- portes, donde preguntaron por la lota que saldría aquel 24 hacia Medellín. La empresa Expreso Brasilia, que vendió los tiquetes a los muchachos, dijo que no se podía responsabilizar por la desaparición de éstos, y que la información que tenía sólo se la daría a las autoridades. “O sea que sí había información”,

pensaron. Así que sus hijos sí habían emprendido el regreso a casa. ¿Dónde se quedaron? La frustración se apoderó aún más de los improvisados detectives.

Nadie dio razón en La Heroica. Así que se devolvieron ha- ciendo una expedición eterna, y pararon en todos los pueblos donde pudieran darles pistas sobre la suerte de sus hijos. Las respuestas fueron negativas durante días, hasta que llegaron a un estadero en La Frisolera, un municipio antioqueño ubicado entre Valdivia y Yarumal a una hora de la capital paisa. La propietaria del local aseguró que los de la foto habían dormido allí la noche del 24, pues un derrumbe interrumpió el tránsito vehicular, pero que a la mañana siguiente habían continuado su rumbo a casa.

Nada tenía sentido, sin apetito ni sueño, los padres ex- tendieron su ronca voz por toda la región del bajo Cauca, con la ilusión de que los jóvenes estuvieran aún por la zona. Volvieron a Medellín tan pronto como pudieron para avisar a las autoridades las “buenas nuevas”, pero los investigadores de la Fiscalía se mostraron algo escépticos con los descubri- mientos. Así que a la espera de más resultados, los padres decidieron pagar un abogado para que inspeccionara los avances del seguimiento iscal, pero el expediente era reser- va del sumario y ellos no podían acceder a la información. Parecía que una gran pesadilla estaba cobrando vida, y no había manera de despertar.

45

A inales del mes de agosto de ese mismo año, durante el transcurso de otra tarde expectante, el teléfono de la familia Llano Sánchez repicó.

“Aló, si buenas, ¿con la señora Blanca Ruth Sánchez?”- pre- guntó una voz masculina.

“¿Quién la busca?”, contestó la mujer.

“Mire, es para saber si ya apareció su hijo, Carlos Mario”.

“No él no ha llegado a la casa. ¿Con quién hablo?¿Usted por qué sabe de Carlos Mario?”- cuestionó la madre.

“Mire señora, yo lo conozco por que a mí me secuestraron junto a él y los compañeros en un bus Brasilia, viniendo para Medellín como a 20 minutos de Caucasia. A Gustavo, a Darwin, a Carlos y a mí nos bajaron del bus unos tipos de la guerrilla con el pretexto de que habíamos atracado un peaje. Doña Blanca, yo me hice muy amigo de su hijo allá en el cautiverio y el me pidió que me comunicara con usted, él se a pasaba llorando”, relató el hombre.

“¿Cómo así? ¿Dónde están los muchachos? ¿Están bien?”– replicó con angustia.

“Pues señora, yo iba con mi papá y mi hermana de 16 años en el bus cuando eso pasó y él no dejó que me llevaran a mi sólo con su hijo y los otros, entonces los llevaron a ellos también. Nos montaron primero en una Chevrolet LUV hacia Zaragoza y des- pués como tres horas a caballo hacia adentro”, explicó quien se identiicó como Antonio Ruiz.

“Si eso es cierto, ¿usted por qué está libre ahorita?”, preguntó con desconianza la mujer.

“Porque yo soy de Mitú, Vaupés. Nosotros somos por allá de mucha plata, tenemos cultivos de coca y por eso me soltaron, para llevarles una plata de rescate por mi papá y mi hermana. Mire señora, a mi me pidieron 15 millones de pesos, me dieron dos semanas para conseguírmelos, y por eso me dejaron libre. Me vine para Medellín de una”.

“Ajá. Pues mire, ¿Antonio, cierto? Yo no sé que pensar, no sé si creerle todo eso. Usted es un extraño. Le pido si esto es una broma o una mentira me diga de una vez porque usted no sabe cuánto estamos sufriendo con esta desaparición”, confesó Blanca Ruth.

“Señora Blanca, yo estuve con los muchachos, créame. Yo sé que ustedes viven en el barrio Buenos Aires. Que Carlos Mario iba a entrar a la Policía, que estaba recién graduado del colegio. De Darwin sé que trabajaba en una papelería, él cargaba allá con unos chacos de karate. Y del mayor, Gustavo, supe que estudiaba quinto semestre de ingeniería de Sistemas en la San Buenaven- tura. Doña Blanca, yo la estoy contactando porque necesito su ayuda para conseguirme esa plata y sacar a mi papá, y ojalá sacar también a los pelaos”, explicó Antonio.

“Santo Dios, todo eso que usted dice es verdad. Bueno, ¿cuén- teme a ver qué es lo que necesita?”, preguntó la madre.

“Yo necesito irme para Mitú y conseguir esa plata, pero ahorita no tengo cómo devolverme para allá, porque no tengo nada desde que me soltaron”, contestó.

“Mire, por qué no nos vemos al frente de la iglesia de Buenos Aires esta tarde, y ahí seguimos hablando y me da más información de los muchachos, ¿le parece?”, propuso Blanca.

“Listo, allá nos vemos más tarde”, y colgaron.

Doña Blanca levantó la bocina otra vez. Con manos tem- blorosas, y un nudo en la garganta, marcó el número de Consuelo, madre de Darwin, y cuando le contó la noticia las dos quedaron pasmadas ante la veracidad de los detalles. Después, las dos fueron a ver a don Francisco, y en éste hogar también se encendió una luz de esperanza. Así que los tres llegaron puntuales a la cita con el supuesto compañero de plagio de sus hijos, y al verlo sentado en las escalinatas de la iglesia, percibieron esa energía única, ese vuelco en el corazón que siente un padre cuando algo estuvo tocado por su hijo. “Antonio Ruiz”, les dio la mano, vio las fotografías de los tres jóvenes y conirmó sus identidades, así que inició su relato. Empezó por los detalles únicos de los jóvenes. Antonio acertó con hechos privados como que Darwin sabía karate y tocaba guitarra muy bien, y que lo sabía por que “allá” le habían conseguido una guitarra para que tocara; que Carlos Mario tenía unas manillas y vestía un saco Nike blanco, con unos jeans y unos tenis “muy costosos”, y que hablaba además de la hermanita, Tatiana, de 7 añitos. También airmó que Carlos

46

Mario llevaba una cámara fotográica, color amarilla -cosa cierta pues la había tomado prestada de una tía el día que salieron de viaje hacia la Costa- y inalmente, que Gustavo Adolfo, ya barbudo en el monte, estaba estrenando su licencia de conducción, que había sacado recientemente en Medellín. Todo era cierto.

‘Antonio’ dio con tanta naturalidad toda la información, que los padres ignoraron todo sentimiento de desconianza y procedieron a ayudarlo en la supuesta cruzada para conseguir lo que dejaría en libertad a sus hijos.

Lo primero que hicieron, fue pagarle un hotel en Medellín y darle dinero en efectivo para sus necesidades. Después, volvieron a meter sus manos en los bolsillos para pagarle el viaje con des- tino a Mitú, Vaupés, donde se supone debía llegar con urgencia para reunir el dinero del rescate. Fue en este momento cuando los relatos del testigo empezaron a adquirir un tono falso y los cambios de versión de los hechos sembraron desánimo en los familiares. Las incoherencias se evidenciaron en la información dada sobre los supuestos captores: ahora resultaba que quienes los habían raptado eran paramilitares. Además, el hombre aseguró que no conocía a nadie en Medellín, pero al llamarlo a la habitación del hotel y ver los registros telefónicos -con la ayuda del Gaula de la Policía- se dieron cuenta de que la línea telefónica estaba ocupada y que habían llamado a alguien en el barrio Santo Domingo Savio, de la capital antioqueña.

Cuando a ‘Antonio’ inalmente lo llevaron a la terminal de buses, dos días después del primer encuentro, éste dijo que se comunicaría con Blanca Ruth a su llegada, promesa que no cumplió sino tres días después, cuando el teléfono de los Llano volvió a sonar. Esta vez, el hombre llamó para pedir que lo recogieran en el aeropuerto Olaya Herrera esa tarde, pues

“había regresado” de su misión “en una avioneta prestada por un esmeraldero boyacense”. Según los familiares, ‘Antonio’ llegó esa noche a Medellín a instalarse en la casa de la señora Consuelo, y les dijo que “había logrado conseguir y consignar en un banco de Caucasia, treinta millones de pesos en total para rescatar a su familia y a los muchachos”.

Esa noche hubo cena en la casa de los Sánchez. Todos brindaron por esa nueva luz, intermitente, que mostraba un posible camino hacia los desaparecidos.

“¿Cuándo vamos por ellos, mañana?, preguntó doña Con- suelo a su visitante.

“No, todavía no. No es prudente hacerlo tan rápido, debemos esperar otro poco”, respondió Ruiz.

Los días pasaron y la posible colaboración del inestable testigo empezó a verse cada vez más y más lejana. Un buen día, doña Consuelo -quien había llenado de suicientes aten- ciones a su huésped- decidió encarar la situación. “No nos vaya a hacer viajar tan lejos, gastando y desgastando, para salirnos con nada Antonio, por favor”- le rogó. Pero ya era muy tarde: al día siguiente el sujeto tomó trescientos mil pesos del hogar de los Sánchez, guardó en su maleta la radio que la madre de Carlos Mario había puesto en la habitación para hacer más cálida su estadía, y echó a correr por las calles.

La denuncia en contra del timador ante la Procuraduría General no se hizo esperar, y las autoridades fueron eicaces al ubicar a Antonio de Jesús Ruiz Castillo, el hombre detrás de tantos cuentos. Los familiares de Ruiz fueron quienes die- ron la información clave para localizarlo y perilarlo como el criminal que era. Tal fue el caso de Luis Alberto, hermano de Antonio, quien recordó cómo éste delinquía desde pequeño, y que su falta más grave había sido robarle el auto a su propio jefe -un administrador de una empresa de buses- cuando se lo pidió para ir a un centro asistencial con la excusa de que le dolía el pecho y estaba sufriendo un infarto. El hombre huyó hasta la Guajira con el auto, y allí lo vendió sin mayores diicultades, pues el ex jefe decidió no acusarlo. El hermano también airmó que a principios de 1998, Antonio incursionó en el paramilitarismo, y que se retiró a los siete meses de su ingreso para volver a casa y robarle una cadena a su propio sobrino. Tampoco lo denunciaron, pero la mamá de Antonio, Graciela María Castillo, Luis Alberto, su hijo, su hija, Lydis Margoth -quién desmintió haber estado secuestrada, y negó también la posibilidad de estarlo de su padre, pues había falle-

47

cido en 1994- y otros tantos familiares del prófugo, expresaron su desagrado hacia Antonio, a quien caliicaron de mentiroso, ladrón y “una mancha en el apellido”.

Al encontrarlo, cerca a Zaragoza, Antonio de Jesús sostu- vo ante la Fiscalía de Caucasia su narración: había conocido a Gustavo, Darwin y Carlos Mario en un bus de la empresa Brasilia que él había tomado para llegar a Medellín y renovar su licencia de conducción. Que en la carretera había un retén frente a la entrada del Batallón Riles del Ejército y había una camioneta Hilux blanca cuatro puertas parqueada. Que unos sujetos que vestían de civil y portaban pistolas y cachuchas con las iniciales del DAS adelante, se subieron al bus y miraron caras e hicieron bajar a cuatro personas, incluido él. Que los hombres dijeron que los iban a retener por haber atracado un peaje, y los montaron en la camioneta y salieron por la carretera hacia El Bagre. Antonio airmó que no lo dejaron preguntar nada, y que fue en ese momento cuando entendió que esos hombres no eran miembros del DAS.

Aseguró que se detuvieron ante una puerta negra, a un kilómetro de un aviso que decía “Hacienda La Cabaña”, y que un hombre llamado ‘William’ los hizo vestir a los cuatro de camulado y les empezó a hablar del pensamiento paramilitar, “a meterles psicología”. Que ‘William’ les ofreció viáticos, y después equipos de patrullaje, y que le quitaron al más pequeño la cámara y a todos los cuatro los documentos. Que les dijeron que les enseñarían a disparar, y les dieron conianza. “Los muchachos estaban emocionados, seguros de lo que el tipo les decía”, narró Ruiz. Y que inalmente les habían dado clases de disparo, pero que a él no, pues él ya sabía disparar gracias al entrenamiento que recibió al prestar servicio militar en el Ejército. Que al desarmar los fusiles, él se dio cuenta que las armas no tenían aguja percutora (lo que hace imposible un disparo, según acota la Procuraduría) y que los equipos que les dieron eran los que utilizaba la guerrilla.

Y de pronto Antonio soltó algo más: “Que un día, llegó una camioneta Toyota Land Cruiser 4.5 de estaca, blanca, y se bajó un tipo vestido de camulado con porte militar, presillas

y distintivos, con tres estrellas de capitán y encima del bolsillo del pecho una placa con el apellido Rayo, quien se reunió con William. Y que de ahí en adelante los volvieron a encerrar, a callar sus preguntas, y que “Andrés” (el único con segundo nombre Andrés es Darwin) le escribió con un carbón el telé- fono de su casa en un canal de agua del rancho, que aseguró todavía debe estar escrito, y que él lo anotó en un papelito y se lo aprendió después”.

Antonio, continuó su relato sin inmutarse: “En la noche volvió la camioneta y se llevaron a dos de los muchachos, iban cuatro tipos más, quedó el más jovencito. Le propuse que nos voláramos pero éste no quiso, de una a tres de la mañana me toco turno de centinela, y le dije al otro muchacho que me acompañara a hacer mis necesidades. Mientras éste espera- ba, me despojé de todo y salí corriendo aplicando técnicas de evasión y escape que aprendí en el Ejército. Me monté en un camión maderero hasta el puente Lleras, y de ahí fui a la casa de mi hermana Margot Ruiz en Pueblo Nuevo, y luego donde una tía en La Apartada. Mi hermana me contó que habían ido dos individuos armados a preguntarme y ella les dijo que no sabía nada de mí, que estaba desaparecido, así que me decidí a llamar a la mamá de uno de los muchachos de Medellín, y allá me quedé dos días hasta que me di cuenta que estaban metiendo policía.”

Antonio se declaró culpable del hurto, pero defendió su contacto con los tres jóvenes. Reairmó sus conocimientos sobre la vida de éstos, dijo de nuevo que Gustavo iba a ingresar a la Universidad, y que otro tenía la intención de presentarse al ejército a prestar servicio militar. Un nuevo dato cierto, pues esas eran las expectativas de Carlos Mario. Antonio dijo que no tenía sentido que acusaran de robar un peaje a tres mu- chachos de bien que venían de vacaciones, pues ya los habría capturado la policía. Y que estuvo con ellos casi quince días, hasta la noche que se voló. Finalmente dijo que los peajes más cercanos cuando los retuvieron eran los de La Apartada en Córdoba, y el de Tarazá, en Antioquia, y él no oyó decir nada sobre atracos.

48

“Yo nunca he hecho parte de los paramilitares. Aunque allá nos dieron uniforme camulado y armamento, y me sentí físi- camente uno de ellos, nunca me identiiqué psicológicamente así. Si yo fuera uno de ellos, no estaría colaborando con mi declaración, pero a los muchachos yo los vi tan entusiasma- dos, que ahora serán delincuentes”, aseguró. El 6 de marzo de 2001, al escuchar la sentencia en su contra dictada por un juez de la Fiscalía, por los cargos de “Concierto Para Delinquir y Secuestro Agravado”, Antonio manifestó: “No tengo nada para decir, que busquen a los verdaderos culpables o delincuentes y si la Fiscalía piensa que soy yo, es porque me les metí en la cabeza. Que averigüen por el Capitán que les estoy diciendo