La ruta de los exhumados
PRIMERA PARADA~
La exhumación
Desde la Guajira hasta Leticia y de Buenaventura a las selvas del Guaviare se movilizan las camionetas del Cuerpo Técnico de Investigación de la Fiscalía colombiana buscando a los más de diez mil muertos que aún quedan por exhumar.
Por Mónica Meléndez Á.
tierras mestizas para buscar ollitas de barro de alguna genera- ción precolombina de tiempos más felices. Hoy, lejos de Tunja -ciudad donde habita y trabaja-, está escribiendo la historia del país de una manera que tal vez no imaginó al escoger este oicio: con un pico y un martillo, como los egipcios que tanto estudió, sobre una piedra que dice “Hernando Ferreira Henao. Mayo 20 de 2000. Osario # 53”.
Lejos de estar buscando ollas o jarrones indígenas, Buitrago pica con fuerza esa bóveda para poder extraer los restos de un hombre que fue asesinado hace una década en Arenal, sur de Bolívar, por un grupo al margen de la ley que tuvo la cortesía de llamar a la casa del difunto para preguntarle –a la madre de éste- dónde quería ella que le hicieran llegar su hijo muerto. “Que si a la funeraria, o a la casa”, recordó la hermana de Hernando Ferreira, Luz Marina, quien admitió que la bondad de los asesinos se extendió hasta el punto en que decidieron llamar más tarde, pues las señoras estaban
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como en shock, y así no podían decidir. Tanta piedad tenía precio: había que cerrar la boca, nada de andarle contando a las autoridades.
Así que con todo el dolor del alma, a doña Blanca Inés Henao, la madre de Hernando, no le quedó más sino res- ponderles que por favor se lo hicieran llegar a la funeraria San Pedro de Bucaramanga, que allá ella lo velaría. Y así fue: allá llegó Hernando con sus 17 balazos; y unos cuantos años después de estar enterrado en un cementerio, el hijo de doña Blanca fue pasado a uno de los osarios de la parroquia donde ahora trabajan los investigadores.
Sólo diez años después la familia Ferreira se atrevió a abrir la boca, con la esperanza de que quienes hubieran hecho el daño ya no estuvieran más por esos lares. Fue la Fiscalía Ge- neral la que recibió el caso, y como todo inicio de un proceso de denuncia de homicidio sin declarar en años, había que veriicar que efectivamente, quien estuviera ahí metido entre el cemento, fuera Hernando y nadie más.
Esa particular tarea la debían cumplir los peritos del CTI, en grupos de trabajo conformados por miembros de todas las seccionales del país. En esta ocasión, se reunió gente de Tunja, Valledupar, Bogotá y Bucaramanga; todos bajo el mando del iscal del departamento de las diligencias, en este caso, el san- tandereano Segundo Isidro González. Algunos investigadores ya se conocían desde antes, otros estrechaban las manos por primera vez, lo cierto es que, a partir de este momento, iban a enfrascarse en una labor que les tomaría 13 días de sus vidas, y en la que esperarían recuperar al menos 24 restos en la región: el primero de ellos perteneciente a Ferreira.
Luz Marina responde algunas preguntas para el iscal González y otro hombre de la Dijín, que insiste en saber si el difunto andaba metido en cuentos turbios. Ofuscada, Luz Marina aparta la vista y ve a los investigadores que pican allá, toman coordenadas, miden la temperatura especíica del lu- gar y calculan las medidas del osario. Sacar el cofrecito que guarda los huesos de su hermano está resultando una tarea bastante difícil, suspira.
Más de una hora después del inicio, Edwin logra abrir un marco lo suicientemente amplio para poder halar hacia su pecho el pesado cofre, lleno de polvo. No hay manera de que el antropólogo se contamine: viste un overol de bioseguridad que va desde su coronilla hasta sus talones –mejor conocido como ‘teletubbie’ entre el gremio- que complementa con un tapabocas, unos guantes gruesos y unas botas quirúrgicas. Y aunque el traje haga sudar a Edwin hasta el punto de la casi asixia, siempre es bueno protegerse de las bacterias de un muerto.
Edwin pone cuidadosamente el pesado cofre en el suelo. Recibe de manos de Víctor Bravo, el fotógrafo forense, unos cuantos pliegos de papel periódico en donde empezará a ex- tender, de manera casi anatómica, los restos del muerto. Un extraño olor se cuela por entre el salón, y allí es cuando Edwin hace una mueca y advierte: “Uff, está algo momiicado”.
Bravo, un valduparense de bigotes y calva pronunciada, registra paso a paso los avances de Buitrago. Con una cámara en la mano va congelando la tarea de exhumar los restos del caso. Su labor como fotógrafo forense le da el privilegio de cruzar la zona acordonada con una cinta amarilla, estilo CSI Miami. Y mientras el antropólogo se retira un momento para limpiarse las gotas de sudor que empapan sus párpados, el fotógrafo aprovecha para tomarle una foto en primer plano a los huesos de Ferreira que yacen en el cofre.
-“Así terminamos todos, ahí encerrados. Por eso es que hay que vivir tranquilo, no buscar enemigos”, suelta el fotógrafo a manera de hipótesis basada en 16 años de trabajo. Pero las relexiones deben esperar, ahora debe ijar con su cámara al antropólogo que saca huesos y arma un maniquí raquítico en el suelo. Y cuando ya Ferreira toma forma, se hace un conteo –un inventario macabro- y se embalan sus restos en bolsas de plástico, las que así mismo se guardan en otra bolsa roja más grande, en la que pegan un papel con la información necesaria para que el proceso continúe: fecha, número del iscal, lugar de origen, número de fosa y número de cadáver en la fosa.
Segundo González, un hombre de rostro pecoso, anteojos gruesos y mirada analítica, observa que todo el procedimiento
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se esté llevando a la perfección. Su trato con las familias de las víctimas –y los victimarios, conocidos como postulados en la ley de Justicia y Paz- es informal, casi cómplice, y así se va ganando la conianza para que le suelten las verdades. Así lo ha hecho por decenas de años, desde que era investigador. Y ahora que es iscal, su responsabilidad está en cuidar que la resolución de los casos que le han sido asignados sea efectiva, y que cada paso que se dé hacia esa verdad sea completamente irme.
Así que para curarse en salud, González le pide a los que no son integrantes del CTI, pero que acompañarán tempo- ralmente esta comisión, que irmen unos papeles oiciales en los que la Fiscalía se exculpa de todo peligro que pueda acechar a los no funcionarios. “Que si hay un ataque al carro en el que usted se va a movilizar con nosotros, fue su decisión montarse, y está bajo su responsabilidad y cuidado”, advierte. Hay que irmar.
Pensar que ir por todo el país exhumando en compañía de una decena de hombres del CTI –escoltados por hombres de la Policía y del Ejército- es andar asegurado, es porque nunca se ha montado en un carro con ellos. Bien podría ser una 4x4 de esas de cazador de cocodrilos, pero no lo es por dos simples razones: adentro van sentados hombres con una misión que está cambiando la historia de Colombia –y que además van armados hasta el cogote- sin contar el hecho de que en el platón del carro hay todo un equipo de herramientas con las que no precisamente se inmovilizan reptiles: se escarba la tierra en búsqueda de los rastros de las más de 10,000 víctimas que, según los iscales, aún restan por exhumar en el país.