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La ruta de los exhumados

TERCERA PARADA:

La Entrega

El fin de la ruta de los exhumados, que también es el punto final de un dolor agudo –infinito- de los familiares que los esperaron y buscaron en años. Entregar

un cuerpo no suplementa la justicia, o la reparación, pero en este país los tres parecen no estar ligados. Para algunas víctimas, la verdad bastaría.

Por Mónica Meléndez Á.

G

ustavo Adolfo Cardona Alzate tenía el corazón al lado derecho del pecho, de donde colgaba siempre una cadena de plata con un dije en forma de cruz. Tenía los ojos azules, como los de Francisco, su papá, pero miraba con el carácter impetuoso de quien le dio la vida, doña Carmenza.

Tal vez por eso el retrato que está haciendo el hermano Gustavo, Hernán, sentado en el piso del Hotel Cacique Nuti- bara de Medellín a medio día de este jueves 20 de mayo de 2010, releja lo que él era antes de que desapareciera hace doce años. Las líneas del rostro, hechas con marcador rojo, se juntan para dibujar a un joven de pelo corto, nariz abul- tada, barbilla ina y labios gruesos. Y aunque el hermano mayor no es un artista, el menor de los Cardona cobra vida en ese pedazo de papel periódico para sonreír desde un lugar más cercano.

Hernán— uno de los casi doscientos asistentes a la jornada de trabajo psicosocial organizada para víctimas de desaparición forzada— viste a quien le hizo falta con camisa de botones, un jean ceñido y cinturón de cuero. Le pone unas botas de amarrar y las manos en los bolsillos, pues como describiría después a su hermano, era alguien callado, introvertido y serio.

“Pero muy buen hijo, cariñoso con su mamá”, recordó don Francisco.

Echando cabeza para completar la terapia de dibujar a quien perdieron, Hernán escribe de arriba hacia abajo lo que caracterizaba a Gustavo: “Pasear. Fútbol. Montecristo. Programas Humor. Deporte. Buen apetito”. Doña Carmenza sonríe al ver la lista.

“Le encantaba comer, sobretodo chocolate en agua con pan en la tarde”, confesó.

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“¿Cuál anécdota contamos papá?”, preguntó Hernán para culminar la obra.

“La última vez que lo vio su mamá”, respondió don Francisco después de pensarlo un rato.

Hernán escribió su nombre, lo delineó y puso dos puntos:

“Cuando nació el hijo mío, David, mi mamá se encontraba con nosotros en Marinilla y Gustavo se encontraba con mi papá en la casa en Medellín, recuerdo que le dije a mi mamá, que si no sería bueno que se fuera para Medellín a acompañar a Gustavo y mi mamá se fue un poco triste de mi casa. A los pocos días mi hermano salió de viaje y esa fue la última vez que mi mamá lo vio”. Los Cardona pegaron el recuerdo de quien fue su hijo y hermano en la pared y estuvieron listos para lo que aún les aguardaba el día.

María Lourdes Ceballos, una de las funcionarias del Cuerpo Técnico de Investigación -CTI- de la Fiscalía de Medellín toma la palabra. Mira al rededor y se sorprende con la cantidad de retratos pegados en las paredes, las cortinas y las puertas del salón. Está feliz de ver que los familiares de esas víctimas que se llevó el conlicto colombiano, en casos tan diferentes y desgarradores, estén preparándose hoy para recibir mañana los restos de sus seres queridos. Se detiene con admiración en la humildad de esos rostros curtidos, asoleados en el campo de tanto labrar la tierra con sus propias manos, o de mentes sedientas que aprendieron sobre derechos humanos para de- fenderlos desde sus ciudades. Los admira porque conoce sus historias, ella las ha oído relatar de los asistentes, muchos que no probaron bocado ayer para estar ahora aquí. Ella conoce a fondo el drama de su departamento, sus tantas lágrimas. Conoce la cruz de Antioquia, territorio con mayor número de cuerpos exhumados hasta junio de 2010, sumando exactamente 599 restos de un total nacional de 3.299 hombres y mujeres hallados en incontables fosas comunes. Son ya 209 cuerpos entregados a los suyos en este departamento por la Fiscalía General de la Nación. Aún faltan muchos para llegar al hogar. Maria Lourdes llama a una mujer chocoana para que pase al frente y relate cuál fue su experiencia durante esta mañana

de trabajo psicosocial. Ella deja sentados a sus dos pequeños mientras se pone de pie ante una audiencia que se dispone a escuchar lo que se parece a sus propias historias. Paulina, de cabello rizo y dorado y tez oscura, camina y los tacones de sus botas marrones resuenan mientras pone el micrófono a la altura de su boca.

“Mi Freddy desapareció hace más de diez años. Esa noche le estaba preparando su plato favorito: arroz con clara de huevo, sólo la clarita, y tajadas de maduro. Nunca he amado a nadie ni nadie me ha amado como él. Su hijo es la misma cara, la misma ternura. Yo tenía la esperanza de volver a verlo, porque lo espe- raba todas las noches, pero nunca llegó y ahora la guerra me lo devolvió a pedacitos. Me siento muy sola desde que él se me fue, pero agradezco a la Fiscalía por que me devolvieron la vida, me devolvieron a mi primer amor. Gracias”, y culminó.

Fue el hijo de Freddy y Paulina quien corrió a los brazos de su mamá, tomó el micrófono y dijo: “No te preocupes mami que yo nunca te abandonaré, tu no estás sola. Me tienes a mí y a mi hermanita”.

Paulina supo por mucho tiempo el supuesto paradero de su esposo, pues lo oyó de boca de su victimario, uno de los tantos paramilitares del bloque del Urabá Antioqueño. “Muchas veces tuve que decirle a los del CTI que si ellos no iban a exhumar a mi Freddy, yo misma iba a ir a sacarlo con una pala y llevármelo a la casa. Menos mal no fue así”, confesó.

El trabajo psicosocial hace parte de los principios que soportan la ley 975 de 2005, mejor conocida como la ley de Justicia y Paz. Los civiles que han sido víctimas directas o indirectas de los enfrentamientos entre actores de la guerra en Colombia tienen derecho, como consecuencia de esta ley, a la verdad, la justicia y la reparación material y sicológica de sus bienes, además de la garantía de no repetición de tales violaciones a sus derechos.

Las jornadas de atención psicosocial son la parte inicial y fundamental de la cadena reparadora que está obligado a cumplir el Estado y que es exigida por convenios y tratados internacionales como la Declaración de Derechos Humanos de

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Ginebra, las Normas Mínimas para el Trabajo Psicosocial en Procesos de Desaparición Forzada y otras Graves Violaciones de los Derechos Humanos y la propia Constitución Política del país, entre otros.

La jornada continúa, y es ahora el turno para compartir de don Francisco, quien pasa al centro del gran salón. Las diversas asociaciones de víctimas, los familiares en busca de reparación, los iscales del CTI, los sicólogos de la jornada, los periodistas, todos se callan de repente y lo miran tomar el micrófono.

“Gustavo Adolfo, el menor de mis cuatro hijos, desapareció el 24 de julio de 1998 en la carretera entre Cartagena y Medellín. Mi hijo tenía 21 años para entonces y cursaba el quinto semestre de Ingeniería de Sistemas en la Universidad de San Buenaven- tura. Salió de vacaciones junto a sus compañeros Darwin Andrés Sánchez García, de 19 años, y Carlos Mario Llano Sánchez, de 17. Nunca regresaron a su casa.

Don Francisco se aclara la voz. “No dormí en muchas noches esperándolo, lo fui a buscar junto con las madres de los otros chicos en varios municipios. Fui a Santa Rosa de Osos, a Yarumal, a Valdivia, a Tarazá, a Montería, a Sincelejo, a Caucasia, estuve en Tolú, en Coveñas y en Lorica. Viaje en avión, en carro, en lancha y hasta en mula. Entregué volantes con las fotos y los nombres de los tres chicos, fui a todas las estaciones de policía, a los centros de salud, a hoteles, a terminales de transporte, a las morgues. Caminé calles hablando de mi drama a transeúntes, pero no había respuesta a mi angustia, a mi dolor de padre por saber del paradero de mi hijo y sus amigos. Pareciera que la tierra se los hubiera tragado”, los ojos azules miraron al ininito.

“Fue entonces cuando los dimos por desaparecidos y em- pecé a acudir a versiones libres de paramilitares de la zona antioqueña, porque así lo dictaron las pistas que me fue dando el camino. Le mostré la foto a uno del las AUC y lo reconoció. Dijo que lo había visto a él y a Darwin cerca a Zaragoza, que los habían bajado de una lota y que estaban acusados de ser guerrilleros. Mi hijo y sus amigos nunca estuvieron metidos en nada extraño. Me fui como pude a Zaragoza, y en el cementerio

del pueblo habían varios cuerpos NN desde hacía más de 10 años. Fue entonces cuando el CTI identiicó a Gustavo Adolfo y a su compañero Darwin. Pero ahora no sabemos dónde está el cuerpo del tercer muchacho, de Carlos Mario. Pedimos ayuda con esta cruzada para encontrar al hijo de doña Blanca Ruth, aquí presente. No hay que olvidar a quienes aún viven esta pesadilla. Gracias a Dios, a la Fiscalía y a la Corporación Madres de la Candelaria, mañana terminará la pesadilla de mi familia cuando pueda tener a mi hijo y le pueda dar cris- tiana sepultura. Si él estuviera aquí hoy le diría: “Gustavo, te queremos y te extrañamos”.

Al regresar a su asiento, don Francisco entendió la magni- tud de lo que se avecinaba. Llevaba doce largos años siguiendo los pasos de su hijo, hablando con guerrilleros en los pueblos, paramilitares en el monte y desmovilizados de ambos bandos en los centros de reclusión; recibiendo en su casa a extraños que decían tener noticias; endeudándose para viajar por to- do el país a seguir luchando; respondiendo una y otra vez a las preguntas que abogados, periodistas y iscales le hacían para entender qué había pasado, cómo fue que se perdió su muchacho. Y ahora estaba un paso adelante de todo eso, ya no habría mas mapas sobre la mesa, ni noches de insomnio, ni dolor en el corazón. Mañana Gustavo regresaría a casa, mañana por in él le diría adiós.