La ecologíaLa ecología
La ecología
La ecología
A
tenas y Jerusalem son frecuentemente entendidas como las culturas contrapuestas cuya síntesis forjó nuestra civilización. Una explora el mundo como es; la otra, como debería ser. Hace dos milenios y medio, se escuchaban en Grecia y en Israel sendas explicaciones acerca de los fundamentos del cosmos. En la primera, Empédocles de Agrigento difundía la tesis prearistotélica de que el universo está conformado por cuatro elementos: aire, agua, tierra y fuego. Casi simultáneamente, los levitas hebreos, después de la lectura del Libro de la Ley, proclamaban en Judea versículos que siguen formando, hoy en día, parte de la liturgia matinal, y que evocan los mismos motivos que el griego: "el Señor creó los cielos infinitos, la tierra, los mares y todo cuanto ellos contienen, sostenidos en vida por obra del Creador".En el primer caso, la existencia es aludida como fortuita; en el segundo, como resultado de un designio.
El Génesis nos informa que el hombre apareció en el sexto día de la Creación, cuando el escenario para su misión ya había sido íntegramente conformado. En los días previos, se había creado la ecosfera, el sector esencialmente básico del sistema Hombre-Naturaleza que, junto con los recursos minerales de la Tierra, constituye aquello para cuya creación no hizo falta la intervención humana. Sus propiedades fundamentales fueron definidas mucho antes del nacimiento del hombre, y es intrínsecamente incapaz de crecimiento o expansión continuados. Por ello, ante la ecosfera, el ser humano nace con una ínsita responsabilidad.
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94 Gustavo D. Perednik
Hay en las antiguas fuentes judaicas un mensaje de sensibilidad hacia la naturaleza: "La tierra a la cual entráis para poseerla, es tierra de montes y valles, que absorbe el agua de las lluvias del cielo. Es una tierra cuidada por el Eterno, tu Dios; Sus ojos están siempre sobre ella, desde el principio hasta el fin del año"1. El optimismo bíblico tiene una aureola bucólica:
"Porque con alegría saldréis, y con paz seréis conducidos; los montes y las colinas prorrumpirán en gritos de júbilo delante de vosotros, y todos los árboles del campo batirán palmas"2. El profeta personifica la naturaleza
para unirse a la celebración del hombre.
En hebreo bíblico, los verbos "conocer" y "amar" tienen la misma raíz. Adán "conoce" a Eva cuando se unen en amor carnal. La Torá o Pentateuco demanda del hombre proveer a su mujer de "sheerá, kesutá, ve’onatá": comida, vestido, e intimidad. Es notable que, en términos ecológicos, se trata de las tres condiciones que requiere todo ser vivo para su supervivencia, en ese mismo orden: alimento, cobijo y capacidad reproductora.
Conocer la Tierra parece ser el primer precepto ("mitzvá") de la ecología, tal como el conocimiento del cónyuge es el primero de la Biblia.
La curiosidad bíblica se expresa eminentemente en el ya mentado Salmo 104, uno de los ejemplos más hermosos de la cercanía al hábitat natural de los animales, y al ciclo de vida terrestre:
Eres Quien envía fuentes en los valles, las aguas van corriendo entre los montes, abrevan a las bestias del campo, los asnos monteses apagan su sed, y a sus orillas habitan las aves del cielo, gorjean entre las ramas. Eres Quien riega los montes, y la Tierra se llena del fruto de Tus obras. Haces producir la hierba para las bestias, y las plantas en las que trabaje el hombre, para sacar pan de la tierra, el vino que alegra su corazón y al aceite que hace relucir su rostro. Los árboles del Señor están llenos de vigor, allí donde anidan las aves, la cigüeña tiene en los cipreses su casa. Las altas montañas son para las cabras monteses, los peñascos refugios para los conejos. Traes la noche, en ella se ponen en movimiento las bestias de la
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Deuteronomio 11:11-12. 2
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selva, los leoncillos rugen por su presa, y piden a Dios su alimento. Se levanta el sol, sale el hombre a sus labores. Cuán grandes son tus obras, oh Señor, con sabiduría las has creado y la Tierra está llena de Tus criaturas.
La proximidad al mundo natural es una herencia espiritual de los patriarcas y de los profetas, que eran pastores. Solían conducir sus rebaños lejos de las zonas cultivadas, y sus migraciones anuales entre el desierto de Judea y el valle del Jordán les permitían monitorear la erosión de los arbustos de aquellas regiones que, gracias a las lluvias, proporcionaban alimento a los rebaños.
Los profetas expresaban el mensaje divino en imágenes del desierto y del valle. Así exhorta Jeremías a los israelitas: "Aun la cigüeña en el cielo conoce sus tiempos; y la tórtola, la grulla y la golondrina guardan el tiempo de su venida, pero Mi pueblo no conoce el juicio del Eterno" (8:4-7). El pastor, que contempla el vuelo de las aves en sus migraciones anuales a climas benignos, en mayo ve que la tórtola, las grullas y las golondrinas vuelan desde África a Europa, cruzando Judea. Pero cuando regresan al África, lo hacen por una ruta distinta, que no atraviesa los cielos de Israel. Por ello son divisadas sólo una vez por año.
El profeta-pastor alude a ese fenómeno cuando describe que "guardan el tiempo de su venida", mientras que en el caso de la cigüeña (que vuela de África a Europa en abril, y regresa en octubre por sobre el valle del Jordán) amplía que "conoce sus tiempos", en plural.