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muchas de las personas que trabajamos directamente en Acc empezamos a compartir la necesidad de generar alternativas, de concretar el qué hacer una vez ha permeado el análisis de la campaña, una vez hecho el cues- tionamiento del sistema. Sentíamos cierta frustración al no saber cómo concretar las opciones posibles para la gente.

¿De qué tipo de alternativas u opciones estábamos hablando? Nos surgían propuestas muy ambiciosas como pueblos en transición, alejadas de las opciones reales de la mayoría de la población y otras tan individuales, a la par de complejas, como el uso de pañales reciclables, que carga toda la responsabilidad en la persona, gene- rando en ocasiones culpabilidad y remordimiento. Opciones interesantes para conocer y difundir, pero excesi- vamente concretas y que adquieren más sentido en el trabajo en red, en el vínculo con aquellas organizaciones relacionadas con el ecologismo social.

Nos dimos cuenta entonces de la dificultad de imaginar alternativas vinculadas a la equidad de género, nuestro tema al fin y al cabo y el objetivo de la campaña -visibilizar y valorar los cuidados como imprescindibles para el sostenimiento de la vida y de las sociedades, quizás porque estas alternativas son (y esto no es nuevo) más invisibles o porque van tan a lo pequeño y cotidiano que no nos suenan a cambio colectivo. Y sentimos el miedo de quedarnos en la transformación personal y no salir de ahí.

Efectivamente, la pura transformación personal no sería política, no cambiaría las cosas. Tiene valor en sí misma pero no tiene implicaciones más allá del individuo con lo que se nos queda corta para los objetivos de cam- bio social que nos hemos marcado. Por otro lado, la pura transformación social al margen de las situaciones particulares de la gente sería política pero de la de siempre, la del patriarcado, la que no conecta con la vida. Podemos cuestionar incluso si eso es transformación.

¿Qué hacer entonces? ¿Hacia dónde orientar nuestras propuestas educativas?

La clave para salir de este embrollo nos la puede dar la sabiduría del feminismo de los 70 resumida en la frase “Lo personal es político”. Una idea desarrollada por Kate Millet en su “Política Sexual” y que planteaba como, en el ámbito privado, habitualmente considerado ajeno a la política, se desarrollan las relaciones de poder que están en la base del resto de las estructuras de dominación. Una idea con un potencial vital y educativo infinito. No solo por ser tan útil para el análisis sino especialmente por su orientación a la acción: la transformación desde lo personal y cotidiano, vinculándola a lo colectivo y público, es factible y es necesaria. Así, frente a lo abrumadas que nos deja a las personas el pensar que sólo los grandes cambios son significativos, podemos pen- sar que hay opciones de cambio posible desde lo diario, desde lo que está a nuestro alcance, pero sin quedarnos ahí como decíamos. En la conexión personal/político, individual/colectivo está la clave que estamos tratando de desentrañar.

Un ejemplo: una pareja se encuentra con la dificultad de cuidar a su bebé durante unas horas al día por incom- patibilidad con sus empleos. La solución más sencilla, si es que cuentan con ello, es contar con el tiempo de la abuela o de los abuelos. Con ello, y al menos mientras esa persona esté dispuesta o pueda hacerlo, lo tienen solucionado. Si deciden juntarse con más madres y/o padres en la misma situación y organizarse conjuntamente para cuidar unos días unos y otros otras de las criaturas del grupo, la solución ya llega a un número mayor de personas y adquiere un nivel mayor de sostenibilidad en el tiempo. Si, finalmente, se juntan y solicitar un centro de educación infantil, por ejemplo, a la administración local, la solución llegaría a mucha más gente, a personas con situaciones muy diversas y, definitivamente, sería más sostenible. Habríamos hecho de un problema indivi- dual (que no lo es tanto puesto que estamos hablando de una estructura de sociedad que no deja tiempos para el cuidado) una solución colectiva. Habríamos hecho política. Algo habría cambiado.

Planteaba la economista Amaia Pérez Orozco en las Jornadas de Economía feminista celebradas en octubre de 2013, que los cuidados eran a la economía lo mismo que ‘lo personal es político’ al feminismo. El cuidado rompe las fronteras que nombrábamos un poco más atrás: es íntimo, es micro. Pero reproduce lo mismo que sucede en lo

externo y lo macro: las desigualdades de poder, la invibilización, la asignación a las mujeres, la minusvaloración… De hecho, cuando se hace público, cuando se hace institución, se repiten estos esquemas. ¿Quiénes lo realizan? ¿Qué valoración reciben estas personas? Es el mismo fenómeno a distinta escala, en la línea de las reflexiones de Kate Millet. Se rompe la dicotomía público privado para entender que vida no es más que un continuo.

Nos preguntamos entonces ¿Cómo hacer de lo personal político? ¿Cómo vincular la vida con la esfera pública, lo privado y lo público, lo individual y lo colectivo? ¿Cómo derribar esas fronteras entre esferas y ámbitos que nos hemos creado? ¿Cómo buscar soluciones colectivas a los problemas individuales?¿Y cómo hacerlo en el ám- bito educativo? La teoría de género en desarrollo, la más cercana a nuestro trabajo, ya nos estaba dando pistas cuando hablaba de cómo pasar de lo práctico a lo estratégico, de lo inmediato a lo procesual.

La idea del proceso puede ser una de las claves. Lo es siempre en Educación para el Desarrollo (en adelante ED). Cuando reflexionamos sobre cómo hemos “tocado” a la gente, cuando nos hemos transformado, qué ha funcio- nado, pensamos en procesos empoderadores, grupos de personas que se forman, se acompañan, que participan, donde cada quien pueda ser en singular y actuar en colectivo.

¿No serán esos procesos las alternativas que realmente podemos ofrecer? El pensamiento de la pedagoga italia- na María Montessori “La primera tarea de la educación es agitar la vida, pero dejarla libre para que se desarrolle” puede inspirarnos a la hora de entender esto. Porque… ¿hasta qué punto es nuestro papel o podemos concretar las alternativas para que la gente actúe una vez conocido el análisis de un modelo de desarrollo injusto e insos- tenible? ¿No serían las opciones, finalmente, tantas como personas? ¿No es nuestra misión “agitar la vida” y lue- go dejarla libre? ¿Cómo concretamos ese “agitar la vida”? ¿Y cómo lo hacemos desde el marco de los cuidados?

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