IMPLICACIONES Y CONSECUENCIAS EDUCATIVAS
3.2 La educación como reconstrucción reflexiva de la experiencia
3.2.2 Educación como crecimiento
más viejos a los más jóvenes y su necesidad se evidencia en el contraste entre la madurez de los miembros adultos, quienes poseen ese cuerpo de conocimientos propios del grupo, y la inmadurez de los nuevos miembros que son, a su vez, la garantía de la supervivencia futura de la sociedad. Este contraste es aún más evidente cuando se constata la enorme dependencia que tiene el ser humano neonato en torno a la guía y el socorro de sus mayores. Tanto así que no es capaz de adquirir por su cuenta las destrezas rudimentarias para su existencia física sino solamente a través de la relación con los miembros maduros del grupo social. En palabras de Dewey:
“El hijo de los seres humanos tiene tan poca destreza originariamente, en comparación con los hijos de muchos de los animales inferiores, que hasta las habilidades necesitadas para el sustento físico han de ser adquiridas bajo tutela. ¡Cuánto más no ocurrirá, pues, en este caso respecto a todas las adquisiciones tecnológicas, artísticas, científicas y morales de la humanidad!” (Dewey, 1998, pág. 15)
3.2.2 Educación como crecimiento
Veíamos como la biología ha demostrado que la verdadera naturaleza de la vida consiste en luchar por continuar siendo. Y esta continuidad se asegura por la renovación del grupo social mediante la transmisión de esas ideas y prácticas constitutivas de lo que podríamos llamar cultura. Así, la sociedad continúa existiendo gracias a la transmisión y comunicación de estos contenidos. La importancia de la educación radica, pues, en que a través de ella la sociedad determina su propio futuro.
La dirección y formación de los miembros más jóvenes de la sociedad es, decíamos, una necesidad. Se intenta educar a los niños bajo la idea de que son seres inmaduros que, como tales, se definen por su capacidad para desarrollarse y llegar a ser miembros efectivos de esa sociedad en la que viven. En ese sentido, la infancia se
considera desde un punto de vista comparativo como un estadio previo de la edad adulta en el que el individuo carece de ciertas herramientas, habilidades y destrezas indispensables para su madurez plena. Sin embargo, Dewey reconoce que en la infancia se pueden reconocer elementos positivos y constructivos, no necesariamente desde una perspectiva comparativa que señala la ausencia de ciertos aspectos. En efecto, Dewey señala la interdependencia y, de manera especial, la plasticidad, entendida como la capacidad para aprender de la experiencia5, como dos elementos significativos en el desarrollo de un individuo presentes en la edad infantil. Sobre este último punto Dewey señala que la educación puede entenderse como la adquisición de hábitos o el desarrollo de determinadas capacidades que comparten una característica común: su control activo sobre el ambiente mediante el control de los órganos de acción (Dewey, 1998, pág. 50).
El hábito se define, según Dewey, como un ajuste entre el individuo y su ambiente, es decir, una habilidad para utilizar las condiciones naturales como medios para ciertos fines. Sin embargo, debe entenderse desde una perspectiva más amplia que involucre otros aspectos que no se limiten a la destreza y pericia manual. Para Dewey el hábito significa también la formación de disposiciones intelectuales que se realizan al mismo tiempo de manejar una herramienta, o combinar los colores para pintar un cuadro. Es decir, no son sólo modos rutinarios de acción mecánicos sino, ante todo, suponen ejercicios de pensamiento, observación y reflexión que conducen a la formación de cierto tipo de habilidades intelectuales que permiten actuar de manera inteligente en el curso de la vida humana.
El crecimiento de cualquier individuo se da gracias a su capacidad para modificar sus acciones sobre la base de los resultados de experiencias anteriores. En ese sentido la infancia tiene la ventaja de ser un período de vida donde, gracias a la curiosidad inagotable de los niños, constantemente se buscan nuevos estímulos y nuevos desarrollos que pueden convertirse, si están bien dirigidos, en hábitos mentales que
5“El poder para retener de una experiencia algo que sea eficaz para afrontar las dificultades de una situación ulterior” Dewey, 1998, pág. 48.
enriquecen la acción. Así hay un poder, una capacidad propia de la edad juvenil que no debe ser menospreciada ni mucho menos invisibilizada. El interés por lo nuevo, la simpatía por el progreso, el no temer a lo incierto y a lo desconocido son algunas características de la edad infantil cuyo inmenso valor pedagógico solo puede entenderse desde una perspectiva que entienda la educación no como un método para suplir la falta de madurez mediante la introducción mecánica de conceptos y temas que esperan llenar ese vacío mental y moral del individuo. Entender la educación como crecimiento
supone, según Dewey, entender que no hay un fin externo más allá de sí mismo: “como
la vida significa crecimiento, una criatura viviente vive tan verdadera y positivamente en una etapa como en otra, con la misma plenitud intrínseca y las mismas exigencias
absolutas” (Dewey, 1998, pág. 54) Así las manifestaciones de los niños son posibilidades que pueden convertirse en medios de desarrollo y crecimiento. En ese
sentido la educación puede entenderse como “la empresa de proporcionar las condiciones que aseguran el crecimiento o la educación de la vida” (Dewey, 1998, pág. 54). De ahí que el criterio para juzgar el valor de la educación en la escuela depende de si crea o no un deseo de crecimiento continuado y proporciona los medios para hacer efectivo ese deseo.
La finalidad última de la educación descansa en la idea básica de aprender a adaptarse a las nuevas situaciones. En ese sentido, la escuela debe propender por cultivar en los estudiantes cierto tipo de hábitos y de disposiciones que no detengan el proceso continuo de reorganización, transformación y reconstrucción de la experiencia en virtud de las nuevas condiciones que la vida presenta.
Frente a los planteamientos de la educación como preparación para la vida futura, Dewey entiende la educación como crecimiento y subraya como su fin no es nada externo ni se refiere a nada más allá de si misma. En ese sentido, cada uno de los estadios de la vida humana, como la infancia, tiene que juzgarse y valorarse por lo que en ellos se aprende, si se entiende que el fin inmediato del proceso de crecimiento no es otro que la transformación misma de la cualidad de la experiencia: “Dilucidar su fin,
entendido éste como algo prefijado, acabado, no tiene mucho sentido, porque si algo
define la vida es esa capacidad de crecer, de extenderse, de enriquecerse” (Reina, 2003, pág. 188) En síntesis, el fin de la educación no es otro que el enriquecimiento del significado y del sentido de la vida.
Desde esta perspectiva, Dewey señala una definición técnica de educación: “es
aquella reconstrucción o reorganización de la experiencia que da sentido a la experiencia
y que aumenta la capacidad para dirigir la experiencia subsiguiente” (Dewey, 1998, pág. 74). En todo momento del desarrollo del individuo se está aprendiendo, en tanto se transforma cualitativamente la experiencia misma a través del enriquecimiento de su propio sentido. La definición que plantea Dewey sobre la educación señala dos aspectos fundamentales para la elaboración de su teoría educativa que, si bien se trabajarán en detalle más adelante cuando analicemos el principio de continuidad y el principio de interacción, es necesario examinar aquí para entender su idea de la reconstrucción continua de la experiencia.
Para Dewey el aumento de sentido corresponde a “la percepción aumentada de
las conexiones y continuidades de las actividades a que estamos dedicados” (Dewey, 1998, pág. 74). Siguiendo el famoso ejemplo del niño que toca una vela y se quema, Dewey plantea que en ese acto el niño conoce que un acto de tocar en conexión con un acto de visión significa una sensación de calor y de dolor, al mismo tiempo. Siguiendo este ejemplo, la importancia de sacar a la luz y de comprender las conexiones implicadas en toda actividad radica en permite entender mejor que ocurre en tal o cual actividad, que está sucediendo y, por ende, puede controlar mejor las consecuencias de tales actos.
Este aspecto garantiza la cualidad educativa de toda experiencia: “una actividad que
lleva consigo la educación o la instrucción nos hace conocer algunas de las conexiones
que habían sido imperceptibles” (Dewey, 1998, pág. 74)
Por otra parte, la definición deweyana de educación señala un poder de dirección o control de las experiencias posteriores. Este aspecto puede fácilmente implicarse del anterior en tanto conocer lo que ocurre es decir que se puede anticipar y prever mejor las
consecuencias de ciertos actos. Hay actividades, sin embargo, en las que no existe esa preocupación por entender la relación que existe entre el acto mismo y sus posibles consecuencias. En palabras de Dewey esto ocurre con las actividades rutinarias - por ejemplo una destreza o una habilidad mecánica y aislada donde no se es consciente de la relación entre la actividad y los resultados de ella-, y con las actividades caprichosas, definidas como casuales y sin objetivos ni propósitos cuya lógica interna se explica no por la relación entre el método y el resultado, sino en virtud de algún truco o milagro incomprensible. La ausencia de reflexión sobre nuestras propias actividades, nuestras propias vivencias y experiencias, impedirían actuar de manera adecuada ante los nuevos retos y desafíos que trae consigo el curso de la vida.
Para Dewey, toda experiencia o actividad que se defina por estos dos elementos puede considerarse como educativa y, a su vez, toda educación debería construirse en torno a garantizar el encuentro del estudiante con ese tipo de experiencias. La pregunta que surge de inmediato es ¿cómo garantizar que las experiencias que se tengan sean cualitativamente mejores de tal modo que los individuos puedan enfrentarse a los interrogantes que depara un futuro incierto? Frente a este punto, analizaremos la respuesta que da Dewey sobre los criterios o principios de la experiencia a en su libro de 1938 Experiencia y educación. Este análisis nos dará más elementos fundamentales para entender con mayor precisión la nueva manera en que Dewey entiende el concepto de experiencia.