LA CONCEPCIÓN DE EXPERIENCIA EN JOHN DEWEY
2.3 Hacia una experiencia experimental
Para Dewey el empirismo se sustenta en una psicología enteramente falsa pues hasta lo que un individuo, incluso un niño pequeño, experimenta y percibe no es una cualidad recibida de manera pasiva e impresa por un objeto sino ante todo “el efecto que ejerce sobre un objeto alguna actividad como la de oír, arrojar, golpear, romper, etc., y el efecto consiguiente del objeto sobre la dirección de las actividades” (Dewey, 1998, pág. 230). Así la experiencia comienza a ser, como veíamos, un asunto de actividades instintivas e impulsivas en sus interacciones con las cosas; una peculiar combinación de un elemento activo y otro elemento pasivo; una conexión entre lo que nosotros hacemos a las cosas y lo que gozamos o sufrimos de ellas como consecuencia; una íntima conexión entre el obrar y el sufrir o padecer. Siguiendo el ejemplo del niño pequeño, Dewey considera que éste aprende tanto de la dureza de las cosas como de las relaciones
interpersonales a través de la combinación entre las respuestas activas que dan tanto las cosas como las personas, al modificar, refrenar, estimular y resistir algunas acciones; y lo que el individuo puede transformar y hacer en ellas, al producir nuevos cambios.
Esta relación entre el pensamiento y la acción es el elemento fundamental en la reconstrucción que Dewey pretende hacer sobre la experiencia. Una tarea que se hace en diálogo constante con los avances de la psicología y, especialmente, con el desarrollo del método científico que hace de la experimentación el medio por excelencia mediante el cual pueden obtenerse y comprobarse de manera provechosa las ideas y reflexiones sobre la naturaleza. Para Dewey “los hombres tienen que hacer algo a las cosas cuando
desean descubrir algo; tienen que alterar las condiciones” (Dewey, 1998, pág. 233) y ese es, en efecto, la clave principal de la revolución científica que produjo la transformación radical sobre el conocimiento del mundo a partir del siglo XVII: la experimentación realizada bajo las condiciones de un control deliberado (Dewey, 1998, pág. 231). Así quedaba atrás la idea casi axiomática de recurrir a conceptos que estuvieran más allá de la experiencia para acceder al verdadero conocimiento y se abría paso la introducción del método experimental como demostración suficiente de que todo conocimiento auténtico, si quiere ser digno de tal nombre, debe ser resultado del hacer. La percepción sensible dejaba de ser un “disfraz” que contenía algún extraño tipo de forma o especie
universal que había que develar por medio del pensamiento racional y se convertía en datos, problemas y desafíos que habían de ser conocidos mediante la realización de ciertas operaciones conducentes al descubrimiento de las relaciones y conexiones entre ellos.
La alteración de los datos de la percepción sensible, el actuar sobre esos objetos dados por los sentidos mediante el telescopio, el microscopio y un sinnúmero de procedimientos experimentales, se convertía así en la manera de acceder al conocimiento a través de hipótesis y teorías que hacían uso de ideas y conceptos tradicionales para sustentar sus conjeturas. Sin embargo, tales nociones sobre la realidad y la naturaleza de las cosas ya no eran consideradas como proposiciones establecidas por
la autoridad de la tradición y sólidamente instituidas por la costumbre, sino como planes de operaciones o instrumentos para conducir las investigaciones experimentales. Ya no se entendían como las fuentes del conocimiento sino como herramientas para trabajar con los datos y objetos sensibles, que no eran otra cosa más que material de experimentación. Así el valor de esos conceptos no se autolegitimaba, no estaba ya dado, sino que comenzaba a estar en función de los resultados a los que su aplicación conduciría. Su importancia se reconocería si y solo si permitiera enriquecer la comprensión sobre tal o cual aspecto del mundo en el sentido en que inicialmente se esperaba que lo hiciera.
De esta manera, el progreso de la ciencia experimental demostraba lo inútil tanto de la tradicional separación entre el hacer y el conocer como del prestigio clásico de los estudios intelectuales y teóricos, pues el análisis y la organización de los hechos que son indispensables para el desarrollo del conocimiento no podía alcanzarse de un modo puramente mental. El resultado de estos progresos en la ciencia experimental llevó, según Dewey, a la formulación de una nueva filosofía de la experiencia y del pensamiento, donde la primera no se entendía en oposición al segundo. Cuando se experimenta, cuando se ensaya, cuando se pone en práctica el método de laboratorio, dejamos de estar encadenados a las verdades impuestas por la costumbre y a las creencias tradicionales que tanto criticó la filosofía ateniense. Sin embargo, éstas pueden llegar a ser razonables cuando se guían hacia un fin determinado a través de un método adecuado. En este sentido, la clásica oposición entre lo práctico y lo intelectual, entre la experiencia y el pensamiento, no es una diferencia sustancial o intrínseca, sino que ella depende de ciertas condiciones que regulan y controlan su actividad. De este modo “las
actividades prácticas pueden ser intelectualmente limitadas y triviales (…) en tanto sean
rutinarias, realizadas bajo los dictados de la autoridad y teniendo meramente en vista
algún resultado externo” (Dewey, 1998, pág. 232).
En conclusión, la ciencia experimental y el exitoso desarrollo de su método ha hecho posible una nueva definición de lo que entendemos por experiencia. Esta “no es la
suma de lo que se ha hecho de un modo mas o menos casual en el pasado, (sino) un control deliberado de lo que se ha hecho con referencia a hacer que lo que nos ocurre y lo que hacemos a las cosas sea lo más fecundo posible en sugestiones (en significados
sugeridos) y un medio para comprobar la validez de las sugestiones” (Dewey, 1998, pág. 231). En este sentido se recupera en cierto modo la dimensión práctica de la experiencia, señalada por la filosofía antigua, y se rompe con la clásica oposición en tanto la razón ya no es la fuente última de legitimidad del conocimiento práctico, pues su validez depende ahora de todos aquellos recursos que permitan hacer la actividad fecunda en significado. Este nuevo concepto de experiencia no solamente hace referencia a una transformación del mundo y del individuo, sino de sí misma en tanto reconstruye las experiencias pasadas y modifica la cualidad de las experiencias futuras. Cuando la experiencia es la que regula la experiencia, cuando la experiencia anterior nos proporciona la posibilidad de mejorar la propia experiencia ulterior, podemos decir que la experiencia ha dejado de ser empírica para convertirse en experimental.
Este aspecto lo trataremos con mayor cuidado en el siguiente apartado donde profundizaremos en el estudio de lo que Dewey llama pensamiento reflexivo,un término que pretende sintetizar sus ideas en torno a la naturaleza y el lugar del pensamiento en el contexto amplio de la experiencia.