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El acto de construcción especulativa originaria]

que estamos elaborando difiere de la que acaba de ser terminada y lo que tras próximas conferencias tenemos intención de hacer, a saber: ante todo, aportar los materiales para la solución de nuestra segunda tarea, y familiarizarlos con ellos. Hemos reconocido al mismo tiempo que estas próximas conferencias no podrán quedar sin dificultad ni complicación. Es más fácil captar e inteligir lo que como tal reside en la razón de modo puro y simple como unidad –y éste es el caso del principio fundamental anterior, pues para esto sólo es necesario un acto de abstracción–, esto, digo, es más fácil que reducir a <una> unidad lo que <nunca> es en sí y originalmente unidad; y que producir en sí un concepto radicalmente nuevo e inaudito, lo que requiere seguramente otros artificios. Ahora, dispongamos en primer lugar lo múltiple en un orden que nos facilite al máximo la intelección: sólo se pueden ordenar e inteligir verdaderamente estos miembros desde su principio, y este principio, a su vez, sólo puede encontrarse <desde estos y> a partir de éstos; aquí, en la marcha de la exposición en su aspecto externo hay, pues, un círculo inevitable que sólo podrá suprimirse acabándola. Pero es posible incluso aquí –y es lo que barruntamos– captar esta marcha (que en verdad tiene su orden correcto) y sus miembros y darle en las circunstancias presentes la mayor claridad posible.

He dicho que se tiene que establecer un principio nuevo y hasta aquí <completamente> desconocido; observo incidentalmente al mismo tiempo (en lo referente a la distinción que establecimos antes entre dos partes principales de la Doctrina de la ciencia) que aquí no se trata solamente de establecer nuestra segunda parte, sino de unirla al mismo tiempo a la primera.

<Quiero, que por el proceso ascendente estricto y categórico realizado hasta ahora podamos superar la deliberación fluctuante que aquí impera – pues así me lo ha parecido–.>

El proceso de la última lección era éste: nosotros mismos cons-

truíamos el ser <interior>, inteligido como un <singulum>, comple-

tamente encerrado en sí mismo; desde luego, presupongo que podíamos ser inmediatamente conscientes de ello, y que, como era exigido, fuimos conscientes de ello: se trataba, pues, de la proyección, completamente simple y fácticamente objetivante, de un acto que hemos relacionado al “nosotros”, [222] como a lo que es subsistente igualmente para sí mismo. Y haciendo esto en nuestra investigación, habíamos podido estar tentados a derivar de manera unilateralmente idealista el ser mismo a partir de este

acto de construcción. Pero inteligiendo bien que por ahí volveríamos precisamente al punto del cual nos acabamos de levantar y, por lo mismo, que no avanzaríamos, nos guardamos de hacerlo. Pero procedimos bien así, y tuvimos que proceder necesariamente así, si queríamos alcanzar, fuera del ser-uno, aún algo más, a saber: el fenómeno de éste1.

“En lo que atañe a la verdad en sí de esta construcción, ella sólo puede <apelar> a una simple expresión de la conciencia2”. Esta expresión,

rechazada más arriba de manera incondicionada, no puede ser rechazada ahora, pues nuestro fin actual se ha transformado completamente; precedentemente deseábamos lograr el ser puro, en sí mismo, pero hemos probado que, para este ser puro, la conciencia no podía tener ningún valor; aquí no deseamos ya lograr el ser puro en sí mismo, puesto que ya lo tenemos, y a este respecto nuestra investigación estaría ya terminada; sino que deseamos tomarlo en su manifestación originaria; y a este respecto la conciencia, y aquí en particular la construcción, bien puede ser actualmente el primer miembro que captemos de esta manifestación. No podemos ahora tampoco reconocerle un valor incondicional; porque precisamente nuestra cuestión es saber con qué título y bajo que con- dición posee un valor. Por tanto, tenemos que establecer esta expresión de manera problemática, sin anticipar la investigación ulterior, pre- sentándola del modo siguiente: si una construcción semejante es efec-

tivamente, y en la medida en que lo es, o sea, si participa en el ser, y no

sólo lo parece, sino que el ser se manifiesta efectivamente en ella, entonces, etc. Por este “entonces” se impone la tarea de demostrar con una evidencia inmediata la condición del ser efectivo y verdadero de una construcción semejante, en el caso de que se le pueda atribuir el ser y en la medida en que pueda serle atribuido. Pero hemos encontrado esta condición, y se nos ha patentizado sin dificultad: si esta construcción que se nos ha manifestado está efectivamente y de hecho en relación con el

ser verdadero en la razón –y de ningún modo en relación con la

existencia fáctica en la conciencia, pues hasta que no esté mejor fundada esta conciencia no tiene ningún valor (circunstancia que no se debe omitir)– [223] si es conforme a este sentido, entonces ella no está de ningún modo fundada en un pretendido yo de la conciencia, en un yo vacío de ser y objetivante; está por el contrario fundada en el mismo ser; porque el ser es uno, y allí donde él es, es totalmente; está fundada en el ser como ser; por tanto, pura y simplemente necesario.

(Añadiré aquí una observación accesoria, que no debe ser para ustedes motivo de distracción; ella puede arrojar mucha luz acerca de esta

1 Dem Phänomene desselben. 2 Blosse Aussage des Bewusstseins.

condición. Si ponen el ser1 puramente inmanente como lo absoluto, lo

sustante, Dios –lo cual será sienipre correcto–, y si ponen la mani-

festación2 (que aquí es tomada, en su más alto punto, como una

construcción interiormente genética de lo absoluto), como la revelación y la expresión de Dios, entonces podrán inteligir aquí que esta manifestación es simplemente necesaria y fundada en la esencia de lo absoluto. A esta intelección de la necesidad interna absoluta, sobre la que nunca insistiré lo suficiente, se opone la absoluta oscuridad de la intelección con toda su fuerza, por el hecho de que la libertad es siempre lo último que ella quiere abandonar, y si no puede salvarla por sí misma, trata al menos de encontrarle un refugio en Dios. Esta intelección de la necesidad interna, digo, es un carácter de la Doctrina de la ciencia, que la distingue absolutamente de todos los demás sistemas. Todos sin excepción admiten, al lado del absoluto sustante, una absoluta con- tingencia3. Aquí se intelige de antemano como simplemente necesario, en

la razón y en sí, lo que luego se nos aparecerá sin duda como contingente –pero no en la razón ni en sí– en otra relación que aún queda por definir. Sólo bajo esta condición puede esperar la Doctrina de la ciencia derivar el fenómeno de manera legítima y fundada, y no solamente de manera aparente; porque una derivación verdadera tiene que poseer un principio fijo. De todos modos, como ya ha ocurrido, se intenta derivar a partir de un término en sí contingente otro término contingente; y de este otro contingente, que sólo tiene fijeza bajo la condición de la fijeza del primero, se intenta obtener de nuevo la fijeza del primero; como si de este proceso, que consiste en colocar los dos términos en reciprocidad, aunque ninguno de ellos tenga [224] subsistencia para sí mismo, pudiera resultar un punto de vista justo, bueno y fijo.

Añadiré aún la observación siguiente: dentro de nuestra investigación presente, el punto que nos ocupa aparece justamente aún, tal como se lo he descrito, defectuosamente; por tanto, es claro que ella busca su principio, como se lo indiqué al comienzo sin ambigüedades, pero no lo posee aún, porque su primer miembro, la construcción del ser interior, todavía se da –con relación a la primera cuestión que se plantea aquí, la del ser verdadero en la razón– problemáticamente; por consiguiente, lo que se obtuvo bajo su condición, a saber, la autoconstrucción necesaria del ser, sólo puede ser igualmente de modo problemático. Por esto les

1 Sein. 2 Erscheinung.

ruego desde ahora que dirijan su atención sobre este punto: si y dónde se presenta un principio que reposa en sí mismo1).

Si hay construcción del ser, entonces ella está absolutamente fundada en él mismo; ya inteligimos esto entonces, y reflexionamos de nuevo sobre esta intelección y sobre su forma legal interna. Estaba entonces inmediatamente claro que partíamos suponiendo una construcción del ser interior, la cual era falsamente atribuida al yo de la conciencia; mas ahora estamos sobre esto mejor instruidos y por tanto lo hemos dejado de lado. Y al menos es indudable que esta construcción del ser precisamente fue proyectada como un factum absoluto. Pero, ¿hemos puesto quizás esta proyección fáctica, en sí misma simple, en conexión con los demás miembros, por el uso que hemos hecho de ella? Obviamente, hemos inteligido que si debe haber una construcción semejante, entonces tiene que estar fundada en el ser. Ahora bien, libremente hemos asumido toda esta especulación; nuestra investigación, de la que ahora podríamos muy bien haber prescindido, condiciona la intelección generada, la cual, por consiguiente, habría podido muy bien no ser generada, y aquí no habría en modo alguno un punto de vista fijo. No obstante, para obtener un tal punto de vista fijo, nos hemos servido de un procedimiento que prueba su legitimidad por su mera posibilidad –en tanto que se requiera en este momento tal legitimidad–: si supones, decíamos, que debe llegarse a la intelección generada por nosotros, entonces llegarás a inteligir que la [225] proyección –anteriormente sólo posible– del ser fáctico de la cons- trucción, se hace necesaria bajo esta condición.

Así habríamos ganado mucho con relación a todo lo que precede, en la demostración de que estamos quizás en el buen camino –sin sentirnos aún seguros en tierra firme–. La proyección absoluta per hiatum que en todas nuestras investigaciones precedentes quedaba inconcebible, así como toda forma existencial externa, se muestra como necesaria –siendo antes problemática– si se presupone que un miembro superior, la intelección, debe ser. La problematicidad abandona entonces los miem- bros inferiores, arrojándose sobre los superiores. Pero al menos por eso mismo se simplifica y nos descubre su verdadera sede, en donde podemos esperar atacarla en su raíz.

De cuanto he dicho referente a la necesidad que incluso nuestra investigación tiene de un principio <fijo> en sí mismo, resulta que nuestra primera tarea es extirpar completamente esta problematicidad; y para esto, el medio más seguro es mirarla resueltamente de frente. Es en esta “exigencia” problemática donde se encuentra completamente con-

centrada; este único punto basta para nuestra próxima tarea; dejamos, pues, de lado el lugar donde se manifestó esta “exigencia”, la intelección, etc. Quiero notar de paso que hay que mantenerse en definitiva en esta “exigencia” como en uno de los puntos fundamentales más profundos de toda manifestación; esto puede verse incluso partiendo de toda la búsqueda precedente, independientemente del proceso que tomemos ahora. Todas nuestras investigaciones precedentes y todas las intelecciones generadas han comenzado con una “exigencia” problemática, y de ella han procedido como de su terminus a quo: “si se

debe llegar efectivamente a una mediación, entonces se tiene que1, etc.”:

“si se debe llegar a esta intelección que acabamos de obtener, entonces se

tiene que, etc.”: el idealismo; “si esta vida debe ser una vida en sí,

entonces se tiene que, etc.”: el realismo; y así se eleva uno hasta la relación más alta: “si un en-sí debe ser entendido, entonces se tiene que pensar un no-en-sí, etc.”.

Solamente en la intelección del ser puro, y en el proceso en que nos absorbíamos en ella, se perdía totalmente esta “exigencia”, y advenía una [226] categoricidad absoluta, sin ninguna presuposición problemática. Pero, desde que reflexionamos de nuevo sobre esta intelección –lo que daba la génesis histórica de nuestra segunda parte <y> de toda nuestra investigación actual–, esta intelección se representaba de nuevo con una “exigencia” –así pues, como contingente, buscando la condición funda- mental de este contingente– una autoconstrucción necesaria del ser. Hasta aquí nos hemos atenido siempre, en el proceso ascendente, al contenido de las intelecciones generadas, y no hemos reflexionado sobre la forma de la problematicidad en la cual se hallaban todas; esto estaba por lo demás completamente justificado, en la medida en que queríamos precisamente elevarnos al contenido originario de la verdad como tal. (Anotemos de paso que encontramos aquí una respuesta decisiva y fundamental a la cuestión que algunos me han planteado sobre el fundamento verdadero de la predilección que nuestra primera parte tenía por el realismo, y sobre el fundamento de la máxima que allí domina, la cual prescribe que nos orientemos siempre según el realismo). Pero ahora, en nuestro proceso descendente, tenemos precisamente que unirnos a esta “exigencia” desatendida, que nos entregaba la perenne alma interior de los idealismos, siempre eliminados durante el proceso ascendente; y sólo han sido abatidos por otra alma superior y opuesta, en lo que concierne a su contenido; mas como vemos, subsisten aún en lo que concierne a la forma. Pero no hay por qué destruir inmediatamente esta forma por el contenido original, porque todo lo que este contenido

puede realizar lo <ha> realizado ya en el proceso ascendente; más bien, hay que explicarla y rectificarla internamente por sí misma; es preciso que rechace por sí misma sus pretensiones infundadas, en tanto que son infundadas; procediendo poco más o menos como lo hicimos antes, cuando refutamos al idealismo supremo de este contenido por medio de la ley que él mismo había establecido: contenido que en primer lugar se daba como un realismo, y lo descubrimos como idealismo.

En una palabra, para hacerles penetrar de manera más profunda todavía en la conexión sistemática: entre este miembro, que antes era el más alto en la manifestación –la distinción y reunión del en-sí y del no-en-sí, en la quíntuple síntesis completa–, y el ser interior absoluto, como miembro absolutamente real, interviene ahora un nuevo miembro medial, la “exigencia”; en él se tiene que descubrir la relación, a la vez de disyunción y de síntesis, ordenada a los dos miembros complementarios mencionados. [227] Encontrar esta relación: he aquí el contenido propiamente dicho de nuestra tarea; encontrarla como principio fijo: tal es la forma de ella.

No obstante, examinaré en primer lugar la relación al ser interior. La

forma del ser es categoricidad: tendría, pues, que darse en la “exigencia”

misma, por muy problemática que pareciese, un elemento categórico. Para encontrarlo les he invitado a pensar detenidamente sobre la esencia interna de una “exigencia” problemática (conforme a nuestro constante método de aclarar lo que antes fue oscuramente proyectado). Es lo que ya hicimos ayer; pero en virtud de la importancia de la cosa, quiero repetir hoy toda la operación.

Cuando decía enérgicamente y con atenta consideración: “si debe ser tal y cual cosa”, entonces está claro que ustedes expresan una suposición interna, sin ningún fundamento, simplemente por sí misma y desde sí misma; se trata, pues, de una pura creación interna, que se da en estado totalmente puro, inmediatamente como tal; pues lo que expresa precisamente esta “exigencia” –si sólo se la toma de manera puramente problemática, como lo requiere nuestra actual tarea, sin cuya realización no se da la intelección buscada–, la “exigencia”, digo, expresa la completa afundamentalidad1 externa y la simple presencia de una

fundamentación interna por sí mismo. Además yo intentaba aún captar y explicar exactamente lo mismo bajo otro aspecto distinto: en la “exigencia” se expresa que la suposición absoluta2 <ni> se deja

incondicionalmente de lado, <ni> se la supone incondicionalmente; –

1 Grundlossigkeit. 2 Die absolute Annahme.

ahora bien, si esta suposición –y con ella verosímilmente el “entonces

tiene que”1 completo que pende de ella– no debe dejarse de lado (porque

dejándola perdemos verosímilmente todo saber y toda intelección), entonces la “exigencia” tiene que ser soporte y sostén de sí misma. Pero, con la misma certeza con que hemos inteligido esto, también se ha patentizado la “exigencia” como un absoluto que –bajo la condición que sea– simplemente se soporta y sostiene a sí mismo, por sí mismo, a través de sí mismo, absolutamente como tal. Esto, digo, es una “exigencia”; y si no fuera exactamente así, entonces no sería precisamente una “exi- gencia”; tenemos, pues, una intelección categórica de la esencia interna inmutable e invariable de la “exigencia”; no obstante, en esta intelección podemos hacer completa abstracción de la existencia exterior de una tal “exigencia”. Digo que “podemos” hacer abstracción, porque yo me guardo aquí a sabiendas de [228] sacar una consecuencia que en verdad se ofrece fácilmente, pero que aún no está suficientemente preparada en el contexto. Nuestra tarea consistía simplemente en descubrir algo categórico en la misma “exigencia”; pero en virtud de lo que acabamos de exponer ahora, se encuentra ya resuelta.

En la explicación de la “exigencia” no les he puesto en guardia contra la apariencia de que fuéramos “nosotros” quienes suponíamos aquí lo problemático, y que lo lleváramos y sostuviéramos continuamente; porque la regla es que este “nosotros” de la simple conciencia quede también por el momento completamente fuera de juego, hasta que sea deducido; y poderlo hacer es el arte sin el cual nadie podría acceder a la región de la Doctrina de la ciencia. Si entretanto este “yo” se ha impuesto a alguien, ahora puede ser inmediatamente eliminado de aquí. En efecto, bien que ahora generes y sostengas la suposición, o bien que no lo hagas, siempre estará claro que sólo hay “exigencia” bajo la condición de esta autogeneración y de este sostén continuo. <Así,> incluso cuando eres el generador, la “exigencia” impone siempre la regla y la ley de proceder así; fuera de esto, no hay “exigencia”: no hemos querido decir más aquí; hacemos completamente abstracción de la cuestión que has planteado aquí y que se nos resolverá en otro lugar distinto.

Y ahora, para concluir, una distinción tajante: su importancia será decisiva para lo siguiente, y nunca será demasiado pronto para inteligirla claramente. He llamado ya su atención sobre la gran semejanza entre el ser interno –encerrado en sí mismo, por sí mismo, desde sí mismo, a través de sí mismo, que se basta a sí mismo– y la “exigencia” que posee justamente los mismos caracteres. No obstante, entre estos dos miembros

hay una diferencia, que he caracterizado y que les he hecho conocer <oscuramente>, estableciendo la fórmula siguiente: la “exigencia” es un por sí, etc., como tal. Los invito ahora a que pongan en claro esta distinción, juntamente conmigo. El ser fue construido como un absoluto por sí, etc. Y pregunto: fuera de este esse, que vive y se construye de manera absoluta, ¿debería haber o habría efectivamente en nuestra intelección –suponiendo que fuera correcta– todavía algún otro ser consistente, sustantivo? En ningún caso; porque, por el contrario, ambos desaparecerían absolutamente [229] el uno en el otro y en el singulum

puramente encerrado en sí mismo; y la doble repetición sería entonces totalmente ociosa, inválida y marginable. Esto <no> es lo que ocurre con