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El talento de la perfecta atención y sus trabas]

rogativas, suprimir la clase. Por esta razón, también hoy me ocuparé sólo de prolegómenos, aun cuando ya en otra ocasión llegamos a convencernos de lo necesario que era ahorrarnos por el momento el plato más fuerte.

Ciertamente ya les he expuesto y comunicado todo lo que conviene para comprender estas conferencias y les permita penetrar en su punto de vista, salvo dos tipos de cosas: primero, lo que propiamente no puede comunicarse, el talento de captar estas conferencias1; luego, algunas

observaciones que de ordinario no se escuchan con agrado y que esta vez esperaba poder omitirlas completamente.

Por lo que al primer punto se refiere, el talento de captar estas lecciones, se trata del talento de la completa y perfecta atención. Se debería adquirir y ejercer antes de abordar el estudio de la Doctrina de la

ciencia; y por esto, en el plan escrito que figura en la oficina de

inscripción, he puesto como única condición –pero muy importante para la comprensión de esta ciencia– que los participantes se hayan ocupado ya en un estudio científico fundamental; no naturalmente en razón de los conocimientos materiales así adquiridos, de los que nada <absolu- tamente> se ha supuesto aquí y nada ha sido aceptado de manera absoluta, sino sólo porque a través de este estudio se despierta y se ejerce la completa y perfecta [123] atención, y accesoriamente se adquiere también el conocimiento del lenguaje científico, que usamos aquí con la mayor libertad. He dicho la completa y perfecta atención, la cual se proyecta con todo su poder espiritual en el objeto presentado, se aplica a él y se siente absorbida enteramente en él; hasta tal punto que ningún otro pensamiento u ocurrencia puede penetrar, porque no queda sitio para algo

1 Más de la mitad de esta lección (S.W. X, pp. 122-128) viene a ser como la culminación de lo

que, en una nota anterior, he llamado la “pedagogía psicológica” de Fichte para introducir a sus oyentes en la metafísica o Doctrina de la ciencia. Se ocupa en esa primera mitad de la necesidad de la atención; y tiene como dos partes. En la primera, subraya el “talento de la atención” que nos permite adentrarnos en el concepto, en la necesidad de una “reflexión continua” y en la subordinación del acto de construir a la necesidad de la evidencia. En la segunda, exige el “amor a la ciencia” y proyecta una fenomenología de la “falta de ese amor”, que va desde la simple “carencia” al “odio” explícito hacia la ciencia; acaba indicando que el “amor a Dios” es el verdadero elemento del espíritu racional.

La segunda parte de esta lección (S.W. X, pp.128-131) retoma el hilo de la exposición metafísica, tematizando las leyes de las operaciones del pensamiento.

extraño en el espíritu completamente acaparado por el objeto; la atención

completa y perfecta es, pues, diferente de esa semiatención que consiste

en escuchar a medias y en pensar con la mitad de la facultad pensante, siendo interrumpida <y desbaratada> por multitud de pensamientos y ocurrencias que vuelan de aquí para allá, y que quizás acaban por apoderarse completamente del espíritu, hasta el punto de que el hombre cae poco a poco en un estado de ensueño y embobamiento con los ojos abiertos; y si por casualidad vuelve en sí, queda extrañado del lugar en que se halla y de lo que oye. Esta atención completa y perfecta en la que yo pienso –y que sólo la conoce el que la posee– no tiene grados; entre ella y la atención distraída, susceptible de una infinidad de grados, la diferencia no es de grado, sino toto genere <y contradictoriamente opuesta>. Ésta llena el espíritu por completo, mientras que la atención imperfecta no lo llena completamente.

Para comprender estas lecciones es de máxima importancia poseer esta atención; todos los fenómenos que hacen difícil e imposible la comprensión provienen de su falta; y en cuanto se remedia este defecto, quedan extirpados completamente tales fenómenos. Por ejemplo, si se remedia este defecto, desaparece el fenómeno que <por el rápido atolondramiento> consiste en creer imposible la comprensión de los teoremas enunciados a lo largo de la conferencia. Sin duda es verdad –y me gusta decirlo a menudo para no desanimar a nadie– que, vista la naturaleza de nuestra ciencia, siempre se repite lo mismo bajo formas y usos muy variados1; y por ello, si en la primera vez falta una intelección,

puede en un segundo momento ser producida o reemplazada; pero para ser estricto, hay que exigir a cada uno, y lo exigimos, que comprenda cada teorema en el lugar en que se expone por primera vez; sin esto nadie obtendrá jamás [124] de estas conferencias el partido que debiera obtener <y en caso de que no adelantare, sólo tiene que acusarse a sí mismo, pues no lo ha hecho tal como exigíamos>. Porque –para probar de manera decisiva la posibilidad de lo que exijo a condición de la atención completa– diría que, en lo que concierne a la Doctrina de la ciencia, no existe esa diferencia entre un don de aprensión más rápida o más lenta, y que todo lo expuesto sobre la Doctrina de la ciencia, no se dirige ni a la buena cabeza ni a la cabeza lenta, sino a la cabeza kat’exochvn, por poca atención que pueda prestar.

Tal es, en efecto, el método que hasta aquí hemos aplicado, y así seguirá: en primer lugar, se exige que construyamos interiormente cierto

1 Si el contenido de la Doctrina de la ciencia es único (el saber absoluto), su exposición toma

formas externas diversas en Fichte. Pero cada forma, a su vez, se atiene a un modo de proceder único: el de avanzar por círculos concéntricos, cuyos polos son el realismo y el idealismo.

concepto. Esto no ofrece dificultad; cualquiera puede hacerlo, con sólo prestar atención a la descripción; y nosotros efectuamos ante él esta construcción. En segundo lugar, se exige que mantengamos relacionados los elementos construidos, en cuyo caso y sin poner nada de nuestra parte, se producirá como un relámpago por sí misma una intelección. Nada tiene que ver, en esta última operación, la lentitud o la rapidez de la cabeza, porque la cabeza como tal nada tiene que ver en esto. Pues no somos nosotros los que hacemos la verdad; y las cosas marcharían mal si fuéramos nosotros los que debiéramos hacerla; es la verdad la que se hace a sí misma por su propia fuerza; y aunque encuentre la condición de su producción, lo hace de la misma manera y con la misma rapidez. Si alguien hubiera realizado efectivamente la construcción que hemos postulado sin que se presentase al momento la evidencia consiguiente, sería debido a que no habría fijado la construcción con toda claridad y en toda su fuerza, y ésta se le habría debilitado como resultado de la distracción surgida entretanto; brevemente, porque no habría llevado toda su atención sobre la operación proyectada.

Y si se remedia este defecto, queda radicalmente anulado otro fenó- meno igualmente frecuente que tiene lugar cuando una apariencia, que hemos inteligido ya como apariencia, se reproduce, sin embargo, engañándonos como si fuera verdad y tuviera sentido, o distrayéndonos y dejándonos inseguros en la marcha hacia la intelección de nuestros objetivos. Si, por ejemplo, has comprendido efectivamente que, en la intelección del saber uno y eternamente igual a sí mismo, desaparece pura y simplemente toda diferencia entre subjetivo y objetivo [125] –en tanto que ésta se produce únicamente en la esfera del cambio–, entonces, ¿cómo puedes dejarte otra vez desorientar así por la apariencia –que ciertamente puede volver como apariencia– de que eres tú mismo quien objetivas este saber uno, de que tú eres entonces el sujeto y esto otro el objeto?; puesto que ciertamente has inteligido de una vez por todas que esta disyunción, de cualquier forma y en cualquier lugar que pueda aparecer, es siempre sólo esta misma apariencia idéntica a sí misma, y de ningún modo la verdad. Si has inteligido esto, entonces tú mismo has llegado a ser esta intelección y te has absorbido en ella. ¿Cómo podrías, pues, de nuevo dejar de ser lo que eres, sino precisamente porque nunca lo has sido completamente, sino sólo en parte, porque no te has arrojado con todo tu ser en esta intelección, ni te has arraigado en ella, que para ti ha quedado evanescente y vacilante? Por eso, a la primera ocasión te vuelve la vieja apariencia; pero observa bien el orden: ¡la intelección no desaparece en ti porque se produzca la apariencia, sino que la apariencia llega porque la intelección ha desaparecido de ti! Y ya hemos dicho bastante sobre el talento que consiste en la perfecta atención, como

medio infalible que no puede faltar para comprender bien la Doctrina de

la ciencia.

En segundo lugar, quería mencionar aún diferentes obstáculos que impiden captar la Doctrina de la ciencia, porque ni siquiera permiten que surja la verdadera atención. Y refiero todas estas cosas en su unidad, como es mi costumbre y como tendrán que acostumbrarse todos los que se familiaricen con la Doctrina de la ciencia. Semejantes obstáculos proceden todos de una falta de amor a la ciencia, que o bien es simple

falta, amor frío, débil y distraído, o bien es su contrario, un odio secreto

contra la ciencia, motivado por otro amor presente en el espíritu.

Ante todo, hablemos de este último; este otro amor, que se transforma en odio secreto contra la ciencia, es aquel mismo de donde brota el odio contra cualquier forma de bien, un amor propio cerrado, no dirigido al yo verdadero que se sumerge en la verdad, en la belleza y en la bondad, sino al yo configurado empíricamente. Este amor es o bien el de la autoestimación [126] –y viene a ser entonces el orgullo–, o bien el del autogoce –el cual da lugar a la voluptuosidad espiritual–.

El primer modo de pensar difícilmente concederá que en el ámbito del saber pueda existir algo que no haya descubierto él mismo y que no haya sabido desde mucho tiempo; la pretensión de la Doctrina de la ciencia a la novedad absoluta le parece que es –lo admita explícitamente o no– como un testimonio de desprecio contra él. La Doctrina de la ciencia tiene que parecerle arrogante; y querría humillarla. Y en lugar de entregarse primero francamente y con toda atención, está al acecho para ver si puede sorprender una debilidad en la Doctrina de la ciencia; está distraído por este doble fin y de ahí que no capte lo que debe; y encontrará sobradamente las pretendidas debilidades de su Doctrina de la

ciencia no en la misma cosa, sino en el concepto erróneo que se hace de

la cosa.

El otro modo de pensar, el amor de gozar del yo empírico, hace que sus correspondientes facultades espirituales se inclinen al libre juego con los correspondientes objetos de conocimiento, los cuales se le dan también del mismo modo empírico. Creo que puedo caracterizarlo del mejor modo posible por el rasgo fundamental siguiente: para él, pensar significa lo mismo que imaginarse algo; y pensarse a sí mismo, significa tanto como inventar una verdad destinada a su propia persona y cortada a la medida de su cuerpo. Una ciencia que coloca todo pensamiento sin excepción bajo la ley más estricta y anula toda libertad del espíritu en la verdad una, eterna, subsistente para sí, no puede caer de ningún modo en esta disposición; e incluso este modo de pensar tiene que provocar contra sí mismo la misma secreta polémica que justamente tendrá la

consecuencia que hemos mencionado. En general –y aprovecho esta oportunidad para explicarlo claramente– si pongo a todos y a cada uno en guardia contra esta polémica interna, secreta, no es por mí sino por ellos, y con toda sinceridad, porque en presencia de una polémica semejante no se logra una atención verdadera, y por lo mismo, aun menos la comprensión. Si después de haber comprendido y penetrado rectamente se experimentan ganas de polemizar contra ella, entonces ya no tendré [127] que añadir nada más sobre este asunto.

Por otra parte, hay también un amor imperioso a la simple experiencia y, con ello, el deseo se ve con una imposibilidad absoluta de sentir el propio espíritu de algún modo y gozarlo, a no ser por la memoria aprendiz. Estas memorias personificadas son completamente incapaces de aquél odio secreto; pero aquí no puedo por menos de perder en seguida el humor. Quieren solo resultados, es decir, aquello que se pueda anotar y que en el momento oportuno pueda recitarse sin que nada cambie; quieren “una fórmula importante, que ponga verdaderamente algo”. Y cuando han creído que captaban algo semejante, viene la lección siguiente: ésta determina más, ordena de otro modo, cambia los signos y las expresiones, hasta el punto que apenas queda gran cosa de los tesoros que habían adquirido penosamente. ¡Qué cosa más extraña! El autor no habría, pues, podido decir a la primera, correcta y convenientemente lo que quería decir. Allí donde existe la unidad más pura y la más rigurosa conexión, tales personas tienen ciertamente que encontrar en seguida la mayor confusión e inconsecuencia, por razón de que se trata de la más alta conexión, de la conexión interna, pero de ningún modo de la conexión simplemente exterior, cuadriculada, la única que desean estas gentes.

Este amor frío y débil por la ciencia –que no es precisamente odio– es el que he mencionado en primer lugar como un obstáculo para la atención. En efecto, quien en la ciencia busca, desea y quiere aún algo que no sea única y exclusivamente la misma ciencia, no la ama de ningún modo como debe ser amada; y, por su parte, él nunca encontrará todo su amor y todos sus favores. Incluso el más bello de los fines, el de ennoblecernos moralmente sería aquí demasiado pequeño; ¿qué es lo que debo decir entonces de los otros fines, cuya naturaleza es evidentemente más baja? El amor de lo absoluto, o el amor de Dios es el verdadero elemento del espíritu racional, y es en él solamente donde encuentra reposo y felicidad; pero la más pura expresión de lo absoluto es la ciencia, y sólo puede ser amada por sí misma, como lo absoluto1. Se

1 Muchos autores han visto, y con razón, resonancias de Spinoza en estas afirmaciones de

comprende y se ve claramente que en un espíritu abierto y absorto en este amor no se encuentra nada vulgar y mezquino, y que su purificación y santificación vendrán completamente por sí mismas. Pero un amor semejante, como también todo lo absoluto, [128] es reconocido sólo por quien lo posee; y al que todavía no le ha llegado, no se le podría hacer otra cosa que darle el consejo negativo de matar en él todo amor falso y todo fin secundario, y no dejar crecer nada semejante; y desde luego, la buena disposición aparecerá por sí misma, sin su intervención. He aquí lo que queríamos recordar en general, y de una vez por todas, a este respecto.

Pasemos ahora a nuestro fin preciso de hoy1. Cuando esbozaba mi

última conferencia, tuve el presentimiento de que podría parecer demasiado sólida y demasiado profunda para una cuarta lección; y entre otras cosas estaba destinada a enseñarme con la mayor precisión el modo de llevar a cabo mis lecciones ante esta nueva asamblea. Quiero ahora volver a tomar esta misma lección, de una manera apropiada.

1. Haré una observación, válida para todas las lecciones precedentes, y también para las que seguirán, y que será muy útil para <retenerlas>, reproducirlas y lograr una visión de conjunto; nuestro procedimiento es casi siempre éste:

a) Realizamos una operación, y esta realización está evidentemente regida por una ley racional mecánicamente activa en nosotros. Lo que propiamente somos en este caso, en la cúspide suprema de nosotros mismos, y en lo que nos absorbemos, es ciertamente facticidad. A continuación:

b) Buscamos y descubrimos la misma ley que precisamente nos conducía de una manera mecánica en esta primera realización. Así pues, lo que fue primero inteligido inmediatamente, lo inteligimos

mediatamente a partir del principio y del fundamento de su modo de ser2;

<inteligimos por qué está así determinado lo que antes fue inteligido fácticamente como así determinado:> por tanto lo penetramos en la génesis de su determinación.

género de conocimiento”, el del saber contemplativo, opuesto a la opinión y al discurso racional (Ethica, V, prop. 42).

1 La conferencia deja ya explicados los presupuestos pedagógico-psicológicos de la buena

comprensión metafísica y retoma el hilo conductor de las lecciones: la normatividad de las operaciones del pensamiento.

De este modo, progresaremos de miembros fácticos a sus respectivos miembros genéticos; pero lo genético aquí aludido puede ser de nuevo fáctico1 desde otro punto de vista; lo cual nos forzará por consiguiente a

subir, con relación a esta facticidad, hasta un término genético, <etc.,> y esto durante el tiempo que sea necesario hasta llegar a la génesis

absoluta, a la génesis de la Doctrina de la ciencia.

Observen ustedes esto; y graben en el espíritu lo siguiente: x no es más que el miembro genético de y, y éste el de z2.

Para el que no hubiera en modo alguno inteligido previamente z, o en la ascensión volviera a perder esta intelección y la [129] olvidara, entonces ni y ni x existirían y la lección completa sería para él un discurso sobre nada, sin que de ninguna manera tuviera culpa el conferenciante. Digo que tal era –y tal será ininterrumpidamente durante cierto tiempo– nuestro procedimiento. Así procedíamos en la última lección. Pero, aquel que hubiera observado este procedimiento –manifiesto ya a nosotros, de suerte que la diferenciación precedente entre evidencia fáctica y genética debía haber conducido a hacer la observación–, ése habría podido reproducir de nuevo la lección completa y comprenderla claramente planteándose las cuestiones siguientes: ¿Estaba presente un miembro fáctico semejante? ¿Cuál era? ¿Qué podría ser en relación con lo antes dicho? ¿Llegó la investigación hasta el establecimiento del miembro genético correspondiente a este miembro fáctico? Suponiendo que he olvidado completamente este segundo elemento o que no he oído nunca hablar de él, entonces debo poder encontrarlo por mí mismo pre- cisamente como ha sido encontrado en la Doctrina de la ciencia; porque la ley de la razón es absolutamente una, y toda razón, por poco que se concentre, es idéntica a sí misma.

¿Dónde estaba, pues, lo fáctico? Ni en A ni en el punto, sino simplemente en los dos3. Esto ha sido inteligido antes, se nos ha

patentizado, y así es. Si ahora hacen el análisis de esto como quieran, entonces encontrarán A y el punto, y en el trasfondo la unidad de los dos. Encontrarán los dos primeros términos negados como verdadero punto de

1 El método de la Doctrina de la ciencia es un proceso desde lo fáctico a lo genético, o sea,

desde un hecho a su justificación racional; pero lo último justificado puede, a su vez, necesitar de una justificación más amplia o elevada: ha de hacerse, pues, genético.

2 Ya quedó dicho que, ateniéndonos a las tres Críticas de Kant, x = el “mundo sensible”; y = el

“mundo inteligible”; z = la “unidad” de ambos. Un miembro nos remite a otro genéticamente, en